¿ El peronismo en la sangre? Para los psicólogos, la genética predispone a adoptar determinadas ideas. Foto: Archivo
NUEVA YORK.- Todos estamos convencidos de que nuestras ideas polÃticas son correctas y que nuestra opinión sobre el Gobierno es la más acertada. Si nos preguntan, tenemos razones para fundamentarlas. Decimos, por ejemplo, que los recientes lÃmites a las importaciones son inmorales -porque provocan escasez de productos de primera necesidad- y torpes, porque no sirven para arreglar ningún problema macroeconómico. Pero también decimos, si nuestra opinión del Gobierno es favorable, que las restricciones son necesarias para cuidar el empleo de los argentinos y que su impacto ha sido exagerado por los medios opositores.
¿De dónde vienen estas certezas? ¿Por qué una persona puede opinar una cosa, y otra, con la misma información, lo opuesto? A todos nos gusta creer que nuestra ideologÃa es una decisión racional, una conclusión a la que llegamos cuidadosamente después de haber observado los datos de la realidad: pensamos asà porque «tenemos razón». Los politólogos, en cambio, siempre han sabido que nuestras convicciones polÃticas estaban influidas por nuestro entorno: la familia y la clase social a las que pertenecemos, las experiencias que acumulamos y los estÃmulos que recibimos.
Más recientemente, sin embargo, una nueva generación de psicólogos y politólogos, especialmente en Estados Unidos, han empezado a preguntarse si no hay algo más profundo en nuestras opiniones polÃticas. Y la controvertida respuesta que han obtenido en sus estudios es que sÃ: que una parte importante de nuestras opiniones polÃticas -el consenso oscila entre el 33 y el 50%- está influida por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicologÃa. No sólo eso: una parte de estas intuiciones, según decenas de estudios, provienen no de nuestro entorno, sino que lo traemos de fábrica, en nuestro código genético.
Esto no quiere decir que la simpatÃa por el peronismo o la pasión por el antiperonismo están escritas en el ADN, pero sà que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera u otra. «La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone. Contiene información sobre potencialidades -dice el psicólogo argentino Ezequiel Galarce, investigador del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Harvard-. El desarrollo de estas potencialidades depende de otros factores, como el contexto, la cultura, el lenguaje y las conductas aprendidas.»
John Jost es un psicólogo de la Universidad de Nueva York que se ha convertido en una especie de sÃmbolo de los estudios sobre las diferencias psicológicas entre las personas de espÃritu conservador y las de espÃritu liberal o progresista. En sus estudios, en lugar de preguntarles a los participantes si están a favor del aborto o en contra de la pena de muerte, les pregunta por sus hobbies o sus hábitos culturales y sexuales. «Como regla general -escribió Jost en uno de sus artÃculos cientÃficos- los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas.»
Un piyama a la derecha
En los años 70, los socialistas italianos decÃan en broma que dormir desnudo era de izquierda y dormir en piyama era de derecha. Ahora quizá puedan decirlo más en serio: los nuevos estudios muestran que nuestras ideas polÃticas emergen de un pantano de actitudes y predisposiciones mucho más amplio y profundo y difÃcil de definir. En las sociedades bipartidistas, dice Jost, los grupos de votantes no sólo están divididos por la clase social o el nivel educativo, sino también por temperamento.
En la Universidad de Cornell, un psicólogo llamado David Pizarro lleva varios años mostrando fotos desagradables y anotando la respuesta de sus voluntarios. Su hipótesis, corroborada recientemente por un estudio de miles de casos en 121 paÃses, era que las personas más asqueadas por estas imágenes tendÃan a ser conservadoras. Las que reportaban niveles de asco más bajos tendÃan a ser liberales o progresistas. Esta señal de disgusto, ha escrito Pizarro, es especialmente ajustada para detectar opiniones morales sobre cuestiones sociales (como el aborto o el matrimonio homosexual), pero no tan buena para predecir opiniones sobre polÃtica económica o polÃtica exterior.
Jonathan Haidt es un psicólogo muy conocido en Estados Unidos que este año publicó un libro llamado The Righteous Mind (La mente virtuosa), que levantó polémica por su tesis principal. Según Haidt, nuestras intuiciones morales están asociadas con seis «receptores» fundamentales -lealtad, justicia, autoridad, santidad, cuidado y libertad-, y el Partido Republicano ha hecho en estos años un trabajo mucho mejor que el Partido Demócrata a la hora de activar estos receptores. Los demócratas son buenos apelando a la justicia, la libertad y el cuidado, dice Haidt, pero se olvidan de los otros tres. En cambio, los republicanos -quizá como los peronistas, que logran hacer convivir la justicia social con la autoridad, la lealtad y lo sagrado- tienen un menú más amplio de mensajes intuitivos.
En cualquier caso, ¿de dónde vienen estas intuiciones? Un psicoanalista tradicional dirÃa que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo de nuestras preferencias posteriores. Pero Haidt y los otros «psicólogos evolutivos» creen que algunas de estas actitudes están con nosotros desde hace cientos de miles de años, adaptándose con cada generación. Los nuevos investigadores del lazo entre polÃtica, psicologÃa y genética quieren agregarle a este cóctel un nuevo ingrediente: el ADN. En 2009, un politólogo de la Universidad de California llamado James Fowler analizó la participación polÃtica de 1082 parejas de gemelos y mellizos, y comprobó que la intensidad y la dirección polÃtica de los hermanos gemelos (que comparten el 100% de su ADN) era mucho más parecida entre sà que la de los hermanos mellizos, que sólo comparten la mitad de su ADN. «Muchas de las actividades relacionadas con la polÃtica son heredadas -dijo Fowler-. El entorno sigue teniendo una influencia importantÃsima, pero sin los genes, te estás perdiendo la mitad de la historia.»
La moral y el relato
Cuando dice «la mitad», Fowler quiere decir exactamente eso: que hasta el 50% de la sopa de factores de donde bebemos nuestras ideas sobre moral y polÃtica tienen un origen genético. A pesar de lo controvertido de estas ideas, algunos de sus corolarios parecen, aplicados a la vida cotidiana, casi de sentido común. En los últimos años, muchas mesas familiares argentinas se vieron arruinadas por ardientes discusiones polÃticas: ¿por qué discuten tanto -por ejemplo- estos dos cuñados, uno kirchnerista rabioso y el otro antikirchnerista cabezadura, si son tan parecidos en todo lo demás y fueron educados en establecimientos equivalentes? Ambos presumen de tener la lógica y la racionalidad de su lado. Y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo en nada. ¿Por qué? Haidt dice que mientras aparentamos discutir de polÃtica, estamos sacando a pasear nuestras intuiciones y nuestros rasgos de personalidad más básicos. «En polÃtica, una vez que alguien se une a un equipo, empieza a ver todo desde esa matriz moral -escribe Haidt-. Empieza a ver en todos lados confirmaciones de su relato.»
El problema con este enfoque es la tentación del relativismo: si nadie convence a nadie, y nadie puede cambiar de opinión (porque la traemos desde la cuna), entonces, ¿para qué debatir? ¿Cómo elegir un proyecto de ley sobre otro? La respuesta de los cientÃficos es que todavÃa sabemos muy poco de cómo funcionan estas influencias. «Hasta hace no mucho, el foco de la investigación estaba puesto en qué genes tenÃan correspondencias con determinados resultados», dice Galarce, que estudió psicologÃa en la Universidad de Belgrano y tiene un doctorado en Neurociencias de la Universidad Johns Hopkins. «Ahora estamos tratando de ver en qué condiciones tienden a aparecer con más o menos fuerza», dice. Un ejemplo de esto es que la altura de una persona está heredada en un 80% de la altura de sus padres. Aun asÃ, los surcoreanos son casi 15 centÃmetros más altos que los norcoreanos, con quienes comparten genes pero no las condiciones socioeconómicas. El entorno, entonces, puede hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con nuestros genes. Mientras tanto, seguiremos peleándonos con nuestros cuñados, creyendo que hablamos de polÃtica cuando en realidad estamos hablando de otra cosa. Probablemente de nosotros mismos.
En voz alta
«Los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas»
John Jost
Psicólogo, Univ. de Nueva York
«La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone»
Ezequiel Galarce
Investigador, Univ. de Harvard
«Muchas actividades relacionadas con la polÃtica son heredadas, pero el entorno sigue teniendo gran importancia»
James Fowler
Politólogo, Univ. de California.
NUEVA YORK.- Todos estamos convencidos de que nuestras ideas polÃticas son correctas y que nuestra opinión sobre el Gobierno es la más acertada. Si nos preguntan, tenemos razones para fundamentarlas. Decimos, por ejemplo, que los recientes lÃmites a las importaciones son inmorales -porque provocan escasez de productos de primera necesidad- y torpes, porque no sirven para arreglar ningún problema macroeconómico. Pero también decimos, si nuestra opinión del Gobierno es favorable, que las restricciones son necesarias para cuidar el empleo de los argentinos y que su impacto ha sido exagerado por los medios opositores.
¿De dónde vienen estas certezas? ¿Por qué una persona puede opinar una cosa, y otra, con la misma información, lo opuesto? A todos nos gusta creer que nuestra ideologÃa es una decisión racional, una conclusión a la que llegamos cuidadosamente después de haber observado los datos de la realidad: pensamos asà porque «tenemos razón». Los politólogos, en cambio, siempre han sabido que nuestras convicciones polÃticas estaban influidas por nuestro entorno: la familia y la clase social a las que pertenecemos, las experiencias que acumulamos y los estÃmulos que recibimos.
Más recientemente, sin embargo, una nueva generación de psicólogos y politólogos, especialmente en Estados Unidos, han empezado a preguntarse si no hay algo más profundo en nuestras opiniones polÃticas. Y la controvertida respuesta que han obtenido en sus estudios es que sÃ: que una parte importante de nuestras opiniones polÃticas -el consenso oscila entre el 33 y el 50%- está influida por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicologÃa. No sólo eso: una parte de estas intuiciones, según decenas de estudios, provienen no de nuestro entorno, sino que lo traemos de fábrica, en nuestro código genético.
Esto no quiere decir que la simpatÃa por el peronismo o la pasión por el antiperonismo están escritas en el ADN, pero sà que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera u otra. «La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone. Contiene información sobre potencialidades -dice el psicólogo argentino Ezequiel Galarce, investigador del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Harvard-. El desarrollo de estas potencialidades depende de otros factores, como el contexto, la cultura, el lenguaje y las conductas aprendidas.»
John Jost es un psicólogo de la Universidad de Nueva York que se ha convertido en una especie de sÃmbolo de los estudios sobre las diferencias psicológicas entre las personas de espÃritu conservador y las de espÃritu liberal o progresista. En sus estudios, en lugar de preguntarles a los participantes si están a favor del aborto o en contra de la pena de muerte, les pregunta por sus hobbies o sus hábitos culturales y sexuales. «Como regla general -escribió Jost en uno de sus artÃculos cientÃficos- los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas.»
Un piyama a la derecha
En los años 70, los socialistas italianos decÃan en broma que dormir desnudo era de izquierda y dormir en piyama era de derecha. Ahora quizá puedan decirlo más en serio: los nuevos estudios muestran que nuestras ideas polÃticas emergen de un pantano de actitudes y predisposiciones mucho más amplio y profundo y difÃcil de definir. En las sociedades bipartidistas, dice Jost, los grupos de votantes no sólo están divididos por la clase social o el nivel educativo, sino también por temperamento.
En la Universidad de Cornell, un psicólogo llamado David Pizarro lleva varios años mostrando fotos desagradables y anotando la respuesta de sus voluntarios. Su hipótesis, corroborada recientemente por un estudio de miles de casos en 121 paÃses, era que las personas más asqueadas por estas imágenes tendÃan a ser conservadoras. Las que reportaban niveles de asco más bajos tendÃan a ser liberales o progresistas. Esta señal de disgusto, ha escrito Pizarro, es especialmente ajustada para detectar opiniones morales sobre cuestiones sociales (como el aborto o el matrimonio homosexual), pero no tan buena para predecir opiniones sobre polÃtica económica o polÃtica exterior.
Jonathan Haidt es un psicólogo muy conocido en Estados Unidos que este año publicó un libro llamado The Righteous Mind (La mente virtuosa), que levantó polémica por su tesis principal. Según Haidt, nuestras intuiciones morales están asociadas con seis «receptores» fundamentales -lealtad, justicia, autoridad, santidad, cuidado y libertad-, y el Partido Republicano ha hecho en estos años un trabajo mucho mejor que el Partido Demócrata a la hora de activar estos receptores. Los demócratas son buenos apelando a la justicia, la libertad y el cuidado, dice Haidt, pero se olvidan de los otros tres. En cambio, los republicanos -quizá como los peronistas, que logran hacer convivir la justicia social con la autoridad, la lealtad y lo sagrado- tienen un menú más amplio de mensajes intuitivos.
En cualquier caso, ¿de dónde vienen estas intuiciones? Un psicoanalista tradicional dirÃa que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo de nuestras preferencias posteriores. Pero Haidt y los otros «psicólogos evolutivos» creen que algunas de estas actitudes están con nosotros desde hace cientos de miles de años, adaptándose con cada generación. Los nuevos investigadores del lazo entre polÃtica, psicologÃa y genética quieren agregarle a este cóctel un nuevo ingrediente: el ADN. En 2009, un politólogo de la Universidad de California llamado James Fowler analizó la participación polÃtica de 1082 parejas de gemelos y mellizos, y comprobó que la intensidad y la dirección polÃtica de los hermanos gemelos (que comparten el 100% de su ADN) era mucho más parecida entre sà que la de los hermanos mellizos, que sólo comparten la mitad de su ADN. «Muchas de las actividades relacionadas con la polÃtica son heredadas -dijo Fowler-. El entorno sigue teniendo una influencia importantÃsima, pero sin los genes, te estás perdiendo la mitad de la historia.»
La moral y el relato
Cuando dice «la mitad», Fowler quiere decir exactamente eso: que hasta el 50% de la sopa de factores de donde bebemos nuestras ideas sobre moral y polÃtica tienen un origen genético. A pesar de lo controvertido de estas ideas, algunos de sus corolarios parecen, aplicados a la vida cotidiana, casi de sentido común. En los últimos años, muchas mesas familiares argentinas se vieron arruinadas por ardientes discusiones polÃticas: ¿por qué discuten tanto -por ejemplo- estos dos cuñados, uno kirchnerista rabioso y el otro antikirchnerista cabezadura, si son tan parecidos en todo lo demás y fueron educados en establecimientos equivalentes? Ambos presumen de tener la lógica y la racionalidad de su lado. Y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo en nada. ¿Por qué? Haidt dice que mientras aparentamos discutir de polÃtica, estamos sacando a pasear nuestras intuiciones y nuestros rasgos de personalidad más básicos. «En polÃtica, una vez que alguien se une a un equipo, empieza a ver todo desde esa matriz moral -escribe Haidt-. Empieza a ver en todos lados confirmaciones de su relato.»
El problema con este enfoque es la tentación del relativismo: si nadie convence a nadie, y nadie puede cambiar de opinión (porque la traemos desde la cuna), entonces, ¿para qué debatir? ¿Cómo elegir un proyecto de ley sobre otro? La respuesta de los cientÃficos es que todavÃa sabemos muy poco de cómo funcionan estas influencias. «Hasta hace no mucho, el foco de la investigación estaba puesto en qué genes tenÃan correspondencias con determinados resultados», dice Galarce, que estudió psicologÃa en la Universidad de Belgrano y tiene un doctorado en Neurociencias de la Universidad Johns Hopkins. «Ahora estamos tratando de ver en qué condiciones tienden a aparecer con más o menos fuerza», dice. Un ejemplo de esto es que la altura de una persona está heredada en un 80% de la altura de sus padres. Aun asÃ, los surcoreanos son casi 15 centÃmetros más altos que los norcoreanos, con quienes comparten genes pero no las condiciones socioeconómicas. El entorno, entonces, puede hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con nuestros genes. Mientras tanto, seguiremos peleándonos con nuestros cuñados, creyendo que hablamos de polÃtica cuando en realidad estamos hablando de otra cosa. Probablemente de nosotros mismos.
En voz alta
«Los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas»
John Jost
Psicólogo, Univ. de Nueva York
«La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone»
Ezequiel Galarce
Investigador, Univ. de Harvard
«Muchas actividades relacionadas con la polÃtica son heredadas, pero el entorno sigue teniendo gran importancia»
James Fowler
Politólogo, Univ. de California.