Por qué la economÃa no para de contraerse y retoma el crecimiento? ¿Por qué a pesar aumentar el déficit fiscal a un nivel record (el primario sube más de un punto respecto a 2015 y el financiero en dos puntos), este año el PIB caerá más del 2,5 por ciento? La redistribución del ingreso que impulsó la polÃtica económica es la clave para entender lo que pasa.
Desde el inicio el gobierno bajó retenciones mineras y agropecuarias, disminuyó subsidios, aumentó los ingresos de las compañÃas petroleras y energéticas, bajó impuestos a las Ganancias y Bienes Personales, aumentó la renta financiera, desreguló mercados, liberó la cuenta capital, entre otras medidas que apuntaban a hacer una economÃa más redituable para la inversión y las exportaciones.
Simultáneamente, al hacer una devaluación descompensada y carecer de una polÃtica de ingresos consistente se generó una reacción inflacionaria que recortó la masa salarial total (salarios por horas trabajadas). Los salarios reales formales acumularon mes a mes pérdidas muy fuertes que hoy todavÃa son del 8 por ciento. El informal tiene pérdidas mayores cercanas al 18 por ciento. Además, cayó el empleo formal e informal y las horas extras. Esto redujo eventuales colchones y aumentó el costoso endeudamiento de esos sectores.
Pero la pérdida es aún mayor porque los deciles de menores ingresos en los cuales están los trabajadores tuvieron una inflación mucho más alta (48 por ciento para el decil más bajo, 42,5 del promedio, 38,6 del decil más rico) según datos del IET y el CITRA.
La caÃda del gasto no fue compensada por un mayor consumo ni inversión de los sectores favorecidos por la redistribución. Este resultado no es una inesperada peculiaridad de la economÃa argentina: está en los libros de texto (en algunos).
Hace varias décadas Kalecki y Keynes mostraron que las clases bajas y medias en general están restringidos por los ingresos y, por ello, tienen una propensión a gastar casi todo nuevo ingreso, mientras que los estratos altos tienen la posibilidad de ahorrar una parte de sus ingresos.
AsÃ, de cada peso que se redistribuye de los asalariados medios y bajos a los perceptores de ganancias, rentas o salarios altos; el consumo cae en un peso y sólo sube por, supongamos, 75 centavos. Ese excedente puede ir a aplicaciones reales o financieras locales o fugarse. Este fenómeno refleja el efecto macro de la redistribución del último año.
Frente al riesgo electoral que implican estos resultados el gobierno ensaya un impulso fiscal presentado como keynesiano. Se toma deuda en dólares para financiar gastos en pesos. Por el momento este impulso no es suficiente para revertir la tendencia. Predomina el sesgo redistributivo con alto gasto tributario y transferencias a empresas. El gasto social se incrementó en un monto menor al de la inflación, a los jubilados no llegó todavÃa la reparación, y el que va a grandes obras pública, si bien importante para el crecimiento, es poco intensivo en empleo.
En resumen, el shock redistributivo que redujo el consumo no fue compensado por el mayor déficit y, lo que es más grave aún, no fue compensado por una mayor inversión o mayores exportaciones.
Los motivos son conocidos, la caÃda en el consumo que generó una capacidad ociosa de 35 por ciento, altas tasas que frena el consumo y la propia inversión; apreciación del tipo de cambio real que desestimula las exportaciones no primarias, promueve la importación y no incentiva la inversión, incertidumbre sobre la sostenibilidad de esta polÃtica y la probabilidad de un potencial ajuste a fines del 2017. La incertidumbre adicional sobre el primer año de Trump y sus repercusiones deteriora un panorama ya de por sà malo.
Es notable que economistas tributarios de la idea del equilibrio general, como los que diseñan la polÃtica monetaria y cambiaria, hayan subestimado la retroalimentación que podÃa ocurrir ante un shock redistributivo tan importante como el que impulsaban. Por esto es limitada incluso la comparabilidad de esta recesión con las anteriores.
El fracaso de la polÃtica económica del primer año no está causado por el déficit fiscal. Incluso una parte de ese déficit es endógeno dada una recaudación creciendo solo al 23 por ciento. El fracaso es culpa de una polÃtica cambiaria, monetaria y de ingresos (salarios y tarifas) errónea.
De hecho, si quienes planearon la polÃtica monetaria, cambiaria y de ingresos pensaron que el shock redistributivo no generarÃa tales niveles de recesión y desocupación tenÃan un error de diagnóstico, y si lo sabÃan y aconsejaron esta opción erraron de polÃtica. Llevaron asà al gobierno a una mezcla de polÃticas inconsistente, que los inversores toman como temporaria y por la cual postergan sus decisiones para ver cómo encuentra la salida
* Universidad Nacional de La Plata, ex Jefe de Investigaciones Económicas del BCRA.
Desde el inicio el gobierno bajó retenciones mineras y agropecuarias, disminuyó subsidios, aumentó los ingresos de las compañÃas petroleras y energéticas, bajó impuestos a las Ganancias y Bienes Personales, aumentó la renta financiera, desreguló mercados, liberó la cuenta capital, entre otras medidas que apuntaban a hacer una economÃa más redituable para la inversión y las exportaciones.
Simultáneamente, al hacer una devaluación descompensada y carecer de una polÃtica de ingresos consistente se generó una reacción inflacionaria que recortó la masa salarial total (salarios por horas trabajadas). Los salarios reales formales acumularon mes a mes pérdidas muy fuertes que hoy todavÃa son del 8 por ciento. El informal tiene pérdidas mayores cercanas al 18 por ciento. Además, cayó el empleo formal e informal y las horas extras. Esto redujo eventuales colchones y aumentó el costoso endeudamiento de esos sectores.
Pero la pérdida es aún mayor porque los deciles de menores ingresos en los cuales están los trabajadores tuvieron una inflación mucho más alta (48 por ciento para el decil más bajo, 42,5 del promedio, 38,6 del decil más rico) según datos del IET y el CITRA.
La caÃda del gasto no fue compensada por un mayor consumo ni inversión de los sectores favorecidos por la redistribución. Este resultado no es una inesperada peculiaridad de la economÃa argentina: está en los libros de texto (en algunos).
Hace varias décadas Kalecki y Keynes mostraron que las clases bajas y medias en general están restringidos por los ingresos y, por ello, tienen una propensión a gastar casi todo nuevo ingreso, mientras que los estratos altos tienen la posibilidad de ahorrar una parte de sus ingresos.
AsÃ, de cada peso que se redistribuye de los asalariados medios y bajos a los perceptores de ganancias, rentas o salarios altos; el consumo cae en un peso y sólo sube por, supongamos, 75 centavos. Ese excedente puede ir a aplicaciones reales o financieras locales o fugarse. Este fenómeno refleja el efecto macro de la redistribución del último año.
Frente al riesgo electoral que implican estos resultados el gobierno ensaya un impulso fiscal presentado como keynesiano. Se toma deuda en dólares para financiar gastos en pesos. Por el momento este impulso no es suficiente para revertir la tendencia. Predomina el sesgo redistributivo con alto gasto tributario y transferencias a empresas. El gasto social se incrementó en un monto menor al de la inflación, a los jubilados no llegó todavÃa la reparación, y el que va a grandes obras pública, si bien importante para el crecimiento, es poco intensivo en empleo.
En resumen, el shock redistributivo que redujo el consumo no fue compensado por el mayor déficit y, lo que es más grave aún, no fue compensado por una mayor inversión o mayores exportaciones.
Los motivos son conocidos, la caÃda en el consumo que generó una capacidad ociosa de 35 por ciento, altas tasas que frena el consumo y la propia inversión; apreciación del tipo de cambio real que desestimula las exportaciones no primarias, promueve la importación y no incentiva la inversión, incertidumbre sobre la sostenibilidad de esta polÃtica y la probabilidad de un potencial ajuste a fines del 2017. La incertidumbre adicional sobre el primer año de Trump y sus repercusiones deteriora un panorama ya de por sà malo.
Es notable que economistas tributarios de la idea del equilibrio general, como los que diseñan la polÃtica monetaria y cambiaria, hayan subestimado la retroalimentación que podÃa ocurrir ante un shock redistributivo tan importante como el que impulsaban. Por esto es limitada incluso la comparabilidad de esta recesión con las anteriores.
El fracaso de la polÃtica económica del primer año no está causado por el déficit fiscal. Incluso una parte de ese déficit es endógeno dada una recaudación creciendo solo al 23 por ciento. El fracaso es culpa de una polÃtica cambiaria, monetaria y de ingresos (salarios y tarifas) errónea.
De hecho, si quienes planearon la polÃtica monetaria, cambiaria y de ingresos pensaron que el shock redistributivo no generarÃa tales niveles de recesión y desocupación tenÃan un error de diagnóstico, y si lo sabÃan y aconsejaron esta opción erraron de polÃtica. Llevaron asà al gobierno a una mezcla de polÃticas inconsistente, que los inversores toman como temporaria y por la cual postergan sus decisiones para ver cómo encuentra la salida
* Universidad Nacional de La Plata, ex Jefe de Investigaciones Económicas del BCRA.