Por Edgardo Mocca
Contra todos los pronósticos cercanos en el tiempo –digamos los de enero de este mismo año– la presidenta Cristina Kirchner está en el centro excluyente de la polÃtica argentina. Con la economÃa estabilizada y buenas expectativas populares para los meses venideros, paritarias en pleno y normal funcionamiento, vergonzosamente derrumbada la operación desestabilizadora que giró en torno de la denuncia y la posterior muerte del fiscal Nisman, la jefa de Gobierno ejerce en plenitud su autoridad polÃtica nacional y su condición de lÃder del movimiento gobernante. En el campo de las propias precandidaturas sobresalen dos gestos muy visibles: algunos de los que estaban anotados renunciaron a su postulación en respuesta directa e inmediata a la solicitud presidencial; los dos que siguen en carrera han convertido la cuestión de quién asegura la continuidad y profundización del actual rumbo polÃtico en la materia central de la disputa interna. En el terreno de los opositores, los dos rasgos más evidentes son la sistemática elusión de la polÃtica –aconsejada por escrito en estos dÃas por el asesor Duran Barba, devenido ideólogo principal del PRO– y las tensiones entre Macri y Massa alrededor de una eventual unificación de sus espacios polÃticos en una alternativa antikirchnerista común.
El hecho de la centralidad presidencial a pocos meses de una elección en la que Cristina no puede presentarse tiene una cantidad de profundos significados. Estamos ante el naufragio de la estrategia principal del centro coordinador del poder económico-mediático en la Argentina; no trabajaron todos estos años principalmente para instalar un liderazgo opositor sino para que el Gobierno tuviera que retirarse en medio de un caos polÃtico. Ese final era necesario para dos objetivos igualmente esenciales: crear las condiciones de legitimidad para un brutal ajuste económico y el regreso a la normalidad neoliberal y escarmentar a la polÃtica argentina contra cualquier intento de reincidencia en aventuras “estatistas†o “populistasâ€. Hay una enorme cantidad de episodios que dan cuenta de esa estrategia que, por otro lado, no tiene nada de original y constituirÃa una reedición de la saga del golpismo oligárquico, en este caso sin marchas militares ni comunicado número uno y, en cambio, con alguna modalidad institucional del tipo de las ya ensayadas en otros sitios de América latina. Ciertamente, la estrategia sigue vigente y no faltarán nuevos intentos de llevarla al triunfo, pero un operativo desestabilizador triunfante en plena época preelectoral serÃa una innovación histórica.
Mucho podrÃa hablarse del fracaso de los pronósticos polÃticos. De la “teorÃa del pato rengoâ€, por ejemplo, que es una más de las chantadas de cierta politologÃa cÃnica que suele arroparse con la palabra “cienciaâ€. La previsión polÃtica que practican los epÃgonos de cierta academia tiene un par de presupuestos básicos: uno es que la polÃtica no tiene nada que ver con las ideas, se reduce a una pragmática de acumulación de poder ciega a cualquier referencia al mundo social, cuya única función es la de dar un veredicto electoral acerca de las bondades de la publicidad de los diferentes candidatos; la otra, derivada de la anterior y más difÃcil de enunciar públicamente, es la intangibilidad de las relaciones de fuerza entre dominadores y dominados y el fracaso de todo intento de transformar el orden real. Si se aceptan esos dos supuestos, no puede dejar de pensarse que un presidente que no reelige camina inexorablemente hacia la soledad y hacia su suplantación por otro que emerge para continuar la misma saga de rutinas institucionales destinadas a proveer de legitimidad democrática a un orden de poder intocable. Esta descripción (que, en realidad es una prescripción) funciona bien en todo el mundo y muy particularmente en las últimas décadas. Asà es la polÃtica “normalâ€. Asà funcionó, en nuestro paÃs desde la recuperación de la democracia, aunque matizada por catástrofes sociales como la hiperinflación de 1989-90 y el derrumbe general de 2001. Justamente ese último episodio marca la crisis de la polÃtica normal en la Argentina. La consigna de aquel diciembre era “que se vayan todosâ€, una expresión sospechosa de cualunquismo antipolÃtico que, sin embargo, tenÃa en su interior un grito de rebeldÃa contra las alternancias vacÃas de contenido y las instituciones que instituÃan la imposibilidad de toda transformación.
Es de aquella hora cero de la polÃtica argentina –o una más entre tantas que parecieron serlo, la vida lo dirá– que emergió la experiencia histórica que hoy llamamos kirchnerismo. Para algunos fue la emergencia de un gran simulacro que, aprovechando la desesperación y la ilusión que recorren toda crisis, construyó un relato liberador como artefacto legitimador de un saqueo de los bienes colectivos por parte de un grupo de aventureros polÃticos. Para otros, más realistas, más peronistas y bastante cÃnicos, fue el recurso del peronismo para reproducir su poder que es como decir el único poder viable en la patria: asà como hubo que tener un peronismo neoliberal en los años del derrumbe soviético y el dominio global incompartido de Estados Unidos, era necesario un peronismo estatista y popular para los tiempos del derrumbe de aquella fórmula polÃtica que tuvo a Menem como su emblema y a Cavallo como su arquitecto. Tal vez, quién sabe, sea ahora el tiempo de un peronismo más moderado y dialoguista para responder al nuevo ciclo argentino. Las dos interpretaciones –la del simulacro y la del péndulo eterno podrÃa respectivamente llamárselas– tienen un mismo problema: miran exclusivamente los procesos desde el lado de la subjetividad de los lÃderes y de las maquinarias polÃticas. Asà la historia se convierte en el desenvolvimiento de un juego en el que los lÃderes reducen costos y maximizan beneficios actuando inteligentemente sobre una masa social inerte y carente de toda voluntad independiente. Viene al caso un artÃculo escrito por Juan José Sebrelli en la época en que escribÃa artÃculos notables. Es de 1956, se llama “Aventura y revolución peronistaâ€, fue incluido por la secretarÃa que dirige Ricardo Forster en el primer volumen de los Manifiestos polÃticos argentinos y dice, entre otras cosas y refiriéndose a quienes explicaban al peronismo por la personalidad autoritaria de Perón y el resentimiento social de Evita: “No nos explican por qué razón Perón y Evita eligieron ese modo de sublimación y no otro cualquiera. Tampoco nos explican –al mostrarnos en Perón y en Evita a dos paranoicos, exhibicionistas e histriones– cómo esos dos seres grotescos, dignos de lástima, han podido cambiar el curso de la historia de su paÃs y definir con su nombre toda una épocaâ€. Agrega más adelante en la misma dirección “Perón no inventó el peronismo; por el contrario, puede decirse que ese conjunto de condiciones polÃticas, económicas y sociales que es el peronismo lo inventó a Perón, encontró en él una forma de expresión y un nombre, que podrÃa haber sido cualquier otroâ€.
No se trae la cita para instalar arbitrariamente una analogÃa entre el peronismo inicial y el kirchnerismo, lo que serÃa materia de otro trabajo. Se la trae para reinstalar un método para pensar la polÃtica. Para sacarla del vértigo opinológico, de la operación efÃmera y de la primicia banal y colocarla (o más bien volver a colocarla) en el sitio de las grandes corrientes históricas que recorren el mundo y dentro de las que es necesario pensarnos a nosotros mismos si no queremos cultivar una presunta excepcionalidad argentina respecto del resto del planeta, tan pretenciosa como banal. El peronismo original, insistentemente pensado como una rareza polÃtica argentina, fue el nombre y la forma local de un proceso mundial que transformó el capitalismo de los mercados “autorregulados†en el capitalismo estatalmente regulado y el llamado estado social que consagraba un pacto entre el capital y los trabajadores apoderados de nuevos derechos. Tal vez se pueda pensar nuestro 2001 como un capÃtulo intenso y dramático de la crisis mundial del paradigma capitalista que rige mundialmente desde la crisis de mediados de los años setenta del siglo pasado. Sin la pretensión de exagerar las simetrÃas, digamos que los años en los que se impuso mundialmente el capitalismo salvaje dominado por la fracción financiera del capital, en nuestro paÃs se instalaba la más cruel de las muchas dictaduras que atravesaron nuestra historia, cuyo componente “civil†(básicamente empresarial, de la entonces llamada Asamblea Permanente de Gremiales Empresarias, de la Sociedad Rural y de los grandes grupos financieros) está quedando plenamente iluminado más allá de la vergonzosa conducta judicial que impide hacer justicia en esta cuestión.
El kirchnerismo es muchas cosas. Es la estructura territorial federal del Partido Justicialista. Es una coalición polÃtica y social heterogénea, en la que conviven heroÃsmos con oportunismos y claudicaciones. Pero el sello histórico del kirchnerismo, lo que construye su potencial futuro es el de ser el nombre argentino de un proceso de resistencia a la homogeneización neoliberal del mundo. Un proceso que vibra en nuestra región con marchas y contramarchas. Que empezó a crecer en Grecia, en España y en toda la Europa pobre y dependiente del capital financiero global. Y que en la Argentina está desmintiendo las profecÃas seudocientÃficas que lo reducen a un accidente fugaz de nuestra historia. Es un relato que está lejos de terminar de ser contado.
Contra todos los pronósticos cercanos en el tiempo –digamos los de enero de este mismo año– la presidenta Cristina Kirchner está en el centro excluyente de la polÃtica argentina. Con la economÃa estabilizada y buenas expectativas populares para los meses venideros, paritarias en pleno y normal funcionamiento, vergonzosamente derrumbada la operación desestabilizadora que giró en torno de la denuncia y la posterior muerte del fiscal Nisman, la jefa de Gobierno ejerce en plenitud su autoridad polÃtica nacional y su condición de lÃder del movimiento gobernante. En el campo de las propias precandidaturas sobresalen dos gestos muy visibles: algunos de los que estaban anotados renunciaron a su postulación en respuesta directa e inmediata a la solicitud presidencial; los dos que siguen en carrera han convertido la cuestión de quién asegura la continuidad y profundización del actual rumbo polÃtico en la materia central de la disputa interna. En el terreno de los opositores, los dos rasgos más evidentes son la sistemática elusión de la polÃtica –aconsejada por escrito en estos dÃas por el asesor Duran Barba, devenido ideólogo principal del PRO– y las tensiones entre Macri y Massa alrededor de una eventual unificación de sus espacios polÃticos en una alternativa antikirchnerista común.
El hecho de la centralidad presidencial a pocos meses de una elección en la que Cristina no puede presentarse tiene una cantidad de profundos significados. Estamos ante el naufragio de la estrategia principal del centro coordinador del poder económico-mediático en la Argentina; no trabajaron todos estos años principalmente para instalar un liderazgo opositor sino para que el Gobierno tuviera que retirarse en medio de un caos polÃtico. Ese final era necesario para dos objetivos igualmente esenciales: crear las condiciones de legitimidad para un brutal ajuste económico y el regreso a la normalidad neoliberal y escarmentar a la polÃtica argentina contra cualquier intento de reincidencia en aventuras “estatistas†o “populistasâ€. Hay una enorme cantidad de episodios que dan cuenta de esa estrategia que, por otro lado, no tiene nada de original y constituirÃa una reedición de la saga del golpismo oligárquico, en este caso sin marchas militares ni comunicado número uno y, en cambio, con alguna modalidad institucional del tipo de las ya ensayadas en otros sitios de América latina. Ciertamente, la estrategia sigue vigente y no faltarán nuevos intentos de llevarla al triunfo, pero un operativo desestabilizador triunfante en plena época preelectoral serÃa una innovación histórica.
Mucho podrÃa hablarse del fracaso de los pronósticos polÃticos. De la “teorÃa del pato rengoâ€, por ejemplo, que es una más de las chantadas de cierta politologÃa cÃnica que suele arroparse con la palabra “cienciaâ€. La previsión polÃtica que practican los epÃgonos de cierta academia tiene un par de presupuestos básicos: uno es que la polÃtica no tiene nada que ver con las ideas, se reduce a una pragmática de acumulación de poder ciega a cualquier referencia al mundo social, cuya única función es la de dar un veredicto electoral acerca de las bondades de la publicidad de los diferentes candidatos; la otra, derivada de la anterior y más difÃcil de enunciar públicamente, es la intangibilidad de las relaciones de fuerza entre dominadores y dominados y el fracaso de todo intento de transformar el orden real. Si se aceptan esos dos supuestos, no puede dejar de pensarse que un presidente que no reelige camina inexorablemente hacia la soledad y hacia su suplantación por otro que emerge para continuar la misma saga de rutinas institucionales destinadas a proveer de legitimidad democrática a un orden de poder intocable. Esta descripción (que, en realidad es una prescripción) funciona bien en todo el mundo y muy particularmente en las últimas décadas. Asà es la polÃtica “normalâ€. Asà funcionó, en nuestro paÃs desde la recuperación de la democracia, aunque matizada por catástrofes sociales como la hiperinflación de 1989-90 y el derrumbe general de 2001. Justamente ese último episodio marca la crisis de la polÃtica normal en la Argentina. La consigna de aquel diciembre era “que se vayan todosâ€, una expresión sospechosa de cualunquismo antipolÃtico que, sin embargo, tenÃa en su interior un grito de rebeldÃa contra las alternancias vacÃas de contenido y las instituciones que instituÃan la imposibilidad de toda transformación.
Es de aquella hora cero de la polÃtica argentina –o una más entre tantas que parecieron serlo, la vida lo dirá– que emergió la experiencia histórica que hoy llamamos kirchnerismo. Para algunos fue la emergencia de un gran simulacro que, aprovechando la desesperación y la ilusión que recorren toda crisis, construyó un relato liberador como artefacto legitimador de un saqueo de los bienes colectivos por parte de un grupo de aventureros polÃticos. Para otros, más realistas, más peronistas y bastante cÃnicos, fue el recurso del peronismo para reproducir su poder que es como decir el único poder viable en la patria: asà como hubo que tener un peronismo neoliberal en los años del derrumbe soviético y el dominio global incompartido de Estados Unidos, era necesario un peronismo estatista y popular para los tiempos del derrumbe de aquella fórmula polÃtica que tuvo a Menem como su emblema y a Cavallo como su arquitecto. Tal vez, quién sabe, sea ahora el tiempo de un peronismo más moderado y dialoguista para responder al nuevo ciclo argentino. Las dos interpretaciones –la del simulacro y la del péndulo eterno podrÃa respectivamente llamárselas– tienen un mismo problema: miran exclusivamente los procesos desde el lado de la subjetividad de los lÃderes y de las maquinarias polÃticas. Asà la historia se convierte en el desenvolvimiento de un juego en el que los lÃderes reducen costos y maximizan beneficios actuando inteligentemente sobre una masa social inerte y carente de toda voluntad independiente. Viene al caso un artÃculo escrito por Juan José Sebrelli en la época en que escribÃa artÃculos notables. Es de 1956, se llama “Aventura y revolución peronistaâ€, fue incluido por la secretarÃa que dirige Ricardo Forster en el primer volumen de los Manifiestos polÃticos argentinos y dice, entre otras cosas y refiriéndose a quienes explicaban al peronismo por la personalidad autoritaria de Perón y el resentimiento social de Evita: “No nos explican por qué razón Perón y Evita eligieron ese modo de sublimación y no otro cualquiera. Tampoco nos explican –al mostrarnos en Perón y en Evita a dos paranoicos, exhibicionistas e histriones– cómo esos dos seres grotescos, dignos de lástima, han podido cambiar el curso de la historia de su paÃs y definir con su nombre toda una épocaâ€. Agrega más adelante en la misma dirección “Perón no inventó el peronismo; por el contrario, puede decirse que ese conjunto de condiciones polÃticas, económicas y sociales que es el peronismo lo inventó a Perón, encontró en él una forma de expresión y un nombre, que podrÃa haber sido cualquier otroâ€.
No se trae la cita para instalar arbitrariamente una analogÃa entre el peronismo inicial y el kirchnerismo, lo que serÃa materia de otro trabajo. Se la trae para reinstalar un método para pensar la polÃtica. Para sacarla del vértigo opinológico, de la operación efÃmera y de la primicia banal y colocarla (o más bien volver a colocarla) en el sitio de las grandes corrientes históricas que recorren el mundo y dentro de las que es necesario pensarnos a nosotros mismos si no queremos cultivar una presunta excepcionalidad argentina respecto del resto del planeta, tan pretenciosa como banal. El peronismo original, insistentemente pensado como una rareza polÃtica argentina, fue el nombre y la forma local de un proceso mundial que transformó el capitalismo de los mercados “autorregulados†en el capitalismo estatalmente regulado y el llamado estado social que consagraba un pacto entre el capital y los trabajadores apoderados de nuevos derechos. Tal vez se pueda pensar nuestro 2001 como un capÃtulo intenso y dramático de la crisis mundial del paradigma capitalista que rige mundialmente desde la crisis de mediados de los años setenta del siglo pasado. Sin la pretensión de exagerar las simetrÃas, digamos que los años en los que se impuso mundialmente el capitalismo salvaje dominado por la fracción financiera del capital, en nuestro paÃs se instalaba la más cruel de las muchas dictaduras que atravesaron nuestra historia, cuyo componente “civil†(básicamente empresarial, de la entonces llamada Asamblea Permanente de Gremiales Empresarias, de la Sociedad Rural y de los grandes grupos financieros) está quedando plenamente iluminado más allá de la vergonzosa conducta judicial que impide hacer justicia en esta cuestión.
El kirchnerismo es muchas cosas. Es la estructura territorial federal del Partido Justicialista. Es una coalición polÃtica y social heterogénea, en la que conviven heroÃsmos con oportunismos y claudicaciones. Pero el sello histórico del kirchnerismo, lo que construye su potencial futuro es el de ser el nombre argentino de un proceso de resistencia a la homogeneización neoliberal del mundo. Un proceso que vibra en nuestra región con marchas y contramarchas. Que empezó a crecer en Grecia, en España y en toda la Europa pobre y dependiente del capital financiero global. Y que en la Argentina está desmintiendo las profecÃas seudocientÃficas que lo reducen a un accidente fugaz de nuestra historia. Es un relato que está lejos de terminar de ser contado.