Dale que so´ vo´

A menos de tres meses de las elecciones de octubre, se produjo una abrupta caída de la imagen presidencial, junto aldescenso en indicadores relevantes para el Gobierno. Tres relevamientos diferentes así lo confirman:
– Ipsos observa que la aprobación de Mauricio Macri se ubicó en 50% en el 3º trimestre, subió un poco en el 4º y tuvo un descenso de 10 puntos porcentuales a principios de 2018, registrando el punto más bajo de la serie desde que es presidente.
– El Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Di Tella de diciembre de 2017 mostró una caída de 2.36 puntos, registrando el descenso porcentual más pronunciado de la gestión Macri. Los 20 puntos porcentuales de caída de un mes a otro no se registraban desde mayo de 2008, en pleno conflicto entre Cristina Fernández de Kirchner y sectores del agro por las retenciones. El relevamiento se terminó el 15 de diciembre según la ficha técnica, es decir, antes de que se terminara de aprobar la reforma previsional.
– La encuestadora Synopsis relevó, finalmente, una caída de diez puntos en la imagen positiva presidencial.
El dato más preocupante para el oficialismo no está, sin embargo, sólo en la caída de la imagen presidencial. El relevamiento de Synopsis muestra también la brecha histórica más grande entre quienes consideran que estarán mejor y quienes consideran que estarán peor en el futuro. Para ponerlo en otros términos: desde que Mauricio Macri llegó a la presidencia, nunca tan pocos ciudadanas y ciudadanos creyeron que en el futuro estarían mejor de lo que están hoy.
No es la primera vez que hay más “pesimistas” que“optimistas” respecto al futuro, tal como muestra la serie, pero sí es la primera vez que la brecha es tan prominente. Es un dato para atender en cualquier gobierno y uno para preocuparse especialmente en un proyecto político que ha hecho de las expectativas sobre el futuro uno de los pilares en la construcción de su discurso de gobierno.
La respuesta del Gobierno hasta ahora ha sido que se trata de una “caída natural” en los indicadores, es decir, que el oficialismo ha decidido invertir capital político en pasar una serie de reformas y que este es el costo natural de hacerlo. Sabemos que no existe en política algo así como leyes naturales necesarias; sin embargo, es cierto que existe el costo de avanzar con una agenda propia, más aún cuando esa agenda resulta impopular. Lo cierto es que reformas anteriores, aunque hayan impactado, no mostraron estos descensos tan abruptos en los números delgobierno. Y, fundamentalmente, no afectaron los pilares de la construcción del discurso de Cambiemos, a saber, la confianza en el futuro. Es necesario pensara partir de este punto principalmente porque, a pesar de haber pasado la reforma previsional y la tributaria, el plan de reformas del gobierno de Mauricio Macri recién comienza. Quiere decir que arranca en terreno más pantanoso del que creía en octubre un programa de transformaciones y reacomodamientos de las variables macroeconómicas. El episodio del ministro Jorge Triaca, con todas sus aristas, demuestra que algunas cuestiones que antes ni siquiera afectaban la imagen del Gobierno ahora empiezan a poner directamente en cuestión hasta la posibilidad misma de las reformas o, al menos, su timing.
¿Qué nuevo elemento interviniente, entonces, podría estar afectando la performance del Gobierno?
En primer lugar, podría tratarse de un exceso interpretativo en la lectura sobre la elección. Existen tanto “mensajes de las urnas” como intérpretes de los mismos. La victoria de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y la buena elección en algunas provincias provocó en entusiasmo en el propio oficialismo que no dejó margen para más lecturas que las optimistas. Pero derivar de esa victoria un cheque en blanco para un proceso de reformas que, a todas luces, no fue parte central de las promesas de campaña del oficialismo puede estar empezando a mostrar unos primeros inconvenientes.Que resultan tan llamativos por su magnitud como por su velocidad: todavía novan tres meses las elecciones de octubre de 2017.
En segundo lugar, la forma en la que las reformas están repartiendo los costos del ajuste. Si el gobierno de Mauricio Macri construyó un consenso sobre la necesidad de reducir determinados gastos, bienes y servicios que provee el Estado (el ya instalado “pagar la fiesta”) lo cierto es que dos años después de comenzar la gestión comienza a verse la manera en que se reparten esos costos. Y en la evaluación de la ciudadanía sobre el equilibro en el reparto del ajuste empieza a jugar un rol importante el único indicador negativo que el gobierno no ha podido bajar: la idea de que es un gobierno“para los ricos”. Si no se ofrecen muestras sobre cuáles son los sectores históricamente privilegiados que también están “poniendo el hombro” y “pagando la fiesta” difícilmente pueda el gobierno reconstruir ese equilibrio.
Finalmente, una tercera variable que es fruto delas elecciones: el Gobierno no disputa más el protagonismo político con ningún actor. El centro político es suyo por derecho legítimo, para lo bueno y para lo malo. Es probable que la caída en la imagen presidencial tenga que ver con los costos de las reformas y los problemas – como la tragedia del submarino ARA San Juan – que afrontó el gobierno hacia fin de año. De la misma manera que es cierto que a partir de octubre los costos de los problemas que enfrenta el gobierno comienzan a compartirse cada día menos con la oposición. Hasta podría aventurarse que la dispersión de esa oposición tiene un papel en esta cuestión:si no hay una oposición sino múltiples resulta más difícil hacerla partícipe como actor de los costos que todo gobierno paga y/o decide pagar.
Sea por alguna de las tres variables, por la interacción de las tres o por otras que puedan sumarse, una señal de alerta se prendió en el monitor de la opinión pública. No es una alarma cualquiera sino una de las variables que, además de controlar periódicamente, el oficialismo ha utilizado como fuente de legitimidad. Tendrá entonces a partir de ahora que reevaluar los costos de profundizar el camino de las reformas a costa de seguir consumiendo capital político, en la esperanza de que esas reformas vuelvan, en el largo plazo, en forma de beneficios políticos. Para eso, deberá tomar en consideración el equilibrio de Keynes. No el de su teoría económica sino el de su famosa frase: aquella que rezaba que, en el largo plazo, todos estaremos muertos.