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A fondo
Los dos niños que fallecieron en el incendio de Flores vivÃan en el sótano del taller clandestino; una historia que refleja una realidad que crece en las sombras; cómo fueron sus últimas horas
TenÃan nombre y apellido. Los dos chicos que murieron hace once dÃas en un taller clandestino se llamaban Rodrigo Menchaca, de 10 años, y Rolando Mur Menchaca, de 6. VivÃan en el sótano de Páez 2796, en el fondo de ese taller que habÃa sido denunciado por los vecinos en septiembre último. Vivieron allà durante todo el último año.
Su historia es la de cientos de niños que viven en esta ciudad y que crecen en las sombras. Que nacen libres y que mueren esclavos.
Rodrigo y Rolando iban a la escuela N° 4 Provincia de La Pampa, en el turno mañana. Por la tarde, tenÃan algunas tareas en el taller, según dicen los vecinos, que prefirieron el anonimato, como cortar hilos, pegar botones de los buzos o apilar los jeans que se producÃan a puertas cerradas. Nadie debÃa verlos trabajar. Ni a ellos ni a las otras personas que pasaban larguÃsimas jornadas sobre esas máquinas de coser. El dÃa de trabajo en el taller era de ocho de la mañana a diez de la noche. Quienes gerenciaban el taller habÃan tapado las ventanas y puertas con ladrillos y clausurado las salidas. Sólo una puerta daba a la calle y ellos tenÃan la llave.
La mañana en que murieron Rodrigo y Rolando, los bomberos debieron demoler con una maza la pared de ladrillo que tapiaba la abertura que llevaba aire al sótano. La otra boca de respiración también estaba tapada con una pared. Tras los ladrillos encontraron una persiana. Tras la persiana una reja y por último una puerta con sus cerraduras soldadas. Por esa razón, cuando comenzó el fuego en el sótano, los niños no tuvieron escapatoria. La escalera era la única entrada de oxÃgeno y ardÃa.
Hasta anteayer, antes del segundo incendio que se sospecha que fue intencional, en la planta alta del taller, una montaña de buzos color bordó se habÃa salvado del fuego. Mezclados entre la ropa para coser permanecÃan los juguetes que los niños solÃan llevar al taller cuando les tocaba hacer su parte. En una foto que tomó después del incendio Lucas Manjón, miembro de La Alameda -la ONG que denunció ante la Justicia hace ocho meses que allà funcionaba un taller clandestino- se ve un dinosaurio morado y una lunchera amarilla abandonados entre la ropa a mitad de hacer. Los juguetes dan cuenta de que la presencia de chicos en el taller no era infrecuente. Algunos vecinos indicaron que los niños hacÃan tareas menores en el taller, aunque Esteban Mur, el padre de los menores, que ayer apareció en los medios por primera vez, dijo que no era cierto.
Mezclados entre la ropa para coser permanecÃan los juguetes que los niños solÃan llevar al taller cuando les tocaba hacer su parte
La familia habÃa llegado al barrio de Flores hace seis años, desde Bolivia. Rodrigo, que es hijo de Corina, tenÃa cuatro años. Al poco tiempo nació Rolando, el hijo de los dos. «Vinimos a trabajar a Flores porque nos quedaba cerca de la escuela de los chicos», contó a la agencia Télam Mur, el papá de los niños, que ayer participó de una marcha de la CTA en el centro porteño, para pedir la renuncia de un funcionario porteño por el incendio.
Desde que llegaron al barrio, en 2009, los papás trabajaron en un taller que estaba a media cuadra de Páez y Terrada. Trabajaban unas catorce horas diarias y obtenÃan un salario que rondaba los 4000 pesos. No tenÃan documentos argentinos y eso les dificultaba conseguir un mejor empleo. En Bolivia, Esteban trabajaba en un taller de electrónica. Pero lo que ganaba a veces no llegaba a ser unos 50 dólares. Y no les alcanzaba para vivir. Entonces, escuchó por la radio un anuncio en el que se promocionaba trabajo en la Argentina, con casa, comida y posibilidad de enviar dinero al paÃs de origen. Pero al llegar se encontró con otra realidad.
Corina, su mujer, también trabajaba en el taller. HabÃa aprendido a manejar una máquina especial. Pero con las largas jornadas se lastimó la vista y ya no pudo seguir. Tiempo después nacieron otros dos hijos, un niño y una niña que hoy tienen dos y tres años.
Luego de la tragedia, en el barrio, los vecinos son esquivos para contar cómo eran los niños que murieron. Algunos dicen que no los conocÃan, que jamás los habÃan visto. Otros, incluso los que pertenecen a la comunidad boliviana, se muestran renuentes a hablar, por miedo a no saber quién es quién en esa compleja trama de impunidad y esclavitud, en una tragedia que parece haberse politizado.
Luego de la tragedia, en el barrio, los vecinos son esquivos para contar cómo eran los niños que murieron
«Es indignante que el gobierno de la ciudad no inspeccione y permita la explotación de inmigrantes», dijo el padre de los chicos.
Crecimiento
Desde hace una semana, la esquina del taller se convirtió en un santuario. Tras la misa que se celebró a cuatro dÃas del incendio, la gente pasa y deja velas debajo de un mural que hicieron los vecinos y que retrata a un niño con alas, bajo dos leyendas «Ni un pibe menos» y «Basta de trabajo esclavo».
En la última década, los talleres clandestinos se multiplicaron en el barrio de Flores. Los vecinos cuentan que saben que están allà porque ven que entra y sale gente con mercaderÃa o porque dejan bolsas con retazos en la puerta. Pero que durante la semana, a los costureros no se los ve. Como si fueran fantasmas.
Trabajan a puertas cerradas y tienen turnos de 14 o 16 horas. Viven allÃ, comen allÃ, duermen allÃ. En algunos casos, como en un video que filmó La Alameda en otro taller, los niños son obligados a dormir en piezas enanas, de sólo un metro de alto. Los domingos son el único dÃa en que los costureros suelen salir a la calle y son vistos por el barrio. Emprenden el camino hacia el Bajo Flores o a los parques de Villa Soldati para volver al anochecer.
Trabajan a puertas cerradas y tienen turnos de 14 o 16 horas. Viven allÃ, comen allÃ, duermen allÃ
«Â¿Por qué son esclavos? La Organización Internacional del Trabajo define que una jornada laboral de más de doce horas es reducción a servidumbre. En estos casos, tenemos jornadas de 14 y 16 horas, en donde se les retiene el documento de identidad, se les paga parte del salario con cama y comida y se los hace vivir en el mismo lugar de trabajo. Los chicos que viven en estos talleres también son obligados a trabajar, algo que está completamente prohibido por la ley», explica Gustavo Vera, director de La Alameda.
Ése fue un domingo atÃpico, por las elecciones en la ciudad. Rodrigo se pasó la tarde jugando a la pelota en la Plaza del Periodista, que está en diagonal a esa vieja casona en la que funcionaba el taller.
Rodrigo y Rolando no vivÃan con sus padres, sino con Amparo y VÃctor, que eran sus tÃos y que, según contaron los vecinos, tenÃan a cargo el taller de costura.
Rolando, con 6 años, iba a salita roja de la escuela N° 4 Provincia de La Pampa. Rodrigo estaba en quinto grado del turno mañana, en un aula amplia y vidriada que mira hacia la calle Caracas. Amaba su colegio. Se llevaba bien con sus compañeros. Tanto que hace poco más de un año, cuando los padres se mudaron a Villa Celina para trabajar en otro taller de costura, Rodrigo se les plantó. Les dijo que él no se iba. Lloró, pataleó. Les rogó que se quedaran o, aunque sea, que a él lo dejaran viviendo con sus tÃos. Los padres accedieron. Él y Rolando se quedarÃan hasta terminar séptimo grado. Asà fue como los niños se instalaron a vivir en el oscuro sótano de la casa de Páez y Terrada.
Casi siempre se quedaban dormidos para ir al colegio. Una vecina que lleva sus hijas a la misma escuela pasaba todas las mañanas por la puerta y llamaba. Como las ventanas están tapiadas, con frecuencia no la oÃan. Ella sabÃa que los chicos dormÃan en el sótano, entonces insistÃa hasta que ladrara Pipa, la perrita de Rodrigo que dormÃa a los pies de la cama. Entonces, se despertaban y se preparaban lo más rápido que podÃan para no llegar tarde.
La última mañana
La mañana en la que empezó el fuego, sólo Rodrigo se habÃa despertado. No habÃa clases, porque en la escuela habÃa una jornada de limpieza luego de las elecciones. La noche anterior, se habÃan quedado a jugar hasta última hora en la plaza. Allà habÃan aventurado con sus amigos resultados para el próximo superclásico. Rodrigo era fanático de River y sus amigos, los hijos de Irma Castillo, de Boca.
Los tÃos de los chicos se quedaron despiertos hasta tarde. A la mañana siguiente, una vecina cuenta que vio al tÃo sentado en la vereda. «Adiós, paisa. ¿A dónde vas tan temprano si no hay clases?», le gritó el hombre.
«Voy a comprarme mi pancito», respondió la vecina. Cuando volvió con la bolsita de las compras, vio que la pareja estaba afuera, en la vereda y que se disponÃa a entrar al taller.
La vecina no sabe cuánto tiempo pasó. Calcula que fueron apenas unos minutos hasta que oyó los primeros gritos. «Hay llamas en la esquina», le advirtieron.
Corrió y se encontró con que los tÃos gritaban y se agarraban la cabeza, aturdidos, atontados y sin saber qué hacer. Los otros vecinos ya habÃan llamado a la policÃa y a los bomberos.
Por la escalera que baja al sótano subÃan las llamaradas y los gritos de Rodrigo. A Rolando no se lo escuchaba, por lo que todos creen que cuando lo alcanzó el incendio todavÃa estaba dormido.
A Rolando no se lo escuchaba, por lo que todos creen que cuando lo alcanzó el incendio todavÃa estaba dormido.
«TÃa, ayudame. Por favor, ayudame», vociferaba Rodrigo.
La vecina que acababa de llegar, que pidió no ser identificada, porque también trabaja en un taller textil, no encontró cómo llegar hasta él. Aturdida por el humo y los gritos, intentó adentrarse por la escalera, pero era tarde. Ya no habÃa cómo.
Desde el fondo de ese taller esclavo que se habÃa convertido en un infierno, Rodrigo desesperaba. Rolando dormÃa.
El niño clamó dos veces más, con la voz ronca, naufragando en la desesperanza. «Â¡Ayúdenme!», el grito sagrado de la desesperación.
El calor que subÃa de esa hoguera en la que ardÃan rollos de tela, prendas, máquinas y colchones no dejaba pensar. Las largas lenguas de fuego abrÃan las fauces de ese dragón que era el sótano y que intentaba tragarse todo lo que habÃa en la superficie.
Los tÃos explicaban que a la noche se habÃa cortado la luz, que habÃan usado velas. Sin embargo, los investigadores policiales oyeron versiones de vecinos que indican que hubo una explosión previa, aunque todavÃa no se ha determinado fehacientemente cómo se inició el fuego.
«Rodrigo gritó otra vez y después se calló. No lo oÃmos más», cuenta la vecina, con los ojos enrojecidos. Desde aquel dÃa, la mujer no pudo volver a dormir. Cada vez que cierra los ojos siente el llamado desesperado de Rodrigo en su cabeza.
El sonido ensordecedor de las llamas prenunció el final.
Cuando llegaron los bomberos, confirmaron lo que todos temÃan. Los niños que durante años vivieron en las sombras habÃan muerto en medio del fuego.
Las llamas no los alcanzaron. En cambio fue el humo negro el que les quitó el aire y los llevó hasta su muerte.
Cansado de gritar, Rodrigo volvió a la cama donde dormÃa Rolando a esperar el fin. Los bomberos los encontraron allÃ, abrazados. Pipa, perra fiel, murió acurrucada a los pies de la cama.
Cansado de gritar, Rodrigo volvió a la cama donde dormÃa Rolando a esperar el fin
Los tÃos debieron ser atendidos en el hospital Ãlvarez, con algunas quemaduras y por haber aspirado el monóxido de carbono. Pocas horas más tarde fueron dados de alta.
Una semana después, en la zona, los vecinos dicen que no los han vuelto a ver. Los maestros de la escuela que participaron de la misa hace una semana no quisieron hablar de sus alumnos con la nacion. Pocos dÃas después, una vecina, que en la misa habÃa denunciado que los padres de los niños estaban desaparecidos, dijo que la pareja habÃa sido encontrada. Que hubo una reunión en la villa del Bajo Flores, en la que un lÃder boliviano explicó los pasos a seguir. «Nosotros no somos esclavos. Queremos que nos dejen trabajar en paz», apuntó la mujer..
A fondo
Los dos niños que fallecieron en el incendio de Flores vivÃan en el sótano del taller clandestino; una historia que refleja una realidad que crece en las sombras; cómo fueron sus últimas horas
TenÃan nombre y apellido. Los dos chicos que murieron hace once dÃas en un taller clandestino se llamaban Rodrigo Menchaca, de 10 años, y Rolando Mur Menchaca, de 6. VivÃan en el sótano de Páez 2796, en el fondo de ese taller que habÃa sido denunciado por los vecinos en septiembre último. Vivieron allà durante todo el último año.
Su historia es la de cientos de niños que viven en esta ciudad y que crecen en las sombras. Que nacen libres y que mueren esclavos.
Rodrigo y Rolando iban a la escuela N° 4 Provincia de La Pampa, en el turno mañana. Por la tarde, tenÃan algunas tareas en el taller, según dicen los vecinos, que prefirieron el anonimato, como cortar hilos, pegar botones de los buzos o apilar los jeans que se producÃan a puertas cerradas. Nadie debÃa verlos trabajar. Ni a ellos ni a las otras personas que pasaban larguÃsimas jornadas sobre esas máquinas de coser. El dÃa de trabajo en el taller era de ocho de la mañana a diez de la noche. Quienes gerenciaban el taller habÃan tapado las ventanas y puertas con ladrillos y clausurado las salidas. Sólo una puerta daba a la calle y ellos tenÃan la llave.
La mañana en que murieron Rodrigo y Rolando, los bomberos debieron demoler con una maza la pared de ladrillo que tapiaba la abertura que llevaba aire al sótano. La otra boca de respiración también estaba tapada con una pared. Tras los ladrillos encontraron una persiana. Tras la persiana una reja y por último una puerta con sus cerraduras soldadas. Por esa razón, cuando comenzó el fuego en el sótano, los niños no tuvieron escapatoria. La escalera era la única entrada de oxÃgeno y ardÃa.
Hasta anteayer, antes del segundo incendio que se sospecha que fue intencional, en la planta alta del taller, una montaña de buzos color bordó se habÃa salvado del fuego. Mezclados entre la ropa para coser permanecÃan los juguetes que los niños solÃan llevar al taller cuando les tocaba hacer su parte. En una foto que tomó después del incendio Lucas Manjón, miembro de La Alameda -la ONG que denunció ante la Justicia hace ocho meses que allà funcionaba un taller clandestino- se ve un dinosaurio morado y una lunchera amarilla abandonados entre la ropa a mitad de hacer. Los juguetes dan cuenta de que la presencia de chicos en el taller no era infrecuente. Algunos vecinos indicaron que los niños hacÃan tareas menores en el taller, aunque Esteban Mur, el padre de los menores, que ayer apareció en los medios por primera vez, dijo que no era cierto.
Mezclados entre la ropa para coser permanecÃan los juguetes que los niños solÃan llevar al taller cuando les tocaba hacer su parte
La familia habÃa llegado al barrio de Flores hace seis años, desde Bolivia. Rodrigo, que es hijo de Corina, tenÃa cuatro años. Al poco tiempo nació Rolando, el hijo de los dos. «Vinimos a trabajar a Flores porque nos quedaba cerca de la escuela de los chicos», contó a la agencia Télam Mur, el papá de los niños, que ayer participó de una marcha de la CTA en el centro porteño, para pedir la renuncia de un funcionario porteño por el incendio.
Desde que llegaron al barrio, en 2009, los papás trabajaron en un taller que estaba a media cuadra de Páez y Terrada. Trabajaban unas catorce horas diarias y obtenÃan un salario que rondaba los 4000 pesos. No tenÃan documentos argentinos y eso les dificultaba conseguir un mejor empleo. En Bolivia, Esteban trabajaba en un taller de electrónica. Pero lo que ganaba a veces no llegaba a ser unos 50 dólares. Y no les alcanzaba para vivir. Entonces, escuchó por la radio un anuncio en el que se promocionaba trabajo en la Argentina, con casa, comida y posibilidad de enviar dinero al paÃs de origen. Pero al llegar se encontró con otra realidad.
Corina, su mujer, también trabajaba en el taller. HabÃa aprendido a manejar una máquina especial. Pero con las largas jornadas se lastimó la vista y ya no pudo seguir. Tiempo después nacieron otros dos hijos, un niño y una niña que hoy tienen dos y tres años.
Luego de la tragedia, en el barrio, los vecinos son esquivos para contar cómo eran los niños que murieron. Algunos dicen que no los conocÃan, que jamás los habÃan visto. Otros, incluso los que pertenecen a la comunidad boliviana, se muestran renuentes a hablar, por miedo a no saber quién es quién en esa compleja trama de impunidad y esclavitud, en una tragedia que parece haberse politizado.
Luego de la tragedia, en el barrio, los vecinos son esquivos para contar cómo eran los niños que murieron
«Es indignante que el gobierno de la ciudad no inspeccione y permita la explotación de inmigrantes», dijo el padre de los chicos.
Crecimiento
Desde hace una semana, la esquina del taller se convirtió en un santuario. Tras la misa que se celebró a cuatro dÃas del incendio, la gente pasa y deja velas debajo de un mural que hicieron los vecinos y que retrata a un niño con alas, bajo dos leyendas «Ni un pibe menos» y «Basta de trabajo esclavo».
En la última década, los talleres clandestinos se multiplicaron en el barrio de Flores. Los vecinos cuentan que saben que están allà porque ven que entra y sale gente con mercaderÃa o porque dejan bolsas con retazos en la puerta. Pero que durante la semana, a los costureros no se los ve. Como si fueran fantasmas.
Trabajan a puertas cerradas y tienen turnos de 14 o 16 horas. Viven allÃ, comen allÃ, duermen allÃ. En algunos casos, como en un video que filmó La Alameda en otro taller, los niños son obligados a dormir en piezas enanas, de sólo un metro de alto. Los domingos son el único dÃa en que los costureros suelen salir a la calle y son vistos por el barrio. Emprenden el camino hacia el Bajo Flores o a los parques de Villa Soldati para volver al anochecer.
Trabajan a puertas cerradas y tienen turnos de 14 o 16 horas. Viven allÃ, comen allÃ, duermen allÃ
«Â¿Por qué son esclavos? La Organización Internacional del Trabajo define que una jornada laboral de más de doce horas es reducción a servidumbre. En estos casos, tenemos jornadas de 14 y 16 horas, en donde se les retiene el documento de identidad, se les paga parte del salario con cama y comida y se los hace vivir en el mismo lugar de trabajo. Los chicos que viven en estos talleres también son obligados a trabajar, algo que está completamente prohibido por la ley», explica Gustavo Vera, director de La Alameda.
Ése fue un domingo atÃpico, por las elecciones en la ciudad. Rodrigo se pasó la tarde jugando a la pelota en la Plaza del Periodista, que está en diagonal a esa vieja casona en la que funcionaba el taller.
Rodrigo y Rolando no vivÃan con sus padres, sino con Amparo y VÃctor, que eran sus tÃos y que, según contaron los vecinos, tenÃan a cargo el taller de costura.
Rolando, con 6 años, iba a salita roja de la escuela N° 4 Provincia de La Pampa. Rodrigo estaba en quinto grado del turno mañana, en un aula amplia y vidriada que mira hacia la calle Caracas. Amaba su colegio. Se llevaba bien con sus compañeros. Tanto que hace poco más de un año, cuando los padres se mudaron a Villa Celina para trabajar en otro taller de costura, Rodrigo se les plantó. Les dijo que él no se iba. Lloró, pataleó. Les rogó que se quedaran o, aunque sea, que a él lo dejaran viviendo con sus tÃos. Los padres accedieron. Él y Rolando se quedarÃan hasta terminar séptimo grado. Asà fue como los niños se instalaron a vivir en el oscuro sótano de la casa de Páez y Terrada.
Casi siempre se quedaban dormidos para ir al colegio. Una vecina que lleva sus hijas a la misma escuela pasaba todas las mañanas por la puerta y llamaba. Como las ventanas están tapiadas, con frecuencia no la oÃan. Ella sabÃa que los chicos dormÃan en el sótano, entonces insistÃa hasta que ladrara Pipa, la perrita de Rodrigo que dormÃa a los pies de la cama. Entonces, se despertaban y se preparaban lo más rápido que podÃan para no llegar tarde.
La última mañana
La mañana en la que empezó el fuego, sólo Rodrigo se habÃa despertado. No habÃa clases, porque en la escuela habÃa una jornada de limpieza luego de las elecciones. La noche anterior, se habÃan quedado a jugar hasta última hora en la plaza. Allà habÃan aventurado con sus amigos resultados para el próximo superclásico. Rodrigo era fanático de River y sus amigos, los hijos de Irma Castillo, de Boca.
Los tÃos de los chicos se quedaron despiertos hasta tarde. A la mañana siguiente, una vecina cuenta que vio al tÃo sentado en la vereda. «Adiós, paisa. ¿A dónde vas tan temprano si no hay clases?», le gritó el hombre.
«Voy a comprarme mi pancito», respondió la vecina. Cuando volvió con la bolsita de las compras, vio que la pareja estaba afuera, en la vereda y que se disponÃa a entrar al taller.
La vecina no sabe cuánto tiempo pasó. Calcula que fueron apenas unos minutos hasta que oyó los primeros gritos. «Hay llamas en la esquina», le advirtieron.
Corrió y se encontró con que los tÃos gritaban y se agarraban la cabeza, aturdidos, atontados y sin saber qué hacer. Los otros vecinos ya habÃan llamado a la policÃa y a los bomberos.
Por la escalera que baja al sótano subÃan las llamaradas y los gritos de Rodrigo. A Rolando no se lo escuchaba, por lo que todos creen que cuando lo alcanzó el incendio todavÃa estaba dormido.
A Rolando no se lo escuchaba, por lo que todos creen que cuando lo alcanzó el incendio todavÃa estaba dormido.
«TÃa, ayudame. Por favor, ayudame», vociferaba Rodrigo.
La vecina que acababa de llegar, que pidió no ser identificada, porque también trabaja en un taller textil, no encontró cómo llegar hasta él. Aturdida por el humo y los gritos, intentó adentrarse por la escalera, pero era tarde. Ya no habÃa cómo.
Desde el fondo de ese taller esclavo que se habÃa convertido en un infierno, Rodrigo desesperaba. Rolando dormÃa.
El niño clamó dos veces más, con la voz ronca, naufragando en la desesperanza. «Â¡Ayúdenme!», el grito sagrado de la desesperación.
El calor que subÃa de esa hoguera en la que ardÃan rollos de tela, prendas, máquinas y colchones no dejaba pensar. Las largas lenguas de fuego abrÃan las fauces de ese dragón que era el sótano y que intentaba tragarse todo lo que habÃa en la superficie.
Los tÃos explicaban que a la noche se habÃa cortado la luz, que habÃan usado velas. Sin embargo, los investigadores policiales oyeron versiones de vecinos que indican que hubo una explosión previa, aunque todavÃa no se ha determinado fehacientemente cómo se inició el fuego.
«Rodrigo gritó otra vez y después se calló. No lo oÃmos más», cuenta la vecina, con los ojos enrojecidos. Desde aquel dÃa, la mujer no pudo volver a dormir. Cada vez que cierra los ojos siente el llamado desesperado de Rodrigo en su cabeza.
El sonido ensordecedor de las llamas prenunció el final.
Cuando llegaron los bomberos, confirmaron lo que todos temÃan. Los niños que durante años vivieron en las sombras habÃan muerto en medio del fuego.
Las llamas no los alcanzaron. En cambio fue el humo negro el que les quitó el aire y los llevó hasta su muerte.
Cansado de gritar, Rodrigo volvió a la cama donde dormÃa Rolando a esperar el fin. Los bomberos los encontraron allÃ, abrazados. Pipa, perra fiel, murió acurrucada a los pies de la cama.
Cansado de gritar, Rodrigo volvió a la cama donde dormÃa Rolando a esperar el fin
Los tÃos debieron ser atendidos en el hospital Ãlvarez, con algunas quemaduras y por haber aspirado el monóxido de carbono. Pocas horas más tarde fueron dados de alta.
Una semana después, en la zona, los vecinos dicen que no los han vuelto a ver. Los maestros de la escuela que participaron de la misa hace una semana no quisieron hablar de sus alumnos con la nacion. Pocos dÃas después, una vecina, que en la misa habÃa denunciado que los padres de los niños estaban desaparecidos, dijo que la pareja habÃa sido encontrada. Que hubo una reunión en la villa del Bajo Flores, en la que un lÃder boliviano explicó los pasos a seguir. «Nosotros no somos esclavos. Queremos que nos dejen trabajar en paz», apuntó la mujer..
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