En política democrática no manda quien grita más o ejercita la fuerza desnuda sino quien tiene legitimidad, capacidad para generar obediencia. Si Cristina Fernández consigue tener tamaña incidencia en el armado de las listas no es porque blande la consabida “lapicera” ni porque prepee a sus compañeros. Quien conozca apenas la cultura política de la dirigencia peronista sabrá que esa tropa es chúcara y nada dócil para ser arreada.
La autoridad, el liderazgo tributan, en sustancia, a legitimidad, traducida en alta virtualidad electoral. A diferencia de 2009, su intención de voto orbita muy encima de la de los demás. Ese hecho, que lubrica la conveniencia colectiva, ordena al conjunto.
Ese recurso explica el alto protagonismo en el diseño de las listas nacionales aunque no garantiza el acierto de las designaciones ni la eficacia de todas las operaciones. En Córdoba, por ejemplo, el armado del FpV deja mucho que desear. En Santa Fe, la hábil maniobra de poner como cabeza de lista al reutemista Omar Perotti para conservar los votos que lo acompañan, no garantiza ese resultado. Los nombramientos conocidos ayer deberán pasar la prueba ácida del veredicto de las urnas.
La lógica del poder Leer más