No estoy. Te escucho, pero no estoy. Yo sólo soy memoria, soy pura y exclusivamente memoria de vos. Estoy lejos del trajinar del ahora. Sólo tengo de esta Argentina nuestra (tuya, mÃa), recuerdos. Los barrios que habitan ese recuerdo, no están. No sólo pasaron los noventa, también pasaron el 2001, el 2003, el 2007 y el ahora, crepuscular, que anuncia la noche que se avecina.
La Argentina de Menem fue para mi un experimento que conocà a través de las sospechas que los tonos melindrosos de amigos y familiares me hacÃan llegar, muy de vez en cuando, durante mi exilio post-dictatorial.
Yo soy un exiliado de los noventa. Regresé brevemente en el 95, dos meses después del triunfo escandaloso de Menem, cuando con euforia “popular y nacionalâ€, Menem se llevó los votos de la mayoria para acabar de diseñar el modelo de la destrucción. Me acuerdo de muchos explicando con absoluta falta de convicción “por qué Menemâ€: la justificación de una traición que todos sabÃamos.
Haciéndo cálculos, me preguntaba, ¿Cómo decirle al paÃs, que pese a los errores y horrores, definitivamente abundantes y peliagudos de este gobierno mal hecho y defectuoso, no hay ningún otro gobierno en la historia Argentina de mi generación, y de mucha historia anterior, que merezca nuestro respeto? ¿Cómo explicar a la desmemoria lo que enseña la memoria?
¿Soy yo un extranjero? Yo, que no soy más que el ayer de ustedes, ¿tengo derecho a hablar?
Llevo conmigo el pasaporte de tapas azules. No tengo otro. Mi fidelidad a la patria ha sido ridÃcula. Mi monogamia, pasada de moda. Pero ¿tiene derecho a decir el expatriado, el exiliado, el desertor de las filas de la mentira? ¿Hay un oÃdo que escuche la voz del que no está, que recoja su palabra y retenga la mirada congelada en el pasado que ahora interroga?
¿Quién soy? ¿Quiénes somos nosotros, los que dentro de los confines de ese continente alargado que llamamos Argentina reclamamos su ser? Te pregunto a vos, que hablando de Benjamin, hablas de la esperanza que se nutre de la desesperanza: ¿Es posible imaginar un paÃs, amar un paÃs, sin un nosotros?
Ellos, nuestros eternos enemigos, creen que no. Para ellos, el paÃs son sólo ellos mismos, y sin ellos, nada merece ser, todo esta terminado. No aman este paÃs, ni ningún otro, se aman a sà mismos. Pero el amor solipsista no es amor, el amor sólo se dice hacia aquello que imaginamos prescindiendo absolutamente de nosotros mismo.s
Pero qué hay de vos, qué hay de mÃ. Qué hay de aquellos que aman desde lejos. Qué hay de las minorias, de los perdedores, de los perseguidos, de los desposeidos, de los traicionados. Qué hay de los que sólo tienen una promesa de la tierra que aún no es.
¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo amar desde la desesperación que es el abismo del aún no ser?
¿Acaso sea ese el único amor verdadero? ¿Acaso sea la prueba que el amor nos exige para que seamos verdaderos?
¿Se acabó la esperanza de Benjamin en Portbou porque se acabó su vida? ¿Acaso la esperanza tiene que ser nuestra? ¿No hay acaso una esperanza que puede superar todas las traiciones, todos los abandonos? ¿Podemos hablar de justicia desde la ausencia absoluta de amor al que el trajinar de la polÃtica obsesiva con el narcisismo del ahora nos convoca?
¿No hay que repensar la justicia en el amor?
Porque el amor es la única forma de esperanza que puede nutrirse en la desesperanza.
Nuestra rebelión deberÃa habernos llevado hace tiempo a esa certeza.
Sin amor, la justicia es siempre una traición: la virtud salomónica de dar a cada uno lo que le corresponde. Pero el amor también habla de la preservación, y por eso la espada no se atreverá a cortar al medio al infante para contentar a las madres que vociferan clamando por justicia.
Me gustarÃa ponerme ne contacto con el Sr Ricardo Fosters ya que tengo un programa de radio.
Atte Daniel Mangona
No conozco a Ricardo Foster personalmente. El post es sobre un artÃculo que leà ayer en Página 12. Creo que es profesor de FilosofÃa polÃtica en la UBA, pero no estoy seguro. Puede que lo mejor sea dejarle un mensaje en la Universidad o ponerse en contacto con el periódico para que le den su dirección o teléfono. No creo que sea muy difÃcil. Lamento no poder ayudarlo de otro modo.
Saludos
La carta a R. Foster (el mismo) muestra un gran aprecio por «nosotros» y desprecio licencioso por «los otros». Solo demuestra una soberbia intelectual basada en silencios que se disimulan como forzados. «Llevarse los votos de las mayorias» ¿es un pecado de la democracia y una virtud de los demagogos? «Por que Menem» podrÃa ampliarse tambien ¿por que AlfonsÃn?, ¿por que De la Rua?, al fin ¿por que Kirchner? aún siendo minorÃa en la realidad de las urnas y mayoria en la virtualización de los escribas. Un paÃs existe «con nosotros» o «sin nosotros». Incluirse esperando una bula es reflejo de resentimientos ocultos.
¿Quienes son nuestros enemigos? Es de patologÃa incierta ignorar a los que nos aprecian y reconocer solo a los que creemos enemigos. Desgasta la ideologÃa de ubicar enemigos para amar, pensar y crear historias de redención o «utopÃas inciertas». Es propio de moralistas de comité, de tardÃos «sartrianos». Reinventar el existencialismo no es tarea como para asombrarse. Aron hace mucho lo sepultó estando él ya en el sepulcro.
Gracias «siete». Muy claros tus conceptos. Me parece que Foster es la expresion de un narcisimo cronico.