No existe una oposición

Algunos creen que terminó el kirchnerismo, que la Presidenta está destruida, que empieza una nueva etapa de la historia y que la “oposición”, incluyendo a los candidatos populistas, debe unificarse. Querrían que todos firmaran documentos, tomando como modelo el Pacto por México o el Pacto de la Moncloa. No están muy informados.
Enrique Peña Nieto propuso una reforma a la ley energética que contradecía un principio sagrado para el PRI: la estatización del petróleo. Era obvio que el PAN apoyaría la tesis que había mantenido siempre, pero en México el presidente no puede ordenar a su partido que apoye cualquier cosa. Para que el PRI aceptara la reforma, fue necesario decir que la izquierda estaba de acuerdo y que la burocracia del PRD firmara un convenio que no contó con el acuerdo de sus dirigentes históricos: Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Marcelo Ebrard. Fue sólo una hábil maniobra legislativa.
Desgraciadamente, hay poco diálogo entre los partidos mexicanos y Peña Nieto tiene las cifras de aceptación más bajas desde que se amplió la democracia, en 2000. Este juego parlamentario efímero no puede ser el modelo que solucione los problemas de la Argentina.
Los Pactos de la Moncloa fueron suscriptos por partidos, sindicatos, organizaciones empresariales y de todo tipo, cuando terminó un período brutal de la historia española, que costó más de un millón de muertos y una dictadura de 36 años. Son los documentos fundacionales de la democracia ibérica, nacidos en una circunstancia histórica especial, no comparable con lo que vive la Argentina, en donde termina otro gobierno populista, como los muchos que tuvo a lo largo de setenta años, con la crisis económica habitual de este esquema.
Los partidarios de la “década ganada” se dividen entre los que prefieren uno u otro período, pero en definitiva se trata de matices de un modelo que ha perdurado mucho tiempo. La Presidenta no es tan impopular como querrían sus enemigos: sus cifras son mejores que las del presidente mexicano, el peruano o el paraguayo, para mencionar sólo países con economías exitosas. Probablemente pasará a la segunda vuelta uno de sus ex colaboradores, rodeado de algunos compañeros de gabinete. Ambos fueron funcionarios importantes del kirchnerismo, acompañaron a Néstor Kirchner como candidatos testimoniales en 2009, apoyaron la Resolución 125 y tienen tantas coincidencias que llenarían esta página. Nada de eso es malo. Objetivamente, nacieron en una misma matriz política: un populismo que durante décadas ha tenido el apoyo de gran parte de la población.
Más allá de los méritos de estos dos dirigentes y la legitimidad de su ideología, hay millones de argentinos que quieren cambiar las cosas en serio. No vivieron la Guerra Fría, muchos eran niños o no habían nacido cuando volvió Perón al poder, y no entienden por qué un país con tantas riquezas naturales y humanas está condenado a sufrir las crisis cíclicas del populismo. Quieren construir una alternativa que mire hacia el futuro, con líderes nuevos que trabajen por un país con menos restricciones y más instituciones, en el que todos puedan desarrollar sus iniciativas, vivir mejor y expresarse con libertad. No quieren milagros: es lo que existe en la mayoría de países de Occidente, que avanzan empujados por el desarrollo tecnológico que está llevando a la humanidad a una etapa superior. Usan obsesivamente sus iPods, sus computadoras o sus teléfonos para oír música, informarse y divertirse, no para escuchar marchas políticas o discursos. Aman la vida más que las estatuas.
Los países latinoamericanos que involucionaron resucitando ideologías autoritarias del pasado tienen que ponerse a tono con el siglo XXI. Para eso se necesitará gente honesta, con una mente libre, experimentada, como la que existe en todos los partidos. Por el momento, quienes construyen algo nuevo tienen derecho a fortalecer su identidad, sin necesidad de viajar a la Moncloa, ni de firmar compromisos con lo que fue.
*Profesor de la George Washington University.

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