El de ayer fue un discurso bisagra. Cristina habló con el corazón en una mano y con el puntero en la otra. Nunca habÃa quedado tan claro el concepto de la “sintonÃa finaâ€. Es un cambio radical, no en lo partidario, sino en su acepción de tajante, que postula que aplicar viejas soluciones a problemas nuevos, convierte a estos en gangrenas insolubles. Es como una revolución dentro del propio kirchnerismo. La presidenta ayer definió cuál es la nueva situación del paÃs, después de ocho años de crecimiento reconocidos hasta por el FMI –astutamente elegido como organismo validante de polÃticas que el propio FMI rechaza–, y sentenció: “La gestión es cambio permanente, lo que no se tiene que perder es la dirección que este cambio tiene que tener.â€
Algo asà como “para seguir siendo quienes somos, tenemos que cambiarâ€. Si antes se subsidió a las empresas para apoyar la reactivación global, ahora quiere discutir sector por sector cómo se orientan esos mismos subsidios a personas y emprendimientos focalizados. Puso como ejemplo a la industria avÃcola: en 2003 hubo que apoyarla porque quebraba. Ahora serÃa tirar la plata. Si antes hubo que importar combustible por miles de millones de dólares, ahora es el turno de exigirles a las petroleras, con todo el poder del Estado, que reinviertan en el paÃs sus utilidades y dejen de girarlas a sus casas matrices, encareciendo el precio de la producción en la Argentina. Mencionó en este caso la Ley 20.680, de Abastecimiento, creada por Juan Perón en 1974, que faculta al Ejecutivo a aplicar sanciones, modificar monto de exportaciones y hasta intervenir una empresa que perjudique la economÃa general del paÃs. Si se la lee con detenimiento, se entiende mejor la perplejidad de algunos empresarios que por la noche calificaban el discurso de “casi chavistaâ€. Si a eso se le suma el anuncio de modificación de la Carta Orgánica del Banco Central y la cristiana sepultura de la Ley de Convertibilidad en un Congreso con mayorÃas parlamentarias del FPV, el neoliberalismo residual puede ir preparando el réquiem final para el Consenso de Washington. El paÃs cambió, el mundo cambió, hay un nuevo paradigma económico y hay un Ãndice de GINI para evaluar qué es exitoso y qué no para una sociedad periférica pero pujante como la nuestra. No basta con crecer a tasas chinas: hay que zamarrear la copa con inteligencia para que derrame en serio. Eso lo debe hacer el Estado, velando por los derechos de 40 millones de argentinos. ¿Acaso el kirchnerismo cristinista comenzó a transitar la etapa de la institucionalización del populismo, de la que habla Ernesto Laclau? Eso parece.
Tampoco es menor la agenda que incorpora cambios culturales que se dan por abajo y no se reflejan en las normas vigentes. Existen la fertilización asistida, el alquiler de vientres, el matrimonio igualitario y las uniones civiles, y el Código Civil está congelado en el tiempo. Hay nuevos sujetos de derecho que contemplar. Nuevas realidades que interpelan y respuestas que hay que dar. Hay que cambiar.
Como estadista, Cristina planteó también que la polÃtica debe estar por encima de todas las codicias sectoriales. Se apoya en el 54,1% de los votos de octubre para erigirse como lÃder de un proyecto colectivo y no sólo como bandera de una parte. Convocó a una epopeya que tiene más de revolución cultural, que de coyuntural capricho de números o cuentas por cerrar. Puso en cuestión todos los lugares comunes que dominan desde hace décadas el discurso público, intervenido por el saqueo de sentido de los grupos monopólicos, sostenedores del orden conservador de la Argentina. Y desnudó a la oposición en sus propias inconsistencias y mezquindades, pidiéndole que deje de hacer seguidismo de cuatro o cinco monopolios a los que el paÃs “les importa un cornoâ€, sin por eso dejar de reconocer al ex presidente radical Arturo Illia que consiguió que la ONU condenara a Gran Bretaña por el enclave colonial en Malvinas, y a José Estenssoro, muerto en confusas circunstancias, por su gestión en YPF, frente a su hija MarÃa Eugenia, de la Coalición CÃvica.
Parándose por encima de todos los sectores, Cristina abrió un debate histórico que incluye desde cuántas suplencias se pagan por maestro (a quienes les pidió que salgan de la “lógica de la carpa blancaâ€) hasta la polémica por el tren bala y las inversiones ferroviarias, antes y después de la tragedia de Once, luego de pagar 19.500 millones de dólares del Boden 2012, confiscación que benefició a unos pocos y pagamos entre todos. No son cosas fáciles de digerir. Dichas, además, con el corazón en una mano y con el puntero en la otra. Fueron tres horas y 15 minutos de intensa interpelación al conjunto social. Pero la sensación es que el eco de sus palabras resonará durante mucho, muchÃsimo tiempo más.
Algo asà como “para seguir siendo quienes somos, tenemos que cambiarâ€. Si antes se subsidió a las empresas para apoyar la reactivación global, ahora quiere discutir sector por sector cómo se orientan esos mismos subsidios a personas y emprendimientos focalizados. Puso como ejemplo a la industria avÃcola: en 2003 hubo que apoyarla porque quebraba. Ahora serÃa tirar la plata. Si antes hubo que importar combustible por miles de millones de dólares, ahora es el turno de exigirles a las petroleras, con todo el poder del Estado, que reinviertan en el paÃs sus utilidades y dejen de girarlas a sus casas matrices, encareciendo el precio de la producción en la Argentina. Mencionó en este caso la Ley 20.680, de Abastecimiento, creada por Juan Perón en 1974, que faculta al Ejecutivo a aplicar sanciones, modificar monto de exportaciones y hasta intervenir una empresa que perjudique la economÃa general del paÃs. Si se la lee con detenimiento, se entiende mejor la perplejidad de algunos empresarios que por la noche calificaban el discurso de “casi chavistaâ€. Si a eso se le suma el anuncio de modificación de la Carta Orgánica del Banco Central y la cristiana sepultura de la Ley de Convertibilidad en un Congreso con mayorÃas parlamentarias del FPV, el neoliberalismo residual puede ir preparando el réquiem final para el Consenso de Washington. El paÃs cambió, el mundo cambió, hay un nuevo paradigma económico y hay un Ãndice de GINI para evaluar qué es exitoso y qué no para una sociedad periférica pero pujante como la nuestra. No basta con crecer a tasas chinas: hay que zamarrear la copa con inteligencia para que derrame en serio. Eso lo debe hacer el Estado, velando por los derechos de 40 millones de argentinos. ¿Acaso el kirchnerismo cristinista comenzó a transitar la etapa de la institucionalización del populismo, de la que habla Ernesto Laclau? Eso parece.
Tampoco es menor la agenda que incorpora cambios culturales que se dan por abajo y no se reflejan en las normas vigentes. Existen la fertilización asistida, el alquiler de vientres, el matrimonio igualitario y las uniones civiles, y el Código Civil está congelado en el tiempo. Hay nuevos sujetos de derecho que contemplar. Nuevas realidades que interpelan y respuestas que hay que dar. Hay que cambiar.
Como estadista, Cristina planteó también que la polÃtica debe estar por encima de todas las codicias sectoriales. Se apoya en el 54,1% de los votos de octubre para erigirse como lÃder de un proyecto colectivo y no sólo como bandera de una parte. Convocó a una epopeya que tiene más de revolución cultural, que de coyuntural capricho de números o cuentas por cerrar. Puso en cuestión todos los lugares comunes que dominan desde hace décadas el discurso público, intervenido por el saqueo de sentido de los grupos monopólicos, sostenedores del orden conservador de la Argentina. Y desnudó a la oposición en sus propias inconsistencias y mezquindades, pidiéndole que deje de hacer seguidismo de cuatro o cinco monopolios a los que el paÃs “les importa un cornoâ€, sin por eso dejar de reconocer al ex presidente radical Arturo Illia que consiguió que la ONU condenara a Gran Bretaña por el enclave colonial en Malvinas, y a José Estenssoro, muerto en confusas circunstancias, por su gestión en YPF, frente a su hija MarÃa Eugenia, de la Coalición CÃvica.
Parándose por encima de todos los sectores, Cristina abrió un debate histórico que incluye desde cuántas suplencias se pagan por maestro (a quienes les pidió que salgan de la “lógica de la carpa blancaâ€) hasta la polémica por el tren bala y las inversiones ferroviarias, antes y después de la tragedia de Once, luego de pagar 19.500 millones de dólares del Boden 2012, confiscación que benefició a unos pocos y pagamos entre todos. No son cosas fáciles de digerir. Dichas, además, con el corazón en una mano y con el puntero en la otra. Fueron tres horas y 15 minutos de intensa interpelación al conjunto social. Pero la sensación es que el eco de sus palabras resonará durante mucho, muchÃsimo tiempo más.