El debate Castro-Kiciloff
Evidentemente, faltaba un debate asÃ, porque hasta el momento los cruces de posiciones eran reiterativos, chicaneros y previsibles. TenÃan la estructura de lo obvio. En cambio, Kiciloff y “Castro†fueron hasta los estratos más profundos de las medianeras efectivas que nos separan. En primer lugar, la distancia absoluta entre ambos personajes, pero no una distancia destructiva, sino la que desnuda quién se es realmente. En el programa, los habituales climas televisivos no conseguÃan ocultar un verdadero dramatismo que emanaba precisamente de las condiciones argumentales puestas en juego genuinamente, no de las pautas temporales y discursivas impuestas por las tecnologÃas mediáticas. AsÃ, “Nelson†convertÃa la diluida familiaridad de su nombre en “Castroâ€, un verdadero personaje de la polÃtica, obligado a revelar su estricta condición de profesional de una argumentación especÃfica, con sus filiaciones a la vista.
HabÃa momentos de cólera, pero contenida -tal como indica el buen manual de la televisión- aunque no se podÃa evitar la marca más profunda que movÃa a Castro, su destino último de hablar para un público ya configurado. Se mostraban los twitters en el zócalo yendo en auxilio del favorito en la contienda, era su casa. El desafiante era consciente que hablaba para la platea del otro, le recordaba, con ligeros toques en el hÃgado, que él también se habÃa mostrado crÃtico con polÃticas del macrismo. SÃ, pero…
Varias veces Kiciloff dijo “su públicoâ€, refiriéndose a la audiencia de Castro. Esta era la percepción de que cualquier juicio polÃtico podÃa sucumbir de inmediato en una maquinaria interpretativa. Kicillof la ponÃa de manifiesto con constantes alusiones a las condiciones del debate. Porque hoy no es posible ir a la televisión sin discutir las condiciones de emisión de la imagen y poner en examen la estructura de la pregunta, al mismo tiempo que se argumenta sobre un problema especÃfico. Esto ocasionalmente pasa, pero es anulado por el modo ya prefigurado en que se presentan las imágenes y latiguillos, el principal de los cuales es la fortÃsima metáfora de los “bolsos sobre el muro del conventoâ€, donde se forja la idea de una putrefacción de las almas que arrasa los altares. Pero Kiciloff pudo frente a Castro reemplazar ese previsto cadalso por una auténtica confrontación de dos estilos de reflexión, dos mundos polÃticos, dos formas de invocar un ámbito de diferendos.
Si con “Nelson†ya está todo juzgado, Kiciloff obligó a que resurgiera “Castro†como un agente polÃtico cabal, comprometido a responder, no solo como un ideólogo que convierte en metáforas médicas las condenas polÃticas y las evocaciones moralistas en patÃbulos aleccionadores. Tuvo que aceptar que la persona civil llamada Castro invadiese la magia conminatoria de Nelson, y que lo que se discutÃa fuese en verdad la verosimilitud de una época histórica, despojando a los hechos de sus melosos arquetipos y a rescatando las palabras del pantano de la cosa juzgada.
No habrá una posibilidad más amplia de enunciar soluciones polÃticas de fondo, si no se penetra en el Ãntimo secreto, no obstante conocido por todos, de cómo se forjan los lenguajes en los tribunales de primera y última instancia de los magistrados togados de la televisión central. Debatir es develar, dar a conocer los factores encubiertos o ya resueltos de una supuesta afirmación polÃtica. Eso es lo que consiguió Kiciloff, hasta que forzada compostura de Castro quedó al descubierto con la aparición póstuma del fantasma de Nelson, que apeló al último recurso que hasta el momento no habÃa usado… “¿y qué me dice de la corrupción?â€. Con eso, salÃa del cuadrilátero para agarrar la toalla salvadora, el óleo póstumo ante el cual los creyentes deben callar y orar. Entonces, fue ahà que Kiciloff demostró en el debate cuerpo a cuerpo, cuáles son las verdaderas condiciones del debate en la Argentina. Su aporte a la verdad, entendida como develamiento de los efectos que la encubren, es el importantÃsimo resultado de la intervención de Axel en el programa del doble de Nelson.
Evidentemente, faltaba un debate asÃ, porque hasta el momento los cruces de posiciones eran reiterativos, chicaneros y previsibles. TenÃan la estructura de lo obvio. En cambio, Kiciloff y “Castro†fueron hasta los estratos más profundos de las medianeras efectivas que nos separan. En primer lugar, la distancia absoluta entre ambos personajes, pero no una distancia destructiva, sino la que desnuda quién se es realmente. En el programa, los habituales climas televisivos no conseguÃan ocultar un verdadero dramatismo que emanaba precisamente de las condiciones argumentales puestas en juego genuinamente, no de las pautas temporales y discursivas impuestas por las tecnologÃas mediáticas. AsÃ, “Nelson†convertÃa la diluida familiaridad de su nombre en “Castroâ€, un verdadero personaje de la polÃtica, obligado a revelar su estricta condición de profesional de una argumentación especÃfica, con sus filiaciones a la vista.
HabÃa momentos de cólera, pero contenida -tal como indica el buen manual de la televisión- aunque no se podÃa evitar la marca más profunda que movÃa a Castro, su destino último de hablar para un público ya configurado. Se mostraban los twitters en el zócalo yendo en auxilio del favorito en la contienda, era su casa. El desafiante era consciente que hablaba para la platea del otro, le recordaba, con ligeros toques en el hÃgado, que él también se habÃa mostrado crÃtico con polÃticas del macrismo. SÃ, pero…
Varias veces Kiciloff dijo “su públicoâ€, refiriéndose a la audiencia de Castro. Esta era la percepción de que cualquier juicio polÃtico podÃa sucumbir de inmediato en una maquinaria interpretativa. Kicillof la ponÃa de manifiesto con constantes alusiones a las condiciones del debate. Porque hoy no es posible ir a la televisión sin discutir las condiciones de emisión de la imagen y poner en examen la estructura de la pregunta, al mismo tiempo que se argumenta sobre un problema especÃfico. Esto ocasionalmente pasa, pero es anulado por el modo ya prefigurado en que se presentan las imágenes y latiguillos, el principal de los cuales es la fortÃsima metáfora de los “bolsos sobre el muro del conventoâ€, donde se forja la idea de una putrefacción de las almas que arrasa los altares. Pero Kiciloff pudo frente a Castro reemplazar ese previsto cadalso por una auténtica confrontación de dos estilos de reflexión, dos mundos polÃticos, dos formas de invocar un ámbito de diferendos.
Si con “Nelson†ya está todo juzgado, Kiciloff obligó a que resurgiera “Castro†como un agente polÃtico cabal, comprometido a responder, no solo como un ideólogo que convierte en metáforas médicas las condenas polÃticas y las evocaciones moralistas en patÃbulos aleccionadores. Tuvo que aceptar que la persona civil llamada Castro invadiese la magia conminatoria de Nelson, y que lo que se discutÃa fuese en verdad la verosimilitud de una época histórica, despojando a los hechos de sus melosos arquetipos y a rescatando las palabras del pantano de la cosa juzgada.
No habrá una posibilidad más amplia de enunciar soluciones polÃticas de fondo, si no se penetra en el Ãntimo secreto, no obstante conocido por todos, de cómo se forjan los lenguajes en los tribunales de primera y última instancia de los magistrados togados de la televisión central. Debatir es develar, dar a conocer los factores encubiertos o ya resueltos de una supuesta afirmación polÃtica. Eso es lo que consiguió Kiciloff, hasta que forzada compostura de Castro quedó al descubierto con la aparición póstuma del fantasma de Nelson, que apeló al último recurso que hasta el momento no habÃa usado… “¿y qué me dice de la corrupción?â€. Con eso, salÃa del cuadrilátero para agarrar la toalla salvadora, el óleo póstumo ante el cual los creyentes deben callar y orar. Entonces, fue ahà que Kiciloff demostró en el debate cuerpo a cuerpo, cuáles son las verdaderas condiciones del debate en la Argentina. Su aporte a la verdad, entendida como develamiento de los efectos que la encubren, es el importantÃsimo resultado de la intervención de Axel en el programa del doble de Nelson.