Macri recargado
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Otro Macri. Apasionado, con determinación deliberada, lanzó cuatro arengas en diez días. Casi inédito en sus seis décadas de vida. Exigente, también les demandó a sus ministros mayor compromiso y convicción, promete autoridad y una firmeza infrecuente en aquel hombre meditabundo y ecualizado que aterrizó en la Casa Rosada con la onda del budismo zen hace un año y medio. El cambio de estrategia personal comenzó con su discurso en el Congreso. Dicen que el gallego Mariano Rajoy lo convenció, además, de que no debe ceder si está convencido de sus actos, que siga su ejemplo (pasó más de un año sin formar gobierno y después acostó a toda la oposición). No es lo que ha hecho Macri en su primer año de mandato, acostumbrado a retroceder o corregirse, a pregonar las ventajas de la prueba y el error, tarea en la que ni pudo imponer un cambio de feriado y hasta se obligó a mudarse de avión apenas escuchó una queja porque había viajado en una compañía que no era Aerolíneas.

No ha sido particularmente tozudo, como reclama su colega español. Pero ahora, con el agua al cuello, descubre que en posición de yoga no puede enfrentar piquetes, huelgas, desórdenes callejeros, y menos los índices poco alentadores que recoge el Gobierno. De ahí que ya no regala el libro de Mandela y menos se le ocurre recomendar el documental sobre la felicidad que hicieron científicos de Harvard afirmando que la gente más dichosa vive en Bután. Tampoco le alcanza la corte optimista de los millennials con la que se rodeó, esa generación salvadora destetada fuera de tiempo. Al menos en lo político. Otro Macri, entonces, aparece: exhibe intensidad, ira, distante de aquel original suave, pasivo y oriental. Ese tipo anterior jamás podría convencer a la población de que no hubo ni una pizca de corrupción en los casos de Panamá Papers, Odebrecht, Avianca o el Correo Argentino.

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