Política y quantum mediático

Por Conrado Yasenza*

Publicada originalmente en http://lateclaene.wix.com/la-tecla-ene

 

Opiniones escuchadas, oídas, leídas en los últimos meses, días, horas, dan cuenta de una editorialización que impregna la vida cotidiana como una especie de emanación mediúmnica  mediante la cual los ciudadanos forman algo parecido a sus representaciones del mundo real. Quizá sea el secreto más preciado que esconde el oficio periodístico, que recobra bríos que permanecieron en estado de latencia para “pasar al frente” en su pelea por los difuminados espacios de poder; membranas que rodean al núcleo para excluirlo. Hay ruidos, demasiados, y aturden. Esos aturdimientos favorecen un clima en donde lo espectacular es un valor en sí, preciado y sobrevaluado. El retorno de aquello que nuca se fue, el predominio de lo televisivo que entiende la política como un espectáculo, y es entonces que a esos sets de potentes luminarias y refrigeraciones que perecen no descansar nunca, acuden políticos, encuestadores, sociólogos- encuestadores, opinólogos, políticos casi en retirada, otros retirados hace tiempo, y también momias políticas. Estamos, o nunca nos fuimos, en la era del  Homo Videns, esa relevancia de la  mercadotecnia moderna, las extensiones gráficas de la videopolítica  constituida en paradigma de la política contemporánea. La televisión como el principal medio de comunicación entre el ciudadano y el político. Un subproducto del imperio del marketing que indica qué mide y qué no socialmente. El pueblo soberano opinando acerca de todo, con el control remoto en la mano, un ojo puesto en la computadora, celular (android), tablet o el dispositivo con que cuente. Un ciudadano orwelliano, observador y observado, informado y editorializado minuto a minuto. ¿Y la prensa gráfica? Corre detrás del avance de la técnica, de las conectividades, de internet, del poder de llegar a millones. Trata de adecuarse para ir reemplazando plataformas. Titulares bien gancheros y copetes seductores para estar “informados” rápidamente; cuerpos de notas excesivamente jibarizados. Un periodismo subsidiario de Neustadt y los 90 que , como decíamos ayer nomás, entiende la política como espectáculo que hay que vender porque de lo contrario no se come, en el plano del chiquitaje, ni se sostienen, en un plano global, las grandes corporaciones que condicionan la microfísica del poder en quantum paradojal  cada vez más concentrado.

Y sólo nos estamos refiriendo aquí a aquellos ciudadanos que medianamente se informan. El panorama en el universo de compatriotas excluidos de un menú variado de opciones informativas, complejiza el panorama de orfandad ante el poder de distorsión y desinformación.

 

Allí tal vez resida esa originaria imbricación entre la política y el periodismo como batalla ideológica constante y de variaciones que hacen posible pasar de un estado discreto a otro espectacularizado, sin perder su potencia  de sistema físico y político. Allí, en esa enredadera que se enamora de los muros y que enamora a través de ellos,  la política es expuesta en su dimensión de luz y oscuridad, de representación y corporativismo. Algo un poco más complejo: La política, cuando su sujeto es el Estado, tiene fenómenos de participación y de representación que nada tienen que ver con el purismo y que dejan siempre afuera a alguien. Dice el periodista Martín Rodríguez: El periodismo que basa su éxito de modo exclusivo en exponer las miserias de la política, atenta contra la sociedad civil, a la cual dice defender. Bien, el problema es que ese es el periodismo que impera, esa constelación rara que combina lucha ideológica, rosca política, mucho dinero en pocas manos, lo que equivale a decir mucho poder en unidades mínimas de comunicación que de tan mínimas se unen. Esto quiere decir también estructuras comunicacionales que se arman y desarman según cómo soplen los vientos de los ciclos políticos y el conteo de los votos en un truco de resultado incierto. Conglomerados informativos que dependen mucho de esa partida. Los clarines pueden tocar diana nuevamente, o pueden volver a ser amigables y en ese retruécano de idas y venidas ya algunos jugadores hacen sus apuestas. Porque se sabe desde hace más de un siglo: El periodismo es independiente sólo del mismo periodismo. No tengo ideales de romancero burgués con respecto a la empresa comunicacional. Es una cuestión de cómo cae la taba. Sí creo en personas que ejercen el oficio con coherencia, dignidad y profesionalismo atravesando los tiempos políticos. Lo demás abarca el dilema de los productos culturales o creativos, llamados industria cultural, integrados al universo global del capitalismo que alitera identidades y subjetividades: “el ruido con que rueda la ronca tempestad”.

Este es el desafío frente a la sumisión de la razón y la expresión creativa humana a los cánones de la producción capitalista en serie de, justamente, productos culturales homologados, globalizados y consumibles en cualquier punto del planeta. Releía aquello de “la razón ha devenido en razón técnica e instrumental y con ello nos hemos convertido en seres unidimensionales”, consumibles, líquidos, intercambiables bajo la lógica del consumismo capitalista que globalizó la técnica como la nueva razón del ser. ¿Habrá triunfado la racionalidad de la técnica, del cálculo, de la razón que vigila y controla, que reduce la realidad a materia controlable y consumible? ¿Habrá triunfado la razón telemática que supone que la realidad, sus hechos sociales, pueden ser estudiados si son cuantificables, medibles empíricamente? ¿Y cómo pensar estas nociones, desde el concepto de industrias culturales expresado en la gestión del kirchnerismo? ¿Un conjunto de productos con “valor agregado” que sirvan de conductores para el conocimiento del país y desde allí las posibilidades de expansión economicista, o perspectivas de “negocios”? Es preciso navegar estos mares aunque sabemos que los dioses, reunidos en asamblea, decidieron que Odiseo debía volver a Ítaca para advertir a Telémaco que expulsase de su casa a los molestos pretendientes de su madre.

Y entre tanto, en el fragor de reyertas, escaramuzas y batallas culturales, ideológicas, periodísticas, los límites de las prácticas reales del oficio se empantanan en esa voz que es el ruido con que rueda la ronca tempestad. Quedan los debates para cuando la estrategia y la oportunidad así lo permitan. Dar dos pasos hacia atrás para luego avanzar uno. En el camino vemos cómo las instalaciones hacen de zonda que rastrea el humor social, ese humor tan emparentado con el sentido común – siempre me gustó esa voz popular que dice: el peor de los sentidos -, ese que esconde bajo la alfombra el leviatán que llevamos dentro, ese que aconseja hacerse amigo del juez, ese que odia porque teme, teme demasiado, casi hasta el extremo de la muerte. Odio y temor son las puntas de un lazo que los aparatos comunicacionales unen y amplifican.

Errores de comunicación, omisiones que se convierten en goles en contra, negaciones de realidades que de tanto negarlas estallan en el rostro amigo, en la bandera que se sostiene a pesar de las incomodidades, de las filtraciones, lo resbaladizo de la humedad y el peligro de una niebla que intervino organismos que dejaron de mirar para cuidar.

Están ahí, una vez más, los riesgos de la justicia mediática, esa idea difícil de definir, esa idea que es un hecho por el que espera una imagen construida desde los medios. Esos hechos que indican que a todos nos espera una imagen ya construida. Hechos, datos duros, realidades que se transforman en una imposibilidad de abordajes.  Y la lista es entonces una sábana corta pero que se ensancha: Inseguridad, minería, pueblos originarios, manejo de la deuda y disputas con buitres sin fondo,  violencias sociales, despenalización del aborto, reforma tributaria, desconcentración económica, expansión de la frontera sojera. Debates que debemos dar como militantes y como periodistas.

Ya hemos dicho que no hay purismo en la política, que el clima cultural pone de manifiesto luces y sombras, que saca a la política de la cocina y la exhibe. Incluso a riesgo de espectacularizarla para derrapar en un circo televisivo que minuto a minuto construye su discurso antipolítico y lo esparce a través del más eficaz vector: el sentido común.

No sólo se trata de pragmatismo sino de sostener aquellas banderas levantadas en el 2003. De lo contrario se estará realizando el trabajo que a la derecha le resulta bien fácil de aprovechar y administrar porque opera desde ese vector que inocula miedo e incertidumbre (ya contamos los goles hechos en contra), desde imágenes y discursos ya preconcebidos, o desde la “transferencia de memoria” a nivel global.

El kirchnerismo deberá enfrentar estos debates o de lo contrario una imagen que desde hace tiempo espera, cooptará la potencia de una expresión política transformadora para ordenar la tropa dentro del histórico corsé pejotista para desensillar hasta que aclaré. O no.

 

*Periodista. Dtor. de la Revista de Cultura y Política  La Tecl@ Eñe http://lateclaene.wix.com/la-tecla-ene

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