Francia
La masacre en la redacción de Charlie Hebdo es presentada como un capÃtulo más de una guerra mundial entre el bien y el mal, la democracia y la brabarie. Sin embargo, el atentado deja expuesta la crisis de identidad al interior de la sociedad francesa, asà como el efecto boomerang de la polÃtica exterior de Europa contra los paÃses del Medio Oriente.
Casi sin excepción los medios de todo el mundo esparcen la misma interpretación: el asesinato de doce personas en la redacción del semanario parisino Charlie Hebdo es un nuevo capÃtulo del choque civilizatorio entre Occidente y el Islam, entre la Democracia y la Barbarie.
Esta interpretación, aunque esquemática, permite que cada uno se acomode según su gusto ideológico: los hay quienes piden una devolución guerrera en términos de ojo por ojo, como quienes explican magnánimos que los grupos extremistas apenas representan una Ãnfima porción de la comunidad musulmana.
Ambas opiniones, sin embargo, comparten la misma matriz: se tratarÃa de un conflicto donde la sociedad francesa, y por extensión la europea, fue vÃctima de un ataque externo, de un “otro†barbárico, incomprensible, ajeno.
¿Es correcto este enfoque? Volvamos sobre la escena del crimen. Según la información que brinda la misma policÃa francesa, quien comandó el ataque fue Chérif Kouachi, un joven de 32 años, nacido y criado en ParÃs. Un ciudadano francés matando a otros ciudadanos franceses. Este dato, más allá de cualquier otra interpretación, obliga a pensar a la matanza como parte de un problema al interior de la sociedad francesa. Por la sencilla razón de que quien perpetró la matanza nació, fue educado y se socializó al interior de esa sociedad.
Sigamos un poco más con la biografÃa del supuesto autor de la matanza: un video que circula por estas horas en la web, producido por el canal France 3 en el 2005, muestra a Chérif, que en ese entonces tenÃa 22 años, como un joven rapero de la periferia parisina. El contexto social de la época no es para nada aleatorio: ese mismo 2005 quedó surcado como el año de las grandes revueltas de jóvenes desclasados (ya sea por su origen social, étnico o religioso) quienes mostraban su inconformidad con el lugar que Francia reservaba para ellos. En el dÃa más álgido de los disturbios 1.295 automóviles ardieron en el cinturón citadino de ParÃs. Probablemente, Chérif, que por entonces no tenÃa el extremismo islámico como brújula sino la música ni siquiera haya participado de esas protestas, aunque probablemente su entorno familiar y de amistades no estuvo ajeno a ellas. Como sea, la respuesta del Estado no fue tolerante ni democrática: en medio de la convulsión callejera el por entonces ministro de Interior, Nicolás Sarkozy, los catalogó públicamente “escoriaâ€.
Según consignan los propios medios franceses, tres años después, en el 2008, Chérif inició sus contactos con células terroristas activas en Irak y Siria, que buscaban reclutar jóvenes del Primer Mundo para combatir en Medio Oriente.
Como reconoció el sociólogo francés Alain Tourine en una entrevista en radio Nacional Rock este jueves, más de mil jóvenes franceses pasaron a enrolar las filas yihadistas en los últimos tiempos. Una cifra de esta envergadura elimina cualquier argumento de “locos sueltosâ€, o casos de patologÃa individual asesina: algo anda mal en la sociedad francesa, por la cual cientos y cientos de jóvenes nacidos y criados allà abandonan la tierra de la “libertad†y la “democracia†para adentrarse en las entrañas del monstruo pre moderno coránico. ¿Será que no todos pueden disfrutar de la misma libertad? ¿Será que no todos son iguales en la Francia actual de la austeridad económica y la xenofobia racial y religiosa?
Para mirarlo de la manera más microsociológica posible: algo no está bien entre los vecinos de ParÃs que resuelven sus diferencias religiosas y culturales mediante el uso de Kalishnikov. Porque, aunque parezca extraño, el exquisito caricaturista Stephane Charbonnier y el ex rapero convertido al fanatismo islámico Chérif Kouachi, vivÃan en la misma ciudad.
Claro, resulta más tranquilizador responder que se trata de una “contaminación†externa. Sin embargo, todo apunta al corazón de las sociedades europeas, por más que en estas horas sus lÃderes polÃticos insistan en arrojar el problema fuera de su cancha.
Las agencias internacionales de noticias consignan a los hermanos que comandaron el ataque a Charlie Hebdo como de nacionalidad “franco-argelino†aunque, como marcamos antes, se trata de dos ciudadanos francés, a secas, nacidos y criados en el paÃs galo. PodrÃa pensarse como una discriminación particular, entendible ante la conmoción de la matanza, pero no. En Francia, como en otros paÃses europeos, tener la ciudadanÃa legal no implica tener la ciudadanÃa cultural, identitaria. En general, este último tÃtulo es reservado para los franceses “purosâ€, aquellos que pueden ostentar largas genealogÃas en la tierra del vino y los quesos, excluyendo quirúrgicamente a quienes llegaron en las oleadas migratorias del siglo XX que, dicho sea de paso, están directamente vinculadas con el pasado colonialista de Francia
Que se trata de un conflicto nacional -aunque con obvias y notorias conexiones con dinámicas internacionales, entre ellas el llamado “terrorismo internacionalâ€- lo demuestra la reacción de la propia clase polÃtica, inmediatamente después del crimen.
Marine Le Pen, lÃder del ultraderechista Frente Nacional, el mismo dÃa del atentado, salió a pedir un referéndum para establecer la pena de muerte. En su paÃs. Se podrÃa decirse lo mismo que se dice de los fanáticos religiosos respecto del Islam: es una pequeña minorÃa que no representa el sentir del conjunto de los franceses. Ya no. Marine Le Pen ganó las elecciones europeas de mayo pasado, y hoy, según todas las encuestas, ganarÃa las elecciones generales para elegir gobierno.
El brutal asesinato a los periodistas de la revista satÃrica deberÃa invitar a una sociedad democrática y con diversidad de opiniones a preguntarse cómo llegó hasta este punto. En vez de acentuar la “otredad†simplona descargando las culpas sobre una vaporosa “barbarieâ€, ensayar un curso acelerado de introspección sobre la propia “civilizaciónâ€. Claro, no es sencillo: Francia tiene una larga tradición en realizar una operación polÃtico ideológica por la cual convierte en un conflicto “externoâ€, lo que en verdad está ardiendo sin solución dentro suyo. Cuidado: no se trata de decir que los franceses son igual de bárbaros que los musulmanes. Se trata de entender que existe un problema social, polÃtico, económico y, en último término, religioso al interior de las sociedades europeas, y no fuera de ellas, en algún “oscuro rincón del mundoâ€. El problema está en Europa.
Ese problema puede resumirse en el histórico problema “nacionalâ€, por el cual sociedades como la francesa construyen una identidad excluyente, refractaria a incorporar de manera plena a nuevos contingentes poblacionales, manteniendo asà una separación y segregación cultural y social impropia de un paÃs que se ve a sà mismo como plural y democrático. La existencia de esa deriva nacional excluyente puede fácilmente corroborarse en el comportamiento electoral reciente de franceses, ingleses o alemanes, que en un contexto de crisis económica como el actual terminan volcándose por opción de extrema derecha, como el caso del Frente Nacional, o el UKIP en el caso de Gran Bretaña. E
Finalmente, también hay una “conexión†externa, si se comprueban los lazos con grupos terroristas de Medio Oriente de los jóvenes franceses que realizaron la masacre. Pero esa conexión con el terrorismo internacional no queda tampoco ajena a decisiones polÃticas tomadas por los gobiernos del Primer Mundo. Desde la primavera árabe de 2011, hubo una destrucción sistemática de los estados en el norte de Ãfrica y la penÃnsula arábiga. Libia, Irak y Siria son territorios caotizados, donde ISIS siembra el terror y realiza propaganda viral en Internet para que nuevos contingentes de jóvenes europeos se sumen a sus filas. En el caso de Libia, la participación francesa en el derrocamiento de Kadafi fue directa e inocultable. El gobierno de Kadafi no fue remplazado por una democracia ejemplar, sino por la destrucción del paÃs, a partir del cual creció la influencia del islamismo extremista que, de modos brutales, impone un orden donde los europeos dejaron caos.
Lo que pasó en las oficinas de Charlie Hebdo no fue un ataque “externoâ€, sino un hecho brutal, asesino y extremista que, lamentablemente, también refleja a parte de la sociedad europea. Una sociedad donde, desde ya, también existen valores y fuerzas democráticas y libertarias. Ojalá, por el bien de Europa y del mundo, ganen los segundos.