¿Cuándo y cómo Hugo Chávez se convirtió en Hugo Chávez?

Viernes 4 de Enero de 2013
Por Marcelo Falak.-• YA EN 1995 ANTICIPABA SUS PLANES EN ENTREVISTA CON ÁMBITO FINANCIERO
Por: Marcelo Falak
La entrevista a Hugo Chávez que este diario publicó el 30 de marzo de 1995, cuando el bolivariano, recién indultado por sus intentonas golpistas, se lanzaba para las presidenciales de 1998, que lo llevarían al poder. ¿Hugo Chávez fue siempre el que conocimos, el «socialista» en torno al cual giró buena parte de la política sudamericana en, al menos, los últimos trece años? O, en otras palabras, ¿su progresiva radicalización fue simplemente la revelación de una vieja identidad política, solapada en un principio, o un efecto de la convulsionada dinámica política venezolana? Preguntas relevantes en momentos en que pelea por su vida en La Habana, dejando en manos de sus herederos políticos la interpretación y los márgenes de su legado ideológico y, con ello, el rumbo futuro de su revolución.
El paracaidista que sorprendió al mundo en 1992 con dos intentos de golpe contra el desprestigiado Carlos Andrés Pérez, el «outsider» que barrió como un huracán a una clase política que, por ineptitud o por venalidad, fue incapaz de convertir décadas de auge petrolero en desarrollo e inclusión, llegó al poder el 6 de diciembre de 1998 tras obtener un impactante 56% de los votos, que incluyó una buena dosis de apoyo de los sectores medios hartos de la corrupción, la inflación y la crisis permanente de la república «moribunda». No se definía entonces como «socialista» y consideraba al castrismo una «dictadura». ¿Quién era en realidad?
El 29 de marzo de 1995, este periodista tuvo la ocasión de entrevistar a un Chávez que, para alarma del establishment político tradicional, comenzaba a empinarse en las encuestas. Repasar brevemente las condiciones en las que visitó nuestro país y sus definiciones de entonces permite comenzar a responder aquellas preguntas.
Indultado por sus cruentas asonadas golpistas apenas un año antes por el presidente Rafael Caldera, llegó a Buenos Aires invitado por el Centro de Estudios Argentina en el Mundo (CEAM), liderado por el militar del grupo Albatros Raúl de Sagastizábal. No sorprendentemente, su discurso y su práctica político-militar eran en esa época compatibles con el de los «carapintada» argentinos.
En la entrevista, publicada por Ámbito Financiero el 30 de marzo, Chávez mezclaba un discurso nacionalista, latinoamericanista y anticorrupción con gestos de apertura al capital privado.
Ante las acusaciones de que ya entonces tenía contactos con la guerrilla marxista colombiana decía que se trataba de «una acusación infame», debida al temor que generaba su condición de «mayor opción de poder» para la próxima contienda presidencial, que efectivamente ganaría.
Chávez definió en ese diálogo su proyecto político como «bolivariano» y tendiente a la consolidación de una «democracia representativa, diferente de la clásica u occidental que nos ha sido impuesta. Se trata de dar al pueblo un rol protagónico a través de procedimientos de la democracia directa. Queremos unas Fuerzas Armadas al servicio del desarrollo y la democracia, y la construcción de un vasto proceso de integración latinoamericana».
En lo social, abogaba por la inclusión y, en lo económico, por la oposición al «neoliberalismo que ha llevado al desastre a México». Eran los tiempos del «efecto tequila»; el 2001 argentino todavía no aparecía en el horizonte.
Consideraba, al respecto, «replantearse las privatizaciones a ultranza (y) moderar el liberalismo». En ese sentido, en días en que acababa de mantener reuniones con empresarios argentinos con intereses en su país, sobre todo en materia petrolera, un Chávez mucho más delgado que el de los últimos años ofrecía «considerar como nacionales a los capitales privados de los países latinoamericanos». «La clave es la integración de nuestras economías para poder elaborar las materias primas que aún hoy seguimos exportando en crudo al resto del mundo», afirmaba.
No puede negarse que algunas de las marcas de sus años en el poder ya se perfilaban en esas definiciones. Las denuncias de connivencia con las FARC lo han acompañado largamente. Su idea de democracia participativa, no liberal, se tradujo tanto en disposiciones constitucionales valiosas -como la del referendo revocatorio de los mandatos- como, previsiblemente, en un lamentable estrechamiento del pluralismo y en los rasgos autoritarios que suelen formar parte de los procesos revolucionarios de corte rousseauniano, que apelan al pueblo más como concepto idealizado que como conjunto de ciudadanos de carne y hueso.
También cumplió con su declarada vocación latinoamericana, y la incorporación de la Fuerza Armada Nacional a su proyecto derivó -también de modo esperable- en su politización y cooptación por parte del régimen.
Lo que excedió sus dichos pasó por su relación con el capital privado. «Replantear las privatizaciones a ultranza» fue, en los hechos, una voracidad estatizadora que involucró a centenares de empresas de todo tamaño y sector, desde el agua hasta la distribución eléctrica, desde la telefonía hasta los principales bancos, desde los joint-ventures petroleros de la Faja del Orinoco hasta las siderúrgicas, desde compañías alimentarias hasta decenas de radios y canales de TV… El ronco y estentóreo «¡exprópiese!» se convirtió en un tic repetido en sus interminables cadenas televisivas dominicales.
Si, en lugar de «moderar el liberalismo», estatizó todo lo que pudo, no sorprende que la promesa de industrializar la economía venezolana haya quedado tan insatisfecha como con la clase política que denostó siempre. El país sigue importando hoy, pese a contar con todos los recursos naturales necesarios, casi la totalidad de los alimentos que consume, por no hablar de bienes más sofisticados.
Encontramos allí una brecha relativa entre el primer Chávez y el más reciente, sobre la que sólo cabe especular. ¿Fue desde el vamos un «criptosocialista» o los hechos lo llevaron a una radicalización progresiva?
Sus lecturas juveniles, que incluyeron dosis de marxismo poco sistemáticas, su relación sentimental con la intelectual izquierdista Herma Marksman y la cercanía de su hermano Adán, quien lo introdujo en la política, con grupos socialistas parecen abonar la primera posibilidad. Sin embargo, sus alianzas dentro del Movimiento Bolivariano 200, fundado en 1982 como una logia nacionalista dentro de la FAN, parece apuntar en un sentido algo diferente.
La brutal represión que siguió al «Caracazo», la respuesta popular al ajuste -también brutal- impuesto por Pérez en 1989, dio por primera vez de bruces a Chávez con la realidad: las fuerzas de seguridad, cuyos cuadros medios y bajos eran ocupados por venezolanos de las clases pobres, no debían volver a reprimir de ese modo.
Pero su gran giro se consumó después de 2002, cuando, ya en el poder, vivió dos experiencias que lo cambiarían para siempre.
Una fue el golpe militar-empresarial de abril, abortado tras la torpe decisión del líder de la patronal Fedecámaras, Pedro Carmona, de cerrar el Parlamento. La reacción de parte del sector castrense y de sus seguidores civiles derivó en una suerte de 17 de octubre, con su regreso triunfal a Miraflores.
La otra experiencia fue el paro por tiempo indeterminado de los gerentes de la petrolera PDVSA entre diciembre de ese año y enero de 2003, que le costó al país una grave retracción de sus indicadores macroeconómicos y sociales.
«La revolución seguirá siendo pacífica, pero ya no será desarmada», prometió entonces. Y cumplió. La extrema politización de la FAN, el juramento de «patria y socialismo o muerte» que le impuso, y la creación de su guardia pretoriana de 120.000 miembros, la Milicia Bolivariana, dan fe de ello.
Pero sería recién en 2004 cuando se declararía socialista. Muchos siguen sosteniendo que en esa fecha sólo «salió del ropero», asumiendo una identidad política de larga data. Es plausible también, y hacia ello se inclina quien escribe esto, admitir el papel que jugaron en su radicalización esos lamentables excesos de una oposición que, como él mismo diez años antes, eligió jugar por fuera de las instituciones.
¿La historia, la estructura, moldea a los actores o éstos imprimen también su sello en aquella? Las ciencias sociales siguen debatiendo, sin final posible, esa cuestión profunda, pero parece correcto intuir un camino de doble vía. Aceptarlo tiene implicancias útiles. Si la clase política que lo precedió no hubiese vivido de manera tan obscenamente opulenta de espaldas a un mar de pobres, si hubiese sabido -o deseado- «sembrar el petróleo», si se hubiese interesado en desarrollar el país, Hugo Chávez tal vez no habría sido Hugo Chávez. Y si, una vez que se convirtió en el personaje, sus oponentes le hubiesen dado pelea en las urnas, sin sumarse a los métodos golpistas que él mismo había reintroducido en la Venezuela de los años 90, tal vez ese país se habría podido ahorrar algunas desventuras.
Todo ello, desde ya, no le quita responsabilidad histórica. Aun en una Venezuela más inclusiva, con mejores indicadores en salud y educación, con masas populares que se han sentido parte de la ciudadanía por primera vez, el «comandante» deja un país tan petróleo-dependiente y tan primario como siempre, entre otras deudas que no excluyen la corrupción y la intolerancia.
Chávez pelea por su vida biológica; la política parece cerrarse, como él mismo ha sugerido al nombrar un sucesor. Con todo, deja una marca que será indeleble por largo tiempo. Corresponderá a quienes lo continuarán y a quienes seguirán repudiando sin concesiones su legado, tan ecléctico, tan contradictorio, no hacer del futuro una mera prolongación del pasado.
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Acerca de Nicolás Tereschuk (Escriba)

"Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).

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