Cómo sortear el estrangulamiento

ECONOMIA › TEMAS DE DEBATE LOS LIMITES QUE LES IMPONE LA RESTRICCION EXTERNA A LAS POLITICAS PUBLICAS
Los especialistas sostienen que la alternativa en el corto plazo es administrar las divisas de acuerdo con un orden de prioridades. Esa medida debe complementarse con el incremento de exportaciones no tradicionales y/o disminución de importaciones.
Producción: Tomás Lukin
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La cuenta capital
La restricción externa impone un límite a las políticas de impulso a la demanda. La aplicación de planes de ajuste no soluciona esas limitaciones. Con la austeridad se logra un nuevo “equilibrio” a costa de la caída del nivel de actividad y empleo. La alternativa, en el corto plazo, es administrar las divisas de acuerdo con un orden de prioridades. Esa medida debe complementarse con el incremento de exportaciones no tradicionales (y/o disminución de importaciones) a mediano y largo plazo. La implementación de esa somera hoja de ruta encuentra inmensas dificultades prácticas. La extensa lista de obstáculos incluye desde las restricciones impuestas por la Organización Mundial del Comercio (OMC) hasta las insuficientes capacidades estatales.
La ralentización de la actividad económica conspira contra la consolidación de una política redistributiva. En otras palabras, la disminución del ritmo de crecimiento económico no resulta una opción viable. A su vez, el crecimiento demanda divisas y erosiona el nivel de reservas. La utilización de la cuenta capital es una de las alternativas disponibles, aunque la historia argentina obligue a un empleo precautorio de esa herramienta. Al respecto, el retorno a un ciclo de endeudamiento inconducente debiera ser desechado.
Recientemente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sostuvo que “el otro día escuchaba que hay dinero barato en el mundo para endeudarse. Endeudarse para qué. Endeudarme para hacer una obra pública, fantástico. Ese endeudamiento le sirve al país porque es para capitalizar”. El acuerdo con Chevron para desarrollar Vaca Muerta en forma conjunta con YPF transita por ese camino. El ingreso de Inversión extranjera directa (IED) es una de las posibles opciones, sin perjuicio de las prevenciones asociadas con el comportamiento futuro de las remesas. En la última década, las transferencias netas fueron negativas debido a la multiplicación de utilidades y dividendos remitidos por las transnacionales radicadas en América latina.
El resultado agregado presenta variaciones de acuerdo con el marco regulatorio de cada país. El repaso de esas cuestiones es un factor de aprendizaje para los años venideros. Un documento elaborado por la economista Eugenia Aruguete evidencia las heterogeneidades en la región frente a los flujos de inversión extranjera. Los países como Chile y Perú, que mantuvieron y profundizaron sus políticas de apertura y desregulación económica y ampliaron los beneficios regulatorios y tributarios a favor de la IED, observaron un crecimiento exponencial del volumen de rentas remitidos al exterior, en niveles que se ubicaron muy por encima del promedio regional. En cambio, países como Ecuador y Venezuela dibujaron el sendero opuesto, como resultado de una política que buscó otorgar un renovado papel al Estado, incrementando su participación en la rentabilidad de las firmas (mediante cambios en la normativa y/o en la propiedad de las firmas).
La apropiación estatal de mayores porciones de la renta petrolera constituyó la estrategia central del chavismo y de Rafael Correa. Esa política fue resistida por poderosas fuerzas internas y externas. Chávez tuvo que desarticular un boicot encabezado por los directivos de Pdvsa y el gobierno ecuatoriano enfrentó denuncias de compañías multinacionales ante el Ciadi. Los “cambios estratégicos asociados a una redefinición del rol del Estado, la IED y el proceso económico permitieron acotar el nivel de extranjerización de las economías y delinear una relación renta/flujos de IED más sostenible a largo plazo. Las tendencias observadas invitan a profundizar en el análisis de las experiencias nacionales para, desde allí, repensar cuál es el patrón de inserción de la IED más conveniente para nuestras economías, tanto en lo que refiere a las formas de propiedad como a la apropiación y distribución de la renta asociada a la explotación de recursos estratégicos”, concluye Aruguete.
* Economista del Centro de Estudios de Desarrollo Económico Benjamín Hopenhayn.
La dependencia vigente
En la Carta Anual de la Gates Fundation, el hombre más rico del planeta planteó que “el mundo cambió tanto que los términos ‘países en desarrollo’ y ‘países desarrollados’ han quedado obsoletos”. Con ese argumento sostiene que hoy resulta apremiante atender los problemas de la pobreza tanto como los de la riqueza (como la contaminación y el sobrepeso). Bill Gates sostiene además que muchos países ya se han desarrollado y que la convergencia es cuestión de tiempo. La visión de Gates parece un déjà vu de las teorías clásicas del comercio internacional. Esas ideas postulaban que en cuanto las economías participaran del mercado mundial, el desarrollo sería para todas las naciones por igual. Iguales también serían los problemas suscitados en cada país, dado que el mercado establece una igualdad donde no existirían víctimas ni victimarios.
Ya en 1949, el economista argentino Raúl Prebisch demostró que los frutos del comercio internacional se reparten en favor de los países centrales. La estructura económica genera dificultades en la balanza de pagos, devaluaciones y contracciones de la economía. Estos obstáculos se suceden cíclicamente desde 1822.
Prebisch fundó la corriente desarrollista. Esta teoría confiaba en la posibilidad de un desarrollo nacional autónomo basado en una industrialización que, llevada adelante por una burguesía nacional, nos sacaría del atraso en el que nos encontramos. Al asumir en el año 2003, Néstor Kirchner llamó a reconstruir el capitalismo nacional y su burguesía. La presidenta Cristina Fernández, por su parte, también continúa su apuesta por un empresariado leal, al que siempre le recuerda cuánto acumuló en los últimos diez años.
La reaparición de las históricas tensiones cíclicas en el sector externo permite discutir la existencia de un proceso de desarrollo a lo largo de la última década. Los últimos datos del mercado cambiario publicados por el Banco Central mostraron que, por primera vez desde 2003, la cuenta corriente pasó a ser deficitaria en aproximadamente 13 mil millones de dólares. Ese comportamiento se explica por una fuerte contracción en el superávit comercial (las importaciones crecieron 11 por ciento y las exportaciones cayeron 6 por ciento) y un incremento en el déficit de la balanza de servicios (fundamentalmente, turismo).
Un elemento relevante para comprender la significación estructural de la dinámica observada es la composición de las exportaciones. Las ventas externas aumentaron 300 por ciento desde 2003, pero el 67 por ciento del total son productos primarios (o derivados). A su vez, el 54 por ciento de las exportaciones está controlado por sólo 30 empresas. De éstas, 21 están asociadas a actividades primarias y 16 exportan cereales y oleaginosas. Resulta sencillo analizar el poder de estas empresas sobre el sector más sensible de nuestra economía. En cuanto a las importaciones de mercancías, se observa un fuerte aumento de la importación de autos (26 por ciento) respecto de 2012, y menos del 50 por ciento de las importaciones está constituido por insumos o maquinaria para la industria. Este escenario permite explicar la devaluación desde un plano económico y político. En estos años, el proyecto kirchnerista apostó a incorporar a Argentina a las cadenas globales de valor mediante la producción primaria y sus derivados, en un contexto de elevados precios de los commodities.
Más allá de las fantasías industrialistas, la inflación y la fuerte desaceleración en el nivel de actividad parecen conducir a caminos ya conocidos en el pasado. Pero es necesario recordar que las políticas desarrollistas aplicadas en los años ’50 y ’60, lejos de llevarnos al desarrollo, han reproducido el ciclo que la industrialización pretendía evitar. Incluso la evocada burguesía nacional fue aliada de las grandes entidades agrarias y socia de quienes han destruido la industria. De ahí el nacimiento de la teoría que postula la dependencia de América latina. La Carta Anual de Gates pretende convencernos de que nuestro turno para el desarrollo ya llegó. Pero la actual situación externa y fiscal, después de 10 años de crecimiento, reafirma que, más allá de las apariencias, la Teoría de la Dependencia seguirá vigente mientras en Argentina no se trasformen la estructura productiva y su inserción en el mundo.
* Economista. Miembro del Instituto de Política y Economía Siglo 21.
@igalkej

Acerca de Napule

es Antonio Cicioni, politólogo y agnotólogo, hincha de Platense y adicto en recuperación a la pizza porteña.

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