Año XIV – Número 66 – Marzo/Abril/Mayo de 2015
El barro de un héroe estrellado
a Horacio González
El año calendario polÃtico comenzó el dÃa 12 de Enero de 2015 cuando el fiscal de la causa AMIA, Alberto Nisman, regresó al paÃs interrumpiendo las vacaciones que no fueron. Una muerte que de gravedad institucional viró a folletÃn con visos de novela negra. Un denuncia desesperada, a contrapelo de los reacomodamientos geopolÃticos a nivel internacional, tiñó de hipótesis y carátulas jurÃdicas a un verano dilatado que posó sus estrÃas, sin moderación alguna, en los fondos tumultuosos, revueltos, de un Marzo prematuro en prestidigitaciones, peritajes, desestimaciones, querellas de malentendidos sospechosos, informáticos vip que anunciaron, como en un mensaje encriptado, el préstamo de un arma que no protegió de loquitos a ninguna chica y sà produjo esa muerte que para la mentada opinión pública ya nunca importará si fue suicidio, suicidio inducido, asesinato o magnicidio institucional. Las audiencias confirmarán lo que siempre quisieron escuchar, aunque sea necesaria una resolución judicial. Efectos de la lenta velocidad del tiempo, relatividad por la cual el hombre de a pie, sumergido en la excitación de un falso héroe estrellado bajo la lluvia, observa que el reloj de los dÃas ha marcado un tiempo de ritmos imprecados por paraguas fiscalizadores que hicieron de un nombre un nuevo eslogan, una vacua expresión de vivos y viejos deseos.
Y en ese tiempo dilatado de velocidades periodÃsticas, rencillas entre Ministerios Públicos y Cámaras Federales y resoluciones o desestimaciones de legos, aún nos encontramos. Aunque la lenta velocidad del tiempo nos arroje ya en el mes cuatro del año quince, y la denuncia del fiscal, sin sustento alguno – casi una expresión de un delito a cometerse en el futuro – contra la Presidente, su Canciller y militantes polÃticos no sea más que una operación polÃtica destinada a perdurar entre medios y tribunales hasta que la nada absoluta la sumerja en el desinterés o el olvido. Quizás para entonces, la muerte se haya convertido en una atribución tardÃa de la soberbia o el desespero.
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El barro de un héroe estrellado
a Horacio González
El año calendario polÃtico comenzó el dÃa 12 de Enero de 2015 cuando el fiscal de la causa AMIA, Alberto Nisman, regresó al paÃs interrumpiendo las vacaciones que no fueron. Una muerte que de gravedad institucional viró a folletÃn con visos de novela negra. Un denuncia desesperada, a contrapelo de los reacomodamientos geopolÃticos a nivel internacional, tiñó de hipótesis y carátulas jurÃdicas a un verano dilatado que posó sus estrÃas, sin moderación alguna, en los fondos tumultuosos, revueltos, de un Marzo prematuro en prestidigitaciones, peritajes, desestimaciones, querellas de malentendidos sospechosos, informáticos vip que anunciaron, como en un mensaje encriptado, el préstamo de un arma que no protegió de loquitos a ninguna chica y sà produjo esa muerte que para la mentada opinión pública ya nunca importará si fue suicidio, suicidio inducido, asesinato o magnicidio institucional. Las audiencias confirmarán lo que siempre quisieron escuchar, aunque sea necesaria una resolución judicial. Efectos de la lenta velocidad del tiempo, relatividad por la cual el hombre de a pie, sumergido en la excitación de un falso héroe estrellado bajo la lluvia, observa que el reloj de los dÃas ha marcado un tiempo de ritmos imprecados por paraguas fiscalizadores que hicieron de un nombre un nuevo eslogan, una vacua expresión de vivos y viejos deseos.
Y en ese tiempo dilatado de velocidades periodÃsticas, rencillas entre Ministerios Públicos y Cámaras Federales y resoluciones o desestimaciones de legos, aún nos encontramos. Aunque la lenta velocidad del tiempo nos arroje ya en el mes cuatro del año quince, y la denuncia del fiscal, sin sustento alguno – casi una expresión de un delito a cometerse en el futuro – contra la Presidente, su Canciller y militantes polÃticos no sea más que una operación polÃtica destinada a perdurar entre medios y tribunales hasta que la nada absoluta la sumerja en el desinterés o el olvido. Quizás para entonces, la muerte se haya convertido en una atribución tardÃa de la soberbia o el desespero.
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