Los motivos del cacerolazo

a política se ha llenado de fechas, marcadas en el calendario con anticipación: 8N, 7D, 10D. Estos mojones contrastan con lo ocurrido en una época en la que, desde 2001 en adelante, Argentina mostró a los diversos jugadores más preocupados por moverse en función de los valores de la sorpresa (el Gobierno nacional) y la espontaneidad (la oposición) que por mostrar premeditación y organización.
Desde su asunción en 2003, el kirchnerismo ha hecho de la sorpresa política uno de sus activos más fundamentales. El Gobierno se caracteriza por dar a conocer sus anuncios sin mucha deliberación previa; inclusive, sin divulgarlos siquiera entre sus aliados, que a veces son invitados a esos actos en donde saben que se anunciará algo, pero no qué. Esta dinámica ha resultado central para la Casa Rosada al momento de defender su capacidad de maniobra frente a distintos factores de poder que se le oponen.
Los sectores opositores, a su manera, también gustan de operar bajo el rótulo de la sorpresa y de una presunta espontaneidad. Para las fuerzas sociales que encarnan el antikirchnerismo es importante –muy importante– diferenciarse en los actos de una organización kirchnerista basada supuestamente en el verticalismo, el clientelismo y el aparato. Por eso, cada vez que se ha llamado a una movilización contra el kirchnerismo se ha hecho énfasis en mostrar a esas marchas o cacerolazos como no preparadas, espontáneas y pobladas de gente que tuvo el impulso y salió, sin planificarlo ni pensarlo demasiado. En general, las convocatorias a estas marchas, hasta ahora, han sido realizadas con pocos días de anticipación, privilegiando el boca a boca y el uso de redes sociales por sobre canales más formales.
Redoblar la apuesta
Pues bien: resulta que, a fines de 2012, tanto el Gobierno como distintos sectores que se muestran muy enojados con el oficialismo parecen haber cambiado su juego.
Tal vez, por primera vez desde 2003, el Gobierno tiene fijada una fecha en la cual tendrá que hacer algo. No es propio del actual oficialismo mostrar la mano con tanta anticipación. Y es difícil, en este caso, hacer lo que las gestiones kirchenristas siempre han intentado hacer, que es desmarcarse y salir por donde nadie lo espera. ¿Qué hará el gobierno el 7D, o el 10D? ¿Mucho, poco o nada? Los más exaltados adversarios plantean apocalípticos escenarios en donde Gendarmería, Luis D’Elía y “los presos K” ganan la calle e irrumpen en empresas; otros asumen que en definitiva poco va a cambiar.
Los sectores antikirchneristas, por su parte, también alzaron la apuesta. Luego de un par de cacerolazos decepcionantes en el invierno pasado, mostraron una capacidad de movilización que sorprendió –probablemente– a buena parte de propios y ajenos en el multitudinario cacerolazo de septiembre. Frente al circunstancial éxito se decidió una nueva convocatoria para el 8 de noviembre. Esta apuesta a aumentar aun más la movilización se vio justificada por la importante convocatoria de la protesta anterior y por el activismo de muchos de estos sectores en las redes sociales. Sin embargo, este lapso prolongado también marcó el involucramiento de figuras políticas y una mayor politización del proceso, donde aparecieron a la luz organizadores vinculados a sectores de la política y de la economía, internas entre sectores, la adhesión de dirigentes políticos o sindicales tradicionales y una permanente cobertura mediática que brinda un innegable impacto publicitario. En suma, no parece que la manifestación tenga ahora tanta “espontaneidad”.
¿Qué pasará?
En ese contexto, el Gobierno comenzó a dejar trascender cuáles podrían ser las medidas a adoptar a partir del 7D –o más concretamente el lunes 10 de diciembre– sobre los medios. Según señaló Martín Sabbatella, titular de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA), esa entidad podría definir entonces de oficio cuál será la participación en el mercado de los grupos que no se hayan adecuado a la Ley de Medios o bien plantear varios esquemas posibles y definir por sorteo. Se va disipando aún más la sorpresa.
Por el lado de los caceroleros, en tanto, los escenarios posibles son variados. Entre ellos, no puede descartarse uno que muestre sucesivas protestas con menor caudal de participantes. Podría ocurrir. Pero habría que preguntarse por qué debería reducirse la energía de este tipo de manifestaciones o incluso su nivel de convocatoria en momentos en que la oposición no logra asomar la cabeza con claridad en el debate público, sus principales dirigentes muestran problemas de distinto tipo e, inclusive, en algunas ocasiones terminan actuando en sintonía con el oficialismo, algo imperdonable para el núcleo más radicalizado de los caceroleros.
Algunos ejemplos de estas situaciones han sido –más allá de polémicas o presuntas operaciones cruzadas– los problemas en la gestión de la seguridad ciudadana en la provincia de Santa Fe, bastión de Hermes Binner, el opositor más votado en las últimas elecciones. O la reacción errática de Mauricio Macri frente a inundaciones en la Ciudad de Buenos Aires.
Pero también hay que evaluar cómo le cae a un sector de la población que parece por completo molesto con el Gobierno –en un año en que el oficialismo ha tomado medidas de alto impacto, como las restricciones en el mercado cambiario– las coincidencias que desde el cacerolazo del 13 de septiembre han mostrado oficialistas y opositores.
Así, para alguien que denuncia la supuesta vigencia de una “dictadura” en la Argentina o que el país va a “terminar como Cuba”, el enojo pudo haber tornado en desesperación al ver a la mayoría del arco político opositor firmar en la Cámara de Diputados, durante la última protesta salarial registrada en las fuerzas de seguridad, una declaración en conjunto con el kirchnerismo que instaba a gendarmes y prefectos a retornar a sus tareas habituales.
Lo mismo cabe para lo ocurrido con el proyecto de ley de voto optativo a los 16 años, que un sector de los medios presentó como parte de una maniobra oficialista en pos de una nueva reelección, pero que en el Senado obtuvo media sanción con 52 votos a favor, tan sólo 3 votos en contra y 2 abstenciones. Las trifulcas políticas pudieron apreciarse luego en la Cámara baja, donde Elisa Carrió –más en sintonía con los caceroleros– habló de “droga a cambio de votos” y el camporista Andrés “El Cuervo” Larroque buscó, con un discurso enérgico, marcar la mayor diferencia posible con la oposición .
De todos modos, incluso mirando al interior del peronismo, hace algunos días llamó la atención una amigable fotografía de Daniel Scioli, a quienes sectores de la oposición siempre le reclaman una ruptura con Cristina Fernández, junto a su vice Gabriel Mariotto, al momento de anunciar un acuerdo para avanzar en una agenda legislativa común.
Más aun: se vio a un oficialismo acusado de “chavista” por sectores que vociferan indignación votar la nueva Ley de Riesgos de Trabajo, con respaldo de la Unión Industrial Argentina (UIA) e, incluso, contando con las manos levantadas de diputados del PRO. Otra postal que parece chocar con la idea de una “crispación absoluta”, fue la de una negociación en la Legislatura porteña de un intercambio de leyes: votos macristas a favor de la habilitación de tierras para las viviendas del plan nacional PROCREAR, por un lado, y votos kirchneristas a favor de que la Ciudad se endeude con organismos internacionales para obras que avancen en soluciones al problema de la inundaciones. “Demasiada política” –parafraseando a algunos sectores de la oposición–; “demasiado diálogo y consenso” para el paladar de sectores que vociferan un enojo total contra el Gobierno.
Pocos motivos para que el “46% que no la votó” a Cristina Fernández o, incluso, algún sector que se haya visto decepcionado por el oficialismo, se abstenga de protestar y reclamar por sí mismo y sin intermediarios un cambio brusco en el rumbo del Gobierno que, por el momento, no parece viable.
*Coeditores del blog Artepolitica (www.artepolitica.com).
Otras notas de estos autores:
* «Amenazas insidiosas en Sudamérica», por María Esperanza Casullo, El Dipló, N 161.
* «Dónde se apoya el gobierno», por María Esperanza Casullo, El Dipló, N 159.
* «Las batallas del gobierno», por Nicolás Tereschuk.
* «Debajo del subte», por Nicolás Tereschuk.
*Politólogos.