La lucha polÃtica argentina se estructuró durante décadas alrededor de un eje que enfrentaba a Sarmiento e Yrigoyen con Rosas y Perón. Los primeros promovieron la soberanÃa popular a través de la educación y las instituciones, los segundos mediante la movilización y la conducción personalizada. AlfonsÃn nunca escondió su pertenencia al primer campo. Respetaba la representatividad popular del otro, pero se reconocÃa en la socialdemocracia europea y el pensamiento occidental liberal antes que en el particularismo nacionalista. Tampoco perteneció, por supuesto, al sector marginal pero poderoso de la oligarquÃa. Luchó toda su vida contra el autoritarismo mesiánico epitomizado por Firmenich y Videla. Se alineaba con el campo popular, y por lo tanto contra los aristócratas de la violencia; pero lo hacÃa desde una concepción universalista, y por eso nunca fue peronista. A los violentos los consideraba enemigos y los combatÃa con la ley; a los peronistas, adversarios, y los combatÃa con el voto y la palabra. Negociaba con todos, porque ésa era su concepción de la democracia: la negociación, por oposición a la eliminación. Gozó de las tres cualidades que Weber exigÃa en un polÃtico: pasión, responsabilidad y mesura. Pasión para entregarse a una causa, responsabilidad para hacerse cargo de las decisiones y de sus consecuencias, mesura para no perder perspectiva. Le faltó suerte y le sobraron enemigos, que hoy parecen no haber existido. CarecÃa de experiencia ejecutiva cuando asumió la presidencia, lo que empañó su legado administrativo pero no el polÃtico. Consolidó una democracia defectuosa, pero Argentina ya no toleraba dictaduras perfectas. Sus derrotas lo acercan al héroe trágico pero no le quitan brillo a su memoria. Después de todo, elecciones populares también jubilaron a fundadores de estados como David Ben Gurion y héroes de guerra como Winston Churchill. Sus triunfos valen más. Hugo Chávez y Evo Morales representan, como representó Perón, intereses legÃtimos de sectores postergados. Pero no es el de ellos el modelo de paÃs por el que AlfonsÃn se batió. Estadistas como Olof Palme y Felipe González lo encarnaron mejor. ¿Extranjerizante? El lo veÃa como un modelo universal que habÃa que adaptar a la Argentina. ¿Ambicioso? Sin ambición no hubiera habido octubre del Â’83, juicio a las juntas ni democracia a prueba de radicales y peronistas. ¿Imposible? Desistir es un verbo que él nunca conjugó.
AlfonsÃn no encarnó al estereotipo argentino: eso lo hizo mejor Menem. En la visión de Oliver Stone, no serÃa Nixon sino Kennedy: reflejaba mejor las aspiraciones de su pueblo que su realidad. TodavÃa hoy, quizá para siempre, AlfonsÃn representa a la Argentina que no consigue volver a ser, que quizá nunca más lo sea. Por eso nos conmueve tanto.
* Universidad de Lisboa.