EL PAIS › EL TESTIMONIO DE MARTIN GRAS EN EL JUICIO ORAL POR LOS CRIMENES DE LA ESMA
Gras avanzó en la arquitectura del Grupo de Tareas que operó en la ESMA durante la dictadura, con sus diferentes grupos y sus relaciones internas. Dio detalles sobre algunos detenidos que conoció y no sobrevivieron.
“Soy una persona muy cobarde, tuve muchÃsimo miedo”, dijo MartÃn Gras con un poco de ironÃa. HabÃan pasado tres o cuatro dÃas de su permanencia en la ESMA. Enero de 1977. “Estaba el tema del calor, no nos daban agua, nos decÃan que era por la corriente. Yo habÃa conseguido escapándome a un pequeño baño tomar agua del inodoro. Al cuarto o quinto dÃa nos llevan a ‘capucha cityÂ’, porque necesitan los espacios de abajo para los interrogatorios, eran dÃas de caÃdas numerosas. En un momento reparten agua. El Verde tenÃa las botellitas de Coca-Cola con agua y las va dejando delante de cada capucha. Me la bebo toda, pero tenÃa más sed. El Verde da una segunda vuelta. Y lo llaman, le dan una orden. Deja de repartir. Su última botella queda entre mi capucha y la de mi izquierda. En ese momento veo una mano que sale de la izquierda, que avanza como dubitativa hacia la botella para agarrarla, y veo aparecer otra mano, que pega un manotazo, que agarra la botella. Un juego de manos. Y al mismo tiempo escucho un bramido animal que da una persona, un gruñido y tomo el agua de la botella. En ese momento, soy consciente de que ese soy yo, se me unen las figuras. ‘CarayÂ’, me dije. ‘Yo creo en un mundo de solidaridad, cómo me puedo convertir en una bestia que emite bramidos a los tres o cuatro dÃas de estar acá. ¿A dónde puede llegar todo esto?Â’.”
MartÃn Gras volvió a las audiencias del juicio por los crÃmenes de la Marina. Tercer juicio oral, la megacausa. En este juicio, donde muchos de los sobrevivientes quedan eximidos de volver a contar sus historias porque se dan por probadas, su declaración avanzó en otras dimensiones sobre eso que denominó “máquina de terror”. La arquitectura del Grupo de Tareas con sus grupos de “chupe”, de “contención”, de “techo” y “sanitario”. La interna entre Acosta y DÂ’Imperio, el rol de CancillerÃa, la diplomática Elena Holmberg, de cuyo asesinato supo a través de DÂ’Imperio. El Centro Piloto de ParÃs. Los prisioneros a los que vio en el encierro. El portero que permaneció meses en Capucha y del que aún no se sabe su nombre, secuestrado por un “rotativo” que buscaba a un militante de su edificio. Como el militante no estaba, se lo llevaron a él porque los vecinos dijeron que tenÃa buena relación. Un dÃa, ese hombre supo que Gras era abogado. “¿Cuando me pongan en libertad tengo que pedir una constancia de detención para que me mantengan en el puesto de trabajo?”, le preguntó. El hombre no salió. No lo interrogaron. No le dieron un número. Cuando los oficiales notaron finalmente que estaba ahÃ, lo trasladaron.
Habló de Carlos Armando Grande, Pilo, un militante de la JUP. Pilo estuvo un mes en Capucha. “Un dÃa vamos al baño. Nos apuran, asà que salimos apurados.” Era un miércoles de “traslados”. Los estándares habÃan cambiado. Los Pedros ya no llamaban por número a los prisioneros. Los que estaban en Pecera o en los grupos de trabajos forzados eran encerrados en otro espacio hasta, dijo, después del “traslado”. Uno de esos miércoles, todos hicieron la fila. “Pilo venÃa en el último lugar y en ese momento aparece el Pedro de turno y le pone la mano en el pecho y le dice: ‘No, pibe, vos te quedasÂ’. Yo le vi la cara –les dijo Gras a los fiscales–. Por mucho que viva, me voy a acordar de esa cara.”
Le preguntaron a Gras detalladamente por los “traslados”. “¿Quiénes gestaban la decisión de los traslados?”, oyó y él invirtió la lógica de esa pregunta. “Esas personas decidÃan sobre la muerte –dijo–, pero la muerte ya estaba decidida. La alternativa de vivir era un excepción. Lo que habÃa ahà era una decisión operativa sobre esa persona concreta que iba a morir en la ESMA, pero su muerte estaba predecidida: la decisión era la destrucción de determinadas organizaciones o segmentos mediante la destrucción fÃsica de sus miembros. HabÃa reuniones de los oficiales de inteligencia los martes y decidÃan quiénes no eran trasladados.”
Lo más probable es que esas reuniones hayan sido en Los Jorges, explicó en referencia al ala de oficinas de la planta baja, que al comienzo se llamó asà porque estaban los despachos de Jorge Acosta y Jorge Perrén. Entre los armadores de esas decisiones situó a varios: “Obviamente Acosta, (Antonio) PernÃas, (Miguel Angel) Benazzi, Alberto González, teniente de NavÃo; uno de los mellizos GarcÃa Velazco, del GT, que usaba el seudónimo Dante. (Raúl) Scheller, el Pingüino, ese grupo se fue modificando. Uno era caso de alguien –dijo–, entiendo que ese alguien decidÃa los traslados. En mi estadÃa en la ESMA yo fui caso PernÃas y Rolón sucesivamente”.
En la sala estaban Ricardo Cavallo y PernÃas. Gras agregó un dato.
“Yo dirÃa que (habÃa) unas 20 personas por traslado”, dijo. “Yo creo que en la ESMA no sólo se trasladaron a los que tenÃan destino final de un Grupo de Tareas. También se trasladó a gente detenida por otras fuerzas.” En la sala estaban su familia y también sobrevivientes. Para Gras hubo en la numeración del 000 al 999 que fue repetida varias veces, secuestrados que pasaron por la ESMA a “efectos del vuelo”.
“No recordamos, cosa extraña en la lógica de la ESMA y de la Armada, la presencia fÃsica de oficiales en el momento del traslado. De golpe, esos personajes omnipresentes que eran los oficiales no estaban. El traslado estaba a cargo de los Pedros.” Tampoco habÃa marinos, según dijo, haciendo el trabajo sucio de la calle. “Tengo recuerdos mezclados”, dijo sobre el dÃa de su secuestro. “Vereda muy vacÃa, una cosa muy de barrio bonaerense. DÃa viernes. Verano. Una persona tomando mate en una silla de patas cortas. A ese señor lo vi dentro de la ESMA: era un subcomisario de la Federal que usaba el apelativo 220, cuyo apellido era Weber.” “En general la experiencia me ha indicado que el grupo de choque se forma por efectivos de la PolicÃa, de Prefectura, Servicio Penitenciario y escasamente oficiales de la Armada”, agregó.
El dÃa de su secuestro, él iba a una cita con otro compañero: Fernando Perera. “Se habÃa quedado retrasado. Parte lo vi, parte creo haberlo visto. Estaba atrasado con respeto a mÃ, a unos cincuenta metros. Cuando ve que me derriban tiene actitud de enorme coraje y trata de salvarme, presumo que estaba armado.” A Perera lo llevaron a la ESMA. Murió en la sala de tortura. Gras supo que lo interrogaron en una sala al lado de la suya: por el calor dejaban las puertas de las salas abiertas.
Gras avanzó en la arquitectura del Grupo de Tareas que operó en la ESMA durante la dictadura, con sus diferentes grupos y sus relaciones internas. Dio detalles sobre algunos detenidos que conoció y no sobrevivieron.
“Soy una persona muy cobarde, tuve muchÃsimo miedo”, dijo MartÃn Gras con un poco de ironÃa. HabÃan pasado tres o cuatro dÃas de su permanencia en la ESMA. Enero de 1977. “Estaba el tema del calor, no nos daban agua, nos decÃan que era por la corriente. Yo habÃa conseguido escapándome a un pequeño baño tomar agua del inodoro. Al cuarto o quinto dÃa nos llevan a ‘capucha cityÂ’, porque necesitan los espacios de abajo para los interrogatorios, eran dÃas de caÃdas numerosas. En un momento reparten agua. El Verde tenÃa las botellitas de Coca-Cola con agua y las va dejando delante de cada capucha. Me la bebo toda, pero tenÃa más sed. El Verde da una segunda vuelta. Y lo llaman, le dan una orden. Deja de repartir. Su última botella queda entre mi capucha y la de mi izquierda. En ese momento veo una mano que sale de la izquierda, que avanza como dubitativa hacia la botella para agarrarla, y veo aparecer otra mano, que pega un manotazo, que agarra la botella. Un juego de manos. Y al mismo tiempo escucho un bramido animal que da una persona, un gruñido y tomo el agua de la botella. En ese momento, soy consciente de que ese soy yo, se me unen las figuras. ‘CarayÂ’, me dije. ‘Yo creo en un mundo de solidaridad, cómo me puedo convertir en una bestia que emite bramidos a los tres o cuatro dÃas de estar acá. ¿A dónde puede llegar todo esto?Â’.”
MartÃn Gras volvió a las audiencias del juicio por los crÃmenes de la Marina. Tercer juicio oral, la megacausa. En este juicio, donde muchos de los sobrevivientes quedan eximidos de volver a contar sus historias porque se dan por probadas, su declaración avanzó en otras dimensiones sobre eso que denominó “máquina de terror”. La arquitectura del Grupo de Tareas con sus grupos de “chupe”, de “contención”, de “techo” y “sanitario”. La interna entre Acosta y DÂ’Imperio, el rol de CancillerÃa, la diplomática Elena Holmberg, de cuyo asesinato supo a través de DÂ’Imperio. El Centro Piloto de ParÃs. Los prisioneros a los que vio en el encierro. El portero que permaneció meses en Capucha y del que aún no se sabe su nombre, secuestrado por un “rotativo” que buscaba a un militante de su edificio. Como el militante no estaba, se lo llevaron a él porque los vecinos dijeron que tenÃa buena relación. Un dÃa, ese hombre supo que Gras era abogado. “¿Cuando me pongan en libertad tengo que pedir una constancia de detención para que me mantengan en el puesto de trabajo?”, le preguntó. El hombre no salió. No lo interrogaron. No le dieron un número. Cuando los oficiales notaron finalmente que estaba ahÃ, lo trasladaron.
Habló de Carlos Armando Grande, Pilo, un militante de la JUP. Pilo estuvo un mes en Capucha. “Un dÃa vamos al baño. Nos apuran, asà que salimos apurados.” Era un miércoles de “traslados”. Los estándares habÃan cambiado. Los Pedros ya no llamaban por número a los prisioneros. Los que estaban en Pecera o en los grupos de trabajos forzados eran encerrados en otro espacio hasta, dijo, después del “traslado”. Uno de esos miércoles, todos hicieron la fila. “Pilo venÃa en el último lugar y en ese momento aparece el Pedro de turno y le pone la mano en el pecho y le dice: ‘No, pibe, vos te quedasÂ’. Yo le vi la cara –les dijo Gras a los fiscales–. Por mucho que viva, me voy a acordar de esa cara.”
Le preguntaron a Gras detalladamente por los “traslados”. “¿Quiénes gestaban la decisión de los traslados?”, oyó y él invirtió la lógica de esa pregunta. “Esas personas decidÃan sobre la muerte –dijo–, pero la muerte ya estaba decidida. La alternativa de vivir era un excepción. Lo que habÃa ahà era una decisión operativa sobre esa persona concreta que iba a morir en la ESMA, pero su muerte estaba predecidida: la decisión era la destrucción de determinadas organizaciones o segmentos mediante la destrucción fÃsica de sus miembros. HabÃa reuniones de los oficiales de inteligencia los martes y decidÃan quiénes no eran trasladados.”
Lo más probable es que esas reuniones hayan sido en Los Jorges, explicó en referencia al ala de oficinas de la planta baja, que al comienzo se llamó asà porque estaban los despachos de Jorge Acosta y Jorge Perrén. Entre los armadores de esas decisiones situó a varios: “Obviamente Acosta, (Antonio) PernÃas, (Miguel Angel) Benazzi, Alberto González, teniente de NavÃo; uno de los mellizos GarcÃa Velazco, del GT, que usaba el seudónimo Dante. (Raúl) Scheller, el Pingüino, ese grupo se fue modificando. Uno era caso de alguien –dijo–, entiendo que ese alguien decidÃa los traslados. En mi estadÃa en la ESMA yo fui caso PernÃas y Rolón sucesivamente”.
En la sala estaban Ricardo Cavallo y PernÃas. Gras agregó un dato.
“Yo dirÃa que (habÃa) unas 20 personas por traslado”, dijo. “Yo creo que en la ESMA no sólo se trasladaron a los que tenÃan destino final de un Grupo de Tareas. También se trasladó a gente detenida por otras fuerzas.” En la sala estaban su familia y también sobrevivientes. Para Gras hubo en la numeración del 000 al 999 que fue repetida varias veces, secuestrados que pasaron por la ESMA a “efectos del vuelo”.
“No recordamos, cosa extraña en la lógica de la ESMA y de la Armada, la presencia fÃsica de oficiales en el momento del traslado. De golpe, esos personajes omnipresentes que eran los oficiales no estaban. El traslado estaba a cargo de los Pedros.” Tampoco habÃa marinos, según dijo, haciendo el trabajo sucio de la calle. “Tengo recuerdos mezclados”, dijo sobre el dÃa de su secuestro. “Vereda muy vacÃa, una cosa muy de barrio bonaerense. DÃa viernes. Verano. Una persona tomando mate en una silla de patas cortas. A ese señor lo vi dentro de la ESMA: era un subcomisario de la Federal que usaba el apelativo 220, cuyo apellido era Weber.” “En general la experiencia me ha indicado que el grupo de choque se forma por efectivos de la PolicÃa, de Prefectura, Servicio Penitenciario y escasamente oficiales de la Armada”, agregó.
El dÃa de su secuestro, él iba a una cita con otro compañero: Fernando Perera. “Se habÃa quedado retrasado. Parte lo vi, parte creo haberlo visto. Estaba atrasado con respeto a mÃ, a unos cincuenta metros. Cuando ve que me derriban tiene actitud de enorme coraje y trata de salvarme, presumo que estaba armado.” A Perera lo llevaron a la ESMA. Murió en la sala de tortura. Gras supo que lo interrogaron en una sala al lado de la suya: por el calor dejaban las puertas de las salas abiertas.