Qué querrán expresar, con su voto, los ciudadanos que, a nivel nacional, voten por el kirchnerismo? ¿Querrán decir que favorecen la Asignación Universal por Hijo? ¿Que no les interesan las acusaciones de corrupción que recaen sobre el Gobierno, mientras que el paÃs “crezcaâ€? ¿Que aprueban el Matrimonio Igualitario? ¿Que les complace que se decida todo (aún lo que la Constitución impide) a través de decretos de necesidad y urgencia? ¿Que rechazan esos decretos, pero que a pesar de ello reconocen progresos, en todos estos años, que quieren premiar? ¿Que la oposición es peor? ¿Que mejor siga todo como está, porque en tiempos de incertidumbre es preferible no cambiar nada? ¿Que hay que profundizar el modelo? ¿Que, por el contrario, hay que cambiarlo inmediatamente, pero que es mejor que ese cambio lo haga el propio gobierno? La lista de alternativas podrÃa seguir al infinito.
(El mismo ejercicio podrÃa repetirse, por supuesto, si no habláramos de quienes votan por el Gobierno, sino de quienes lo hacen por algunos de los partidos de la oposición.) Probablemente, muchos ciudadanos voten por una combinación de esas razones (digamos Matrimonio Universal, más Asignación Universal por Hijo, más creación de empleo); otros tantos soporten al oficialismo por razones entre sà opuestas (tal vez algunos valoren el “decisionismo†verticalista del Gobierno; mientras que otros vean, en algunos logros -como el aumento de los puestos de trabajo- una forma de democratizar a la sociedad); y otros más quieran dar un apoyo enfático a ciertas iniciativas, aunque querrÃan que se terminase, de una buena vez, con otras tantas (pongamos, la minerÃa contaminante; el maltrato a los grupos indÃgenas; las licitaciones resueltas de antemano; la manipulación de todas las cifras).
A pesar de todas estas variaciones, los resultados electorales terminarán, como siempre, por aplastar la diversidad de razones y preferencias existentes ; y le permitirán a los intérpretes del caso -especialmente a los más poderosos, polÃtica o económicamente hablando- reconstruir lo sucedido del modo en que deseen o que más les convenga. Algunos dirán, entonces: “a través de su mensaje en las urnas, el pueblo exigió ratificar (o cambiar) el rumbo económicoâ€. Otros más proclamarán, mientras tanto: “El pueblo, con su contundencia habitual, ha mostrado su absoluto apoyo (o enojo) en las urnasâ€. Y, lo peor de todo, muchos empezarán a darnos lecciones acerca de las virtudes y desgracias de la “argentinidad:†“Al pueblo argentino, finalmente, le gusta que lo maltratenâ€; “a los argentinos les encanta delegar autoridadâ€; “si los argentinos ven que la economÃa crece, luego aceptan cualquier cosaâ€.
El punto que quisiera presentar es sencillo: antes de que empiecen a aparecer estas habituales y manipuladoras interpretaciones “a posteriori,†cabrÃa dejar en claro que, si quienes están en el poder quieren saber, realmente, “qué es lo que quiere el pueblo argentino,†lo mejor serÃa que se lo preguntasen, en lugar de tratar de deducirlo de donde no pueden hacerlo.
Y que se lo preguntasen, sobre todo, por medios que le permitan a la ciudadanÃa expresar qué es lo que aprueba, y qué es lo que rechaza de lo que ya se ha hecho; qué polÃticas prefiere que continúen y cuáles repudia, y por qué razones; qué medidas querrÃa que se tomasen, y cuáles desearÃa que quedasen archivadas para siempre; a qué funcionarios sostiene y a cuáles no .
Todo este tipo de precisiones, en cambio, nunca podrán revelarse con un sistema plano, opaco, “chato,†de votación, que aparece cada cuatro años y que es “a todo o nada,†que nos impide a los ciudadanos premiar lo bueno a la vez que castigar lo malo. Más bien lo contrario: se nos obliga a votar a favor -y entonces parece que uno lo acepta todo- o en contra -y parece, entonces, que uno rechaza todo.
La democracia popular requiere de formas de control, diálogo y evaluación alternativas, más permanentes y más abiertas a reconocer los matices del pensamiento ciudadano. Al poder, sobre todo (pero también a muchos de sus analistas) el diálogo, el reproche, la crÃtica, parecen asustarle: se jactan de hablar en nombre del pueblo, sin jamás darle a ese mismo pueblo la oportunidad de hacer distinciones, de presentar réplicas, de exigir rectificaciones, de decir que no, definitivamente, frente a los particulares funcionarios o las particulares polÃticas que ya no tolera.
(El mismo ejercicio podrÃa repetirse, por supuesto, si no habláramos de quienes votan por el Gobierno, sino de quienes lo hacen por algunos de los partidos de la oposición.) Probablemente, muchos ciudadanos voten por una combinación de esas razones (digamos Matrimonio Universal, más Asignación Universal por Hijo, más creación de empleo); otros tantos soporten al oficialismo por razones entre sà opuestas (tal vez algunos valoren el “decisionismo†verticalista del Gobierno; mientras que otros vean, en algunos logros -como el aumento de los puestos de trabajo- una forma de democratizar a la sociedad); y otros más quieran dar un apoyo enfático a ciertas iniciativas, aunque querrÃan que se terminase, de una buena vez, con otras tantas (pongamos, la minerÃa contaminante; el maltrato a los grupos indÃgenas; las licitaciones resueltas de antemano; la manipulación de todas las cifras).
A pesar de todas estas variaciones, los resultados electorales terminarán, como siempre, por aplastar la diversidad de razones y preferencias existentes ; y le permitirán a los intérpretes del caso -especialmente a los más poderosos, polÃtica o económicamente hablando- reconstruir lo sucedido del modo en que deseen o que más les convenga. Algunos dirán, entonces: “a través de su mensaje en las urnas, el pueblo exigió ratificar (o cambiar) el rumbo económicoâ€. Otros más proclamarán, mientras tanto: “El pueblo, con su contundencia habitual, ha mostrado su absoluto apoyo (o enojo) en las urnasâ€. Y, lo peor de todo, muchos empezarán a darnos lecciones acerca de las virtudes y desgracias de la “argentinidad:†“Al pueblo argentino, finalmente, le gusta que lo maltratenâ€; “a los argentinos les encanta delegar autoridadâ€; “si los argentinos ven que la economÃa crece, luego aceptan cualquier cosaâ€.
El punto que quisiera presentar es sencillo: antes de que empiecen a aparecer estas habituales y manipuladoras interpretaciones “a posteriori,†cabrÃa dejar en claro que, si quienes están en el poder quieren saber, realmente, “qué es lo que quiere el pueblo argentino,†lo mejor serÃa que se lo preguntasen, en lugar de tratar de deducirlo de donde no pueden hacerlo.
Y que se lo preguntasen, sobre todo, por medios que le permitan a la ciudadanÃa expresar qué es lo que aprueba, y qué es lo que rechaza de lo que ya se ha hecho; qué polÃticas prefiere que continúen y cuáles repudia, y por qué razones; qué medidas querrÃa que se tomasen, y cuáles desearÃa que quedasen archivadas para siempre; a qué funcionarios sostiene y a cuáles no .
Todo este tipo de precisiones, en cambio, nunca podrán revelarse con un sistema plano, opaco, “chato,†de votación, que aparece cada cuatro años y que es “a todo o nada,†que nos impide a los ciudadanos premiar lo bueno a la vez que castigar lo malo. Más bien lo contrario: se nos obliga a votar a favor -y entonces parece que uno lo acepta todo- o en contra -y parece, entonces, que uno rechaza todo.
La democracia popular requiere de formas de control, diálogo y evaluación alternativas, más permanentes y más abiertas a reconocer los matices del pensamiento ciudadano. Al poder, sobre todo (pero también a muchos de sus analistas) el diálogo, el reproche, la crÃtica, parecen asustarle: se jactan de hablar en nombre del pueblo, sin jamás darle a ese mismo pueblo la oportunidad de hacer distinciones, de presentar réplicas, de exigir rectificaciones, de decir que no, definitivamente, frente a los particulares funcionarios o las particulares polÃticas que ya no tolera.