Colaboracionistas

Colaboracionistas, ideólogos, propagandistas, buchones. Toda la caterva delincuencial del periodismo que apoyó a la dictadura de Videla y Massera continúa activa hoy en día, salvo aquellos casos en que la muerte se ocupó de poner la justicia en medio de tanta impunidad. Desde la restauración democrática en 1983, las nacientes instituciones constitucionales tuvieron una enfermedad de origen. No se trata solamente del núcleo de autoritarismo que constituye el plexo ideológico de las clases medias argentinas, aliadas naturales de la clase alta hasta formar un bloque soldado alrededor de ciertos intereses, deseos e imaginarios comunes que vienen arrastrándose desde los fondos de la historia de la Patria; se trata, además, de una corporación (entre tantas otras) que sobrevivió intacta a la debacle dictatorial y se reinventó, impune, en la nueva democracia con las vestiduras blancas de la ética y la libertad de prensa. Pero que, a diferencia de otras corporaciones, tiene un poder aterrador de llegada a los hogares de la sociedad civil. Es decir, su capacidad de daño es aterradora.

Tal como si, caído el estado nazi, Josef Goebbels hubiera hecho un mea culpa a las apuradas y hubiera seguido adelante con su tarea de comunicador ahora democrático, cientos de Medios, empresarios periodísticos y oscuros personajes que colaboraron con el reino de terror militar, que apoyaron con fervor la tortura y la desaparición, que se encargaron de mantener y sostener el sistema de desinformación que llegó a su paroxismo durante la guerra de Malvinas, sencillamente, llegado 1983, se limitaron a seguir como si nada hubiera pasado. Como si un baño de sangre de dimensiones dantescas no cambiara nada en la historia de una nación. Para algunos había llegado la hora de despegarse del pasado reciente sin dar demasiadas explicaciones, para los más crispados, de seguir empecinados en un mensaje ultraderechista y promilitar y para los más cínicos, de travestirse en víctimas de la barbarie que habían apoyado y con la que se habían enriquecido.

Como todos saben, la excusa de “la subversión” para sostener la violación del orden democrático en 1976, concepto con el que los Medios saturaron a la sociedad, existió para cubrir el motivo verdadero del golpe videlista: imponer en la Argentina las políticas neoliberales que ya Washington buscaba sembrar en el “patio trasero”. Con esa ideología como constante, los Medios Concentrados de la Información, beneficiados en algunos casos durante el videlismo con la desaparición forzada de personas (caso Graiver/Papel Prensa) o directamente con la presunta apropiación de menores, hijos de desaparecidos, se lanzaron a la aventura democrática con la tarea de marcar la cancha y asegurarse que los beneficios de la libertad del mercado continuaran engordando sus negocios, ramificados hasta el infinito y cada vez más monopólicos. Luego del golpe de mercado que sacó sin piedad al errático Alfonsín del sillón de Rivadavia, hubo, tal vez, un momento de inquietud ante la vuelta del peronismo al poder. Pero Carlos Me*em significó un veloz suspiro de alivio que se fue transformando con los años en un feroz chillido ávido. Con el neoliberalismo rampante y de un salvajismo inusitado, aún para los incrédulos países centrales, los negocios de los Grupos empresarios florecieron. Y al mismo ritmo, el acompañamiento mediático.

Hoy, transformados en el verdadero contrapoder argentino, en la verdadera oposición; constituidos de facto en Cadena Nacional Privada, enfrentan en bloque al poder popular con armas de dudosa ética, con una andanada desinformativa que tendrá, más temprano que tarde,  consecuencias gravísimas para la institucionalidad democrática. Embarcados en una guerra sin cuartel por el blindaje de la renta agropecuaria, aglutinan detrás de este virtual Partido del Campo a la heterogénea y mezquina oposición política, lo que es decir: a LOS DIRIGENTES de la oposición política, a los que brindan generosos espacios de difusión en una tarea de propaganda política cada vez menos disimulada y con un nivel de avidez golpista que no se veía, tal vez, desde los años de Arturo Illia. Sólo que, a diferencia de aquellos años, su poder de llegada es absoluto, totalitario, la pesadilla de Orwell. Y Nelson castro, personaje incrustado en este mainstream de mentiras y operaciones, declara con singular hipocresía en la revista MIA (Grupo Perfil, claro está) que ya no quedan espacios para la libre expresión.

En esta empresa contra el Gobierno, la Cadena Nacional Privada de Desinformación pone a jugar a sus nombres más famosos, quienes, a pesar de ser diferentes personas y trabajar en diferentes medios, bajan un curioso discurso único. Un discurso robótico, machacador, homogéneo que tiene un solo objetivo: hacerse carne. Moldear el pensamiento de la sociedad civil. Volverla proclive a aceptar aquellas viejas políticas que la sumieron en la miseria y la marginalidad. Ellos ayudaron a crear las condiciones sociales que hoy resultan en los casos de inseguridad, y ahora saturan, embrutecen y aterran al público con esa misma inseguridad como si hubiera llegado desde el planeta Marte. Un círculo infernal que prepara el camino para la restauración conservadora.

Es de esperar que el Pueblo Argentino despierte de esta pesadilla, de este adormecimiento aterrado a la que la someten los Medios y tome en sus manos, con sus propias ideas, su propio destino, alejados de la idiotez bovina que le imponen los dueños de la información.

MP

Acerca de MP

Escritor y diseñador gráfico.

Ver todas las entradas de MP →

Un comentario en «Colaboracionistas»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *