¿Que quieren las mujeres?

I – La pregunta 
– ¡Pardiez! Esta afrenta no quedará impune – dijo Arturo, y sin dudas hubiese desenvainado a Excalibur, de no haberla enviado al taller de mantenimiento el fin de semana anterior, para ciertas reparaciones impostergables en su empuñadura, un tanto erosionada por el ácido sudor del temperamental monarca. 
Ante la falta de su instrumento fetiche tomó un copón de la mesa redonda y lo arrojó con su proverbial puntería contra la humanidad de Sir Gawain, quién con un leve movimiento de de su cuello evitó el desagradable encuentro con el objeto lanzado por Pendragón; sin poder impedir – no obstante – ser salpicado por algo del vino contenido en el recipiente. 
Los restantes caballeros presentes miraron piadosamente hacia otro lado. Estaban ya un tanto cansados de los arrebatos del cascarrabias de Arturo, quién en cada polémica creía detectar un ultraje a su honor. 
– El viejo está caduco – opinaban varios, y por un dejo de respeto preferían hablar del tiempo o del último torneo, que – para variar – había ganado invicto Sir Gawain, ante la interesada mirada de las damas de Camelot. 
La tarde, no obstante, se presentía pacífica. Sir Hugo de Breil perdía su habitual partida de damas con Arturo, campeón imbatible desde hacía más de diez años. El último en vencer al irascible monarca en este juego había sido nombrado esa misma noche comandante de la guarnición de Thule, a más de 6 meses de marcha de Camelot. Sin tiempo a despedirse de su mujer – Lady Diana – ni de sus hijos pequeños, sir Geoffrey marchó a convivir con los salvajes en los confines del reino, para mayor gloria de la tabla redonda. 
Decían las malas lenguas al respecto que el lecho de Lady Diana no quedó frío por mucho tiempo, pero nada se pudo comprobar, y Arturo quedó ante sus pares más como un tirano vengativo que como un sátrapa concupiscente. 
El ambiente no era el mejor entre los caballeros que gobernaban con mano de hierro a Inglaterra desde hacía casi medio siglo. Si bien el temperamento de Arturo era fuente de tirrias y recelos tampoco la actitud de algunos jóvenes caballeros, recientemente incorporados a la famosa cofradía, apaciguaba el espíritu de los veteranos que habían librado tantas memorables batallas por la libertad de su patria. 
La molicie ganaba las antes firmes voluntades, y – ante la falta de dragones en el reino – la nueva generación de caballeros fortalecía sus brazos en intrascendentes torneos, cuando no se reblandecía en el tálamo de insatisfechas y maduras damas. 
Así las cosas, nadie se escandalizó en grado sumo cuando sir Gawain se permitió una ligera chanza sobre la falta de ejercicio del corcel de Arturo, dando a entender, por lo zumbón del tono, que a quién le estaba faltando el rigor de la actividad física era al propio soberano. La reacción de Arturo no sorprendió tanto por su calibre como por el destinatario. En efecto, sir Gawain gozaba de la estima del rey, quién acostumbraba pasar sus tardes en los jardines de Camelot, aleccionándolo sobre las artes de la guerra y el buen gobierno. 
A partir de aquella ya lejana noche en que un mancebo de inconsciente bravura salvara la vida y la honra de la reina Ginebra en una encrucijada del condado de Nordfolk de la artera felonía de su castellano, sir Damon, la gratitud de la casa Pendragón se derramaba sobre los rucios bucles del mozo originario de las Highlands. Hubo quienes opinaron que el reconocimiento era exagerado, y que el joven Gawain, nombrado caballero en un procedimiento fulminante, abusaba de ciertas prerrogativas, como por ejemplo circular a su antojo a horas inconvenientes por los pasillos de palacio, aún en cercanías del gineceo, agregaban, pérfidos. 
Un denso silencio se produjo. Arturo temblaba de ira, más por haber errado en el lanzamiento del copón que por la imaginaria ofensa; sir Gawain, miraba alternativamente a derecha e izquierda, como buscando una explicación para algo completamente fuera de cualquier previsión. Pero era inútil: los caballeros de la Mesa Redonda clavaban su mirada en Arturo, esperando la palabra del rey. 
Arturo – quién no habría reinado durante tantas décadas de no haber sabido dominar un tanto su natural iracundo – entrecerró los ojos, y sentándose con calculada parsimonia levantó lentamente su mano derecha, anunciando así su disposición a emitir un dictado inapelable. 
– Una ofensa al rey es una ofensa a Inglaterra – anunció, luego de un silencio de algunos pocos segundos. Luego prosiguió – en estos casos el castigo es sólo uno: la muerte. 
Un murmullo comenzó a elevarse, hasta que el monarca levantó nuevamente su diestra, acallando cualquier incipiente crítica con el imperio de su mirada. 
– Sin embargo – continuó – sin embargo, y en razón del cariño que os profeso, no ejecutaré la sentencia. 
Aquí Arturo calló, y los caballeros – un tanto tranquilizados – se congratularon de la magnanimidad del soberano. 
– … durante un año – acabó el taimado – En ese tiempo Camelot os estará vedado. Marchareis al exilio, al bosque de Greenwood. Allí encontraréis a la bruja Morgana y le haréis una pregunta. Al cabo del año que os concedo volveréis a Camelot con la respuesta. Si esta me satisface os perdonaré la vida. 
Los gentilhombres comprendieron y se rindieron ante la astucia del viejo caudillo. Nadie había vuelto con vida de Greenwood en los últimos cuarenta años. Arturo enviaba a la muerte a su protegido sin que su sangre cayera sobre él. 
El joven Gawain captó al instante la artera maniobra, no obstante, y con singular sangre fría rodeó la mesa para hincar rodilla ante su juez. Con tono altivo inclinó su testuz mientras se dirigía al dueño de su destino: 
– ¿Cuál será la pregunta que haré a la bruja, milord? 
La leve brisa que entraba por las ventanas del palacio se hizo audible. Los caballeros de la Mesa Redonda comprendieron que algo de terrible importancia estaba por suceder, algo – quizás – sólo comparable al momento final de la batalla de Lakesucess, cuando Arturo consolidó la unión de Inglaterra alzando a Excalibur sobre el cuerpo exánime del duque de Blackshore, último pretendiente al trono de Albión que cuestionaba la profecía de Merlín. 
– La respuesta deberá satisfacerme – repitió Arturo, repantigándose en su silla – y su validez deberá ser comprobada… 
– Sire, la pregunta… – intentó interrumpir el impetuoso joven. 
– … ¿Qué quieren las mujeres? 
II – La búsqueda 
– ¿Qué quieres de Morgana? – dijo la bruja con voz sibilina. 
La noche parecía salir de su cabellera, a su alrededor el negro era profundo e intenso, difuminándose a medida que se alejaba hacia las ramas de los árboles cercanos. Sir Gawain no podía quitar los ojos de ella; desde su entrada en Greenwood trataba de figurarse el momento en que encontraría a la hechicera, frente a frente. Pero nada de lo imaginado lo había preparado para esto… 
La salida de Camelot fue triste; con las brumas de la mañana, sir Gawain oyó – o creyó oír – los lamentos de más de una doncella que añoraba por anticipado la ausencia de su campeón. 
Ninguna mano se tendió hacia el joven caballero, para aligerar la carga de su desgracia con el bálsamo de la amistad: el miedo a la cólera de Arturo podía más. Así, sólo con sus pensamientos, sir Gawain fue atravesando los campos de Inglaterra, rumbo a la floresta de Greenwood, morada ancestral de Morgana. A su paso los villanos se escondían, temerosos de la larga y vengativa mano del rey, no obstante – misteriosamente – siempre hubo alimentos frescos a su alcance, en algún recodo del camino. 
Más de seis meses le insumieron al impulsivo caballero llegar a los límites del tenebroso bosque, y no pocos trabajos, que, de haber sido realizados en otros tiempos, hubiesen originado más de un cantar de gesta. Sin embargo, y en vista de la aflictiva situación del paladín, sólo como rumor se esparcieron, por campos y burgos, por valles y colinas, hasta que algunos llegaron – sabe dios cómo – a oídos de Arturo, quién no dejó de apreciarlos. La venganza – alguien opinó – es un plato que se saborea frío. 
La entrada en Greenwood marcó un antes y un después en la vida del caballero: su corta vida, hasta entonces, estuvo marcada por lances y batallas, aceros y caballos. Si bien la existencia de brujas y elfos era por todos conocida y aceptada, se suponía que hacía ya tiempo no incursionaban en la vida de los hombres, llegando algunas voces a negarles poderes para ello. Sir Gawain debía ahora entrar en el bosque encantado de las leyendas, poner a prueba la veracidad de estas, y dominar el temor que lo invadía, desconocido para él – vencedor de cien lizas – sabiendo, sobre todo, que la huida era imposible: su cuna, su posición y su condena lo impedían. 
Los senderos se perdían inopinadamente entre altos robles, obligando a nuestro héroe a reiniciar la búsqueda. A la segunda jornada vio – o creyó ver – un montículo de blancos huesos al pie de una encina, pero dio un rodeo para no confirmarlo. 
Sorpresivamente reconoció el canto de un arroyo, ya casi llegado a su margen y evocó las feraces tierras natales, cuando en abril se poblaban de sinuosos cauces de plata entre los verdes valles, pero los recuerdos pronto lo abandonaron. Una imagen se conformó ante su vista: una mujer de edad incalculable, tejía junto a la ribera, bajo las ramas de un sauce quizá tan antiguo como ella. A su alrededor el bosque parecía mas oscuro y cerrado. Sir Gawain debió sofrenar a su montura para que no retrocediese, y, trémulo – pero esto lo supo después – se obligó a acercarse. 
Las manos de la vieja, recamadas de arrugas, hilaban sin prisa. El ligero viento del riachuelo movía suavemente su cabellera, que se derramaba detrás de su asiento, entrelazándose con la enramada próxima. 
La bruja giró su vista hacia el joven, que quedó inmóvil mirando unos ojos hundidos bajo una frente atravesada por finísimas telas de araña. 
– Y bien, ¿lo has decidido? Si hay algo que no soporto es a los hombres que no saben lo que quieren. – continuó, sin dejar de hilar y mirando sin parpadear al hasta entonces intrépido caballero de la mesa redonda. 
– ¿Realmente eres Morgana? – preguntó sir Gawain, intentando ganar tiempo con un truco retórico barato, impresionado por la fealdad de la arpía. 
– Veamos – dijo la bruja – no me desagrada que de tanto en tanto me visite algún caballero distinguido y bien parecido, pero tolero poco a los cretinos. Al último lo convertí en perchero para mi habitación, así que: ¡Responde rápido! ¡O te transformaré en alfombra de baño, pero dejándote la lengua, para que beses mis pies! 
– Traigo un recado de mi señor, Arturo, rey de Inglaterra – articuló sir Gawain, tratando que su voz sonase más firme que su ánimo – para Morgana, señora de Greenwood. 
– Bien, por lo menos no eres otro de esos petimetres que se acercan al bosque atraídos por mi belleza… – dijo Morgana, meneando lentamente su cabeza, sin dejar de hilar. 
Sir Gawain entendió que la bruja había arrojado un señuelo, y esperaba que el caballero lo mordiese. Un destello de luz se hizo en su magín y supo – o creyó saber – qué responder. 
– Milady – comenzó – bien ciertos son los rumores que sobre vuestra hermosura circulan por toda Inglaterra, desde Thule hasta Dover, pero nada de lo oído se compara con la realidad de vuestra inefable belleza… 
– Vaya, vaya, un adulador. ¿Y cómo sabré que no estáis mintiendo, Sire? Creo recordar que alguien así penetró en cierta ocasión en mis aposentos, hoy cuida mis rebaños…en cuatro patas y ladrando, por cierto. Así que tened cuidado con vuestras zalamerías y embelecos. 
Algo le dijo a nuestro caballero que se encontraba frente a un poder superior a todo lo que hasta entonces había enfrentado. Se sintió traspasado por la profundidad de la mirada de la hechicera y adivinó que ante su magia sólo la verdad era posible, y aún así, aunque saliese con bien de este trance, supo – sin lugar a dudas – que nunca podría engañar a esos ojos. 
– Mi señora – continuó sir Gawain, midiendo su discurso – vengo ante vos por mandato de mi rey, para saber la respuesta a una cuestión. Mi vida pende de ello. Mi soberano sólo conmutará mi pena de muerte si llevo ante él la réplica de Morgana, la más grande hechicera, a la pregunta ¿Qué quieren las mujeres? 
Un instante de silencio se produjo en el bosque, si hasta el arroyo cesó su paso cantarín, mientras la bruja entrecerraba sus ojos, sin dejar de clavar la vista en sir Gawain. 
– Terrible situación la vuestra, caballero, a decir verdad, mucho es lo que apostáis en este lance. Estaréis, sin duda, dispuesto a pagar por ello. 
– Milady… 
– …Os seré franca – continuó Morgana – daré mi respuesta a cambio de un precio, pero será alto… 
– Señora, estoy preparado – musitó sir Gawain. 
– Bien, el trato es éste – prosiguió, implacable, la hechicera, disfrutando del control de la situación – ha tiempo que deseo abandonar Greenwood, y Camelot no me disgustaría como nueva morada: me llevaréis a palacio, dirás la respuesta al rey y antes de que pase un mes de nuestra llegada me desposaréis, hasta entonces nadie habrá de verme en palacio. No admito reparos: dirás sí o ya puedes ir buscando tu respuesta en otra parte, y agradece que no te convierto en felpudo. 
Sir Gawain evaluó sus posibilidades, y rápidamente se dijo que mientras hay vida hay esperanza, sentencia de sentido común que probablemente haya heredado de algún antepasado campesino. 
– Ruego a la soberana de Greenwood que a partir de nuestra llegada a Camelot se digne convertir en soberana de mi vida, y agracie mis días transformándose en mi esposa – expresó sir Gawain en alta voz, mientras ponía la empuñadura de su espada frente a su cara. 
– Esto es lo que dirás a Arturo – susurró Morgana con una sonrisa – lo que toda mujer desea más que nada en el mundo es ser soberana de su propia vida. 
III – La respuesta 
El suave viento matutino agitaba pabellones y oriflamas. Sobre el límpido cielo de Inglaterra ninguna nube se insinuaba; hacía años que no se recordaba en Camelot un día tan hermoso. La fresca mañana había dejado paso a una temperatura primaveral y los verdes prados que rodeaban el palacio contribuían a la agradable sensación arrojando miríadas de multicolores mariposas a los aires que revoloteaban alrededor de orgullosas enseñas, altaneros estandartes, bellísimas damas ornadas por las mejores sedas y gallardos caballeros portando espadas de antiquísimos linajes. 
Junto a los muros exteriores los bardos se sucedían improvisando cantares y poesías para deleite de las matronas y doncellas, que escondidas tras las ventanas dejaban oír argentinas risas, mirándose entre ellas en forma cómplice. Los servidores de palacio se afanaban trayendo de las cocinas los mas variados manjares y exóticas exquisiteces encargadas por la reina Ginebra a ávidos mercaderes que multiplicaron su precio varias veces. Un mes había transcurrido desde el regreso de sir Gawain y en Camelot se preparaban para celebrar los esponsales más fastuosos desde la boda de Ginebra y Arturo, rey de Inglaterra. 
La llegada de sir Gawain a Camelot trayendo la respuesta a la pregunta de Arturo se produjo luego de maravillosos sucesos que – para quien supiera descifrar sus signos – presagiaron el acontecimiento: un invierno tan benigno como el que podían recordar las más viejas comadres; el paso de un cometa que en principio atemorizó a los aldeanos, pero fue seguido de la mejor cosecha levantada en años; un mirlo que una mañana se posó en el alféizar de la ventana de la reina y con voz preternatural anunció el cumplimiento de viejas profecías. 
Nada de esto emocionaba a Arturo, en quién el placer de la venganza ya había dejado paso a un amargo regusto en la boca cada vez que un pensamiento sobre su antiguo favorito acudía a su conciencia, a despecho de aquellos que – por lo bajo – murmuraban sobre la carencia de tal potencia del alma en el soberano. 
El joven caballero hizo su entrada en Camelot acompañado de un misterioso y enjaezado carruaje cuyo interior quedaba totalmente oculto y, solicitando al chambelán de palacio habitaciones alejadas para su oculta compañía, se dirigió con paso altivo y meditado a presencia de su soberano. 
Luego del anuncio de su presencia – inútil, ya que Arturo conocía de sobra sus pasos en el último mes, cuando se aproximaba a Camelot – sir Gawain se acercó al trono en el que Arturo esperaba, ya casi un año, una respuesta. 
– Sire – se inclinó sir Gawain ante su rey. 
– ¿Y bien, Gawain? ¿Tienes la respuesta a mi pregunta, o deberé ejecutar – a mi pesar – la sentencia? 
El rostro normalmente adusto de Arturo brillaba de placer. Nada que le dijera su anterior paladín cambiaría la situación. Ardía en deseos de abrazar al joven y vaciar junto a él una pinta – o varias – de rubia cerveza, comentando los pormenores de sus andanzas y los resultados de los últimos torneos realizados en Camelot en ese largo año de ausencia. De hecho maldito si le importaba lo que quieren las mujeres, cuánto más lejos de ellas estaba un hombre, mejor – opinaba el viejo rey. 
Sir Gawain podría haber contestado que el deseo de las mujeres era convertir a los hombres en sapos, o que los guerreros abandonaran las vistosas faldas con guardas que utilizaban en los combates. El viejo déspota se hubiese dado por satisfecho de igual modo. 
– Milord: lo que toda mujer desea más que nada en el mundo es ser soberana de su propia vida – dijo sir Gawain, de un tirón y cuidando de repetir en forma exacta las palabras de Morgana. 
– Sí, sí. Por supuesto. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Venga, vamos a festejar tu regreso. ¡Voto a San Brandán que haremos en Camelot una fiesta que hará historia! 
Sir Gawain dedujo para sí que bien podría haber pasado un año en la Bretaña acompañado de las permisivas mujeres de la parte francesa del continente y volver tranquilamente para dar al viejo rey la primera respuesta que viniera a su mente: igual habría dado. Sin embargo su juramento de caballero le impedía cometer la felonía de faltar a su palabra, amén del temor a ser convertido en sapo, perchero o cualquier otra cosa por los poderes de Morgana. Decidió comunicar al monarca su situación, embelleciendo un poco – por cierto – el poco valeroso rol que le cupo cumplir en su pacto con la bruja de Greenwood. 
– Sire: demando vuestro real permiso para contraer matrimonio. Con vuestra bendición y la de la reina – si algo sabía sir Gawain es que las mujeres aman las bodas – He hallado a la mujer que será mi esposa y deseo vivir en Camelot con vuestra real anuencia. 
– Lamento oír eso mi joven amigo – se condolió Arturo, ya olvidado completamente de su vieja ira – acabas de salvar tu vida como quién dice por un pelo y ya quieres perder tu preciosa libertad. En fin, creía conocer todas las formas de la estupidez humana, pero la tuya me deja perplejo – filosofó el viejo monarca – Sea: seré vuestro real padrino, vamos a por unas pintas de buena cerveza de Finney y luego determinaremos la fecha. ¡Voto a santa Brígida, debo conocer a la novia…! 
Ahorraremos aquí los detalles acerca de cómo sir Gawain convenció a Arturo, tras varias jarras de dorada cerveza, de fijar el día para los esponsales y postergar hasta ese instante la presentación de su futura esposa a la cofradía de la mesa redonda. Un año más de experiencia en su vida, y varios meses acompañado de una bruja debieron infundir algo de sabiduría y sagacidad en la mollera del antes bastante atolondrado caballero. 
Un mes pasa velozmente, y en esos días no dejó nuestro héroe de visitar todas las tardes a Morgana, llegando a apreciar y – en las últimas jornadas – a necesitar su cotidiana compañía. Mientras tanto en palacio corrían los rumores y suposiciones sobre la identidad de la misteriosa prometida de sir Gawain. 
La mañana del día de la boda – como fue dicho – se presentaba magnífica. Sir Gawain se apersonó en los aposentos que por un mes fueran el hogar de la bruja para conducirla al altar levantado en el patio del castillo. Golpeó – como siempre – la puerta de su recámara… 
IV – La decisión 
– Pasa, no te detengas – dijo una voz sensual y modulada, muy distinta al agrio tono de la bruja. 
Figuraos – ¡Oh pacientes lectores! – el asombro de nuestro protagonista cuando vio sentada ante el espejo de la habitación a la más maravillosa criatura que pudiera imaginar el deseo masculino: luengo y blondo cabello atado en dos primorosas trenzas, un óvalo perfecto enmarcaba profundísimos ojos azabache, realzados por felinas pestañas, rojos y pequeños labios bajo una nariz de muñeca. Un talle de flexible junco, mientras que el fino corpiño dibujaba el más perfecto y virginal pecho alguna vez descrito. Las manos de blanquísima textura parecían hechas para acariciar. En fin: la doncella más hermosa de Inglaterra en la flor de su juventud miraba a sir Gawain y le sonreía. 
– Pero ¿Dónde está Morgana? – preguntó, un tanto intimidado, nuestro personaje. 
– Yo soy Morgana – dijo la joven – dentro de mis poderes está el aparecer bajo otras formas, y ésta es una de ellas. Sólo que no puedo, por mi naturaleza, hacerlo de modo permanente. Tú deberás decidir si te acompaño en público en mi forma anterior, y reservo ésta que tienes ante tus ojos para nuestra intimidad, o – pero piénsalo bien – subo contigo al altar delante de tus caballeros amigos bajo éste aspecto juvenil. Pero en tal caso para nuestros encuentros privados me verás en la forma en que me conociste en el bosque. Sabe – continuó la doncella – que siempre seré Morgana. 
Nada dijo sir Gawain por varios minutos, alelado por la situación. 
– ¿Y bien? – Dijo Morgana – ¿Cuál será tu decisión? 
Fin 
Si bien este cuento no tiene otras intenciones mas que la de entretener, es comúnmente aceptada en éste género la inclusión de alguna sentencia aleccionadora que indique ciertas intenciones “moralizantes” por parte del autor. Algo así como una justificación que exculpe el carácter puramente lúdico del texto, y libre a su perpetrador de la unánime condena por malgastar su tiempo en fábulas “mundanas” que no conlleven un propósito edificante. 
Cómo – Dios nos libre y guarde – el autor no quisiera incurrir en actos que perturben la deseada circulación de su texto (léase poca voluntad de los editores por contrariar a los críticos, y escasa repercusión en las ventas) es que acompañaremos a la historia con las necesarias e instructivas moralejas. 
Primera Moraleja: No importa que forma adopte, una mujer siempre es una bruja. 
Segunda Moraleja (o pregunta, o reflexión): ¿Cuál sería tu decisión – Oh, lector – en caso de hallarte en el lugar de sir Gawain? 
Tercera Moraleja: Una mujer puede aparecer bajo distintas formas, pero nunca podrá evitar que en algún momento el hombre “se haga sapo”, está en su naturaleza. 
Cuarta y última (¡Por fin!) Moraleja: No intentes comprender a las mujeres, sólo ámalas. 
 
Udi 
Rosario, Septiembre de 2005

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13 comentarios en «¿Que quieren las mujeres?»

  1. Mi muy estimado: Si bien es muy sabido que la presencia de moralejas desvirtúa la obra literaria, el hecho de hacerlas explícitas me permite humildemente agregar algunos puntos a la parte final.
    Primera Moraleja: No importa que forma adopte, una mujer siempre es una bruja.
    O una bella…según dicta su relato cabe ampliamente esa posibilidad.
    Segunda Moraleja (o pregunta, o reflexión): ¿Cuál sería tu decisión – Oh, lector – en caso de hallarte en el lugar de sir Gawain? Tan importante es para los hombres lo que los demás opinen?
    Tercera Moraleja: Una mujer puede aparecer bajo distintas formas, pero nunca podrá evitar que en algún momento el hombre «se haga sapo», está en su naturaleza. Está en la naturaleza de la mujer convertirlos en sapo, o es mérito propio del hombre? Además, en todo caso, se olvida Usted de considerar la proposición, por la cual, también muchos sapos se convierten en príncipes….
    Digamos que con la última, se ha Usted reivindicado de tanta moraleja y bla bla bla…..y del intento absurdo , si se me permite, de responder a imposibles : hay tantas respuestas como mujeres sobre la tierra.

    Saluda muy atentamente,
    Una bruja.

  2. Udi; Tomo y obligo,mandese un trago.Delas mujeres mas vale ni hablar!
    Y si en algun momento le toca hocicar,sufra,canejo! sufra y no llore…! Que no es de hombre macho llorar por una mujer!

  3. Bueno, caramba Udi, anduve perdida de aquí y recien ahora descubro este cuento, y la resucitación de la pregunta de Freud ¿qué quiere una mujer?
    Antes de mandar mi comentario me gustaría saber si todavía estoy a tiempo o ya no mirás los comentarios de este post.
    Si me contestás, la sigo.

  4. Udi, estoy muy asombrada del cuento. Primero me parece muy halagueño que un varón se pregunte por lo que quiere una mujer, pero el cuento trata mucho más del tema de lo que quiere el varón, por eso de que si la quiere linda para él solo, o la quiere linda para lo que digan los demás, o tal vez es una metáfora de que la linda para afuera es una bruja para adentro, es un cuento muy movilizador, y perturbador. Aclará algo de tus intenciones conscientes.

  5. Ay Eva ! Como podría aclarar, si justamente llevo dícadas tratando de entendes a las mujeres y no lo he logrado. Cabe destacar que estoy en buena compañía.

  6. Udi, no sé si te das cuenta que estás planteando una crítica a los varones. Cualquiera se daría cuenta de que de las dos opciones la mejor es la de que para los demás aparezca como bruja, y que en la intimidad aparezca como bella. Pero estás reconciendo que este conflicto existe en la realidad, que el varón está muy pendiente de su prestigio ante los demás, tan pendiente que puede ser tomada como opción, la de que elija por tener una bruja fea en la intimidad.
    También podría interpretarse como que vos hayas descubierto que las cosas pueden no tener apariencia de lo que son. Que una mujer vista como bruja puede ser una santa o al revés. Y eso es todo cierto.
    También sucede con el varón. Lo que pasa es que en general las mujeres tienen mejor ojo que los varones. Ellas no se dejan llevar sólo por el exterior. Ellos no tienen tanto que ofrecer desde el exterior como las mujeres, y los pobres caen vencidos por unas curvas peligrosas o una cara bonita, aunque paguen el precio toda la vida.
    El asunto es que varón y mujer son dos seres diferentes que tienen que acoplarse y entrar en la diferencia del otro para llevar adelante la pareja.
    Nadie les enseña a amarse el uno al otro, de la manera que el otro espera ser amado. Los dos esperan ser amados de la forma que lo desean, y por eso fracasan, porque es un trabajo enorme descubir lo que el otro desea, y no estoy hablando de genitalidades, que es lo ùnico que ha llegado a la superficie en el siglo pasado como gran problemática.
    Estoy hablando del amor integral, de la existencia de un proyecto mutuo, de la persistencia de ese proyecto como signo de que el sustento que lo creó también persiste: el amor.
    Hay parejas que funcionan, que se aman bien toda la vida, pero no lo andan divulgando por ahí. No son todas ni la mayoría. Son la minoría.
    Por eso se ha impuesto la creencia de que el amor es una utopía, pero no es así. Hay quien lo consigue. Esas personas tuvieron la suerte de encontrarse, de ser el uno para el otro, en eso interviene mucho el azar.
    El tema es muy interesante, pero me gustaría que comentaras algo de lo que dije, total no debe estar mirando nadie. Seguramente voy a hacer un post con este cuento.
    ¿Tenés idea consciente de lo que querés decir en este cuento?

  7. Eva: haciendo un poco de memoria recuerdo (o creo recordar) que cuando escribí esto me lo planteé primero como un «ejercicio de estilo». Es, como seguramente sabrás, una «re-escritura» de un texto que – mucho mas reducido – circulaba por la red, con un final bastante distinto, por cierto.
    También comprenderás que cuando uno escribe una ficción las líneas por asi decirlo, directrices, no están presentes en la conciencia en todo momento.
    O, por lo menos, asi me sucede. El torrente (bueno, el hilo) de la escritura adquiere una lógica propia que es necesario respetar antes que nada.
    La pregunta es del interés de Arturo, pero – maldito si le interesa la respuesta – el viejo, que no por nada llegó a viejo, ya asumió que prefiere la compañía de los hombres. Y no hay aqui, en intención por lo menos, veladas alusiones a la homosexualidad. Si, quizás, a relaciones de compañerismo, camaradería, complicidad «inter pares», al estilo que planteaba Pasolini, creo.
    Gawain, joven e inexperto, se enamora de Morgana, y al hacerlo la ve como realmente es: de una belleza deslumbrante. Pero ¿la verán asi sus cofrades? La vanidad del varón se pone en juego. La mujer, en ese plano, es un objeto de prestigio. Gawain desea pavonearse delante de otros hombres con una bella mujer colgada del brazo. E hincharse como un sapo.
    La noción «mujer = bruja = hechicera = incomprensible = atemorizante» no hace mas que reflejar la estupidez del macho humano frente a ese estadío superior de evolución que son las mujeres, quienes han logrado activar zonas de la psique humana que el varón ni imagina que existen. En ese sentido, y pese a no albergar ni una molécula de credulidad me inclino ante lo desconocido y simplemente dejo que me guíe el corazón. A una mujer se la ama, o no. No intento comprenderla.
    Resumiendo: creo que el hombre es un sapo vanidoso, y la mujer, la mujer: oculta un arcano antiguo que nos conecta de algún modo con la vida, la tierra, el humus, la fertilidad, el ciclo de las estaciones, el agua de los arroyos, la savia que nutre los árboles, la sangre que circula silenciosa por nuestros cuerpos, la humedad de nuestras secreciones, el olor de la leche materna, el calor del fuego en el invierno.
    En fin, espero haberte aclarado algo, porque yo sigo sumido en mi confusión primigenia.
    salud y resistencia !
    udi

  8. Hombres… les voy decir algo espero que entiendan a lo que quiero llegar! lo que las mujeres buscan.
    – Alguien que se quiera asi mismo y se respete a si mismo(si quieres amar a alguien amate a ti primero, cuidate y asi podras hacer lo mismo por los demas)
    – Paciencia: alguien que las escuche cuando necesitan, que las frenen en el momento justo, que las aconseje, que las contenga y que una vez pasada la tempestad sepa hacerlas entender que lo hace por ella.
    – ALGUIEN QUE TENGA PRINCIPIOS (que la cuide, no la subestime, la proteja)
    – en el sexo que se adecue a ella pero que no deje de ser el mismo….
    – En resumen… LAS MUJERES BUSCAN HOMBRES DE VERDAD QUE INSPIREN RESPETO PERO QUE EN LA INTIMIDAD LAS HAGAN VER LAS ESTRELLAS.
    – es solo eso, sean el hombre que deben ser y dios le dara a la que necesitan, no quieran muchas…solo deseen a la que buscan y no se haran mas problemas.
    – al fin y al cabo los hombres son el complemento de las mujeres y viceversa.
    SIMPLEMENTE ESTO, CUALQUIERA LO PUEDE HACER…PERO CON LA MUJER INDICAD, PORQUE SI BUSCAN TENER2 O MAS MUJERES ESTO JAMAS LO CONSEGUIRAN ….
    AMENSE Y AMEN A LA QUE DIOS PUSO EN SU CAMINO.. A LA MADRE DE SUS HIJOS A SU MUJER…
    saludos

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