No imaginan lo contento que me puso haber recuperado mis credenciales de ciudadano progresista . Hasta hace pocos dÃas, padecà el destierro: la reprobación se reflejaba en los ojos de muchos amigos que no osaban ponerlo en palabras.
Lo percibÃa también en una cierta incomodidad al defender mi pensamiento polÃtico que -juro- poco cambió. Pero no habÃa dudas; yo habÃa virado hacia la derecha y eso generaba condena en un ambiente donde todos somos -son, perdón- de avanzada.
Por eso debo agradecer a la Presidenta sus palabras el dÃa de la reasunción . Supe sostener que era absurdo pagar 17 pesos de gas por mes en un hogar donde se cocina todos los dÃas y donde tanto mi esposa como yo tenemos trabajo. No entendÃa nada: me explicaban que la empresa pública de servicios no estaba para ganar dinero sino para dar servicio . Y si retrucaba con que estarÃa bueno que me cobraran el doble (34 pesos por mes) y utilizaran esa diferencia para terminar con el cartoneo que sigue más vivo que nunca, me explicaban que el modelo habÃa bajado la pobreza a lÃmites inéditos .
Cuando oÃa sobre la competitividad, pensaba en eficiencia, en tecnologÃa, en infraestructura y no en el “club de devaluadores†que asegura pobreza, pero me acusaban de razonar en términos de productividad capitalista .
Y cuando hablaba a favor de la huelga aunque sin otorgar el poder unÃvoco de administración pública a la CGT era criticado por hacerle el juego a las patronales.
Tengo la suerte de que mis dos hijos concurran a una escuela pública que -mis amigos progres se sorprenden- funciona muy bien (me aseguran que tengo suerte, que eso pasa sólo en mi barrio, que ellos estaban obligados a la enseñanza privada). Por eso siempre me pareció incorrecto que los sindicatos docentes se opusieran a la evaluación: suena más a boicot de una buena educación para todos que a su defensa. Y vaya sorpresa al escuchar el sábado a Cristina con el esbozo de un pensamiento gemelo que, inesperadamente, me permitió volver del lugar de la sospecha y recuperar mi identidad.
Lo percibÃa también en una cierta incomodidad al defender mi pensamiento polÃtico que -juro- poco cambió. Pero no habÃa dudas; yo habÃa virado hacia la derecha y eso generaba condena en un ambiente donde todos somos -son, perdón- de avanzada.
Por eso debo agradecer a la Presidenta sus palabras el dÃa de la reasunción . Supe sostener que era absurdo pagar 17 pesos de gas por mes en un hogar donde se cocina todos los dÃas y donde tanto mi esposa como yo tenemos trabajo. No entendÃa nada: me explicaban que la empresa pública de servicios no estaba para ganar dinero sino para dar servicio . Y si retrucaba con que estarÃa bueno que me cobraran el doble (34 pesos por mes) y utilizaran esa diferencia para terminar con el cartoneo que sigue más vivo que nunca, me explicaban que el modelo habÃa bajado la pobreza a lÃmites inéditos .
Cuando oÃa sobre la competitividad, pensaba en eficiencia, en tecnologÃa, en infraestructura y no en el “club de devaluadores†que asegura pobreza, pero me acusaban de razonar en términos de productividad capitalista .
Y cuando hablaba a favor de la huelga aunque sin otorgar el poder unÃvoco de administración pública a la CGT era criticado por hacerle el juego a las patronales.
Tengo la suerte de que mis dos hijos concurran a una escuela pública que -mis amigos progres se sorprenden- funciona muy bien (me aseguran que tengo suerte, que eso pasa sólo en mi barrio, que ellos estaban obligados a la enseñanza privada). Por eso siempre me pareció incorrecto que los sindicatos docentes se opusieran a la evaluación: suena más a boicot de una buena educación para todos que a su defensa. Y vaya sorpresa al escuchar el sábado a Cristina con el esbozo de un pensamiento gemelo que, inesperadamente, me permitió volver del lugar de la sospecha y recuperar mi identidad.