31/10/13
El oficialismo festejó doble.
El fallo de la Corte le hizo creer que podÃa barrer bajo la alfombra la derrota en las parlamentarias , reducida a una anécdota ya antes por el Ejecutivo porque, como sus funcionarios se cansaron de explicarnos, el 68% de votos en contra no cuenta si no altera la composición de las cámaras. Y, mucho más importante, festejó porque le serÃa finalmente permitido desenmascarar y deslegitimar a los agoreros, barriendo de aquà en más fuera de la vista las “malas noticias†, esas que, según su interpretación de las cosas, enemistan al pueblo con el gobierno popular haciendo infelices a ambos.
Pero la euforia desatada en el Ministerio de la Felicidad en que el kirchnerismo ha ido convirtiendo todo el aparato estatal difÃcilmente logre volverse contagiosa.
No sólo en la sociedad, siquiera en el propio partido de gobierno. Pues el aval de la Corte, además de ser parcial, llega tarde.
Al darle impulso al polo más virulen to del oficialismo, a Sabbatella, Moreno, Bonafini y D´ElÃa, justo cuando el grueso del peronismo lo que espera de su gobierno es un giro hacia la atención de problemas más prácticos con criterios menos fanáticos, que permitan heredar dentro de dos años algo que mÃnimamente funcione , el fallo puede resultar un regalo envenenado. El reverdecer del “vamos por todo†seguramente será más aparente que real. Obligará a todos a seguir discutiendo cosas bastante inútiles, y a ClarÃn a continuar por otros medios su ya eterna batalla judicial. Pero tal vez al que más termine afectando sea al propio Gobierno si se lanza a un nuevo round de polarización en el que, a la larga, lleva las de perder. Además de a Scioli, claro, que parece estar abonado a las malas noticias y ya no quedarle cintura para evadirse.
En segundo lugar, la buena nueva le llega tarde al Gobierno porque mientras tanto fracasó en el terreno que más importaba en toda esta discusión, el de la legitimidad de las voces públicas. Basta observar lo sucedido en los últimos tiempos con las audiencias de medios para advertirlo . Como un rey Midas al revés, todo lo que tocó el oficialismo en el terreno de la comunicación lo convirtió en poco fiable, por decir lo menos. El caso más extremo ha sido el de las empresas que eran de Hadad, cuya audiencia se deshilachó en cuanto quedaron en manos de quien tiene con el Estado negocios mucho más rentables que el de ser creÃble ante los ciudadanos. Fenómenos como la explosión de audiencia de Radio Mitre, por encima del 50%, o Periodismo para Todos, hubieran sido muy improbables sin la destrucción de los competidores de ClarÃn practicada por el propio Gobierno.
Además, es difÃcil imaginar que al oficialismo le pueda servir de algo encarar otra elección más con la economÃa trastabillando, escándalos de corrupción dando vueltas y candidatos desafiantes enfrente, y él dedicado a bombardear a los periodistas que relatan el partido. Ya a esta altura deberÃa ser evidente, en particular para los propios kirchneristas, que la ley de medios fue mucho más útil como argumento que como instrumento, y no sólo por cómo se la quiso aplicar sino por sus fallas de concepción y el marco que le dio la estrategia general de la comunicación oficial.
Era en alguna medida buen negocio para el Gobierno en 2009, más todavÃa lo fue en 2011, decir que las malas noticias estaban sesgadas, eran interesadas y se debÃan a que él amenazaba los intereses de los “medios concentradosâ€, que lo criticaban pues reaccionaban como facción. Pero sobre todo lo fue porque las amenazas no se hacÃan realidad: los famosos “medios concentrados†parecÃan entonces suficientemente fuertes para resistir sus embates, y éstos se podÃan hacer pasar por hondazos de David frente a Goliat, valientes lances del defensor de los débiles frente a empresarios super villanos. Ahora que el poder gubernamental está en decadencia pero su vocación por la omnipotencia es más visible, resulta mucho más peligroso para sà mismo que para los demás que se quiera, y parezca que efectivamente se puede, ejercerlo sobre el periodismo crÃtico. Puede dejar más a la vista su condición de abusador, encima cuando no le alcanza para consumar el abuso.
Sobre todo porque, mientras tanto, el periodismo crÃtico ha logrado sobreponerse a la acusación de que exageraba o directamente mentÃa: visto cómo han ido saliendo las cosas, en particular en la economÃa, pero también en relación a la probidad de los funcionarios y otros asuntos, el “ClarÃn Miente†también atrasa y deja al Gobierno discutiendo con fantasmas que ya no asustan.
La discusión sobre los medios y su credibilidad, mientas tanto, continuará. Y cada vez más correrá por carriles que poco y nada tienen que ver con los planteos oficiales o las regulaciones de la “ley de mediosâ€. Las preguntas que la gente se hace son otras: ¿de cuántos casos de corrupción nos enteramos en estos diez años gracias a Página 12 o a los canales de TV adictos al oficialismo? ¿Podemos creerle a un diario o a una radio que gracias a mostrarse amistosos con el poder de turno embolsan el 80 o 90% de sus ingresos totales? ¿Es bueno que los medios estén en manos de empresarios del petróleo, la obra pública u otros servicios que son tan rentables que su preservación siempre justificará sacrificar credibilidad y audiencia? ¿Qué sentido tiene que haya cadenas nacionales de noticias gubernamentales y que no pueda haberlas privadas? ¿No habrÃa que promover desde el Estado la formación de grandes multimedios nacionales capaces de competir en el mundo cada vez más globalizado de las noticias, el entretenimiento y la cultura? Las respuestas del kirchnerismo a estas preguntas atrasan o no existen.
El oficialismo festejó doble.
El fallo de la Corte le hizo creer que podÃa barrer bajo la alfombra la derrota en las parlamentarias , reducida a una anécdota ya antes por el Ejecutivo porque, como sus funcionarios se cansaron de explicarnos, el 68% de votos en contra no cuenta si no altera la composición de las cámaras. Y, mucho más importante, festejó porque le serÃa finalmente permitido desenmascarar y deslegitimar a los agoreros, barriendo de aquà en más fuera de la vista las “malas noticias†, esas que, según su interpretación de las cosas, enemistan al pueblo con el gobierno popular haciendo infelices a ambos.
Pero la euforia desatada en el Ministerio de la Felicidad en que el kirchnerismo ha ido convirtiendo todo el aparato estatal difÃcilmente logre volverse contagiosa.
No sólo en la sociedad, siquiera en el propio partido de gobierno. Pues el aval de la Corte, además de ser parcial, llega tarde.
Al darle impulso al polo más virulen to del oficialismo, a Sabbatella, Moreno, Bonafini y D´ElÃa, justo cuando el grueso del peronismo lo que espera de su gobierno es un giro hacia la atención de problemas más prácticos con criterios menos fanáticos, que permitan heredar dentro de dos años algo que mÃnimamente funcione , el fallo puede resultar un regalo envenenado. El reverdecer del “vamos por todo†seguramente será más aparente que real. Obligará a todos a seguir discutiendo cosas bastante inútiles, y a ClarÃn a continuar por otros medios su ya eterna batalla judicial. Pero tal vez al que más termine afectando sea al propio Gobierno si se lanza a un nuevo round de polarización en el que, a la larga, lleva las de perder. Además de a Scioli, claro, que parece estar abonado a las malas noticias y ya no quedarle cintura para evadirse.
En segundo lugar, la buena nueva le llega tarde al Gobierno porque mientras tanto fracasó en el terreno que más importaba en toda esta discusión, el de la legitimidad de las voces públicas. Basta observar lo sucedido en los últimos tiempos con las audiencias de medios para advertirlo . Como un rey Midas al revés, todo lo que tocó el oficialismo en el terreno de la comunicación lo convirtió en poco fiable, por decir lo menos. El caso más extremo ha sido el de las empresas que eran de Hadad, cuya audiencia se deshilachó en cuanto quedaron en manos de quien tiene con el Estado negocios mucho más rentables que el de ser creÃble ante los ciudadanos. Fenómenos como la explosión de audiencia de Radio Mitre, por encima del 50%, o Periodismo para Todos, hubieran sido muy improbables sin la destrucción de los competidores de ClarÃn practicada por el propio Gobierno.
Además, es difÃcil imaginar que al oficialismo le pueda servir de algo encarar otra elección más con la economÃa trastabillando, escándalos de corrupción dando vueltas y candidatos desafiantes enfrente, y él dedicado a bombardear a los periodistas que relatan el partido. Ya a esta altura deberÃa ser evidente, en particular para los propios kirchneristas, que la ley de medios fue mucho más útil como argumento que como instrumento, y no sólo por cómo se la quiso aplicar sino por sus fallas de concepción y el marco que le dio la estrategia general de la comunicación oficial.
Era en alguna medida buen negocio para el Gobierno en 2009, más todavÃa lo fue en 2011, decir que las malas noticias estaban sesgadas, eran interesadas y se debÃan a que él amenazaba los intereses de los “medios concentradosâ€, que lo criticaban pues reaccionaban como facción. Pero sobre todo lo fue porque las amenazas no se hacÃan realidad: los famosos “medios concentrados†parecÃan entonces suficientemente fuertes para resistir sus embates, y éstos se podÃan hacer pasar por hondazos de David frente a Goliat, valientes lances del defensor de los débiles frente a empresarios super villanos. Ahora que el poder gubernamental está en decadencia pero su vocación por la omnipotencia es más visible, resulta mucho más peligroso para sà mismo que para los demás que se quiera, y parezca que efectivamente se puede, ejercerlo sobre el periodismo crÃtico. Puede dejar más a la vista su condición de abusador, encima cuando no le alcanza para consumar el abuso.
Sobre todo porque, mientras tanto, el periodismo crÃtico ha logrado sobreponerse a la acusación de que exageraba o directamente mentÃa: visto cómo han ido saliendo las cosas, en particular en la economÃa, pero también en relación a la probidad de los funcionarios y otros asuntos, el “ClarÃn Miente†también atrasa y deja al Gobierno discutiendo con fantasmas que ya no asustan.
La discusión sobre los medios y su credibilidad, mientas tanto, continuará. Y cada vez más correrá por carriles que poco y nada tienen que ver con los planteos oficiales o las regulaciones de la “ley de mediosâ€. Las preguntas que la gente se hace son otras: ¿de cuántos casos de corrupción nos enteramos en estos diez años gracias a Página 12 o a los canales de TV adictos al oficialismo? ¿Podemos creerle a un diario o a una radio que gracias a mostrarse amistosos con el poder de turno embolsan el 80 o 90% de sus ingresos totales? ¿Es bueno que los medios estén en manos de empresarios del petróleo, la obra pública u otros servicios que son tan rentables que su preservación siempre justificará sacrificar credibilidad y audiencia? ¿Qué sentido tiene que haya cadenas nacionales de noticias gubernamentales y que no pueda haberlas privadas? ¿No habrÃa que promover desde el Estado la formación de grandes multimedios nacionales capaces de competir en el mundo cada vez más globalizado de las noticias, el entretenimiento y la cultura? Las respuestas del kirchnerismo a estas preguntas atrasan o no existen.
!que gran pensador, que sagacidad polÃtica, que instinto para ponerse del laso de los poderosos, que enorme sorete!
En los momentos clave como éste es cuando se ve perfectamente QUIÉN ES EMPLEADO DE CLARÃN.
– Vomita improperios.
– No dice *una sola palabra* sobre el fondo del fallo de la Corte.
– Se ‘auto-felicita’ por la gran audiencia de radio del Grupo.
– Dice barbaridades tan esquizofrénicas como que Bonafini y D’ElÃa ‘forman parte del gobierno’.
En fin, si éste pasa a la historia no va a ser como politólogo (igual que esos ‘constitucionalistas’ delivery): va a ser sólo como empleado del Grupo.
Cuando se pregunta por la colusion de intereses de los empresarios petroleros u otros que tambien son dueños de medio da ternura.Este tipo cree que Clarin es el diario y nada mas.