El historiador Norberto Galasso reflexiona sobre la situación que atraviesa el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. «En la vieja Argentina –semicolonia inglesa hasta 1945– nos enseñaron a ignorar a Venezuela, más aún, a rivalizar con ella», asegura.
En la vieja Argentina –semicolonia inglesa hasta 1945– nos enseñaron a ignorar a Venezuela, más aún, a rivalizar con ella: nosotros, mirando hacia el Atlánico, Venezuela ambicionando expandirse hacia la América Latina profunda.
Esto comenzó con Mitre cuando, en las primeras páginas de su biografÃa sobre San MartÃn, inventa dos proyectos antagónicos: el argentino, liberar paÃses para tornarlos independientes, el venezolano-colombiano, para unificarlos bajo su égida como Patria Grande. Y de ahÃ, la conclusión: siendo BolÃvar un ambicioso, astuto e intrigante, y siendo San MartÃn «el santo de la espada», el venezolano le habrÃa «robado» la gloria de concluir la campaña libertadora y esta usurpación habrÃa provocado su exilio, quedando el general argentino en Europa con rencor irredimible hacia BolÃvar. Por tanto, como dirÃa Mitre y su ministro Elizalde, «Argentina está más cerca de Europa que de cualquier paÃs latinoamericano», y dirÃa luego el presidente Alvear cuando Sandino defendÃa la soberanÃa nicaragüense: «Nicaragua está demasiado lejos para que los argentinos nos preocupemos por su destino».
Pero la verdad por fin se está imponiendo. Ahora sabemos que no hubo misterio en Guayaquil: que San MartÃn, boicoteado desde Buenos Aires por Rivadavia, traicionado por el Lord Cochrane y con graves disidencias en el Perú, comprendió que BolÃvar estaba en mejores condiciones de dar el último golpe a los realistas, por lo cual prefirió dar un paso atrás –evitando una doble jefatura que acrecentarÃa la indisciplina– y se ofreció como segundo jefe de BolÃvar, propuesta que el venezolano no aceptó con buen criterio, pues no podÃa entrar a Perú llevando por subjefe justamente al Protector del Perú.
Ahora sabemos también –porque lo testimonia la autoridad del historiador Ernesto Quesada– que San MartÃn admiraba a BolÃvar y tenÃa, en su exilio europeo, tres retratos de BolÃvar: un óleo que su hija pintó por encargo del propio Don José, un cuadro pequeño de BolÃvar, enmarcado con diamantes, que este le regaló en Guayaquil y –lo cual es definitorio– una litografÃa de BolÃvar, en la pared de su dormitorio, delante de su cama. Es decir, lo primero que veÃa al levantarse era el rostro de BolÃvar, frente a él mudaba de ropa y al acostarse, lo último que veÃa era también el retrato del venezolano. Salvo que se quiera suponer el disparate de que sufrÃa un grado extremo de masoquismo, los hechos demuestran que admiraba a quien habÃa sido su compañero en el proyecto de la liberación y de la unificación de la Patria Grande, lamentablemente frustrado en el Congreso de Panamá, en 1826.
Por eso, en la vieja época, estigmatizado BolÃvar, no podÃamos conocer de modo alguno quién habÃa sido el caudillo Ezequiel Zamora, ni tampoco admirar las canciones de Alà Primera. Ahora, la historia mitrista está derrotada –y no por el rosismo ganadero y bonaerense– sino por una concepción latinoamericana expresada ya en organismos como el Unasur y el CELAC, en el Mercosur y el Banco del Sur. Ahora sabemos que la lucha por la Revolución Bolivariana, que es también sanmartiniana, es una sola. Por ello se están alzando voces condenando los intentos desestabilizadores provenientes de la derecha venezolana asociada al imperialismo norteamericano. Pero es necesario insistir: no se trata simplemente de la solidaridad de los argentinos con la causa iniciada en Venezuela por ese extraordinario caudillo popular que fue el comandante Hugo Chávez FrÃas. No. Es algo más que el apoyo a una causa justa de un paÃs hermano. Es la consustanciación total con el gobierno presidido por Nicolás Maduro, porque ya somos una Patria Grande en reconstrucción y su lucha es nuestra lucha y su enemigo es nuestro enemigo.
Desde esta óptica latinoamericana –la de los grandes libertadores y también la de MartÃ, la de Artigas, la de Ugarte y tantos otros– salimos a denunciar y condenar el intento golpista de que somos objeto los pueblos de América Latina en estos dÃas, perpetrado por los vendepatrias alimentados por los dólares yanquis. Desde aquÃ, como integrantes de una misma Nación agredida, y ante el ¿Quién vive? del agresor, contestamos con las palabras de Manuel Ugarte, en 1913: «Respondámosles unánimes, con toda la fuerza de nuestros pulmones: ¡La América Latina!… A la intromisión en nuestros asuntos domésticos, opongamos la acrisolada honradez de gobernantes y gobernados. Digámosles a los yanquis: ¡No queremos tutores! ¡No deseamos padrastros! ¡Dejadnos vivir tranquilos en esta porción de nuevo continente: ¡La América Latina para los latinoamericanos! No consintamos más que ellos continúen. Pero si los angloamericanos persisten en sus ideas absorbentes, luchemos con el valor legendario de nuestra raza y que salgan de sus tumbas los manes de nuestros Libertadores y en forma de serpientes, estrangulen al enemigo maldito: ¡Viva la América Latina!»
En la vieja Argentina –semicolonia inglesa hasta 1945– nos enseñaron a ignorar a Venezuela, más aún, a rivalizar con ella: nosotros, mirando hacia el Atlánico, Venezuela ambicionando expandirse hacia la América Latina profunda.
Esto comenzó con Mitre cuando, en las primeras páginas de su biografÃa sobre San MartÃn, inventa dos proyectos antagónicos: el argentino, liberar paÃses para tornarlos independientes, el venezolano-colombiano, para unificarlos bajo su égida como Patria Grande. Y de ahÃ, la conclusión: siendo BolÃvar un ambicioso, astuto e intrigante, y siendo San MartÃn «el santo de la espada», el venezolano le habrÃa «robado» la gloria de concluir la campaña libertadora y esta usurpación habrÃa provocado su exilio, quedando el general argentino en Europa con rencor irredimible hacia BolÃvar. Por tanto, como dirÃa Mitre y su ministro Elizalde, «Argentina está más cerca de Europa que de cualquier paÃs latinoamericano», y dirÃa luego el presidente Alvear cuando Sandino defendÃa la soberanÃa nicaragüense: «Nicaragua está demasiado lejos para que los argentinos nos preocupemos por su destino».
Pero la verdad por fin se está imponiendo. Ahora sabemos que no hubo misterio en Guayaquil: que San MartÃn, boicoteado desde Buenos Aires por Rivadavia, traicionado por el Lord Cochrane y con graves disidencias en el Perú, comprendió que BolÃvar estaba en mejores condiciones de dar el último golpe a los realistas, por lo cual prefirió dar un paso atrás –evitando una doble jefatura que acrecentarÃa la indisciplina– y se ofreció como segundo jefe de BolÃvar, propuesta que el venezolano no aceptó con buen criterio, pues no podÃa entrar a Perú llevando por subjefe justamente al Protector del Perú.
Ahora sabemos también –porque lo testimonia la autoridad del historiador Ernesto Quesada– que San MartÃn admiraba a BolÃvar y tenÃa, en su exilio europeo, tres retratos de BolÃvar: un óleo que su hija pintó por encargo del propio Don José, un cuadro pequeño de BolÃvar, enmarcado con diamantes, que este le regaló en Guayaquil y –lo cual es definitorio– una litografÃa de BolÃvar, en la pared de su dormitorio, delante de su cama. Es decir, lo primero que veÃa al levantarse era el rostro de BolÃvar, frente a él mudaba de ropa y al acostarse, lo último que veÃa era también el retrato del venezolano. Salvo que se quiera suponer el disparate de que sufrÃa un grado extremo de masoquismo, los hechos demuestran que admiraba a quien habÃa sido su compañero en el proyecto de la liberación y de la unificación de la Patria Grande, lamentablemente frustrado en el Congreso de Panamá, en 1826.
Por eso, en la vieja época, estigmatizado BolÃvar, no podÃamos conocer de modo alguno quién habÃa sido el caudillo Ezequiel Zamora, ni tampoco admirar las canciones de Alà Primera. Ahora, la historia mitrista está derrotada –y no por el rosismo ganadero y bonaerense– sino por una concepción latinoamericana expresada ya en organismos como el Unasur y el CELAC, en el Mercosur y el Banco del Sur. Ahora sabemos que la lucha por la Revolución Bolivariana, que es también sanmartiniana, es una sola. Por ello se están alzando voces condenando los intentos desestabilizadores provenientes de la derecha venezolana asociada al imperialismo norteamericano. Pero es necesario insistir: no se trata simplemente de la solidaridad de los argentinos con la causa iniciada en Venezuela por ese extraordinario caudillo popular que fue el comandante Hugo Chávez FrÃas. No. Es algo más que el apoyo a una causa justa de un paÃs hermano. Es la consustanciación total con el gobierno presidido por Nicolás Maduro, porque ya somos una Patria Grande en reconstrucción y su lucha es nuestra lucha y su enemigo es nuestro enemigo.
Desde esta óptica latinoamericana –la de los grandes libertadores y también la de MartÃ, la de Artigas, la de Ugarte y tantos otros– salimos a denunciar y condenar el intento golpista de que somos objeto los pueblos de América Latina en estos dÃas, perpetrado por los vendepatrias alimentados por los dólares yanquis. Desde aquÃ, como integrantes de una misma Nación agredida, y ante el ¿Quién vive? del agresor, contestamos con las palabras de Manuel Ugarte, en 1913: «Respondámosles unánimes, con toda la fuerza de nuestros pulmones: ¡La América Latina!… A la intromisión en nuestros asuntos domésticos, opongamos la acrisolada honradez de gobernantes y gobernados. Digámosles a los yanquis: ¡No queremos tutores! ¡No deseamos padrastros! ¡Dejadnos vivir tranquilos en esta porción de nuevo continente: ¡La América Latina para los latinoamericanos! No consintamos más que ellos continúen. Pero si los angloamericanos persisten en sus ideas absorbentes, luchemos con el valor legendario de nuestra raza y que salgan de sus tumbas los manes de nuestros Libertadores y en forma de serpientes, estrangulen al enemigo maldito: ¡Viva la América Latina!»
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