La irreversible “chavización” del kirchnerismo (3).

Luego de que cayeran como un castillo de naipes las esperanzas de una porción de la sociedad de derrotar al kirchnerismo-cristinismo en las urnas, de despertar de ese sueño ilógico manufacturado por los medios hegemónicos (como señalàbamos en agosto de 2011 en La basura en el ojo de la “opinión pública”…), llevó varios meses a un sector minoritario de esa porción dejar la estupefacción y reaccionar movilizándose a través de los piquetes- cacerolazos. A su vez, los medios hegemònicos que llamamos la UTE desestabilizadora también tardó semanas en asumir el golpe, reagruparse y cambiar de táctica. Las frustradas operaciones destinadas a agrupar a la oposición bajo un único paraguas primero y la de fogonear la posibilidad de una segunda vuelta electoral salvadora (“libertadora”) después, mutaron luego en un trabajo de laboratorio para limar al gobierno caracterizándolo como autoritario, dictatorial, “chavista” en definitiva. Esto ya lo augurábamos ya en abril de 2011 bajo el título “La irreversible chavización del kirchnerismo“, y que actualizábamos en octubre de 2011 con la segunda nota. Este proceso de “chavización” lo explicábamos así: “no se debe, por cierto, a que el kirchnerismo-cristinismo en esta coyuntura vaya a desembocar irremediablemente (en forma voluntaria o no) en su chavización ya que, como hemos visto, se trata de un proceso imposible por lo contradictorio en sí mismo. Lo que el título postula es que el poderoso polo opositor mencionado, debido a su carencia de alternativas políticas y discursivas, “irreversiblemente” terminará construyendo un relato que sólo apele a la demonización del gobierno: a su “chavización” (en los sesenta y setenta era el cuco socialista “castrista” o “guevarista”, hoy es el cuco “populista” y “chavista”). La chavización provendrá de la coalición opositora: no es un proceso interno del kirchnerismo sino un “sambenito” colocado por sus censores político-mediáticos”.

No falta mucho para que presenciemos la acusación indiscriminada de “chavista” a Cristina Fernández, sus funcionarios y sus medidas de gobierno, lo que nos recuerda la acusación de “nazi” o “fascista” al primer peronismo. Para ejemplificar esta previsible estigmatización de autoritario al gobierno, podemos remitirnos a los cables revelados por WikiLeaks relacionados con Argentina donde políticos, empresarios, economistas, periodistas y funcionarios argentinos la utilizan para lapidar al gobierno ante la mirada “desinteresada” de los funcionarios estadounidenses, tan ávidos de encontrar autoritarismos en gobiernos que no se arrodillan ante sus pretensiones (ver las traducciones completas de algunos de esos cables en WIKIPIS (el WikiLeaks del Basurero Nacional)). Por eso, para no enredarnos en esta próxima y bizantina discusión (que ya apareció antes de las elecciones y que llegará a su clímax en un par de años) es conveniente señalar claramente que para que el próximo gobierno de Cristina Fernández no sea tildado de chavista o autoritario deberá resignarse a gobernar con las manos atadas, pidiendo permiso antes de dar cada paso a los demás partidos políticos, a los medios de difusión, a los empresarios, a los oligopolios o monopolios y a veces a los embajadores de otros países… aunque él mismo represente al 40%, 60%, 80% ó 99% de los ciudadanos argentinos.

En ese entonces, como vimos, augurábamos que el proceso comenzaría luego del cierto triunfo electoral del oficialismo y crecería a paso lento pero seguro hasta reforzarse y llegar a su plenitud a mediados de 2013, con la intención de presionar mediante un juego de pinzas desde el exterior, a través de medios de difusión afines y sus instituciones internacionales patronales de medios (SIP, etc) y desde el interior mediante sus cientos de medios propios y políticos afines y fieles, con el fin último de provocar la derrota electoral al oficialismo en las próximas elecciones legislativas y así asegurarse que el próximo gobierno (no kirchnerista) sea permeable a sus presiones e intereses. Cabe aclarar que este tipo de movimientos políticos no son forzosamente coordinados entre los actores que intervienen, sino que son los propios intereses políticos, económicos e ideológicos los que juegan en forma independiente y que en determinadas circunstancias o acciones confluyen en el mismo escenario.

Pero, los tiempos políticos se precipitaron cuando la Suprema Corte de Justicia pateó el tablero al fijar el 7 de diciembre (el famoso 7D) como fecha límite para la aplicación completa y definitiva de la Ley de Medios Audiovisuales, algo que el Grupo Clarín se resiste terca y completamente a respetar. Entonces, el eje Clarín-La Nación-Perfil más los políticos opositores afines a sus intereses (una escasa cantidad actualmente) debieron modificar urgentemente su estrategia, y acelerar el paso de su tropa, para no quedar fuera de juego ante ese “Día D” donde lanzarse a la invasión contra el territorio de la legalidad.

El creciente nerviosismo de aquel sector minoritario opositor, particular y urbano, por lo que percibe como la inoperancia de sus representantes políticos, y su impaciencia ante la falta de propuestas o acciones croncretas de los mismos, sazonado con la ausencia de un horizonte político que concrete sus aspiraciones o voluntad política (y fogoneados por la UTE Clarín-La Nación-Perfil), provocaron que viertan su comprensible desazón, su intolerancia y su autoritarismo en las calles. En los piquetes-cacerolazos se pudo ver eslóganes y consignas (mayormente derivadas de tapas y editoriales de los medios del eje mencionado), donde más allá de los insultos y deseos de la muerte de la presidenta, se caracteriza a su gobierno como “dictadura”, se protesta por la “falta de libertad”, “ausencia de libertad de prensa” y demás argumentos frágiles que, curiosamente, se verifican también en la oposición venezolana (aunque también en la ecuatoriana y boliviana), lo que abona al supuesto clima de “chavización” del gobierno.

Pero más allá de la lasitud de las acusaciones (válidas o no) de los piqueteros-caceroleros, el foco de atención debe posarse en los otros actores de esta realidad actual: los actores políticos. Porque el problema no pasa por si la oposición política partidaria es representativa o no de estos reclamos, si es eficaz o no, si equivoca su estrategia electoral o no; la dificultad del sistema democrático argentino y latinoamericano radica en la estrategia de la oposición corporativa mediática (oligopólica) que es capaz de propiciar tanto el voto a un determinado candidato como la movilización contra el gobierno argentino (ecuatoriano, boliviano, hondureño o venezolano), lanzar una campaña desestabilizadora, destituyente (o directamente golpista) contra un gobierno legítimo o incentivar a una embajada extranjera contra un gobierno que no le sea sumiso. Y no hablamos de la actualidad latinoamericana solamente, sino de los tiempos que pueden venir…

Hay algo que parece bastante claro en la actualidad nacional: el tándem Clarín/La Nación (y sus aliados circunstanciales) parecen estar dispuestos a todo con tal de mantener el poder histórico que detentaban hasta ahora, el que incluía el congelar leyes, deponer ministros y hasta presidentes, o cobijar dictaduras y cortejar embajadas. Nuestra historia está llena de este tipo de maniobras desestabilizadoras, golpistas o estigmatizantes en editoriales antidemocráticos y desinformación intencionada a cargo de periodistas y lobistas, como para abundar en ejemplos. ¿De qué otra manera debe leerse frases como: “En 1951, Juan Perón, que venía de cerrar La Prensa y de militarizar a los ferroviarios, se reeligió por el 62,5% de los votos…. Es el peligro con que amenaza el desequilibrio de poder.” “La democracia argentina anda, así, por una pendiente.” “Es difícil encontrar tanto poder eventual en una sola persona en la historia de la nueva democracia argentina.” “Puede afirmarse como una presidenta autoritaria.” “El “unicato” apunta a describir aquellas situaciones en las que una persona domina por entero el sistema político…” etc.

No olvidemos que estamos hablando de un gobierno legítimo y de origen nacional y popular, y que nuestra historia muestra claramente que lo que digan La Nación y Clarín (y además ahora consolidados en el gran eje o UTE referido más arriba) sí tiene influencia en los acontecimientos políticos. Si no, preguntémosle a otros gobiernos nacionales y populares o no (o al menos de origen democrático) como los de Alfonsín, De la Rúa, Rodriguez Sáa, Duhalde, etc.  (para no ir más atrás y analizar los inconvenientes de las presidencias de Illía, Frondizi con la “prensa” y las fuerzas de seguridad).

Después de la desilusión de dichos actores ante el triunfo electoral del kirchnerismo-cristinismo de 2011 y el probable de 2013, los mismos comenzaron con este lenguaje monocorde que pretende consolidarse en este discurso que predica la caracterización del gobierno como chavista. Como vimos, nada nuevo en el horizonte latinoamericano…

Que el gobierno actual se maneje bastante bien políticamente navegando en medio de los enormes intereses que aún pugnan por seguir gobernando el país, no quiere decir que ante la menor distracción o error suyo (por ejemplo, la resolución 125 o el reciente decreto para la regularización de los sueldos en Gendarmería y Prefectura, pero hay más) se vea el poder destructivo y antidemocrático de ellos. A eso apuntan estas reflexiones, a que estemos atentos todos, oficialismo, oposición e indefinidos (pero amantes de la democracia), a no distraernos con debates ficticios, prefabricados, tras los cuales anida la muy probable recurrencia del poder tóxico, destructivo de esos intereses, que no son los de la población, por cierto (lo que antes llamábamos “pueblo”).