Por Jorge Fontevecchia
24/06/12 – 12:14
Ambicion. Hugo Moyano aspira a que su influencia polÃtica trascienda el sindicalismo.
El desafÃo de Moyano a la Presidenta tiene un costado positivo. Puso una lente de aumento sobre los mismos defectos de todos los actores polÃticos que, al estar ampliados, hizo más didáctica su comprensión. ¿Usted se imaginaba, lector, a Moyano anunciando un paro de Camioneros desde los estudios de TN? Peor aun, ¿alguna vez usted hubiera imaginado a Macri y al PRO apoyando un paro general de la CGT y enviando adherentes a una marcha de Moyano a la Plaza de Mayo?
¿O a Scioli pornográficamente desnudado por Moyano? El esmero del gobernador por disimular –haciendo de un Chauncey Gardiner que dice obviedades para ser interpretado como un metafÃsico folk– fue arrasado por su foto con Moyano tras jugar al fútbol con el equipo de Camioneros, levantando el trofeo que el lÃder sindical calificó como “Copa de la Lealtad†en honor a Mariotto y justo en los albores del lanzamiento de su conflicto sindical. En el lenguaje analógico de los gestos con los que Scioli “hablaâ€, su foto de ayer jugando al fútbol contra el equipo de Maradona y el Kun Agüero busca minimizar aquella imagen con Moyano.
¿Y quién hubiera imaginado a la Mesa de Enlace apoyando un reclamo de Moyano? ¿O que las opiniones sobre el Gobierno que Moyano expresa públicamente coincidirÃan con las de quienes cacerolean? León Gieco sentenció: “No hay que ser hipócritas diciendo que este gobierno es una dictadura militar, como dice Moyanoâ€.
Moyano sostiene que él no cambió, que sigue defendiendo lo mismo y que quienes cambiaron son los otros, o sea ClarÃn, Macri, Scioli, la Mesa de Enlace o quienes cacerolean. Moyano se equivoca, ellos tampoco cambiaron; igual que él, defienden lo mismo de siempre: su propia supervivencia. Igual que el Gobierno. Todos, sin tener en cuenta principios, razones, criterios de verdad o justicia, pretensiones de consistencia ni tampoco adscripción ideológica.
Cuando la Argentina sea un paÃs plenamente desarrollado, tanto económica como polÃtica y culturalmente, quizá los historiadores de esa época expliquen las causas de nuestra inferioridad actual basados en el hecho de haber convertido en religión aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. O lo explicarán como consecuencia de nuestra fragilidad y pobreza, ante la cual cada actor social no podrÃa darse el lujo de la coherencia porque a cada paso estarÃa en juego el total de su subsistencia.
Moyano representaba todo lo indeseable para la clase media no kirchnerista, pero por el solo hecho de enfrentarse al Gobierno pasó a tener razón y ser valorado por quienes antes lo despreciaban. Tal es el deseo de que le vaya mal al kirchnerismo, que cualquiera con fuerza suficiente para hacerle daño, venga de donde venga, es bienvenido. Pero se equivoca el Gobierno al creer que se trata de un complot. Es desesperación por ver que ningún partido de la oposición es capaz de poner lÃmite al oficialismo y, ante esa orfandad, se ilusionan con cada esperanza que va apareciendo, igual que el familiar de un enfermo terminal que se aferra a un curandero.
Moyano tampoco deja de ser patético con la severa crÃtica que ahora realiza sobre el Gobierno cuando hace sólo nueve meses llamó a votar por Cristina Kirchner. O al omitir sin descaro que hay una crisis mundial que enfrÃa no sólo la economÃa de los paÃses centrales sino también la de Brasil y todos los paÃses emergentes. Distinta fue su posición cuando ante un caso similar, en 2009, tuvo una actitud responsable al aceptar aumentos de sueldos inferiores a los del año anterior (bajó de 20% en 2008 a 17% en 2009) y que ese año no hubiera actualización del mÃnimo no imponible para el cálculo del impuesto a las ganancias. Por lo mismo que hoy llama a un paro nacional.
No menos hipócritas son los muchos ex funcionarios de primera lÃnea del kirchnerismo que critican al Gobierno despiadadamente amparándose en que hubo un cambio en los últimos años, cuando la esencia cultural kirchnerista y sus defectos son los mismos desde el primer dÃa. La única diferencia es que antes ellos se beneficiaban siendo parte del “proyectoâ€, y ahora no. El mejor ejemplo es la publicidad oficial, columna vertebral del relato oficial, instrumentada los primeros seis años del kirchnerismo por Alberto Fernández, quien ahora critica los abusos del Gobierno como si fuera un representante de una ONG republicanista.
Si todo enemigo del Gobierno es bueno porque sirve para debilitar al Gobierno sin importar nada más, la crÃtica al Gobierno por hacer lo mismo carece de legitimidad. Y más aun, lo peor del kirchnerismo ganó: porque colonizó culturalmente el comportamiento de quienes lo rechazan.