Bonasso: el oportunismo del acróbata

Opinión
Rafael Bielsa eligió AGENCIA PACO URONDO para desmentir las afirmaciones de Miguel Bonasso en el libro «Lo que no dije en Recuerdo de la muerte».
Por Rafael Bielsa *
Una vez más, Miguel Bonasso se ocupa de mí. En esta ocasión, dice cosas novedosas y veraces, aunque las pocas novedosas no son veraces y las numerosas veraces no son novedosas.
La falsificación de Bonasso. Mi secuestro en el año ’77, por fuerzas del IIº Cuerpo de Ejército y ulterior traslado a “La Calamita”, otro centro clandestino de detención (“circuito de Quintas del Ejército”) fue objeto de pronunciamiento en dos procesamientos del juez federal de Rosario Marcelo Bailaque, confirmados por la Cámara, con elevación a juicio oral y ofrecimiento de prueba por el Ministerio Público.
Durante años creí que el lugar había sido la “Quinta de Funes” porque era el único centro identificado como tal, y alguna vez escribí algo ubicándome allí (Página 12, 13/01/03). Cuando comienzan los juicios por la verdad, también aparecen nuevos lugares. Como testigo, primero me tocó “El Castillo” (en la “Quinta” no había sótano y yo había estado en uno; sí había en “El Castillo“). Luego, fui a “La Calamita” -cercana a Funes- y las certezas fueron mayores.
Además de mí, sucesivos testigos afirmaron que ése fue el lugar de mi secuestro y tormentos (declaraciones de Graciela Susana Zitta, Luis Megías y Viviana Nardoni, entre otras). Relaté paso por paso estas peripecias (Página 12, 16/12/03).
Cualquiera es capaz de entender que estar vendado, encapuchado y hecho pedazos no es la mejor manera de memorizar con “precisión milimétrica”, que es lo que me exige M.B.; los testimonios, además, se prestan dentro de un estado de conmoción. Estas son nociones cruciales.
Su razonamiento, que pretende sea la “verdad”, reza: “dijo que había estado secuestrado en Funes, en Funes no estuvo, en consecuencia no estuvo secuestrado”. Para Jaime Dri, en un comienzo, la rosarina escuela “Magnasco” quedaba sobre la calle Tres de Febrero; un error material, que no invalida el testimonio de su ordalía. La de M.B. podría ser una deducción apenas falsa, salvo que sea una emboscada para incautos.
Luego, en ’77, fui “juzgado” por un “tribunal militar” (consta en el expediente) y por añadidura, en 2010 se nacionalizó el “Archivo Ideológico de la Ex Dirección General de Informaciones”; la ficha que me fue asignada por los represores apuntala lo que dije siempre.
Vivir luego de haber pasado por un campo de exterminio de la dictadura -al igual que otros compañeros- no merece un castigo adicional, ni la condena de la sospecha infundada, menos aún después de la actuación de la justicia. Tengo amigos de entonces, compañeros de militancia, de trabajo, hermanos, madre; decenas, de los que no somos todos mentirosos conjurados; en todo caso, la conjura es de los necios. Sobre mi conducta bajo tortura, puede testimoniar cualquiera de ellos.
Los muertos de M.B. Me alegra profundamente que Bonasso haya eludido ir a dar con sus huesos a un campo de concentración, gracias a su sagacidad incomparable o a su inalcanzable velocidad de piernas. Y me pone contento que no haya sido cierto que la CIA pensara sacarlo del medio, cosa que dice que yo le dije que me había dicho que le dijeron a Rodolfo Galimberti. No lo recuerdo; Galimberti, por su parte, no está entre nosotros para sacarnos de la duda. De todos modos, cotilleos así son “tan inútiles que se olvidan enseguida, como si uno escribiera en un charco de agua” (es de Sciascia).
También afirma que la periodista Susana Viau le mostró un bollito de papel, que luego de estirado habría resultado ser un “recibo probatorio” de que una institución nacional me habría pagado un sueldo en el ‘81. Desconocía esa pasión por los inventarios de la periodista que murió el año pasado, pero la fábula me parece una falta de respeto para con ella.
Siguiendo con los que faltan, añade que el ex Presidente Néstor Kirchner, alguna vez, se refirió a mí con desdén. Jamás repetiría lo que me dijo Kirchner de Bonasso. Así como sigo perteneciendo al mismo espacio político de 2003, mantengo el mismo decoro. Cuando me tocó, aporté todo lo que tuve, porque creí en Kirchner, suscribí su liderazgo y fue mi deber, dado que la vida le ofrecía a mi generación una oportunidad imprevista.
Mi trabajo. También se ocupa de los trabajos que tuve en el Ministerio de Justicia durante los ’80 y los ’90, debidamente consignados en mi currículum público en tanto carrera administrativa.
Es necesario recordar que en aquellos años la empresa de volver al país se encaraba como se podía y no como se deseaba. Por lo demás, volví con el expreso cometido de tratar de averiguar quién de los exiliados vinculados podía regresar en condiciones más o menos seguras: lo hice en decenas de casos, y hubo quienes me lo agradecieron públicamente (p.e., Jacinto Gaibur, Página 12, 31/10/04).
Todo ello fue publicado… ¡ya en el año 2004! (“Metralla de la canalla”, Página 12, 1/03), cuando era Canciller del gobierno de N.K., como respuesta a una campaña a cargo de ex represores. Jamás ninguna persona de existencia visible cuestionó mis afirmaciones.
Toda mi carrera administrativa duró casi 20 años; era imposible que no transcurriera contemporáneamente con el mandato de diferentes períodos presidenciales, como les pasa tanto a los maestros cuanto a los gerentes del Banco Nación. M.B. me apostrofa con adjetivos tales como oscuro, versátil, “duhaldista” (conocí al ex Presidente varios meses después de ser Canciller), indeseable y mitómano. No será precisamente por mi C.V.: todo lo que allí consultó Bonasso es verdadero, no opaco; de otro modo, no hubiera podido emplearlo como garrote vil, manipularlo y accionarlo para injuriarme y calumniarme. En cuanto a que en SeDroNar usé información sensible contra mis adversarios socialistas, se trata de otra mentira; la usé contra el narcotráfico, como era mi obligación, salvo que para él “narcotráfico” y “adversario socialista” sean la misma cosa.
El Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Si M.B. habla de mí cuando vomita que hay gente que se inventó un pasado para darse tono y llenarse los bolsillos, me gustaría que dé nombres y aporte algún dato; caso contrario, es preferible que cierre la boca.
Respecto de “hacerme el que no soy”, nunca la pinté de mocito ni la fui de cowboy. Sólo hablé de mi historia cuando me preguntaron, no me colgué de las polleras de ninguna abuela o madre ni de la partida de nacimiento del hijo de ningún compañero desaparecido. No fui yo el que se puso la corona de espinas de “el otro” sobreviviente de la Quinta de Funes, ni el que lo exhibió como condecoración.
En cuanto a “enriquecerse”, no le reclamé al Estado un solo centavo por lo que había vivido, y esto quedó demostrado judicialmente, cuando alguien denunció que había percibido más de lo que me hubiera correspondido. Puedo dar cuenta de cómo vivo y de cómo viví al centavo; siempre tuve que trabajar, nunca me gustó depender de la política, no me sobra pero mi familia tiene lo necesario, y así será mientras conserve la buena salud.
El síndrome de Estocolmo por telepatía de Bonasso. Tal vez lo más penoso de lo que dice M.B. sea la repetición a mi respecto de los mismos argumentos y fuentes que emplearon los que terminaron condenados en el juicio de lesa humanidad. Me lastima recordárselo, pero en dicho proceso ambos fuimos citados para declarar el mismo día, junto a Dri (causa “Guerrieri”, martes 22/09/09, por la mañana). Tal como fue reportado (Página 12, 4/10/09), el entonces diputado Bonasso consideró que no estaba para andar esperando y se mandó a mudar. Dri y yo esperamos todo el tiempo necesario; nada era más importante.
Argumentos calcados a los de los represores, con lo que la línea argumentativa de los torturadores y el fugitivo (M.B.), al cabo del día, vino a resultar una identificación de uno con los otros. Un caso de síndrome de Estocolmo, vía delivery.
Yo no soy importante y Bonasso tampoco; esta discusión le interesa poco a muy pocos y su tono debe de entristecer a varios. Lástima, de verdad.
Los individuos somos accidentes en la historia de los pueblos; las reyertas minúsculas se olvidan. Nuestros actos adquieren sentido cuando pueden sumarse y benefician a las grandes mayorías.
Le hubiera bastado a M.B. una voltereta más, ahorrarse la repetición, y con ello nos habría evitado el bochorno. Al fin y al cabo, lleva hechas tantas…
(*) Esta será mi única alusión al tema. Las consecuencias las dirimiré en Tribunales, ya que las infamias fueron judicializadas por mí el 18/12/14.

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