Por Horacio González *
Escribo estas rápidas instrucciones para mà mismo, pero también para todos los potenciales ahorristas del paÃs que quieran seguir participando de los debates en curso pero ansÃen economizar una irradiación permanente de injurias, prejuicios y lugares comunes. Dedico este sucinto breviario, muy en especial, al amigo Fernández DÃaz, coreuta, augur y examinador graduado del diario La Nación, al que veo desperdiciar sus desbordantes conjeturas en fútiles objetivos. Ahorremos lo que usualmente dilapidamos, no gastemos el talento en balde y demos curso a nuestra capacidad de ser sobrios en una época en que las facilidades que tiene el insulto ad hominem son pavorosas, por lo que todos los dÃas plumas atinadas si no esbeltas caen en el chapucerismo moral de la chicana facilonga. Cuando podÃan escribir sus Antimemorias como un Malraux, escriben con su memoria para el vejamen rápido, apremiados por la rauda expedición hacia el menosprecio. El desdén y el ultraje verdaderos son un arte, y algunos sólo tienen la técnica pero no el conocimiento real de esos delicados procedimientos. Como dije que escribo para mà mismo, pero también para facilitarle al ya mencionado expedicionario Fernández DÃaz la superación de un mero horizonte de alarmada indelicadeza, enumeraré algunos vocablos que reclaman nuevas definiciones. He aquà un anticipo exclusivo del manual del pequeño ahorrista:
1 Lo nacional-popular
Conceptos separados por módicos guiones que suelen reclamar elementos adicionales de una sumatoria, lo que corre el riesgo de perderse en una añadidura infinita. Lo nacional-popular-democrático-revolucionario -progresista-etc. No está bien esta serie, no por cada una de las palabras que carga, sino porque conduce hacia un pensamiento lineal. Es evidente que no puede haber una acumulación perpetua de segmentos equivalentes, que extenuarÃan las articulaciones y las relacionarÃa sólo de una manera exterior y sin tensiones. Lo adecuado serÃa pulsar tenuemente cada uno de los miembros de la serie, no con hábito repetitivo sino viéndolos en su interior, de manera intempestiva. Probarlos en situaciones inesperadas o extemporáneas, hacerlos accidentales, canjearlos por sinónimos y relaciones insospechadas. Lo que somos, si lo somos, exige momentos tácitos, lenguajes alusivos e inesperadas correspondencias. Ni solamente historicistas ni carentes de reinterpretaciones en la espesura del pasado. Un proyecto es una tensión permanente: es un legado pero a la vez no se escribe de antemano. (Esto va para mÃ.)
2 Periodismo público y periodismo de las tinieblas
Los periodistas de los grandes matutinos toleran que en la versión electrónica de sus diarios se formen subtextos interminables, en general anónimos, que caen como cataratas desencajadas. Son portadores de toda clase de escarnios y mofas, la mayorÃa de ellos de carácter cloacal. Es la prosa del infierno, creadora de climas turbios y amenazantes que impiden la argumentación. Arriba de estos ultrajes se yerguen las notas que escriben periodistas con firma, que simulan distracción ante la andanada de vejaciones gratuitas que cada nota provoca, como si se convirtieran en una orden de captura o en un ejercicio de tiro al blanco. Seguro que usted, Fernández DÃaz, y muchos de sus colegas, no querrÃan que esto sucediera, pero imperativos del “mercado pulsionalâ€, de las “finanzas del humor subterráneoâ€, de la alcantarilla bursátil de la opinologÃa reventada, del vertedero inconsciente de la moneda vil del ludibrio, hacen que esas seguidillas de afrentas se soporten. Y que incluso, como infierno del lenguaje, contaminen o alimenten todo lo que serÃa el supuesto orden paradisÃaco donde en la superficie de la gran prensa cada notero hace su fajina demoledora, aunque con lenguaje civil y articulado. ¿No será esta lengua aparente una impostura para dejar paso a lo que realmente importa, ese potaje aciago de la lengua donde navega irresponsablemente la destrucción del propio periodismo? (Esta pregunta va para usted, Fernández: recuerde que Borges llamaba a los lectores “cisnes tenebrososâ€.)
3 Montajes, operaciones, islas de edición
Una nota periodÃstica puede ser hoy el producto de una industria cultural antes que una forma de examen y escritura sobre un acontecimiento o un concepto. Un texto, sometido a la fábrica de informaciones, está regulado ya por tantas maniobras externas a él que el insumo que aporta el periodista –el primer operario del texto– queda sometido a toda clase de máquinas semiológicas adicionales. Existe infinidad de acciones de nombre eufemÃstico: subtitulados, volantas, tÃtulos gancho, pautas, encuadres, montajes, ediciones, fragmentaciones, manuales de estilo, mutilaciones subrepticias, al punto que el significado originario ya ingresa a otro orden cifrado de relaciones. Para entenderlas hay que escalar hacia una remota (y sigilosa) agencia central de creación de sentido, que a la materia prima inicial le acrecienta un “design†que la transmuta. Comprender lo que hoy llamamos periodismo (en todas su variantes: de investigación, de opinión, de sÃmbolos de captura de locuciones) exige interpretar los homólogos, procedimiento de composición de las finanzas, que trabajan ya no con la moneda real sino con el tiempo, los conceptos jurÃdicos y la teorÃa de la información, que no sólo anula el valor de uso, sino que al propio valor de cambio lo convierte en una arcaica abstracción. Las imágenes, a su vez, aparecen procesadas en lÃneas de montaje tomadas del viejo fordismo o de las ruedas a cremallera de una ensambladura final a la manera de las maquiladoras. También se las llama campechanamente “operacionesâ€. Debido a esto, la profesión periodÃstica –en peligro hoy– debe entenderse genuinamente como grandes actos de resistencia en torno del procesamiento industrial del texto. Debe entenderse, en suma, como una crÃtica al acto de abrir las compuertas del exabrupto infamante y anónimo, so capa de “voz ciudadana y ágora popularâ€. En verdad, este proceder desbarata la opinión social como tejido moral de la democracia. (Esto, también para usted: ¿qué opina, Fernández?)
4 Cuestión nacional
(Esto para mÃ.) La cuestión nacional es una vieja denominación, en las izquierdas y en los nacionalismos populares, que supone a la nación como sujeto de la historia. Producto intenso del mundo moderno, la nación es sitiada y reconfigurada por identidades premodernas de Ãndole étnica, religiosa, comunitaria, futbolÃstica o teológica. De tal modo, ahora la cuestión nacional debe definirse como un sÃntoma del mundo moderno pero también de la reapropiación de pulsiones arcaicas. El debate historiográfico debe adquirir entonces nuevas determinaciones, que permitan analizar las guerras religioso-económicas (petróleo más teologÃa integrista) y nos lleve a nuevas teorÃas conducidas con extremo cuidado. Doy el ejemplo de las interesantes especulaciones del austro-marxista Otto Bauer, aunque luego sometidas a la inconveniente interpretación de un Primo de Rivera; asà como otro ejemplo contrapuesto lo encontramos en nuestro paÃs: en el ensayo de escritura de Cooke. No lo cito por costumbrismo. Sus tesis de época cesaron, pero se puede pronunciar su nombre como un gran proyecto de textualidad basado en la capacidad de la metáfora para definir coyunturas históricas. Esto llevarÃa a promover un autonomismo económico con simbologÃas del no-capitalismo y del no-desarrollismo, sino más bien como idea de un despliegue humanista y social, pues un “proyecto nacional†es menos un nombre pleno que una esperanza futura de nombre. Las fuerzas productivas, con todo, son materiales, discursivas, simbólicas, económicas e inmateriales. Redefinir entonces el concepto mismo de producción. Esto sirve tanto para plantarse con dignidad frente a los fondos buitre, como para pensar frentes sociales con gran capacidad de anexión temática, como los que provienen de la crÃtica meditada al absolutismo extractivista, a la cultura de la sojización autoritaria y de otro trato con los tesoros de la naturaleza historizada. Nuevas teorÃas polÃticas se necesitan (esto para González, ya dije, no para Fernández; pero usted, mi amigo, también escúchelo).
5 Corrupción
Este concepto tiene su máxima gloria en su imprecisión. Su plasticidad infinita, su carácter absolutamente movedizo, es capaz de definir tanto una idea de la naturaleza humana, del Estado, de la historia atemporal, del sujeto público, de la estructura de sospecha que ahora es consustancial a la percudida idea de “polisâ€, del papel de las “Cortes Supremas como último resguardo de la virtudâ€, de la avalancha de moralismos superficiales muy alejados de la compleja eticidad del ser polÃtico, de la introducción del miedo como tejido final de la conciencia pública, de una idea de la pureza y el escándalo que hacen del sujeto polÃtico un espectral despachante de castidad. La fuerza del concepto de corrupción es su atemporalidad, y acaso lo polÃtico, en ciertos casos, se define como un proyecto de llegar a la aplicación de ese concepto total a toda una época. Porque en todas las épocas es la contrafigura fantasmal de cualquier acto de gobierno. A veces se logra esta aplicación, pero siempre ella es previa a la verosimilitud que la abrigue en algún caso concreto. La Biblia, Maquiavelo, El 18 Brumario de Marx, La teorÃa de los sentimiento morales de Adam Smith (“todo gobierno no es sino un remedio imperfecto a la falta de virtudesâ€), Los siete locos de Arlt, la pelÃcula Coronel Redl (una gran obra de teatro de John Osborne filmada por Ivan Szabó; otra vez el Imperio Austrohúngaro), todas son infinitas variaciones sobre las escurridizas acepciones del concepto. Emile Zola escribió una sola vez el Yo acuso. Eran varias páginas del periódico La Aurora, destinadas al presidente de Francia (de aquella época). Muchas décadas después, se escribe todos los dÃas un “yo acusoâ€, vulgarizado por especialistas que pululan realizando sombrÃas investigaciones, y sustituyendo con las tecnologÃas de los servicios de informaciones el oficio calificado del gran escritor de denuncias. Un gran texto porta su propia credibilidad, inherente solamente a él y sólo basada en él. La lucha contra la corrupción (lo digo por partida doble, a Fernández DÃaz y a los dÃas de González) se hace sospechosamente sencilla por la imprecisión del concepto, pero se convierte en verdadera cuando se la define en su historia, modo de producción y alcances existenciales (o de estilos dominantes) en el seno de los poderes mundiales del capitalismo, esto es, del aparato de circulación clandestino, paralelo o pseudojurÃdico de la producción especulativa de coacciones financieras. Amigo Fernández DÃaz: ¿nos tomamos otro café y le paso el manual del pequeño ahorrista? Asà evitamos tanto derroche de infalibilidad inmaculada, carente de la exhortación sutil que proviene de la reflexión cautelosa y justa.
* Ahorrista.
Escribo estas rápidas instrucciones para mà mismo, pero también para todos los potenciales ahorristas del paÃs que quieran seguir participando de los debates en curso pero ansÃen economizar una irradiación permanente de injurias, prejuicios y lugares comunes. Dedico este sucinto breviario, muy en especial, al amigo Fernández DÃaz, coreuta, augur y examinador graduado del diario La Nación, al que veo desperdiciar sus desbordantes conjeturas en fútiles objetivos. Ahorremos lo que usualmente dilapidamos, no gastemos el talento en balde y demos curso a nuestra capacidad de ser sobrios en una época en que las facilidades que tiene el insulto ad hominem son pavorosas, por lo que todos los dÃas plumas atinadas si no esbeltas caen en el chapucerismo moral de la chicana facilonga. Cuando podÃan escribir sus Antimemorias como un Malraux, escriben con su memoria para el vejamen rápido, apremiados por la rauda expedición hacia el menosprecio. El desdén y el ultraje verdaderos son un arte, y algunos sólo tienen la técnica pero no el conocimiento real de esos delicados procedimientos. Como dije que escribo para mà mismo, pero también para facilitarle al ya mencionado expedicionario Fernández DÃaz la superación de un mero horizonte de alarmada indelicadeza, enumeraré algunos vocablos que reclaman nuevas definiciones. He aquà un anticipo exclusivo del manual del pequeño ahorrista:
1 Lo nacional-popular
Conceptos separados por módicos guiones que suelen reclamar elementos adicionales de una sumatoria, lo que corre el riesgo de perderse en una añadidura infinita. Lo nacional-popular-democrático-revolucionario -progresista-etc. No está bien esta serie, no por cada una de las palabras que carga, sino porque conduce hacia un pensamiento lineal. Es evidente que no puede haber una acumulación perpetua de segmentos equivalentes, que extenuarÃan las articulaciones y las relacionarÃa sólo de una manera exterior y sin tensiones. Lo adecuado serÃa pulsar tenuemente cada uno de los miembros de la serie, no con hábito repetitivo sino viéndolos en su interior, de manera intempestiva. Probarlos en situaciones inesperadas o extemporáneas, hacerlos accidentales, canjearlos por sinónimos y relaciones insospechadas. Lo que somos, si lo somos, exige momentos tácitos, lenguajes alusivos e inesperadas correspondencias. Ni solamente historicistas ni carentes de reinterpretaciones en la espesura del pasado. Un proyecto es una tensión permanente: es un legado pero a la vez no se escribe de antemano. (Esto va para mÃ.)
2 Periodismo público y periodismo de las tinieblas
Los periodistas de los grandes matutinos toleran que en la versión electrónica de sus diarios se formen subtextos interminables, en general anónimos, que caen como cataratas desencajadas. Son portadores de toda clase de escarnios y mofas, la mayorÃa de ellos de carácter cloacal. Es la prosa del infierno, creadora de climas turbios y amenazantes que impiden la argumentación. Arriba de estos ultrajes se yerguen las notas que escriben periodistas con firma, que simulan distracción ante la andanada de vejaciones gratuitas que cada nota provoca, como si se convirtieran en una orden de captura o en un ejercicio de tiro al blanco. Seguro que usted, Fernández DÃaz, y muchos de sus colegas, no querrÃan que esto sucediera, pero imperativos del “mercado pulsionalâ€, de las “finanzas del humor subterráneoâ€, de la alcantarilla bursátil de la opinologÃa reventada, del vertedero inconsciente de la moneda vil del ludibrio, hacen que esas seguidillas de afrentas se soporten. Y que incluso, como infierno del lenguaje, contaminen o alimenten todo lo que serÃa el supuesto orden paradisÃaco donde en la superficie de la gran prensa cada notero hace su fajina demoledora, aunque con lenguaje civil y articulado. ¿No será esta lengua aparente una impostura para dejar paso a lo que realmente importa, ese potaje aciago de la lengua donde navega irresponsablemente la destrucción del propio periodismo? (Esta pregunta va para usted, Fernández: recuerde que Borges llamaba a los lectores “cisnes tenebrososâ€.)
3 Montajes, operaciones, islas de edición
Una nota periodÃstica puede ser hoy el producto de una industria cultural antes que una forma de examen y escritura sobre un acontecimiento o un concepto. Un texto, sometido a la fábrica de informaciones, está regulado ya por tantas maniobras externas a él que el insumo que aporta el periodista –el primer operario del texto– queda sometido a toda clase de máquinas semiológicas adicionales. Existe infinidad de acciones de nombre eufemÃstico: subtitulados, volantas, tÃtulos gancho, pautas, encuadres, montajes, ediciones, fragmentaciones, manuales de estilo, mutilaciones subrepticias, al punto que el significado originario ya ingresa a otro orden cifrado de relaciones. Para entenderlas hay que escalar hacia una remota (y sigilosa) agencia central de creación de sentido, que a la materia prima inicial le acrecienta un “design†que la transmuta. Comprender lo que hoy llamamos periodismo (en todas su variantes: de investigación, de opinión, de sÃmbolos de captura de locuciones) exige interpretar los homólogos, procedimiento de composición de las finanzas, que trabajan ya no con la moneda real sino con el tiempo, los conceptos jurÃdicos y la teorÃa de la información, que no sólo anula el valor de uso, sino que al propio valor de cambio lo convierte en una arcaica abstracción. Las imágenes, a su vez, aparecen procesadas en lÃneas de montaje tomadas del viejo fordismo o de las ruedas a cremallera de una ensambladura final a la manera de las maquiladoras. También se las llama campechanamente “operacionesâ€. Debido a esto, la profesión periodÃstica –en peligro hoy– debe entenderse genuinamente como grandes actos de resistencia en torno del procesamiento industrial del texto. Debe entenderse, en suma, como una crÃtica al acto de abrir las compuertas del exabrupto infamante y anónimo, so capa de “voz ciudadana y ágora popularâ€. En verdad, este proceder desbarata la opinión social como tejido moral de la democracia. (Esto, también para usted: ¿qué opina, Fernández?)
4 Cuestión nacional
(Esto para mÃ.) La cuestión nacional es una vieja denominación, en las izquierdas y en los nacionalismos populares, que supone a la nación como sujeto de la historia. Producto intenso del mundo moderno, la nación es sitiada y reconfigurada por identidades premodernas de Ãndole étnica, religiosa, comunitaria, futbolÃstica o teológica. De tal modo, ahora la cuestión nacional debe definirse como un sÃntoma del mundo moderno pero también de la reapropiación de pulsiones arcaicas. El debate historiográfico debe adquirir entonces nuevas determinaciones, que permitan analizar las guerras religioso-económicas (petróleo más teologÃa integrista) y nos lleve a nuevas teorÃas conducidas con extremo cuidado. Doy el ejemplo de las interesantes especulaciones del austro-marxista Otto Bauer, aunque luego sometidas a la inconveniente interpretación de un Primo de Rivera; asà como otro ejemplo contrapuesto lo encontramos en nuestro paÃs: en el ensayo de escritura de Cooke. No lo cito por costumbrismo. Sus tesis de época cesaron, pero se puede pronunciar su nombre como un gran proyecto de textualidad basado en la capacidad de la metáfora para definir coyunturas históricas. Esto llevarÃa a promover un autonomismo económico con simbologÃas del no-capitalismo y del no-desarrollismo, sino más bien como idea de un despliegue humanista y social, pues un “proyecto nacional†es menos un nombre pleno que una esperanza futura de nombre. Las fuerzas productivas, con todo, son materiales, discursivas, simbólicas, económicas e inmateriales. Redefinir entonces el concepto mismo de producción. Esto sirve tanto para plantarse con dignidad frente a los fondos buitre, como para pensar frentes sociales con gran capacidad de anexión temática, como los que provienen de la crÃtica meditada al absolutismo extractivista, a la cultura de la sojización autoritaria y de otro trato con los tesoros de la naturaleza historizada. Nuevas teorÃas polÃticas se necesitan (esto para González, ya dije, no para Fernández; pero usted, mi amigo, también escúchelo).
5 Corrupción
Este concepto tiene su máxima gloria en su imprecisión. Su plasticidad infinita, su carácter absolutamente movedizo, es capaz de definir tanto una idea de la naturaleza humana, del Estado, de la historia atemporal, del sujeto público, de la estructura de sospecha que ahora es consustancial a la percudida idea de “polisâ€, del papel de las “Cortes Supremas como último resguardo de la virtudâ€, de la avalancha de moralismos superficiales muy alejados de la compleja eticidad del ser polÃtico, de la introducción del miedo como tejido final de la conciencia pública, de una idea de la pureza y el escándalo que hacen del sujeto polÃtico un espectral despachante de castidad. La fuerza del concepto de corrupción es su atemporalidad, y acaso lo polÃtico, en ciertos casos, se define como un proyecto de llegar a la aplicación de ese concepto total a toda una época. Porque en todas las épocas es la contrafigura fantasmal de cualquier acto de gobierno. A veces se logra esta aplicación, pero siempre ella es previa a la verosimilitud que la abrigue en algún caso concreto. La Biblia, Maquiavelo, El 18 Brumario de Marx, La teorÃa de los sentimiento morales de Adam Smith (“todo gobierno no es sino un remedio imperfecto a la falta de virtudesâ€), Los siete locos de Arlt, la pelÃcula Coronel Redl (una gran obra de teatro de John Osborne filmada por Ivan Szabó; otra vez el Imperio Austrohúngaro), todas son infinitas variaciones sobre las escurridizas acepciones del concepto. Emile Zola escribió una sola vez el Yo acuso. Eran varias páginas del periódico La Aurora, destinadas al presidente de Francia (de aquella época). Muchas décadas después, se escribe todos los dÃas un “yo acusoâ€, vulgarizado por especialistas que pululan realizando sombrÃas investigaciones, y sustituyendo con las tecnologÃas de los servicios de informaciones el oficio calificado del gran escritor de denuncias. Un gran texto porta su propia credibilidad, inherente solamente a él y sólo basada en él. La lucha contra la corrupción (lo digo por partida doble, a Fernández DÃaz y a los dÃas de González) se hace sospechosamente sencilla por la imprecisión del concepto, pero se convierte en verdadera cuando se la define en su historia, modo de producción y alcances existenciales (o de estilos dominantes) en el seno de los poderes mundiales del capitalismo, esto es, del aparato de circulación clandestino, paralelo o pseudojurÃdico de la producción especulativa de coacciones financieras. Amigo Fernández DÃaz: ¿nos tomamos otro café y le paso el manual del pequeño ahorrista? Asà evitamos tanto derroche de infalibilidad inmaculada, carente de la exhortación sutil que proviene de la reflexión cautelosa y justa.
* Ahorrista.
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