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MUSICA › CHARLY GARCIA Y LINEAS PARALELAS
El show del cantante, músico y compositor en el máximo coliseo porteño no respondió a la dinámica de un simple recital sino a la de un espectáculo guiado por un concepto a modo de hilo conductor.
Por Joaquín Vismara
“Borom bom bom, borom bom bom, esta es la banda de Say No More.” A minutos de que comience el primero de los shows de Charly García en el Teatro Colón, el cántico brota desde la tertulia en sentido descendente y logra contagiar el entusiasmo a la platea. La escena no causa mucha gracia a los acomodadores, que se apresuran a ubicar a los espectadores en sus asientos. Todavía no sonó ni una nota y no hay nadie en escena, pero el autor de “Demoliendo hoteles” ya logró su primer cometido de la noche: quebrar con la rigidez del evento.
El arribo de García a este recinto histórico no es fortuito, sino que es el resultado de un proceso paulatino que comenzó con su show en Vélez Sarsfield en 2009. En todo ese tiempo, Charly recuperó todo lo que pudo de su talento, y también aprendió a encontrarles la vuelta a las cosas que difícilmente alcancen la altura de su pasado más glorioso. Por eso, cada instancia a la que arriba debe entenderse como la versión superadora de la anterior, por más que las cosas ya no vuelvan a ser como antes.
Su show en el Colón no responde a la dinámica de un simple recital sino a la de un espectáculo guiado por un concepto a modo de hilo conductor. De esta manera, Líneas paralelas (artificio imposible) no sólo amplía la gama sonora del repertorio gracias a la incorporación del ensamble de cuerdas Kashmir sino, también, que se enriquece a través de una puesta escenográfica diseñada por Renata Schussheim e intervenciones actorales por parte de Jean-François Casanovas. La expectativa se tradujo en euforia: si bien los precios iban de los 200 a los 1800 pesos, las entradas para las dos fechas (repite el lunes 30) se agotaron con rapidez, y en sitios de reventa cotizaron alrededor de 600 euros.
“Dileando con un alma (que no puedo entender)” se convierte en el punto de partida, un cimbronazo rockero enérgico en donde The Prostitution, la banda de apoyo de Charly, domina la parada. Acto seguido se invierten los roles, y cellos y violines toman el protagonismo en “No te animás a despegar” y “Desarma y sangra”. La escena se mantiene igual durante “Rejas electrificadas” y “Tango en segunda”, hasta que “El amor espera” funciona como una inyección de adrenalina y los decibeles vuelven a subir. A medida que pasan los temas, García rompe de a poco la barrera con un público que no termina de entender las reglas del juego que impone el teatro. “Esta es una canción que le hice a un artefacto que en Europa no se encuentra mucho, pero acá sí”, dice para desacartonar el ambiente antes de “Promesas sobre el bidet”, en una emotiva versión, coronada por una inmensa bola de espejos que refracta luces de colores por toda la sala. A los pocos minutos, mientras la sección de cuerdas arremete con el instrumental “Monóculo fantástico”, de Pubis angelical, un certero “Se hunde el Titanic, chicos” termina por romper el hielo.
En el segundo acto, las piezas acabaron de ajustarse. “Yendo de la cama al living” ofreció un balance de fuerzas en el que Carlos García López y Kiuge Hayashida se trenzaron en un ida y vuelta de licks de guitarra, apoyados en un colchón de violines. Al tema siguiente, García pasó a un piano de cola para interpretar “20 trajes verdes”, al que abandonó sin terminarlo para buscar la sonrisa cómplice del público. El paso de comedia cedió frente a la emotividad cuando, instalado en un sillón de dos cuerpos en el otro extremo del escenario, Charly comandó una relectura de “Cuchillos” guiada por la voz de Mercedes Sosa desde una pista pregrabada. Su introducción a “Los dinosaurios” deslizó una metáfora dentro de otra. “Esta es una historia en la que el personaje gana. Con tiempo, pero gana”, dijo, y abrió el juego a nuevas interpretaciones aparte de la por todos conocida.
“Compuse esta canción cuando tenía 17. La melodía es más o menos y la letra es fea”, deslizó con una marcada ironía antes de que la banda entrara de lleno en “Eiti Leda”, de Seru Giran, en lo que fue la interpretación más festejada de la noche, con ovación de pie incluida. Para no dejar escapar el fervor, García se colgó su Gibson SG roja y, sin previo aviso, se zambulló en una interpretación rabiosa de “Fax U”. Con su estribillo transformado en un mantra distorsionado, Charly convirtió de un momento a otro el nombre del tema en “Fuck You”, para poder darse el gusto de ser el primer músico que pisa el Colón y alza sus manos con el dedo medio bien en alto.
Antes de partir, García llamó al escenario a Bernard Fowler, corista de The Rolling Stones. Acodado en el piano, prendió un cigarrillo (otro gesto más, y van…) y se despidió del Colón con “Happy and Real”, de Tango 4, con un clima casi cinematográfico. Una nueva ovación lo devolvió a las tablas para cerrar la velada con “Inconsciente colectivo”, que convirtió al teatro en un fogón masivo, con las luces de sala encendidas. Mientras sus músicos hacían su saludo final, Charly hizo mutis por el foro con cierta prisa, pero también con mayor seguridad que en tiempos pasados. En esta historia, el personaje también gana.

Acerca de Napule

es Antonio Cicioni, politólogo y agnotólogo, hincha de Platense y adicto en recuperación a la pizza porteña.

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