En nuestro paÃs existe un fuerte desprecio por los Estados Unidos y por todo lo que representa. No estoy verdaderamente seguro del origen exacto de tal desprecio ni de la totalidad de cuestiones que puedan animarlo. Aunque probablemente quienes desprecian tengan argumentos, lo cierto es que en nuestro paÃs cotiza fuerte el argumento anti norteamericano.
Esta es una sencilla y modesta reflexión que no fue pensada ni escrita para las subjetividades que manifiestan ese desprecio. Están todos avisados, tienen la chance de no continuar leyendo.
A priori, encuentro a la lógica de la polÃtica norteamericana sumamente fascinante. En lÃneas generales, podrÃa sumariar una lista de ideas, valores, procedimientos y prácticas, apreciar la racionalización puesta al servicio de una polÃtica que no tiene miedos de querer ser eficiente y eficaz, de querer solucionar los problemas de la ciudadanÃa real por medio de la innovación cooperativa. En este sentido, creo que lo ocurrido dÃas atrás en el marco de la convención del Partido Demócrata estadounidense representa muchas cosas cuando se la proyecta en el plano de la práctica, de la experiencia democrática. Lo que sucedió en las últimas noches puede ser interpretado desde una multiplicidad de dimensiones, las cuales refieren a la naturaleza de una democracia lo suficientemente compleja, ingeniosa, original y ciertamente controvertida y problemática. Pero por ahora me conformo con mucho menos, me conformo con un punto en el cual las complejidades del caso se apartan relativamente, aclarando el horizonte y dejándonos al menos un resquicio, un pequeño lugar en el que todas las experiencias democráticas se imbrican: hablo de la relación entre la polÃtica y el disfrute (o a la inversa, entre la polÃtica y el sufrimiento).
Una nación que se encuentra atravesando la peor crisis socio-económica de los últimos 80 años practica el ejercicio de la polÃtica democrática desde el disfrute que naturalmente viene con la polÃtica misma (porque esto es cierto para muchos que experimentan la polÃtica). Hubo formas y temples polÃticos, sÃmbolos y discursos, prácticas y hasta objetos cuidadosamente elegidos: todo pareció recubierto de un manto de racionalidad y precisión que a veces parece fÃlmico, hasta ridÃculo, pero nadie pareció tomar parte de la convención para sufrir o para expresar con pesar cuáles son sus ideas y cómo deberÃa forjarse el futuro inmediato de los Estados Unidos.
Julián Castro goza de la misma popularidad en el Estado de Texas que Barack Obama en la totalidad del territorio nacional. Su importancia estratégica para el partido es una de las llaves del futuro demócrata, y como parte de una estrategia partidaria que intenta mostrar a los electores hispanos que su partido los contempla (y en serio), Julián Castro termina de aglutinar el ya caracterÃstico voto demócrata de la costa oeste y el noreste del territorio. Su discurso estuvo cargado de sÃmbolos significativos, pero aun asumiendo el rol histórico que significa el hecho de constituirse como primer orador hispano en una convención demócrata, no necesitó apelar a la tristeza para contar una historia, la suya, alrededor de un pasado lleno de humildadades, desarraigos y esfuerzos individuales de superación. Sencillamente, su historia personal y sus argumentos no parecieron pesarosos, tristes, sino que manifestaron una carga de positividad que viene con la propia polÃtica y sus contornos.
La polÃtica, desde una perspectiva del no-sufrimiento, se permitió la participación desacartonada de actores, artistas y cómicos como Kal Pen (mientras sonaba “We are familyâ€, de Sister Sledge). O también el enérgico discurso de Deval Patrick, Gobernador de Massachusetts, cuyas afirmaciones centrales (“the ability to imagine a better way…â€, “we owe America a better argument then what we are against ofâ€, y también “we´re Americans, we shape our own futureâ€) obviaron la congoja, el lagrimeo o la mÃstica tanguera del sufrir constante.
De Michelle Obama se ha dicho prácticamente todo, pero su rol en esta campaña es el rol de una primera dama que prescinde del recurso dramático, que no sufre la agonalidad de lo polÃtico y que disfruta del acto asociativo de la democracia. Se la ve ciertamente feliz por su contribución a la vida asociada. Sus aportes a la experiencia democrática se ensayan en formatos concretos, especÃficos, pero más allá de su activismo cÃvico (mayormente alrededor del trabajo social con familias de conscriptos o voluntarios), no niega las condiciones necesarias de la vida privada: “Family is firstâ€, dijo Michelle Obama, asÃ, sin muchos ornamentos. Inteligente, radiante, empática y delicada, Michelle Obama no tiene vergüenza en sonreÃr ni pudor en el modesto decir, “America, the greatest nation in the worldâ€. Habla de familias de pocos recursos con sentencias potentes (“no one should go broke for getting an accident or an illnessâ€), pero resaltando, de forma tÃmidamente orgullosa, los valores familiares necesarios para el autodesarrollo personal.
Lo dicho por Bill Clinton fue verdaderamente poderoso. Centrando su discurso en el ideal y la práctica de la cooperación democrática, (“what works in the real world is cooperation†y “one of the main reasons we ought to re-elect President Obama is that he is still committed to constructive cooperationâ€), no dejó de darnos un ejemplo sublime sobre el arte de considerar a un adversario polÃtico como un compañero en la cooperación y no como un enemigo. En una lÃnea similar a la de Clinton se sustentó el discurso de Joe Biden, quien dijo “there’s one more thing the Republican party is wrong about: America is not in declineâ€, con su habitual y moderada gracia.
Barack Obama cerró la Convención Demócrata ocupando todos los lugares simbólicos a los que estamos habituados pero reforzando con energÃa la idea básica que se ha querido cristalizar aquÃ: se puede ser incisivo con los adversarios polÃticos sin denostarlos en el plano de la imputación personal y sin demasiado sufrimiento (“we believe in entrepreneurs, but we also believe in something called citizenshipâ€, “we don’t believe government can solve all of our problems, but we don’t believe that government t is the source of all of our problems eitherâ€). Pero una de las dimensiones más notables de su alocución, lo que a su vez muestra una forma especÃfica de concebir a la polÃtica democrática, es el reconocimiento de la contingencia y la imposibilidad de abarcarlo todo: “I don’t think I have all the answersâ€, dijo un modesto Obama.
En suma, las sensaciones que me dejó la Convención Demócrata vienen a confirmar ciertas presunciones anteriores que repasan el sentido común. Ello me lleva a dudar en los cánones que afirman que la polÃtica tiene que ser, necesariamente, un agrupamiento de manifestaciones tristes sobre el pasado personal o institucional, o un lugar para el sufrimiento, la zozobra y la sublimación del rol histórico del liderazgo emancipador. Más bien estoy inclinado a pensar que es al revés. Y hasta podrÃa permitirme plantear – aun ante las exigencias que ello requiere y salvando las diferencias entre los casos- un paralelo laxo entre las experiencias polÃticas que vienen con la Convención Demócrata y lo que ocurre por estas latitudes. Haciendo esto, me encuentro en condiciones mÃnimas de criticar esa fascinación que la polÃtica argentina por el sufrimiento de los lÃderes, por la necesidad intrÃnseca que tiene la polÃtica vernácula por interpretar lo social desde la perspectiva de la pesadez, la pena y la morbosidad de la muerte. Por eso, dejo de lado momentáneamente todo ulterior análisis sobre la polÃtica doméstica o incluso internacional alrededor de los Estados Unidos. Voy a centrarme sólo en la impresión que anima este pensamiento, porque una cosa parece cierta a todas luces: el camino recorrido hasta aquà y el que recorrerán los demócratas en campaña tendrá más que ver con la felicidad, con el goce y el optimismo, que con el sufrimiento y la revelación de los muertos.
@facundocalegari
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Esta es una sencilla y modesta reflexión que no fue pensada ni escrita para las subjetividades que manifiestan ese desprecio. Están todos avisados, tienen la chance de no continuar leyendo.
A priori, encuentro a la lógica de la polÃtica norteamericana sumamente fascinante. En lÃneas generales, podrÃa sumariar una lista de ideas, valores, procedimientos y prácticas, apreciar la racionalización puesta al servicio de una polÃtica que no tiene miedos de querer ser eficiente y eficaz, de querer solucionar los problemas de la ciudadanÃa real por medio de la innovación cooperativa. En este sentido, creo que lo ocurrido dÃas atrás en el marco de la convención del Partido Demócrata estadounidense representa muchas cosas cuando se la proyecta en el plano de la práctica, de la experiencia democrática. Lo que sucedió en las últimas noches puede ser interpretado desde una multiplicidad de dimensiones, las cuales refieren a la naturaleza de una democracia lo suficientemente compleja, ingeniosa, original y ciertamente controvertida y problemática. Pero por ahora me conformo con mucho menos, me conformo con un punto en el cual las complejidades del caso se apartan relativamente, aclarando el horizonte y dejándonos al menos un resquicio, un pequeño lugar en el que todas las experiencias democráticas se imbrican: hablo de la relación entre la polÃtica y el disfrute (o a la inversa, entre la polÃtica y el sufrimiento).
Una nación que se encuentra atravesando la peor crisis socio-económica de los últimos 80 años practica el ejercicio de la polÃtica democrática desde el disfrute que naturalmente viene con la polÃtica misma (porque esto es cierto para muchos que experimentan la polÃtica). Hubo formas y temples polÃticos, sÃmbolos y discursos, prácticas y hasta objetos cuidadosamente elegidos: todo pareció recubierto de un manto de racionalidad y precisión que a veces parece fÃlmico, hasta ridÃculo, pero nadie pareció tomar parte de la convención para sufrir o para expresar con pesar cuáles son sus ideas y cómo deberÃa forjarse el futuro inmediato de los Estados Unidos.
Julián Castro goza de la misma popularidad en el Estado de Texas que Barack Obama en la totalidad del territorio nacional. Su importancia estratégica para el partido es una de las llaves del futuro demócrata, y como parte de una estrategia partidaria que intenta mostrar a los electores hispanos que su partido los contempla (y en serio), Julián Castro termina de aglutinar el ya caracterÃstico voto demócrata de la costa oeste y el noreste del territorio. Su discurso estuvo cargado de sÃmbolos significativos, pero aun asumiendo el rol histórico que significa el hecho de constituirse como primer orador hispano en una convención demócrata, no necesitó apelar a la tristeza para contar una historia, la suya, alrededor de un pasado lleno de humildadades, desarraigos y esfuerzos individuales de superación. Sencillamente, su historia personal y sus argumentos no parecieron pesarosos, tristes, sino que manifestaron una carga de positividad que viene con la propia polÃtica y sus contornos.
La polÃtica, desde una perspectiva del no-sufrimiento, se permitió la participación desacartonada de actores, artistas y cómicos como Kal Pen (mientras sonaba “We are familyâ€, de Sister Sledge). O también el enérgico discurso de Deval Patrick, Gobernador de Massachusetts, cuyas afirmaciones centrales (“the ability to imagine a better way…â€, “we owe America a better argument then what we are against ofâ€, y también “we´re Americans, we shape our own futureâ€) obviaron la congoja, el lagrimeo o la mÃstica tanguera del sufrir constante.
De Michelle Obama se ha dicho prácticamente todo, pero su rol en esta campaña es el rol de una primera dama que prescinde del recurso dramático, que no sufre la agonalidad de lo polÃtico y que disfruta del acto asociativo de la democracia. Se la ve ciertamente feliz por su contribución a la vida asociada. Sus aportes a la experiencia democrática se ensayan en formatos concretos, especÃficos, pero más allá de su activismo cÃvico (mayormente alrededor del trabajo social con familias de conscriptos o voluntarios), no niega las condiciones necesarias de la vida privada: “Family is firstâ€, dijo Michelle Obama, asÃ, sin muchos ornamentos. Inteligente, radiante, empática y delicada, Michelle Obama no tiene vergüenza en sonreÃr ni pudor en el modesto decir, “America, the greatest nation in the worldâ€. Habla de familias de pocos recursos con sentencias potentes (“no one should go broke for getting an accident or an illnessâ€), pero resaltando, de forma tÃmidamente orgullosa, los valores familiares necesarios para el autodesarrollo personal.
Lo dicho por Bill Clinton fue verdaderamente poderoso. Centrando su discurso en el ideal y la práctica de la cooperación democrática, (“what works in the real world is cooperation†y “one of the main reasons we ought to re-elect President Obama is that he is still committed to constructive cooperationâ€), no dejó de darnos un ejemplo sublime sobre el arte de considerar a un adversario polÃtico como un compañero en la cooperación y no como un enemigo. En una lÃnea similar a la de Clinton se sustentó el discurso de Joe Biden, quien dijo “there’s one more thing the Republican party is wrong about: America is not in declineâ€, con su habitual y moderada gracia.
Barack Obama cerró la Convención Demócrata ocupando todos los lugares simbólicos a los que estamos habituados pero reforzando con energÃa la idea básica que se ha querido cristalizar aquÃ: se puede ser incisivo con los adversarios polÃticos sin denostarlos en el plano de la imputación personal y sin demasiado sufrimiento (“we believe in entrepreneurs, but we also believe in something called citizenshipâ€, “we don’t believe government can solve all of our problems, but we don’t believe that government t is the source of all of our problems eitherâ€). Pero una de las dimensiones más notables de su alocución, lo que a su vez muestra una forma especÃfica de concebir a la polÃtica democrática, es el reconocimiento de la contingencia y la imposibilidad de abarcarlo todo: “I don’t think I have all the answersâ€, dijo un modesto Obama.
En suma, las sensaciones que me dejó la Convención Demócrata vienen a confirmar ciertas presunciones anteriores que repasan el sentido común. Ello me lleva a dudar en los cánones que afirman que la polÃtica tiene que ser, necesariamente, un agrupamiento de manifestaciones tristes sobre el pasado personal o institucional, o un lugar para el sufrimiento, la zozobra y la sublimación del rol histórico del liderazgo emancipador. Más bien estoy inclinado a pensar que es al revés. Y hasta podrÃa permitirme plantear – aun ante las exigencias que ello requiere y salvando las diferencias entre los casos- un paralelo laxo entre las experiencias polÃticas que vienen con la Convención Demócrata y lo que ocurre por estas latitudes. Haciendo esto, me encuentro en condiciones mÃnimas de criticar esa fascinación que la polÃtica argentina por el sufrimiento de los lÃderes, por la necesidad intrÃnseca que tiene la polÃtica vernácula por interpretar lo social desde la perspectiva de la pesadez, la pena y la morbosidad de la muerte. Por eso, dejo de lado momentáneamente todo ulterior análisis sobre la polÃtica doméstica o incluso internacional alrededor de los Estados Unidos. Voy a centrarme sólo en la impresión que anima este pensamiento, porque una cosa parece cierta a todas luces: el camino recorrido hasta aquà y el que recorrerán los demócratas en campaña tendrá más que ver con la felicidad, con el goce y el optimismo, que con el sufrimiento y la revelación de los muertos.
@facundocalegari
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