Los cinco sentidos del nuevo kirchnerista

2001-2004

Viste un incendio del que salía un humo negro casi indescriptible. Llegaba hasta el cielo y se perdía entre las nubes. Parecía no tener fin. Sentiste un gusto amargo, como si un caramelo acido se hubiese pegado a tu paladar.   Escuchaste el llanto de un chino al que le saquearon su supermercado. Caminaste, sentiste algo, que no pudiste identificar.  Ese algo tenía un ruido que era incesante y te comprimía la cabeza, como si un taladro eléctrico se cruzara con una hinchada de fútbol en plena calle.  Una lágrima caía, dos se revolcaba y tres jugaban a pelear con las otras para ver cuál era la  más beneficiada, mientras un nudo se hace en tu garganta. Siempre ese nudo estaba, siempre estaba.

2004-2006

Tu aliento tenía una mezcla de mentita con cebolla, a pesar de que ya no se veía más humo ni se escuchaban los llantos. Si, en cambio, se oía a lo lejos el sonido de uno, dos, tres, cuatro, cinco martillazos. Esa es la música que anuncia la “reactivación”, dijo uno de tus amigos, mientras pensabas que al otro día con tus recién quince años tendrías que trabajar en un taller mecánico. En ese momento agarraste una pelota bordeada por una superficie casi cortante que sólo podías sostener si tocabas su  base lisa y llana. Quizás, pensándolo, bien, ni era una pelota. No sabías lo que era, ni para qué se usaba.

2006-2007

Basta de caramelos ácidos, de cebollas mezcladas con menta, esta vez te tentabas con un buen guiso de esos que calientan el alma en invierno y exasperan en verano. De esos que uno se acerca a la olla e inmediatamente te dan hambre por la compresión que produce la conjunción entre carne, arroz, tomate, zanahoria, perejil, ajo y un sinfín de condimentos a piachere. Sin embargo, al guiso le faltaba, quizás cocción, tal vez otro ingrediente. Por los ojos te llenabas pero no alcanzaba para todos, siempre uno de allá o de acá protestaba porque había algo que no gustaba o no se repartía. Al lado de la mesa siempre estaba la pelota, que iba y venía, según quién palpara. Al tocarla continuaba con una base lisa y llana y ya los relieves se amoldaban de a poco para servir a un fin desconocido que aún no comprendías.

2007-2009

Escuchabas eso de que el sonido de la “reactivación” se traducía en torres, rutas, hospitales y escuelas. Escuchabas eso de que “por fin se dio mi sueño cumplido, lástima….”. Siempre un lastima, un lástima vacio, que se quejaba de lleno.  Veías una casa con cimientos, ventanas, puertas blindadas, ladrillos a la vista, techo de membrana asfáltica. Pero al lado había un canal de riego que contenía la misma agua desde hace cinco años atrás. La pelota siempre estaba omnipresente, un poco más lisa en los costados y más llana y redonda que un tiempo atrás.

2009-2010

Entre ese humo, esa reactivación, ese guiso y esa casa una cuestión pasó, mientras comías un chocolate no lo suficiente empalagoso para vivar por él, ni tampoco no lo suficiente asqueroso para protestar contra él. El sonido de la reactivación había dado lugar a bombos, platillos, guitarras, canticos que demostraban una nueva realidad que no terminabas de entender. El olfato no se conformaba con el olor del guiso anti invierno sino que  ya iba por el de un corderito a la estaca, como se hace en la Patagonia. No veías una casa sino un barrio, en otros lugares una ciudad. Y ahí te diste cuenta de que la pelota era redonda, lisa, llana y que servía para eso que tanto molesta a los poderosos. Ellos también se dieron cuenta.

3 Comments on “Los cinco sentidos del nuevo kirchnerista”

  1. Como comentaba hoy Aliverti, lo que los vomitan no pudieron soportar es que les tocara sus símbolos «patrios»:

    1. Las FF.AA (54 generales al tacho el 26/05/2003, el descuelgue del cuadro de videla, anulación de OD, PF e indultos, 300 juicios activos, los genocidas en Marcos Paz, etc.)

    2. La Iglesia (Basseoto, Von Wernich, Matrimonio Igualitario, etc.)

    3. «El Campo»

    4. La Nación y Clarín (Que son la Patria, según la Naranja Mesiánica)

  2. Creo que lo que realmente no soportan es la demostración práctica de que el progreso social y económico se alcanza solo yendo en contra de sus «verdades reveladas».

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