por Lidia Ferrari
Quizá se pueda narrar la historia de un paÃs de acuerdo a cómo se ha viajado y se viaja en tren.
Me llamó la atención una nota sobre los trenes en Estados Unidos, pues es extraña a la idea que se hacen las colonizadas cabezas que piensan que en USA todo es mejor. A partir de allà no pude dejar de hacer una retrospectiva de mi historia con los trenes, que es también reflejo de la historia de Argentina.
En los ’70 viajaba todos los fines de semana de Retiro a San Pedro, a 170 km de la capital, donde vivÃan mis padres. Tomaba el tren el viernes a la tarde o el sábado a la mañana y regresaba los domingos a la tarde. HabÃa varios horarios disponibles y elegÃa aquellos que se adecuaban mejor a mis actividades. VivÃa con zozobra sacar el pasaje de ida en la estación Mitre, de Retiro, pues llegaba con los minutos contados y la billeterÃa siempre cambiaba de lugar. Para el viaje de regreso se habÃa institucionalizado un procedimiento que sólo después de mucho tiempo juzgué como debà haberlo juzgado en ese momento. El tren que venÃa de Rosario tenÃa varios coches. Los que subÃamos en San Pedro nos agrupábamos en un mismo vagón y uno reunÃa el dinero de la “coima†de cada uno de nosotros que, en algún momento, serÃa depositado en la mano del guarda. No recuerdo quiénes eran los recaudadores pero sà que no nos parecÃa nada anormal. La evidencia de que no era tan normal era que el dinero se lo daban al guarda a escondidas. Pero se habÃa naturalizado esta costumbre. Ignoro cómo habÃa comenzado. Un tanto como me ha ocurrido en algún ómnibus de Roma, en el cual me he sentido sapo de otro pozo cuando me veo la única que validó el boleto. Tanto el chofer como los romanos que suben están de acuerdo en la cuestión de no pagar. Algo que no me ocurre en la ciudad donde vivo; la única vez que mi tarjeta no funcionó, el chofer me hizo bajar sin opción a reclamo. La diferencia entre el guarda del tren de los ’70 y el chofer de Roma es que éste no parecÃa recibir ninguna dádiva por hacerse el sota.
Asà las cosas, aún en esas condiciones, tenÃamos varios trenes para elegir. A partir de la década del ’80 las frecuencias ralearon hasta llegar a esa década nefasta de los ’90, en la que los trenes a San Pedro y a tantas ciudades del interior desaparecieron. No habÃa más trenes. Sólo ómnibus y no demasiados. Fue la década en la que comenzaron a funcionar los minibuses, muchos de ellos truchos, cuando los hombres casi no tenÃan otra opción de trabajo que hacer de remiseros.
San Antonio de Areco
A fines de la década del ’80 me tocó visitar en los fines de semana el pueblo de Abbott, en la próspera zona agraria de la provincia, a 80 km de Buenos Aires. Ya para ese entonces no llegaban los trenes a ese pueblo que comenzó a formar parte de la serie de pueblos fantasmas. Una señora que allà habÃa vivido su infancia y juventud contaba que de joven concurrÃa todos los dÃas, si, “todos los dÃas†a su trabajo en la capital pues los trenes no sólo eran más rápidos que como lo fueron después, sino que siempre salÃan a horario. Calculo por su edad que debe haber viajado cotidianamente en las décadas del ’40 o ‘50. Pasados unos 40 años, no sólo ya no habÃa trenes en el pueblo, sino que faltaban las gentes para habitarlo. Destino inevitable cuando un tren deja de circular: la muerte del pueblo.
En los ’90 viajaba a la zona sur del Gran Buenos Aires en tren. Con el correr del tiempo tuve que dejar de hacerlo debido a su mal funcionamiento y deterioro. La última vez que tomé el Roca para ir a La Plata recuerdo muy bien la congoja que me produjo espiar desde la ventana esas estaciones grises y desmanteladas, donde pocos seres taciturnos parecÃan esperar algo que nunca llegarÃa. Dejé de tomar el tren y con el tiempo se volvió un objeto inexistente en mi vida. La molestia o el disgusto de no tener un tren para tomar desaparecieron, para dar lugar al vacÃo de lo que uno ya no espera, como si los trenes nunca hubieran existido. La única vez que viajé al gran paÃs del Norte estuve en Los Angeles. Un amigo me mostró las vÃas de ferrocarril fuera de uso mientras me contaba cómo en Estados Unidos hubo una intención explÃcita de anular los trenes, construyendo grandes carreteras para incentivar la industria automovilÃstica y las ganancias de las petroleras.
Y asà el cÃrculo se cierra. Cuando leo esta nota sobre los trenes en USA, viene a mi mente esta historia mÃa con los trenes, una historia que me es tan personal y emotiva como lo es para la realidad de un paÃs cuando, desde una voluntad polÃtica, se elige tener o no tener trenes. Como la vida mÃa, la de cada uno de nosotros se transforma de acuerdo a la voluntad polÃtica de algunos que van a decidir si en tu vida vas tener que andar en carro, de a pie, en tren, en auto, en bicicleta.
Montgomery, Alabama
La nota que disparó estas reflexiones se titula: “El suplicio (o no) de viajar en tren en EEUU: 614 kms en 11 horasâ€. [Acá]
En la nota se narra la aventura de quien la escribe, que para recorrer poco más de 600 km desde Los Angeles a San Francisco, el viaje en tren le tomó más de 15 horas, sin tener otra opción que la de ir en coche o en avión. Se pregunta cómo se llega a esta situación en Estados Unidos y dice que en el año 2000 habÃa los mismos kilómetros de vÃas de tren que en el año 1881. Esto, en el paÃs más desarrollado de la tierra es, sin duda, una decisión polÃtica. La misma que se tomó en nuestro paÃs en la década del ’90. La nota se ocupa del tema porque parece que ahora, los yanquis, quieren tener un tren de alta velocidad y parece que le piden asistencia a los españoles. Suena increÃble que un recurso maravilloso como el tren haya sido totalmente dejado de lado en el paÃs del Norte, cuando no hay ningún otro medio de transporte que cumpla con objetivos de sostenibilidad, rapidez y seguridad, como lo hace el tren. Pero claro, es un medio público, que ofrece un servicio social a los que trabajan o deben viajar y que no garantiza rentabilidad económica, único motor de la vida del paÃs del norte.
Estación abandonada en Cincinatti
La del tren es una inversión que se debe hacer por la sola intención de ofrecer un servicio público, uno de los mejores que tiene la sociedad para ofrecer. No puedo dejar de pensar, frente a esta noticia sobre los trenes en Estados Unidos que me ha hecho recordar mi historia con los trenes, en el impresionante cambio que vive nuestro paÃs con una polÃtica de Estado que ha decidido recuperar un bien tan preciado para el pueblo, sobre todo, para el pueblo trabajador, como son los trenes. Los que usan el tren diariamente saben muy bien de lo que estamos hablando.
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Etiquetas: Lidia Ferrari, PolÃticas