El cambio de clima provocado por la masiva protesta social del jueves 13 desencadenó una curiosa coincidencia estadÃstica. Encuestas hechas en diferentes lugares del paÃs, con cuestionarios y temas diversos, reflejan fuertes movimientos en el amperÃmetro de la opinión pública. Esto no supone la configuración automática de una nueva relación de fuerzas, pero da cuenta de un nuevo estado de ánimo con el que la polÃtica todavÃa no atina a articularse, ni desde el Gobierno ni desde la oposición.
¿Qué dicen los números?
En Córdoba, un 22% de los consultados en una encuesta de Management & Fit dijeron haber participado de la protesta del jueves 13. La cifra es superior a la participación real, que igual fue importante en esa provincia. Pero muestra que es polÃticamente correcto decir que se fue parte del cacerolazo. Con todo, el dato más sugestivo es que 66% dijo estar dispuesto a participar en una próxima protesta.
En Santa Fe, un sondeo reveló una caÃda a pique de la aprobación de la gestión de Cristina. En mayo la aceptación era del 38% y la desaprobación del 50%. En setiembre las proporciones se movieron: la aprobación bajó a 33% y el rechazo escaló a 59%. La medición es del Centro de EstadÃsticas y Opinión Pública provincial.
En Capital, un trabajo hecho por profesionales de SociologÃa reveló que casi el 65% desaprueba la gestión de la Presidenta. Invitados a calificarla en puntos, de 1 a 10, más del 30% le puso un 1. Exagerado hasta el absurdo, pero refleja un estado de opinión.
Con la misma contundencia pero de signo opuesto, mediciones de la Consultora Equis realizadas en Mendoza y otras provincias le sonrÃen al Gobierno. Apuntan que un 57% apoya el modelo, mejorando incluso el nivel de respaldo de la elección de octubre pasado. Por otra parte, una pálida minorÃa del 32% rechaza las polÃticas de Cristina.
Las fuertes oscilaciones de las mediciones de opinión remiten, asimismo, a una encuesta de M&F según la cual la caÃda en la imagen de Cristina acumulaba más de 30 puntos en el año. Y a otra de PoliarquÃa, anterior al cacerolazo, que mostraba que el 66% de los consultados rechazaba la posibilidad de una re-reelección presidencial.
El Gobierno ha reaccionado pobremente ante la extensión y profundidad de la protesta. Congeló provisoriamente el discurso público de la re-reelección. Y se insinuó una moderación en el relato, con las primeras apariciones de Cristina. Pero ese cauteloso efecto-cacerola quedó borroneado con el desempeño errático de la Presidenta el miércoles, ante las simples preguntas de los estudiantes universitarios de Georgetown.
Tampoco contribuyeron demasiado a bajar los niveles de irritación social los exabruptos y maltratos de Guillermo Moreno, repuesto en el estrellato del patoteo y para peor, contra señoras. Esto, sin justificar las barbaridades que algunos caceroleros profirieron en su contra.
Apenas el colectivo Carta Abierta, el fin de semana posterior al cacerolazo, consideró necesario proponer una revisión de las decisiones del Gobierno que alejaron brusca y masivamente a la clase media.
Esos intelectuales, con más agudeza –o sólo audacia– que los polÃticos del oficialismo, advirtieron que hay un voto independiente que acompañó estos años al kirchnerismo y que se está poniendo en riesgo creciente.
Dijo bien en La Nación el historiador Luis Alberto Romero: “Las manifestaciones no pretenden gobernar ni deliberar; pero hacen explÃcita una opinión†. Frente a esa opinión explÃcita es que la Presidenta y sus funcionarios oscilan entre la negación, el silenciamiento o la condena ciega. Parecen reacciones de quien no sabe qué hacer frente a una dificultad inesperada.
Lo inesperado de la protesta, su carácter inorgánico y ajeno a estructuras y liderazgos polÃticos o sociales, también interpeló con fuerza a la oposición , cuyas reacciones han sido dispersas o erráticas.
Otra medición, de las muchas que ofrece en estos dÃas difÃciles la consultora Equis, sostiene que un 69% no percibe en la oposición un proyecto alternativo capaz de gobernar el paÃs. Solamente el 13%, según ese sondeo, ve en los opositores esa condición fundamental.
No es una verdad absoluta, como no lo es ninguna encuesta. Pero también dibuja un estado de opinión, que incluye aún a quienes están nutriendo las crecientes legiones de ciudadanos que, como se ve cada dÃa, están dispuestos a expresarse públicamente.
Mauricio Macri, el opositor no peronista mejor perfilado, confiaba en que la candidatura de Gabriela Michetti pondrÃa al PRO en condiciones de disputar el triunfo en la estratégica elección bonaerense de 2013. Pero Michetti rechaza esa postulación y Macri se ve obligado a buscar un plan B que estaba fuera de su cálculo. Sigue siendo una referencia natural para muchos de los que salieron con la cacerola. Pero tiene que saltar una valla: la gente está con otras preocupaciones, que no son las de la polÃtica.
El socialista Hermes Binner, desde el FAP, se puso al frente de una iniciativa poco sofisticada pero rendidora: juntar firmas en la calle contra la re-reelección. DifÃcil que eso genere una construcción polÃtica sostenible, pero al menos permite ganar tiempo y visibilidad, poniéndose del lado de una opinión que abarca cuando menos a la mitad de la población.
Los radicales, en tanto, desovillan una vez más sus propios dilemas. La conducción partidaria de Miguel Barletta también lanzó su propia ronda de reuniones con sectores polÃticos y sociales para sumar voluntades contra la re-reelección de Cristina. Pero en el radicalismo siempre la interna mete la cola.
El sector de Ricardo AlfonsÃn intenta retener el menguado poder partidario y sueña liderar una alianza con los socialistas, alianza que los aliados del socialismo rechazan con fervor. En cambio, otros dirigentes ven con buenos ojos un acercamiento con Macri y ya hay movimientos visibles operados sin mucho disimulo desde el macrismo.
Ahora aparece un tercer polo interno, los intendentes de capitales provinciales y ciudades de peso. Se reunieron esta semana en Buenos Aires, coordinados por la chaqueña AÃda Ayala (Resistencia). En ese grupo, entre otros, están el cordobés Ramón Mestre, el santafesino José Corral, los bonaerenses Gustavo Posse (San Isidro) y Mario Meoni (JunÃn), y el mendocino Alfredo Cornejo (Godoy Cruz).
Allà empezó a circular la idea de buscar acercamientos con el peronismo no kirchnerista, incluyendo a los que son oficialistas porque hoy no tienen más remedio.
Algo asà como un “peronismo republicano†con el cual acordar reglas de juego que les garanticen la sobrevida polÃtica.
Estos radicales ven a la UCR muy lejos de ser alternativa de poder y por lo tanto avizoran el riesgo de que se desgrane definitivamente en 2013, con cada dirigente eligiendo la alianza que le convenga para retener su control territorial. Y suponen que solamente desde el interior del peronismo puede surgir el liderazgo capaz de desplazar al cristinismo del poder.
Eligen, en ese camino amargo, la opción entre ser un socio minoritario del eventual poder por venir, o tener que declararse en quiebra y bajar la persiana de una vez y sin remedio.
¿Qué dicen los números?
En Córdoba, un 22% de los consultados en una encuesta de Management & Fit dijeron haber participado de la protesta del jueves 13. La cifra es superior a la participación real, que igual fue importante en esa provincia. Pero muestra que es polÃticamente correcto decir que se fue parte del cacerolazo. Con todo, el dato más sugestivo es que 66% dijo estar dispuesto a participar en una próxima protesta.
En Santa Fe, un sondeo reveló una caÃda a pique de la aprobación de la gestión de Cristina. En mayo la aceptación era del 38% y la desaprobación del 50%. En setiembre las proporciones se movieron: la aprobación bajó a 33% y el rechazo escaló a 59%. La medición es del Centro de EstadÃsticas y Opinión Pública provincial.
En Capital, un trabajo hecho por profesionales de SociologÃa reveló que casi el 65% desaprueba la gestión de la Presidenta. Invitados a calificarla en puntos, de 1 a 10, más del 30% le puso un 1. Exagerado hasta el absurdo, pero refleja un estado de opinión.
Con la misma contundencia pero de signo opuesto, mediciones de la Consultora Equis realizadas en Mendoza y otras provincias le sonrÃen al Gobierno. Apuntan que un 57% apoya el modelo, mejorando incluso el nivel de respaldo de la elección de octubre pasado. Por otra parte, una pálida minorÃa del 32% rechaza las polÃticas de Cristina.
Las fuertes oscilaciones de las mediciones de opinión remiten, asimismo, a una encuesta de M&F según la cual la caÃda en la imagen de Cristina acumulaba más de 30 puntos en el año. Y a otra de PoliarquÃa, anterior al cacerolazo, que mostraba que el 66% de los consultados rechazaba la posibilidad de una re-reelección presidencial.
El Gobierno ha reaccionado pobremente ante la extensión y profundidad de la protesta. Congeló provisoriamente el discurso público de la re-reelección. Y se insinuó una moderación en el relato, con las primeras apariciones de Cristina. Pero ese cauteloso efecto-cacerola quedó borroneado con el desempeño errático de la Presidenta el miércoles, ante las simples preguntas de los estudiantes universitarios de Georgetown.
Tampoco contribuyeron demasiado a bajar los niveles de irritación social los exabruptos y maltratos de Guillermo Moreno, repuesto en el estrellato del patoteo y para peor, contra señoras. Esto, sin justificar las barbaridades que algunos caceroleros profirieron en su contra.
Apenas el colectivo Carta Abierta, el fin de semana posterior al cacerolazo, consideró necesario proponer una revisión de las decisiones del Gobierno que alejaron brusca y masivamente a la clase media.
Esos intelectuales, con más agudeza –o sólo audacia– que los polÃticos del oficialismo, advirtieron que hay un voto independiente que acompañó estos años al kirchnerismo y que se está poniendo en riesgo creciente.
Dijo bien en La Nación el historiador Luis Alberto Romero: “Las manifestaciones no pretenden gobernar ni deliberar; pero hacen explÃcita una opinión†. Frente a esa opinión explÃcita es que la Presidenta y sus funcionarios oscilan entre la negación, el silenciamiento o la condena ciega. Parecen reacciones de quien no sabe qué hacer frente a una dificultad inesperada.
Lo inesperado de la protesta, su carácter inorgánico y ajeno a estructuras y liderazgos polÃticos o sociales, también interpeló con fuerza a la oposición , cuyas reacciones han sido dispersas o erráticas.
Otra medición, de las muchas que ofrece en estos dÃas difÃciles la consultora Equis, sostiene que un 69% no percibe en la oposición un proyecto alternativo capaz de gobernar el paÃs. Solamente el 13%, según ese sondeo, ve en los opositores esa condición fundamental.
No es una verdad absoluta, como no lo es ninguna encuesta. Pero también dibuja un estado de opinión, que incluye aún a quienes están nutriendo las crecientes legiones de ciudadanos que, como se ve cada dÃa, están dispuestos a expresarse públicamente.
Mauricio Macri, el opositor no peronista mejor perfilado, confiaba en que la candidatura de Gabriela Michetti pondrÃa al PRO en condiciones de disputar el triunfo en la estratégica elección bonaerense de 2013. Pero Michetti rechaza esa postulación y Macri se ve obligado a buscar un plan B que estaba fuera de su cálculo. Sigue siendo una referencia natural para muchos de los que salieron con la cacerola. Pero tiene que saltar una valla: la gente está con otras preocupaciones, que no son las de la polÃtica.
El socialista Hermes Binner, desde el FAP, se puso al frente de una iniciativa poco sofisticada pero rendidora: juntar firmas en la calle contra la re-reelección. DifÃcil que eso genere una construcción polÃtica sostenible, pero al menos permite ganar tiempo y visibilidad, poniéndose del lado de una opinión que abarca cuando menos a la mitad de la población.
Los radicales, en tanto, desovillan una vez más sus propios dilemas. La conducción partidaria de Miguel Barletta también lanzó su propia ronda de reuniones con sectores polÃticos y sociales para sumar voluntades contra la re-reelección de Cristina. Pero en el radicalismo siempre la interna mete la cola.
El sector de Ricardo AlfonsÃn intenta retener el menguado poder partidario y sueña liderar una alianza con los socialistas, alianza que los aliados del socialismo rechazan con fervor. En cambio, otros dirigentes ven con buenos ojos un acercamiento con Macri y ya hay movimientos visibles operados sin mucho disimulo desde el macrismo.
Ahora aparece un tercer polo interno, los intendentes de capitales provinciales y ciudades de peso. Se reunieron esta semana en Buenos Aires, coordinados por la chaqueña AÃda Ayala (Resistencia). En ese grupo, entre otros, están el cordobés Ramón Mestre, el santafesino José Corral, los bonaerenses Gustavo Posse (San Isidro) y Mario Meoni (JunÃn), y el mendocino Alfredo Cornejo (Godoy Cruz).
Allà empezó a circular la idea de buscar acercamientos con el peronismo no kirchnerista, incluyendo a los que son oficialistas porque hoy no tienen más remedio.
Algo asà como un “peronismo republicano†con el cual acordar reglas de juego que les garanticen la sobrevida polÃtica.
Estos radicales ven a la UCR muy lejos de ser alternativa de poder y por lo tanto avizoran el riesgo de que se desgrane definitivamente en 2013, con cada dirigente eligiendo la alianza que le convenga para retener su control territorial. Y suponen que solamente desde el interior del peronismo puede surgir el liderazgo capaz de desplazar al cristinismo del poder.
Eligen, en ese camino amargo, la opción entre ser un socio minoritario del eventual poder por venir, o tener que declararse en quiebra y bajar la persiana de una vez y sin remedio.