La lucha de los estudiantes universitarios chilenos

Salud y Educación son los últimos bastiones de aquel Estado de Bienestar, provedor, de antaño. El liberalismo, por lo tanto, tiene como uno de sus objetivos imponer para estos sectores la lógica del mercado, mercantilizarlos para convertirlos en oportunidades de lucro antes que pensarlos como garantes de derechos sociales.

Ayer se llevaron a cabo multitudinarias marchas estudiantiles en Chile. Como aquellas de 2006, año en que los estudiantes secundarios ganaron las calles chilenas, ahora son los estudiantes universitarios quienes protestan contra el proyecto de reforma universitaria del Presidente Piñera y su ministro de educación Joaquín Lavín.

Según la Presidenta de la Confech (Confederación de Estudiantes de Chile), las marchas fueron convocadas contra el “evidente deseo de la derecha de avanzar contra viento y marea hacia una reforma a la educación superior que fortalezca la educación privada, consolide el lucro y no avance en la necesaria democracia que deben tener las entidades educacionales”.

15.000 estudiantes marcharon en Santiago de Chile, con un saldo de 35 estudiantes detenidos. En Valparaíso se movilizaron 7.000 estudiantes. 4 fueron los detenidos. Se sumaron a los estudiantes los rectores de algunas Universidades, junto a docentes y administrativos. Mientras tanto, Piñera se toma vacaciones.

Según Mario Sobarzo, investigador del Observatorio Chileno de Políticas Educativas (OPECH) de la Universidad de Chile “los ex socios de él (ministro Lavín) deben estar muy contentos con esta reforma” ya que “es una reforma de segunda generación que tiende a ampliar el sistema de mercado (…) La verdad es que el ministro Lavín hace oídos sordos, lo cual no es extraño, porque era integrante del directorio de la Universidad del Desarrollo, que es una universidad con intereses”.

Los estudiantes luchan no sólo contra la reforma, que recortaría financiamiento a las Universidades Públicas en beneficio de las Privadas siguiendo un sistema de premios y elitista, sino que militan por una educación pública, gratuita e igualitaria.

Haciendo un poco de historia en “plena dictadura, en el año 1981 se impuso y se estructuró un paquete de medidas que junto al traspaso de la educación primaria y secundaria a los municipios, permitió y alentó la creación de escuelas particulares que podían recibir subvención del Estado, seleccionar alumnos y lucrar y universidades, centros de formación técnica e institutos profesionales privados, que en vez de un complemento (del orden del 20% como ocurre en la mayoría de las naciones más avanzadas) se transformaron en el pilar de la educación chilena (…) Se entregó al mercado y a la competencia la evolución y el desenlace de la educación chilena”.

Recurrimos nuevamente a Camila Vallejo, la Presidenta de la Confech, quien relata que la “realidad chilena es cruda, sólo el 40% de la juventud accede a la educación superior y de éstos sólo el 30% lo hace en instituciones públicas. Sumado a esto, en la Universidad Chile el porcentaje de estudiantes de los dos grupos de más altos ingresos (cuarto y quinto quintil) representan alrededor del 70% de la matrícula, mientras que los estudiantes del primer y segundo quintil no superan juntos el 20%, ¿estamos garantizando el derecho a la educación para todos?, claramente la respuesta es no, nuestra Universidad está siendo cada vez más de elite y la educación sólo para las elites no puede y no asegurará nunca el desarrollo armónico y justo de la sociedad entera”.

Esto, lo escrito hasta ahora, es sólo la descripción de un estado de situación. Sepamos extraer conclusiones de ésta, porque si continuamente nos conminan a mirar a “los países serios”, aprovechemos y aprendamos de sus errores. La educación en Chile, merced a lo expuesto, fue atacada prematuramente en comparación con nuestro país. La dictadura de Pinochet, no sólo sangrienta sino liberal, dependiente de los EE.UU. y que trascendió incluso a la caída del Muro de Berlín, es gran responsable de su arancelamiento. Repitiendo lo expuesto al principio: la educación es uno de los objetivos del liberalismo. No sólo porque representa un nicho de mercado que no ha sido completamente explotado, sino porque cumple un rol social fundamental, que es el de ser la gran igualadora social. Permite la construcción de sociedades más armónicas, que redundan en sociedades más justas y equilibradas. Y en consecuencia más pacíficas. La experiencia de nuestro país nos demostró la capacidad de la universidad pública y gratuita de actuar como factor de movilización social ascendente. La educación -también la Salud pública-, aunque los liberales intenten convencernos de lo contrario, no son gastos sino inversiones, a mediano y largo plazo. Cito nuevamente a Camila Vallejo para terminar diciendo que poner a la educación “al servicio de intereses privados y grupos de poder la convierte en una herramienta de dominación, pero puesta en manos del pueblo y al servicio de la sociedad en su conjunto, es un arma emancipadora”.