Mauricio Macri es como esos equipos de fútbol que van ganando por goleada. Se hacen los cancheros innecesariamente, se provocan un gol en contra y entonces vuelven a sufrir. Algo de eso pasó el sábado por la noche. En medio de la sorpresa y la celebración del Gobierno por el éxito de la convocatoria del #1A, apareció un video del Presidente en las redes sociales felicitando a todos los que salieron a la calle para respaldar a la democracia y, sobre todo, para respaldarlo a él. Hasta ahà todo bien. Pero la patinada llegó al final cuando agregó: “Lo expresamos desde el corazón, espontáneamente, sin colectivos ni choripán…â€. La frase se ganó el tÃtulo de todos los portales web y encendió una polémica repetida. La que navega sobre las dificultades que a veces tiene Macri para entender que es el presidente de todos los argentinos. De todos. De los que salen legÃtimamente a defenderlo. De los que lo quieren. De los que no lo quieren. De los que salen legÃtimamente a protestarle. De los que se suben a un colectivo de un sindicato o de un grupo piquetero porque tienen bronca. O de los que se suben porque les dan algo a cambio. Y de los que aceptan un choripán en cualquier lugar del paÃs adolescente. Porque el choripán, y él lo sabe porque estuvo diez años al frente de un club de fútbol muy popular, es parte indiscutible de la cultura argentina. Muchas veces para bien y otras veces para mal. Pero el choripán, dirÃa Maradona ya que estamos, el choripán no se mancha.
Detrás de la anécdota de Macri, que podrá ser importante o no en el futuro, está la necesidad urgente del Gobierno de terminar de entender la trama compleja, policlasista y multicultural que tiene la Argentina que les toca administrar en este tiempo. Y esa es una cuestión fundamental que va a determinar si el proyecto polÃtico del macrismo, que lleva diez años en la ciudad de Buenos Aires pero apenas uno y medio en el paÃs, ha llegado para marcar un hito en la historia o simplemente para ser otro intento sin gloria alternativo a las eras geológicas, intermitentes y volcánicas del peronismo.
Porque Macri necesita votos para consolidar su proyecto. Los votos de los sectores con poder socioeconómico. Los votos de las clases medias, altas y bajas. Y los votos de quienes más sufren los años de recesión y postergación social. Salvo que los dirigentes macristas crean que con esos sectores no tienen ninguna chance de cambiar la realidad ni de cambiar la dirección de sus preferencias electorales. No es lo que piensan, al menos, Elisa Carrió, radicales modernos como Ernesto Sanz o Mario Negri ni es lo que piensa, precisamente, MarÃa Eugenia Vidal.
Es que si algo ha demostrado la marcha sorpresiva del sábado es que ha comenzado una pulseada polÃtica distinta. Una disputa que se va a dirimir con reglas diferentes a las que se venÃan utilizando en las últimas semanas. Macri, Gabriela Michetti, Marcos Peña o Vidal saben que cuentan ahora con una base de respaldo que está allÃ. Alerta y preparada para hacerse oÃr en defensa de las virtudes y hasta de los errores del oficialismo. La Gobernadora, entendió por ejemplo, que ahora dispone de un capital de legitimación más sólido en la batalla que decidió dar contra los gremios docentes radicalizados en la provincia.
Pero el horizonte para enfrentar a lÃderes opositores polémicos pero aguerridos como Roberto Baradel o para resistir el impacto que tendrá en todo el paÃs el paro general de la CGT del próximo jueves se achica dramáticamente cuando se elige marcar una frontera arbitraria como la del choripán.
Van a ser muy interesantes los siete meses que restan desde estos dÃas agitados hasta las elecciones de octubre. El Gobierno plantea la necesidad de un cambio cultural legÃtimo. El de un paÃs con menos inflación, con más gestión y menos discusiones. El de un paÃs con más infraestructura, con más inversiones y con menos extorsión. Pero también la oposición, cuando logra escapar de la chicana fácil, apunta con acierto a los flancos débiles del macrismo. Y esa debilidad hoy pasa por una economÃa todavÃa estancada que no logra aliviar el bolsillo de la mayorÃa de la población. La marcha de apoyo es una viga insuficiente para una Argentina que muestra cifras preocupantes en la actividad industrial, en la construcción y que va a tener durante mucho tiempo que lidiar con estadÃsticas negativas de pobreza.
Ya hace tiempo que las mayorÃas sociales han dejado de creer que Alemania tiene más pobres que la Argentina, como decÃa Cristina alegremente hace algunos años. Eso está fuera de discusión. Por eso, el paÃs ha elegido otras opciones y es Macri en este tiempo quien enfrenta la demanda de conducirnos hacia un futuro con más desarrollo y condiciones más dignas de equidad social. El desafÃo en todo caso es que el Presidente consiga integrar a todos los sectores en vez de acentuar las fronteras. Está claro que algo anda mal cuando un ciudadano negocia su determinación polÃtica por un choripán. Pero el deber de la dirigencia es hallar las soluciones. Mejor dejar para la tribuna el papel circunstancial de los comentaristas.
Detrás de la anécdota de Macri, que podrá ser importante o no en el futuro, está la necesidad urgente del Gobierno de terminar de entender la trama compleja, policlasista y multicultural que tiene la Argentina que les toca administrar en este tiempo. Y esa es una cuestión fundamental que va a determinar si el proyecto polÃtico del macrismo, que lleva diez años en la ciudad de Buenos Aires pero apenas uno y medio en el paÃs, ha llegado para marcar un hito en la historia o simplemente para ser otro intento sin gloria alternativo a las eras geológicas, intermitentes y volcánicas del peronismo.
Porque Macri necesita votos para consolidar su proyecto. Los votos de los sectores con poder socioeconómico. Los votos de las clases medias, altas y bajas. Y los votos de quienes más sufren los años de recesión y postergación social. Salvo que los dirigentes macristas crean que con esos sectores no tienen ninguna chance de cambiar la realidad ni de cambiar la dirección de sus preferencias electorales. No es lo que piensan, al menos, Elisa Carrió, radicales modernos como Ernesto Sanz o Mario Negri ni es lo que piensa, precisamente, MarÃa Eugenia Vidal.
Es que si algo ha demostrado la marcha sorpresiva del sábado es que ha comenzado una pulseada polÃtica distinta. Una disputa que se va a dirimir con reglas diferentes a las que se venÃan utilizando en las últimas semanas. Macri, Gabriela Michetti, Marcos Peña o Vidal saben que cuentan ahora con una base de respaldo que está allÃ. Alerta y preparada para hacerse oÃr en defensa de las virtudes y hasta de los errores del oficialismo. La Gobernadora, entendió por ejemplo, que ahora dispone de un capital de legitimación más sólido en la batalla que decidió dar contra los gremios docentes radicalizados en la provincia.
Pero el horizonte para enfrentar a lÃderes opositores polémicos pero aguerridos como Roberto Baradel o para resistir el impacto que tendrá en todo el paÃs el paro general de la CGT del próximo jueves se achica dramáticamente cuando se elige marcar una frontera arbitraria como la del choripán.
Van a ser muy interesantes los siete meses que restan desde estos dÃas agitados hasta las elecciones de octubre. El Gobierno plantea la necesidad de un cambio cultural legÃtimo. El de un paÃs con menos inflación, con más gestión y menos discusiones. El de un paÃs con más infraestructura, con más inversiones y con menos extorsión. Pero también la oposición, cuando logra escapar de la chicana fácil, apunta con acierto a los flancos débiles del macrismo. Y esa debilidad hoy pasa por una economÃa todavÃa estancada que no logra aliviar el bolsillo de la mayorÃa de la población. La marcha de apoyo es una viga insuficiente para una Argentina que muestra cifras preocupantes en la actividad industrial, en la construcción y que va a tener durante mucho tiempo que lidiar con estadÃsticas negativas de pobreza.
Ya hace tiempo que las mayorÃas sociales han dejado de creer que Alemania tiene más pobres que la Argentina, como decÃa Cristina alegremente hace algunos años. Eso está fuera de discusión. Por eso, el paÃs ha elegido otras opciones y es Macri en este tiempo quien enfrenta la demanda de conducirnos hacia un futuro con más desarrollo y condiciones más dignas de equidad social. El desafÃo en todo caso es que el Presidente consiga integrar a todos los sectores en vez de acentuar las fronteras. Está claro que algo anda mal cuando un ciudadano negocia su determinación polÃtica por un choripán. Pero el deber de la dirigencia es hallar las soluciones. Mejor dejar para la tribuna el papel circunstancial de los comentaristas.