Año 6. Edición número 262. Domingo 26 de mayo de 2013
PorSalvador Cabral. Escritor
Un artÃculo del libro recientemente publicado del abogado y miembro del Instituto Manuel Dorrego sobre las razones históricas, polÃticas y económicas de una fragmentación que fue salvada con la creación del Mercosur.Cualquiera que conozca las causas históricas y mire hoy el mapa de América latina, tendrá en verdad serios problemas para entender las razones de sus caracterÃsticas. Un Brasil gigantesco y, salvo el caso de Argentina, una cantidad de estados medianos y pequeños, no fácilmente recordables, de lo que un dÃa fue, unificadamente, el Reino de Indias.
La cuestión es vieja, y comienza con el nacimiento de la Nación Ibérica.
HabÃamos dicho que esa Nación nace y se constituye como tal, como cultura y como Estado, tras el resultado de siete siglos de guerra con el árabe.
Y que esa guerra da nacimiento a una especÃfica escala de valores, transformándose asÃ, el pueblo ibérico, en cultura viviente y definida.
Pero mientras esa guerra se desarrollaba, en las islas británicas se vivÃa un proceso completamente diferente. La propia condición de isla –que por otra parte, no tuvo necesidad de ser reconquistada– no sólo le daba seguridad y conciencia de sà misma, sino que incorporaba a sus valores otra manera de ver el mundo.
Para los isleños británicos, el mar era un elemento activo, cotidiano, incorporado a la lucha por la vida, sin el cual era imposible pensar en el comercio y el progreso, en el intercambio y la posibilidad de su dominio.
No en balde allà nació la piraterÃa.
Vigilar las costas y apoderarse de las riquezas que pasaban, fue uno de los orÃgenes del poderÃo histórico de la Noble Inglaterra.
No iban a tener la misma escala de valores, que constituÃa la esencia de cada cultura, quien guerreó como pueblo durante siete siglos para reconquistar la tierra invadida, y el otro, que acumula riquezas de las acechanzas costeras y abordajes, de la apropiación de riquezas conseguidas y transportadas por otros.
Una gran conciencia de la geografÃa marÃtima fue el resultado de todo ese largo proceso.
El practicismo inglés de sus filósofos, es también el hijo privilegiado de esa historia.
Inglaterra llegó a ocupar asÃ, con el tiempo, todos los lugares de paso importantes que hacÃan al comercio del mundo, durante varios siglos.
Sin ir más lejos y al solo efecto de señalar una parte del planeta, el Imperio Británico ocupaba –sin contar sus colonias– el estrecho de Gibraltar, Trinidad y Tobago, la isla de Ascención y las Malvinas. Es decir, custodiaba la totalidad del comercio en el Atlántico.
Siguiendo esa historia asentó el poder de su Estado con el desarrollo de dos aspectos importantes del ejercicio de ese poder a través de los océanos: su flota y su diplomacia.
Fue ésta, su diplomacia, la que tuvo mucho que ver con la trágica historia de la división de América latina.
No fue asà el caso de su flota. Triunfante en muchos lugares del mundo, no tuvo sin embargo la misma suerte cuando se enfrentó a los criollos del RÃo de la Plata. Fue vencida en 1806 y 1807 en las luchas memorables que dieron nacimiento al ejército argentino.
Fue vencida nuevamente por la Confederación Argentina, a cuya cabeza se encontraba don Juan Manuel de Rosas.
Y si no fuera por el activo apoyo de los Estados Unidos estuvo a punto de ser vencida por los argentinos en la memorable guerra de las Malvinas, en 1982. Pero ésta ya es otra parte de la historia.
Fue su diplomacia, decÃamos, la que tuvo activamente que ver con el drama de América latina.
España, la guerrera, era económicamente débil e invertebrada. El propio hecho de haberse constituido asÃ, guerreando, le habÃa impedido el desarrollo de una estructura económica y de una ideologÃa que acompañe y dirija un proceso de desarrollo económico independiente. Producto de esa historia, España tendrá esa debilidad, que más tarde operará como campo de la polÃtica divisionista de los británicos.
Picón Salas señala esa circunstancia, sin la cual es imposible entender la historia de la división de América latina. Contra la conciencia capitalista, nos dice, que ya comenzaba a formarse en el norte de Europa, actúan en el alma española una serie de restricciones medioevales: la prédica contra el dinero y el préstamo a interés de la teologÃa escolástica, el desdén por el comercio, que en la vieja España habÃa sido ocupación de los humildes judÃos. Toda la literatura hispánica de la edad clásica respira el más orgulloso desdén contra las empresas capitalistas. Las injurias al genovés, al ligur, al lombardo, al flamenco, a todos los pueblos europeos donde habÃan alcanzado el mayor desarrollo de las operaciones de crédito, pueblan los discursos morales de la época. El pÃcaro llegará a ser en el siglo XVII un seudohéroe popular, precisamente por esa actitud de desafÃo a lo que hoy denominamos el orden burgués, la organización capitalista. La economÃa del pÃcaro es fundamentalmente una economÃa de aventura que no difiere en sustancia, de la economÃa del conquistador. Y en ninguna página literaria de otro paÃs, se vierte esa actitud tan antimoderna del alma española: enemiga de la riqueza corruptora y diabólica y enemiga del confort que le quite virilidad a los hombres…
Y agrega más abajo: Hay, pues, en nuestros orÃgenes, y contra la otra corriente pragmática y utilitaria que ya ha comenzado a formarse en el norte de Europa y que llegarÃa a su apogeo en el industrialismo y la civilización maquinista del siglo XIX, cierto desdén e inferioridad económica que nos retrasarÃa en la gran aventura técnica y utilitaria del mundo moderno. Acaso la orgullosa y a veces envanecida conciencia de su hombrÃa hizo al español tan rebelde a lo mecánico. Su medievalismo le hacÃa preferir el guerrero al comerciante, el alma al cuerpo. Hasta hoy los pueblos hispánicos no han conocido plenamente el estilo de la economÃa capitalista.
Sobre esta estructura, la diplomacia británica actuó una y otra vez, para ir descomponiendo en partes el Gran Imperio Iberoamericano que se concretará durante el reinado de Felipe II.
La debilidad estructural de la penÃnsula, se expresaba, entre otras cosas, en el acrecentamiento de los poderes regionales de las distintas noblezas. La oposición a la unificación, de Isabel y Fernando ya habÃa sido un antecedente importante. Antes aún, Portugal habÃa tratado de independizarse varias veces. Pero es recién a mediados de 1600 cuando Portugal se independiza de España, finalmente logrando Inglaterra su primera gran victoria contra el Imperio Ibérico en formación, haciendo de Portugal su aliado inconmovible, un verdadero sub-imperio, al cual cuidará y del cual se valdrá siempre para extender y defender sus propios intereses.
A partir de la independencia de Portugal comienza otra historia para España y las Indias. Este es el primer capÃtulo de la historia de la división de América latina que espera todavÃa el latinoamericano que la investigue y la difunda.
La primera división trágica ocurrió en la penÃnsula.
El triunfo, por supuesto, fue para Inglaterra.
Porque este hecho histórico –la independencia de Portugal– trae consigo preguntas elementales que quedan sin respuestas.
¿Puede una región pobre de la penÃnsula ibérica, productora nada más que de vinos, transformarse en imperio?
¿Cuáles eran las mercancÃas que exportaban? ¿ExistÃa allà una revolución industrial qué transformaba su estructura interna? ¿Necesitaba nuevos mercados para colocar sus mercaderÃas? ¿Estaba Portugal saturada de su propia producción?
Algunas preguntas suenan a sarcasmo. Ni revolución industrial ni mercancÃas propias tenÃa Portugal por aquel entonces. Sólo producÃa vinos, de buena calidad y en gran cantidad, es cierto, pero sólo vinos y fundamentalmente de Oporto.
Portugal fue el primer gran invento inglés que lograrÃa la diplomacia británica.
La historia posterior confirma esta afirmación.
Ya desde el tratado de Methen, Inglaterra habÃa establecido un sólido y estructural lazo con Portugal, a través del cual Inglaterra se comprometÃa a comprar para siempre jamás, los vinos portugueses. Y, por el otro lado, Portugal se comprometÃa para siempre jamás a consumir todos los productos industriales que Inglaterra produjese, como ser tejidos, herramientas, armas, pólvora, barcos, etc.
La alianza duró años y no se rompió hasta el siglo XX, cuando Inglaterra, en silencio y tratando que nadie lo perciba, se retiró de América latina. Allà quedó el Brasil, ahora, abandonado a sà mismo.
Esta alianza fue la que hizo que Portugal desembarcara en las costas del RÃo Uruguay en su desembocadura con el Plata, y fundara la colonia del Sacramento. A partir de allÃ, y a través de dicha colonia, Inglaterra introducÃa sus mercaderÃas en el litoral –hoy Argentina– y en las provincias del interior mediterráneo, llegando hasta el Alto Perú.
A través de la colonia del Sacramento se llevaban los ingleses la plata acuñada en Potosà y nos dejaban sus productos, los más variados, imitación de todo lo que la sociedad criolla de entonces consumÃa: estribos, espuelas, facones, lo de siempre: la industria del tejido, que en siglo XIX estaba produciendo la Revolución Industrial en Inglaterra.
La colonia del Sacramento fue la moneda de negociación de todas las batallas que se daban en el mundo y en la que participaban España, Inglaterra o Portugal, lo mismo daba.
La historia de las luchas por reconquistar la colonia del Sacramento ocuparÃa un capÃtulo aparte en los acontecimientos en la Cuenca del Plata.
Pero lo importante –la alianza de Inglaterra y Portugal– es que allà se hizo la primera cabeza de playa en los dominios de la corona de España.
La alianza continuó, firme en el transcurso de los siglos.
Cuando Napoleón invadió la penÃnsula, la flota inglesa ancló en Lisboa y salvó a la corte entera, trasladándola a RÃo de Janeiro y poniéndola a salvo de los peligros de las guerras napoleónicas, como se hace con una verdadera aliada.
Ni bien comienza el movimiento de emancipación en las colonias de España –donde la presencia inglesa fue decisiva–, Inglaterra encarga de los negocios y asuntos del RÃo de la Plata a Lord Strangford, y se radica éste en RÃo de Janeiro, para desde allà participar en los requerimientos y urgencias que el tumultuoso siglo XIX presentaba al mundo.
Y asà sucesivamente. Primero Portugal, luego el Brasil lusitano, más tarde el Brasil independiente, Inglaterra dirigió desde allà los intereses internacionales que sola y únicamente beneficiaban a su imperio.
Ni la segregación de la Banda Oriental, ni la posterior independencia del Uruguay, ni la sangrienta guerra del Paraguay, fueron hechos ajenos a la polÃtica británica en el RÃo de la Plata.
El profesor Ferns –que escribe la Historia Argentina desde el punto de vista de los ingleses– decÃa que era muy importante para el Imperio Británico apoyar en todo lo que sea posible la extensión de los lÃmites del Brasil lusitano, porque era como ampliar su propio mercado.
Canning dijo antes, en la cámara de los Comunes, que era necesario apoyar la independencia de las coronas españolas y reconocer cuantas independencias sean posibles en los territorios que pertenecÃan a la América española.
Quien observe ahora el mapa de América latina y razone sobre la dimensión del Brasil por un lado, y la cantidad de republiquetas que emergieron del seno de la América española, por el otro, tendrá que llegar necesariamente a la conclusión de que el Imperio Británico pudo cumplir la misión a fondo en la historia de la división de América latina.
Pero la acción de la diplomacia inglesa, por sà sola, no hubiese sido suficiente para obtener esos resultados. Si no se hubiese contado con otra realidad tangible y no menos dramática que debilitará también el conjunto del Imperio Hispano en Indias: la equivocada polÃtica de la corona respecto a la economÃa de Hispanoamérica.
No vamos a hacer acá, ni un debate ni un análisis ideológico.
Vamos a señalar situaciones concretas.
En los primeros tiempos, durante más de medio siglo el único puerto habilitado para comerciar legalmente con las indias españolas era el puerto de Portobello, actual Panamá.
Allà llegaban las mercaderÃas mandadas desde España y selladas por la Casa de Contratación de Sevilla, donde desembarcaban, entrando a la América Española. Ingresadas las mercaderÃas, entonces empezaba un largo, lento, costoso e irracional peregrinaje.
TenÃan –a lomo de mula y caravanas de carretas en los tramos que se podÃa– que subir la cordillera de los Andes, atravesar el territorio de varios de los actuales paÃses, todo Colombia, Ecuador, parte del Perú, hasta llegar a Lima. De allÃ, volver a cruzar la cordillera, el altiplano, hasta llegar a La Paz. De allà nuevamente por PotosÃ, hasta Villazón. Pasar a la Quiaca y comenzar a bajar hasta Jujuy. Luego Salta y Tucumán. Si las mercaderÃas iban para Cuyo, se tomaba el camino de Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis.
Si el destino era Asunción o Buenos Aires, el camino era Córdoba, Santa Fe y de allà hacia arriba o hacia abajo.
Lo absurdo del sistema estaba permanentemente cuestionado por el conjunto de ciudades. Y era lógico que asà fuera. ¿Cuánto costaba una mercaderÃa cuando a lomo de mula habÃa entrado por Portobello, recorrido todos los pasos señalados, y ofrecida luego de cruzar dos gigantes rÃos en Asunción de Paraguay? ¿Cuántas mulas y hombres se ocupaban para ser consumida en el punto de llegada?
Esta situación creó una preocupación en los gobernantes de Asunción desde los primeros tiempos de la conquista.
En 1564, el Cabildo hablaba al soberano de Pilcomayo, que desciende de los Reinos del Perú y que constituye el más derecho y más cercano camino a los mismos, donde se podrá llegar navegando y realizando la última etapa del viaje con caballos y pardaje.
SerÃa cosa muy importante, decÃan los cabildantes, abrir este camino y asentar un pueblo en el medio. De esta manera, mercaderes y mercaderÃas y pasajeros podrán, a muy poca costa y con gran alivio y descanso, caminar desde la ciudad de la Plata hasta ésta y de aquà hasta el muelle de Sevilla. Pero en todos los tiempos y coyunturas que estas cosas se han intentado y comenzado a poner por obra, se han alzado y rebelado ciertas provincias comarcanas a esta ciudad. También se malograron las tentativas de fundar un pueblo en las costas del Atlántico, que sirviese de puerto marÃtimo para las comunicaciones con España. A la vista de tales fracasos, se comenzó a dirigir la vista hacia regiones inhóspitas del sur.
Como Asunción, muchas ciudades protestaron contra el irracional sistema.
La voz más fuerte alzó Lima, solicitando una y otra vez, su habilitación como puerto para terminar con ese sistema que a cada mercaderÃa le hacÃa recorrer el continente entero, de punta a punta.
A la protesta se sumó Buenos Aires. Porque habÃa algo clave y fundamental, como el talón de Aquiles de todo este sistema.
En cada uno de los nacientes puertos de la América española se encontraba siempre anclado un barco de permiso. Era un barco inglés que, con el pretexto del autorizado comercio de negros, bajaban en las ciudades en forma permanente las mercaderÃas venidas desde las principales ciudades inglesas. Era el contrabando.
Porque habÃa un detalle que ponÃa en evidencia lo frágil del sistema absurdo. La misma, exactamente la misma mercaderÃa que venÃa de lejos encarecida por la distancia y el esfuerzo, la ofrecÃa el barco inglés, sin el sello de la Casa de Contratación de Sevilla, pero casi cinco veces más barata. Porque España, si bien sellaba todas las mercaderÃas, no las producÃa, porque con los metales llegados de América simplemente los adquirÃa a Inglaterra u Holanda, aniquilando su propia industria y creando las bases materiales para que el contrabando causase estragos a través de cada uno de los puertos en toda la extensión de Hispanoamérica.
Y asà ocurrÃa. El contrabando fue creando sectores sociales vinculados a su actividad desde los primeros momentos. Estos sectores, al poco tiempo, no sólo constituÃan grupos de poder económico, sino que tenÃan destacados representantes en los principales cargos en el Cabildo.
Era tan rentable la actividad que resultaba la tarea más sencilla y redituable.
La vida de Hernandarias fue un ejemplo de derrota de quienes pretendÃan luchar contra los contrabandistas. Fue el único americano que logró tener su cuadro colgado en la Casa de Contratación de Sevilla, pero fue, en realidad, vencido por los cabildantes de Buenos Aires.
Estos sectores nacidos del contrabando, fueron el origen de las burguesÃas comerciales de cada uno de los puertos de la América Hispana.
Con el tiempo, una América estructurada de esa manera se iba a hacer trizas levantando la bandera del comercio libre.
Ese fue el segundo capÃtulo en la historia de la división de América latina.
La necesidad de la emancipación de España iba a ser el resultado natural de ese proceso.
Cuando estalló la revolución emancipadora cada puerto fue imponiendo la visión que tenÃa a partir de sà mismo.
El puerto, como actividad principal de la intermediación vinculada con Inglaterra, y el espacio necesario, como complemento de esa intermediación fue la base geográfica que cada burguesÃa comercial incorporó a su planteo de independencia. Ni más extenso, ni más pequeño. El necesario como para que la actividad intermediaria siga enriqueciendo al originario sector del contrabando.
Pero en todo este conjunto de relaciones que iba naciendo durante los primeros siglos de la América hispana, habÃa otro detalle muy importante para nosotros y que será especÃfico en América latina en el problema de la cultura: las mercaderÃas no llegaban solas. Estaban siempre acompañadas de libros, que llegaban en los mismos barcos y que tenÃan como misión explicarnos, entre otras cosas, lo beneficioso e importante que significaba para nuestros pueblos el consumo de esas mercaderÃas.
Pero no sólo de eso hablaban los libros que llegaban. Explicaban también las modas literarias, los proyectos sociales, el valor indiscutible del hecho consumado, la consolidación inglesa y las bellezas de Francia. En suma, llegaba también una cultura.
Una concepción de la vida y una visión de la sociedad.
Un conjunto de valores tácitos de los cuales se desprendÃan una conducta colectiva ejemplar para una sociedad futura. Un concepto, en fin, distinto, de cultura.
Estos nuevos valores llegados sirvieron para consolidar las independencias de los distintos Estados. Para enseñarnos una economÃa que no genere un poder propio para los latinoamericanos y para desconocernos entre nosotros culturalmente.
Las distintas independencias materializaron esta realidad por más de un siglo y medio. La nueva situación de Latinoamérica, fundamentalmente desde el nacimiento del Mercosur, pone sobre la mesa la necesidad de saber porqué estamos como estamos. De reconocernos hacia atrás, para proyectarnos hacia delante.
Si lo hacemos con la conciencia clara de todas las frustraciones, nuestro ingreso a estos nuevos tiempos será irreversible.
Hay cosas interesantes en el articulo y cosas absurdas. La primera es considerar que la tendencia natural en la epoca de la mula era hacia la union, cuando era al reves y llevaba enormes esfuerzos de las casas reales evitar la fragmentacion medieval. Lo de Portugal ya ex grotesco, España recien se unifico con los reyes catolicos, y la union dinastica con Portugal solo duro dos reyes, un suspiro de la historia.
Y si volvemos a America hispana, la union solo era posible via Sevilla o una potencia controlante. Como se sabia en Buenos Aires o en Lima lo que ocurria en Mexico? Via un periodico español o ingles que llegaria por barco meses despues. Nunca existio una union de las colonias que no fuera via España. El enorme y utopico efierzo hubiese sido unir lo que nacio separado, no hizo falta nada para que se mantuvieran como estaban.
Esto es la clasica idiotez de historia politizada. Resulta que Espana se vuelca hacia adentro por la reconquista, mientras Inglaterra se enriquece con la pirateria y el imperio. Que el primer imperio, que marco a Europa durante el siglo XVI y XVII, fue el espanol, eso no figura. Que los portugueses tuvieron otro imperio casi tan grande en la misma epoca, tampoco. Que el enriquecimiento de Inglaterra no fue por la pirateria (los franceses y los holandeses tambien la practicaban) sino por crear primero la revolucion agraria (porque sera que todas las razas de vacas hasta no hace tanto tenian nombre ingles)y las innovaciones de Coke of Norfolk y gente por el estilo, seguida por la revolucion industrial, tampoco figura.
Esto es la tipica boludez de ayudante de facultad, que empieza por donde quiere llegar, y arma la ruta hacia el principio.