Pasó otra huelga del moyanobarrionuevismo. Un fracaso contundente –medido en relación a las pretensiones que lo impulsaron–, del que abundan sobradas certezas.
Hemos escrito muchÃsimo aquà de la deriva del ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, desde que decidió desbarrancar demencialmente tras la reelección de la presidenta CFK en 2011. Tanto, que ya resulta imposible la originalidad.
El pasado 11 de abril habÃamos sembrado dudas en cuanto al éxito que se habÃa relatado con referencia al paro general del dÃa anterior, que habÃa estado apalancado en la adhesión de los gremios del transporte y de piquetazos varios a cargo del trotskismo. Casi un mes después, media Plaza de Mayo le quedó enorme a una convocatoria del mismo combo dirigencial para protestar contra la inseguridad, confirmando las sospechas: la protesta previa habÃa funcionado, pero sin expresar representativamente; debido a la hábil construcción táctica con que la habÃa sustentado Azopardo, no importaba cuántos se habÃan abstenido de prestar tareas sino dónde lo hicieron.
No casualmente, estas jornadas de lucha, a diferencia de lo que usualmente se estila, se vienen celebrando sin que un acto las epilogue. Saúl Ubaldini enseñó una regla: «sin corte, con movilización». No obstante, se hace exactamente lo contrario.
Apenas entrada la tarde de ayer, en la web ClarÃn, órgano oficial de la huelga, se publicó una columna de Ricardo Cárpena, en la que el periodista no pudo salir a incendiar al gobierno nacional ante lo obvio de que la medida tuvo un impacto mucho menor al que esperaban. Griseaba: “Ni parazo, ni paritoâ€, era el tÃtulo. Se la podÃa encontrar en la portada de la web, junto con las restantes noticias, en grande, de la protesta que estaba transcurriendo. Media hora después, aproximadamente, ya no estaba esa nota de opinión en primer plano, y la cobertura del asunto habÃa quedado reducida a menos de la mitad del tamaño que mereciera hasta allÃ. No se habrÃan perdido la oportunidad de regodearse con Balcarce 50, de haberla tenido.
Evidencia del fracaso de la movida que intentaba el sindicalismo opositor que encontraba un lÃmite en la necesidad de evitar el ridÃculo que, al menos por una vez, entendió ClarÃn, aunque también debÃa mixturarse con la imposibilidad polÃtica de otorgar siquiera el empate al gobierno nacional. Un coctel periodÃstico casi imposible de domesticar racionalmente, tanto como le es esquiva a la escasa ductilidad estratégica de Moyano la sÃntesis de las distintas alianzas que explora desde hace tres años, sin mayor suerte: recordemos, en las elecciones 2013 Camioneros fiscalizó el 5% de votos de Francisco De Narváez, con el propio jefe sindical y varios otros de los suyos como candidatos. ¿Dónde serán mejor considerados que en el kirchnerismo?
La derrota, asà las cosas, no requiere de acumular todavÃa mayor cantidad de probanzas; ahora, se trata de comprenderla.
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José Natanson explica en su libro La Nueva Izquierda que en América Latina no existen partidos puramente laboristas sencillamente porque con el viejo imaginario del obrerismo fabril, hoy muy disminuido, ya no alcanza para ganar elecciones.
Artemio López y Manolo Barge se expresaron, con algunos matices, en sintonÃa con ese diagnóstico.
En esos términos, no tiene sentido perderse en la discusión acerca del carácter polÃtico o no de las jugadas reivindicativas de un sindicato (más allá que el dato especÃfico de reclamo es cada vez menos nÃtido en el caso de la dirigencia que estamos comentando): todas lo son, lo interesante es inquirir qué tipo de polÃtica fomentan. Habida cuenta de la incapacidad del dispositivo que se expresa en Moyano para, per se, imponer condiciones, requiere de acordar alianzas para viabilizar sus planteos en el campo institucional. Pero obstinado en sobreestimarse, intentó ocupar la silla decisoria que dejó vacante Néstor Kirchner al fallecer de puro guapo. Sus errores en el territorio partidario, empero, derivan en heridas para el programa laboral.
De ahà que el jefe camionero descendió desde la pelea por el reparto de renta empresaria y la vicepresidencia de la Nación en 2011, a exigir disminución del impuesto a las ganancias en 2014. El conformismo actual es hijo de desaciertos precedentes: la impericia para concertar acuerdos que le permitan expandirse en la dinámica del poder.
Conviene recordar que, al mismo tiempo que Moyano se desperdiciaba en un nuevo sinsabor, el gobierno nacional conseguÃa la aprobación de un nuevo programa de incorporación previsional. Y discute una modificación del paradigma a través del cual Argentina se vincula con los mercados de deuda soberana, en un giro histórico para el promedio nacional, que resulta viable por la articulación que hizo la presidenta de la Nación de una coyuntura local con tendencias del plano geopolÃtico que hacen prever una lenta pero inexorable modificación de la actual correlación de fuerzas. Mientras sucede todo eso, algunos que cobran 5 mil pesos debieron resignar su presentismo para que los que ganan más de 15 mil no se vean perjudicados por el descuento de $98 mensuales de impuesto a las ganancias.
Están enredados en un laberinto: entre un oficialismo que les pidió el temple y la paciencia que toda amalgama a veces demanda a alguno de sus componentes y… la nada. Desaconsejablemente módicos, por angurria, en sus intervenciones. ¿Qué rol quiere jugar el sindicalismo opositor en el contexto actual? De momento, retumban sus silencios. Es una corporación que eligió, casi por gusto, encerrarse como tal, sin mayor horizonte que el segmento convencionado al que mejor le ha ido.
La tradición argentina es la de una dirigencia gremial que disputaba en grande porque siempre pensó sobre los más diversos aspectos de la agenda pública. La Falda y Huerta Grande lo atestiguan. Está bien que uno no va a andar en estos tiempos, tras toda el agua que corrió bajo el puente (cuestiones muchÃsimas veces deliberadas), con ese nivel de exigencia.
Pero el vacÃo de acompañamiento es directamente proporcional al doctrinario.