EL Vice Presidente que no fué (IV) antecedente

La página Web del Departamento de Estado de U.S.A.  publicó una nota de  Michelle Austein -Redactora del Servicio Noticioso-,  titulada: “El Proceso para seleccionar a un Vicepresidente ha evolucionado con los siglos”.

La nota está fechada dos dias antes de la polémica decisión del vicePresidente argentino de contrariar a la Presidenta Dra. Cristina Fernández en una medida cuya suerte final debía definir el Congreso.

La Sra. Austein en su artículo señala lo siguiente

Si los ejecutivos principales fueran de dos partidos distintos, para la Casa Blanca sería difícil presentar un mensaje unificado y las batallas políticas podrían causar retrasos en el proceso de gobernabilidad. Los fundadores del país aprendieron esta lección tras comprobarlo con la propia experiencia.

En la elección de 1800 Jefferson y su compañero de fórmula Aaron Burr pertenecían al mismo partido político.  Sin embargo, Burr y Jefferson recibieron cada uno la misma cantidad de votos en el colegio electoral y las reglas indicaban que para romper el empate tenía que votar la Cámara de Representantes. Esto despertó animosidad entre ambos ya que la Cámara de Representantes votó más de 30 veces antes de elegir ganador a Jefferson.

Uno de los pocos deberes constitucionales del vicepresidente es emitir votos para romper empates en el Senado. Burr se enfadó con Jefferson y se dedicó a votar en el Senado para romper empates en contra de las decisiones del presidente.

La  Sra. Austein también publicó otra nota fechada 3 días antes (14/julio/2008) de aquella noche que se titula: “Escoger al nominado a Vicepresidente es decisión política y personal del candidato a presidente”, aserto  que cuestiona la supuesta independencia y la falta de obligaciones debida  al primer mandatario por parte de su eventual suplente y «elegidor».

¿Y quien fué este Aaron Burr?,  al que se refiere la observación de la Sra Austein cuya actitud en el ejercicio de tan alta dignidad fue de clara oposición al gobierno de su antiguo compañero de fórmula y constituye el único antecedente que encontré del voto de calidad Sr. Cobos contrario a la voluntad manifiesta del Jefe de Estado y Gobierno de la República Argentina.

Aaron Burr nació en Newark, New Jersey (1756) y falleció en Staten Island (1836). Teniente coronel en la guerra de la Independencia, presentó su dimisión en 1779 debido a sus desavenencias con George Washington. Alejado de la milicia se consagró al estudio del derecho y fue admitido en la barra de abogados de Albany en 1782, En 1783 se mudó a Nueva York , en 1784 resultó electo ganando un escaño  en la legislatura del estado. Fue escalando elección tras elección dadas sus dotes de armador de aparatos y una extrema habilidad para el rosqueo .

“Burr era un hombre inescrupuloso que no se detenía ante nada» (Isaac Asimov, Nacimiento de EEUU, página 128)

En 1801 fue propuesto para la vicepresidencia de la Nación, como acompañante de Jefferson, en el colegio electoral empataron pues sus partidarios votaban por dos candidatos, y lo que todo el mundo esperaba era que Burr se bajara, cosa que no sucedió. Entonces el derrotado partido opositor (federalistas liderados por Hamilton) vio la oportunidad de explotar la ambición de Burr en su provecho y se sumó al show de los ganadores en las urnas, al menos si no ganaron allí sacarían partido del descrédito ante la opinión pública de los empellones entre los compañeros de fórmula rivales.

“Durante una semana, hubo un punto muerto en la Cámara, mientras los federalistas asumían el papel de aguafiestas. Pero fue roto por Hamilton, quien se halló en la poco envidiable posición de tener que elegir entre dos enemigos. Odiaba a ambos hombres, pero sabía que Jefferson era un estadista, por equivocadas que fueran sus posiciones desde el punto de vista de Hamilton, mientras que Burr era un intrigante sin principios.” (Isaac Asimov, Nacimiento de EEUU, página 120)

Se tiró del hilo lo más que se pudo y antes que se cortara -en la votación 36- se respetó la voluntad de la ciudadanía y Jefferson fue ungido Presidente, pero la magia entre  el Presidente y su Vice se había evaporado en medio de una nube gris de desconfianzas, conspiraciones e intrigas.

Como Vicepresidente Burr se dedicó a trabar las iniciativas del Presidente Jefferson que, obviamente,  ya no lo eligió para acompañarlo en su segundo mandato (1805/1809). Entre otras acciones, Burr desempató en tres oportunidades y siempre contrario a lo exigido por el Presidente Jefferson.

Burr después de sus tres votos “no positivos” era –como es de esperarse si triunfa la sensatez- un político desacreditado, había roto con los republicanos y les había fallado a los federalistas.

Aspiró a la Gobernación de New York en 1804 pero Hamilton (lider del  partido opositor) movió los hilos para que su candidato le ganara, cosa que finalmente ocurrió. Luego Burr  retaría a duelo a Hamilton  y le daría muerte con lo que se granjeó más resentimiento aún.  Execrado por el asesinato de Hamilton y con órdenes de arresto emitidas por Nueva York y Nueva Jersey se fugó hacia el oeste, mientras tanto sus aliados arreglaban el entuerto legal.

En el lejano oeste, aquel de las películas de vaquero, prosiguió con sus andanzas. De Burr se sospecha (no hay prueba pues su documentación privada se perdió en un más que conveniente naufragio) que fue un constante conspirador contra la unidad de la joven República norteamericana. Intentó vanamente la secesión de los estados del Norte y luego de algunos estados del Este y del Sur, claro que en sus planes el era el natural Jefe de Estado.

Burr, quien ya había mostrado su disposición a desmembrar los Estados Unidos, adhirió el vago complot de Wilkinson. Burr tenía una personalidad atractiva y el suave carácter convincente de un estafador. En el oeste conoció a muchas personas a las que deslumbró con sus planes, y en 1806 empezó a reclutar hombres para invadir los dominios españoles. Sólo esperaba que sus aliados de Nueva Orleáns declarasen independiente Luisiana. (Isaac Asimov, Nacimiento de EEUU, página 129)

De esto se lo acusó velada y públicamente. Sufrió un proceso en 1807 por “traición a la Patria” del cual luego de una gran controversia entre Jefferson y John Marshall salió indemne pues solo se trató de una maquinación para independizarse que no pudo comprobarse y ya libre de culpa y cargo en 1808  buscó refugio en Europa. Los estadounidenses aplicaban con Burr un castigo ejemplificador.

Burr se marchó a Europa, donde permaneció algún tiempo, y aunque vivió treinta años más, pues murió a los ochenta años en Nueva York, llevó una vida penosa y oscura. A fin de cuentas, fue bien castigado. (Asimov, Nacimiento de EEUU, página 130)

Los norteamericanos son reacios a hablar de las debilidades de sus padres fundadores. Aunque en el caso de Burr casi, casi hacen una excepción. Me vi obligado a buscar a autores de otras nacionalidades, tal el caso del mejicano Victoriano Salado Álvarez que en su libro:  “Un imperio mexicano en el siglo XVII” (México, talleres de la imprenta y fotograbado del Museo Nacional, 1908)  en el capitulo llamado: “La conjura de Aaron Burr y las tentativas de conquista de México por americanos del Oeste”  aporta una semblanza del antecesor en el renuncio de Julio Cobos.

Dice Salado Alvarez de Burr:

“Senador durante seis años, pronto aspiró á gobernador de New York, el estado-imperio, cargo que era entonces tan codiciado como ahora, por su gran sueldo y por la representación que traía consigo. El famoso Wit Clinton ganó la elección; pero la habilidad que desplegó Burr y las fuerzas de que hizo alarde, llamaron grandemente la atención de su rival más encarnizado, el coronel Alejandro Hamilton.

Lo cierto es que los turbios manejos de Aaron, tan distantes de los que hasta entonces se habían practicado en la política americana, empezaron á preocupar á todos, al grado que el mismo Hamilton escribió á Rufo King que consideraba «un deber de conciencia» (religious duty) entorpecer la carrera del terrible político.

Del mismo parecer era Washington, pues en 1794, como un conventículo republicano le recomendase á Burr para desempeñar el  puesto de ministro americano en París, el Presidente contestó con seguridad, que tenía como regla de su administración no designar para cargo importante á sujeto cuya inmaculada honradez no le  constara.” (Salado Alvarez, «la conjura de Aaron Burr», pág 13 y 14)

Lugares y tiempos muy distintos y distantes separan a estos dos vice-Presidentes. No existe analogía histórica perfecta, comparar las personalidades resalta más las diferencias entre Burr y Cobos que las supuestas coincidencias que este humilde escriba ha encontrado entrambas personalidades. Pero era necesario hablar del hombre,  personalidad y trayectoria de quien coincidió con Julio Cobos, en emitir un voto en contra de la voluntad expresa de quien lleva el volante en la conducción del estado-nación y de la suerte del norteamericano. La suerte de nuestro compatriota es un enigma aún.

PD:

*las negritas son mías

**Gracias a los blogueros Andrés el viejo y Manolo por la orientación, se confirma una vez más aquello de que «el diablo sabe por diablo, pero…»

Acerca de OMIX

Omar Bojos / Bonaerense, moronense, peronista conurbanero y defensor de los compañeros con quienes militó en tiempos un tanto más difíciles que los actuales (gracias a Dios)

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5 comentarios en «EL Vice Presidente que no fué (IV) antecedente»

  1. Pero votó de acuerdo con el sentir del pueblo. Que es una voluntad superior.
    A veces me pregunto pòrque no llamaron a un referendum en ese momento, yo no tengo dudas sobre que postura habría ganado.

  2. El sentir del pueblo… el sentir del pueblo…

    Me parece que, al igual que en la caso del INDEC, haber tenido (y tener) un multimedio que ocupa más del 60% del espectro rompió los instrumentos confuiables de medición del «sentir del pueblo».

  3. La única encuesta válida por cuatro años al que se atiene un Presidente es la elección que lo ungió. Eso no quiere decir que las mayorías y minorías cambien, y se vea obligado a hacer los reajustes necesarios para encontrar las nuevas vías por las que se canalicen las mismas aspiraciones que lo llevaron a la cima del poder político. De hecho la relación de fuerzas cambia el 10/12.

    Ademas, decime que tributo (aunque esta merma en la ganancia era extraordinaria, como finalmente se demostró) es popular y puede ganar una encuesta o referendum.

  4. Es interesante la figura de Aaron Burr, al que la historia ha maltratado encumbrando a Thomas Jefferson, un personaje hipócrita donde los haya. Por desgracia, esta entrada se basa en una única fuente y no bastante fiable en este aspecto (Isaac Asimov). Para enfrentarse a Aaron Burr habría que acudir, en principio, a sus memorias (editadas por Matthew Lewis), y luego a alguna biografía como la de Milton Lomask (en dos tomos) o la mucho más reciente «Fallen Founder», de Nancy Isenberg, así como el conjunto de documentos sobre Burr recopilados por Mary Jo Kline en 1981.
    Por cierto, casi nadie recuerda que el estado decisivo para la victoria de Jefferson en 1800 fue precisamente Nueva York, cuyas elecciones a la legislatura estatal (decisivas al ser el órgano legislativo quien por entonces elegía a los compromisarios) se debió única y exclusivamente a Aaron Burr, quien movilizó personalmente a gran parte del electorado con jornadas maratonianas de hasta dieciséis horas, logrando una victoria para el partido republicano que derrotó al federalista en el feudo dominado por Alexander Hamilton.
    Respecto a la conjura de Aaron Burr, lo más saludable y quizá lo mejor es leerse íntegras las actas del proceso, que están publicadas, así como el reciente estudio de Peter Charles Hoffer «The treason trials of Aaron Burr».La actuación de Jefferson en este aspecto fue lamentable y en algunos casos incurriendo en comportamientos abiertamente prevaricadores, como cuando ofreció al fiscal Hay cartas de perdón en blanco para quienes testificasen contra Burr, o al manifestar por escrito que, en caso de ser declarado Burr no culpable, «el pueblo juzgaría a los jueces» (sic). Me remito al estudio de Leonard Levy sobre la «cara oscura» de Thomas Jefferson.
    En resumen, que Aaron Burr no fue ni mejor ni peor que el resto de sus coetáneos.

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