En lo inmediato, lo más palpable, concreto, tangible que se puede sacar de la cuestión YPF, no pasa por la recuperación de la soberanÃa hidrocarburÃfera (ése es un camino que recién comienza y que va a demandar demasiado tiempo, esfuerzo y dolores de cabeza) en sÃ.
El paÃs ha ganado en punto a profundización de la democracia y de la institucionalidad republicana. Y eso porque la oposición (nótese que esta vez, para sustentar el punto, no hago ninguna acotación cuando la menciono, de ningún tipo) ha decidido abordar fuertemente el recupero de su soberanÃa táctica y estratégica. Ésa que habÃa concesionado al establishment corporativo, con Héctor Magnetto a la cabeza, al que, ahora, han expropiado.
¿Qué posibilitó todo eso? Varias cuestiones. El discurso de AgustÃn Rossi (que, simbólicamente, será recordado como apertura de otra etapa, o al menos como parte de ello, creo) las recorrió, un poco, a todas. Nunca son monocausales estos fenómenos. Es difÃcil precisar un punto de partida y una razón principal. El marco que se abrió definitivamente como capÃtulo histórico a partir del instante en que Julián DomÃnguez cantó los 208 votos que acompañaron, en forma trasversal, el proyecto de expropiación de YPF, fue producto, en realidad, de un proceso largo.
Probablemente podrÃa decirse que encuentra sus primeros embriones en la obstinación de Néstor Kirchner que, apelando a la ética de las convicciones, optó, luego de la derrota de 2009, por doblar la apuesta en vez de aceptar el nuevo pliego de condiciones que le ofrecÃan –similar al de Escribano antes de asumir en 2003– a cambio de una capitulación (programática) pacÃfica para él y Cristina, en forma de Pacto deLa Moncloao nuevo Acuerdo de San Nicolás: hablamos de la ley de medios,la AUH, Unasur.
Desde luego, no podemos obviar en todo esto el elemento popular movilizante que se empieza a observar con fuerza a partir del acto del Evita en Ferro en 2010 (que tuvo capÃtulo II en Huracán ’11 y tercero ahora, en Vélez ’12), va ganando en intensidad muy especialmente durante los fastos del Bicentenario y las exequias del fundador del actual oficialismo y se termina de consolidar en incontables ocasiones del electoral año pasado y se define como sujeto vertebrado en el ya mencionado encuentro en Vélez de hace diez dÃas.
Ello, digo, como elemento aprobatorio del curso de acción adoptado por el Gobierno luego de la reprobación electoral sufrida en 2009, que antes habÃa sido dato sociológico cuando se perdió en las calles durante la sedición agrofinanciera de 2008.
En tanto el kirchnerismo personifica y conduce un nuevo tiempo polÃtico, en que la gestión del Estado se entiende ahora en términos de creación/ampliación/recuperación de derechos y/o conquistas materiales concretas, y ello es merecedor de un guiño ciudadano –que se formalizó con dos pronunciamientos populares masivos en las urnas en dos meses el año pasado–, se abre un nuevo espacio para la acción polÃtica y la confección programática, una vez que la oposición, aventuro, tomó nota de las enormes distancias que los separó de la triunfadora.
Elementos culturales varios que hablan de lógicas intelectuales y sociales distintas y novedosas –la militancia como dato decisivo, la juvenil sobre todo– a las que, se ha comprobado, es difÃcil abordar, interpelar y/o convocar desde las narrativas y cursos de acción sectoriales que guiaron la discusión polÃtica hasta el año pasado, y cuya máxima expresión fue el Grupo A en el Congreso, obligan –si se quiere ser exitoso– a un correlato institucional distinto.
Atento a quela Constitución Nacionalpromueve, como tutela preferencial del sistema jurÃdico que bajo su imperio instituya, la plena realización de la ciudadanÃa, y no de aquello cuya conformación no proviene de la voluntad cÃvica; tarea, además, que deposita en los representantes legitimados y en nadie ni nada más, no puede menos que llegarse a la conclusión de que, contrariamente a lo que muchos pretenden sostener, la legalidad en Argentina se ha profundizado a través del capÃtulo YPF.
Esta nueva etapa se abre, también, a partir de la voluntad polÃtica de Cristina puesta en función de ello. De convocatoria a juntar fuerza institucional en función de engrosar el sujeto social que sea capaz de actuar la contradicción con lo corporativo y el statu quo ante, a los fines de dar relleno al nuevo programa de gestión del Estado que se viene desplegando como trazo proyectivo alternativo desde 2003. Porque, como venimos diciendo, es necesario abrirle paso a la posibilidad de alumbrar una nueva institucionalidad que termine de blindar todo lo actuado.
El 18 de noviembre de 2010 decÃamos, a propósito de la no aprobación del Presupuesto General dela Naciónpor obra y gracia del accionar del Grupo A en Diputados, que el cachetazo de Graciela Camaño a Kunkel habÃa significado el inicio del fin del ciclo de la antipolÃtica, y con él del proyecto del bloque de clases dominantes que en ello encontró sustento cultural para expresarse. La trama de intereses que se descubre aprovechándose del Estado en cada decisión es enorme y comlejÃsima. Y se expresa, claro, mediáticamente, porque hasta allà llegan las derivaciones de sus posesiones mercantiles.
Identificábamos, como responsables de aquel bochorno, a los actores de micro partidos cuya participación institucional estaba sobre representada, como marco de posibilidad, “quizás, el más propicio momento desde la caÃda dela Alianzapara establecer un pacto entre los sectores polÃticos organizados, a los fines limitar la influencia de aquellos que no son más que monoemprendimientos, partidos vecinales, agrupaciones estudiantiles. No para la cantinela de ‘armar polÃticas de estado que duren dos mil años’, sino para restablecer las reglas de juego y los códigos que tan bien manejaba el injustamente denostado Jaroslavskyâ€.
Véase cuáles han sido los espacios que acompañaron la movida del FpV: UCR, FAP, PSur, bloques, todos ellos, con mayor organicidad estructural, histórica y programática –aunque aún en reconstrucción– que los que repudiaron –excepto PRO, que es el intento concreto del conservadorismo por actuar polÃticamente dentro de la democracia–. Y que es desde las vocerÃas del poder fáctico que se denuesta lo que nosotros calificamos de avance democrático. Y cómo lo hacen: ridiculizando las plataformas y tradiciones, o los acuerdos partidarios.
La UCRpuso especial énfasis en desmentirle a Morales Solá que no votaron a favor a cambio de la posibilidad de nombramientos en el Congreso. Yo creo, de hecho, que no fue por eso. Pero aún si asà hubiese sido, valdrÃa el aplauso: eso es, precisamente, un ejemplo de acuerdo polÃtico. Como también lo fue el Pacto de Olivos, al que, al margen de algunos contenidos, también reivindico, en cuanto instrumento de empoderamiento de la clase polÃtica significó. Porque, como bien se ha dicho, el poder nunca desaparece, simplemente cambia de manos. Y este firmante, al menos, prefiere que esté en las de aquellos que se someten al escrutinio popular.
Y aún esto es superior, porque la participación popular, se insiste, está mucho más presente. En cualquier caso, ha sido todo ganancia para la representatividad ciudadana. Y eso, como punto de partida de cualquier polÃtica que se quiera practicar, siempre es destacable. Se abre, en perspectiva, el horizonte de un juego polÃtico más razonable, una disputa más sensata. Entendiendo por razonable y sensato que la cuestión sea disputada entre los partidos haciendo caso omiso de las agendas de sectores privados.
Ya AgustÃn Rossi puso blanco sobre negro respecto de cuál era, es y sigue y seguirá siendo la contradicción principal de la polÃtica argentina.
<iframe width=»480″ height=»360″ src=»http://www.youtube.com/embed/lgt86cIL6kU» frameborder=»0″ allowfullscreen></iframe>