“Plan F.F.”: barajar y dar de nuevo. La división del antikirchnerismo y el fin de la Revolución Macrista.

Y finalmente, un día la expresidente Cristina Fernández pateó el tablero con lo que podemos llamar el “Plan F.F.” y aceleró las definiciones políticas de todos los sectores políticos, inclusive el suyo, el peronismo. Utilizó para eso dos de las características políticas del kirchnerismo: sorpresa y audacia. De la misma manera que cuando Néstor Kirchner sorprendió con su alianza con el poderoso Duhaldismo en 2003 (a cargo del Poder Ejecutivo), o cuando lo enfrentó en 2005 postulando a Cristina para diputada en la provincia de Buenos Aires enfrentando a Chiche Duhalde, y también cuando eludió la segura reelección de Néstor postulando a Cristina en 2007.
En 2019, el kirchnerismo sorprende al practicar un enroque de su dama, colocándola en el segundo puesto de la fórmula presidencial, asegurando así su gran caudal de votos y fungiendo de respaldo ideológico de la misma, y colocando a Alberto Fernández (un kirchnerista crítico de su segundo mandato y que se había alejado durante 10 años) en el primer término de la fórmula y en el primer plano político y mediático.
La función de Alberto es la ejecutiva en un probable gobierno peronista, además de congregar tras la fórmula a la mayor cantidad de tribus peronistas, de movimientos sociales y gremiales para lograr un caudal de votos suficientes para ganar en la primera vuelta, asegurando una cantidad de diputados y senadores que fortalezcan al movimiento que gobernará a partir del 10 de diciembre.
Y la función de Cristina en el gobierno Fernández-Fernández será funcionar de reaseguro ideológico del gobierno y seguro de recambio ante cualquier embestida institucional que intente el establishment contra el presidente Alberto.
La clave de este movimiento táctico es conseguir lo contrario de lo que el establishment logró en 2015 y 2017: dividir el antikirchnerismo. En las dos elecciones generales anteriores, el establishment pudo dividir al peronismo en kirchnerismo y antikirchnerismo, y al resto de la masa votante en peronista y antiperonista.
Cambiemos pudo en la primera vuelta de 2015 partir de su caudal de antiperonismo y sumar el antikirchnerismo y el voto independiente o apartidario y llegar a la Casa Rosada en la segunda vuelta.
El antiperonismo histórico suele rondar el 35% o de los votantes o más, como sucedió en 1973 cuando la fórmula Perón-Perón logró el histórico 62% de los votos, o en 1989 cuando Angeloz logró reunirlo enfrentando a Menem-Duhalde.
Pero ¿quiénes son estos votantes independientes o apartidarios? Son quienes están alejados del debate ideológico, quienes priorizan sus intereses económicos o sociales a cualquier explicación ideológica o debate político. Según Eduardo Fidanza, este sector representa un 60% de los votantes, que tienen un voto volátil, y que está dividido entre quienes podrían votar a cualquiera y quienes votarían a cualquiera menos a Macri o Cristina.

Sobre este universo de votos es donde la jugada táctica de Cristina tendría efecto. Se produjo así un barajar y dar de nuevo en la política de alianzas. Ante eso, la fórmula de los Fernández puede funcionar como arrolladora fuerza centrípeta y atraer a los votantes (no todos) que participaron de aquel sorprendente 54% de los votos de Cristina en 2011 y que luego se desperdigaron en las vertientes peronistas del massismo, el moyanismo gremial y otros grupos diminutos de peronistas antikirchneristas. Esa fórmula se convertirá en sinónimo de todo lo no Macri, al antónimo de todo lo malo de Cambiemos.
Lo que vemos que se está gestando hoy es la división del antikirchnerismo en porciones que adhieren fundamentalmente a las candidaturas de Macri-Pichetto, Lavagna-Urtubey o Espert-(?). Vale aclarar que allí también se encuentran algunos votantes peronistas antikirchneristas, para sorpresa de quienes hagan un análisis ahistórico de los conductas de los movimientos políticos populares autóctonos. Análisis que desconocen que se trata de una variante actualizada de la división personalistas/antipersonalistas que dividió y desangró al radicalismo en los años 20 y 30 del siglo pasado o a la que amenazó al movimiento peronista en los años 60 con el peronismo y el “peronismo sin Perón”.

Como decíamos aquí en abril en referencia al posible resurgimiento del kirchnerismo:
“Los primeros indicios ya se están viendo día a día, pero el ritmo se incrementará cuando se asienten las candidaturas opositoras, principalmente la de la expresidenta; y entonces se acelerará la fuerza centrípeta de ambos polos políticos mencionados. Y se harán más explícitos los apoyos a Cristina, aunque algunos de ellos parecían difíciles o tal vez imposibles hasta hace unos meses.


Eso es lo que estamos viendo actualmente, esa fuerza centrípeta acercó a la corriente kirchnerista con esas vertientes perdidas desde 2011. También se produjo la división de lo que parecía ser una alianza no-kirchnerista, llamada Alternativa Federal, que se desgajó tan rápido como había florecido, con la huída del massismo y de Pichetto del grupo, quedando allí sólo Urtubey con su manojo de votos norteños y que lo obligó a abrevar en la fuente de Lavagna y los restos del socialismo perdidoso de Santa Fe.
En el oficialismo se aceleró la crisis que asomaba en Cambiemos tras las recurrentes derrotas electorales a nivel provincial, de la mano de los triunfos del peronismo, que está dentro del Frente de Tod@s. Sumado a la aparición de la candidatura de Espert, que atrae el voto de la derecha económica más dura (y casi antipolítica), y que junto con la fórmula Lavagna-Urtubey también atraen los votos de centro que engrosaban aquel 52% de Macri en 2015.
Ante este panorama, el gobierno logró afianzar a Macri como líder de su espacio e intenta consolidar su núcleo duro (que amenaza adelgazar debido a la crisis económica y de credibilidad presidencial) con la incorporación de Pichetto y sus votos imaginarios. Pero tiene enfrente la dura tarea de recuperar aquel 34% obtenido en la primera vuelta de 2015 para llegar a la segunda vuelta, y entonces intentar el sueño de alcanzar aquel lejano 51,24% de los votos que lo llevaron a la Casa Rosada en su mejor momento, cuando todo eran promesas y esperanzas y no fracaso, crisis económica, social y de la palabra presidencial como sucede hoy.


¿Qué se puede esperar entonces del resultado de los comicios de octubre? Podemos especular largamente cuando no se han oficializado las fórmulas pero que no variarán mucho de lo que se conoce. Sin embargo, algo parece ser lo más probable: la fórmula Fernández-Fernández será la que más votos obtenga en octubre, probablemente seguida de la oficialista o, menos probablemente, de la de Lavagna-Urtubey. En este último caso el resultado de la segunda vuelta sería difícil de prever, ya que no se puede intuir el comportamiento de los votantes no macristas en esa instancia. En caso de que se dé un enfrentamiento entre Fernández y Macri en el balotaje la polarización será caracterizada por ambos espacios de manera distinta. El oficialismo lo hará entre el pasado autoritario y un futuro de venganza y caos en manos del kirchnerismo y un futuro de mantenimiento de los logros idealizados y esperanza encarnado en el macrismo renovado. En cambio, el kirchnerismo lo teñirá de los aspectos económicos y sociales perdidos durante el macrismo y la esperanza de recobrar lo perdido y avanzar en la consolidación de un país más justo encarnada en un kirchnerismo aggiornado.


Pero en el caso de un triunfo en primera vuelta de la fórmula de los Fernández, como dijimos aquí en aquella nota de abril: “representaría un golpe fatal al gobierno, y lo llevaría en camilla hasta el 10 de diciembre, en el mejor de los casos”.
En un par de meses y en plena campaña veremos cómo se irán perfilando los votantes, pero seguramente el establishment político-mediático-judicial utilizará cualquier arma a la mano para impedir el regreso de un movimiento popular, con más encono que nunca y a plena luz del día, ya que sabe que no sólo es su última oportunidad para consolidar el perfil de país que intentó imponer siempre y a cualquier costo, sino que sabe también que tiene mucho que perder si surge un cuarto gobierno nacional y popular (los tres primeros fueron el yrigoyenista, el peronista y el kirchnerista) el que con sólo restablecer una parte importante de los logros del último se asegura la reelección en 2023.

Es por eso que afirmamos ya desde el título que con este barajar y dar de nuevo provocado por la sorpresiva jugada de Cristina Fernández, la consecuente división del antikirchnerismo provocará el fin de lo que hemos llamado la Revolución Macrista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *