Foto: LA NACION
Algo incierto, tal vez una sensación corporal o el revoloteo constante de una idea de brevedad, le avisó a Néstor Kirchner que iba a morir. Dio instrucciones, poco antes de descubrir la única frontera desconocida e inevitable de los seres humanos, sobre la construcción de una tumba en el cementerio de RÃo Gallegos, aunque no fue de él la iniciativa de levantar una pirámide egipcia en el desierto patagónico. Basta ver la grabación de su último discurso en RÃo Gallegos para entrever los trazos de una despedida implÃcita. El propio Kirchner terminó al borde del llanto, mientras muchos de sus seguidores lo miraban con los ojos estragados por las lágrimas.
En el final de sus dÃas habÃa descartado el consejo de los médicos, que le pedÃan una vida tranquila y serena, lejos de las angustias y de las ansiedades de la polÃtica. Pero, ¿qué sentido tenÃa la vida sin las enredos y las maquinaciones de la polÃtica, que habÃan consumido gran parte de su existencia? ¿Para qué servÃa la vida si la vida del Estado podÃa prescindir de él?
Néstor Kirchner se fue de este mundo hace un año. El trámite de morir fue rápido, sorpresivo y resuelto. Fue exactamente la manera que él hubiera elegido para decirle adiós a la vida. Vivió de ese modo. Cuesta imaginar a otro polÃtico conocido que haya acumulado tanto poder desde el módico poder que recibió cuando se convirtió, en 2003, en el presidente que accedió al gobierno con menos votos en la historia argentina. No tenÃa casi nada y recibió muy poco, pero creó una saga de poder que se extenderá, por lo menos, doce años. Ninguna dinastÃa polÃtica tuvo en el paÃs tanto poder de manera consecutiva. Sólo Julio Argentino Roca acopió tantos años de poder en la Argentina, entre fines del siglo XIX y principios del XX, pero no fueron consecutivos.
La historia de esa construcción está llena de claroscuros. Kirchner tenÃa un poco de reformador y otro poco de conservador. Era más realista que ideológico. Siempre creyó más en los beneficios de la polÃtica expeditiva, que se resuelve con el toma y daca, que en la seducción polÃtica. «No tengo el arte de encantar. Yo debo conformar a los clientes todos los dÃas», me dijo alguna vez que le pregunté sobre su método para construir polÃtica y poder. Le recordé que otros polÃticos habÃan hecho las cosas de una manera más sutil y seductora. «Esa es la corporación polÃtica, la misma que da vueltas alrededor del poder desde hace 25 años y no hace nada», me respondió.
La corporación polÃtica, como él la llamaba, era una obsesión que no se le fue nunca. MetÃa a peronistas y a radicales en esa bolsa corporativa, pero nunca quiso definir qué es lo que lo diferenciaba a él de los otros. Después de todo, Kirchner parecÃa que no negociaba, aunque siempre terminaba negociando a último momento. Empujaba al adversario hacÃa lÃmites mucho más estrechos y después, muy cerca del final, concedÃa algunos espacios. El adversario, hayan sido polÃticos, empresarios o sindicalistas, ya habÃa perdido parte de que lo que tenÃa. Negociaba. Tarde, pero negociaba.
Hubo dos excepciones en ese temperamento durante sus años de poder. Una fue la causa por los derechos humanos, una causa tardÃa para él, pero que terminó abrazándola con una convicción definitiva. En algún momento creyó que su polÃtica era inaugural, que nadie habÃa ido tan lejos como él para buscar las verdades del pasado. Esa seguridad lo llevó a pronunciar las palabras más injustas que haya dicho en su anecdotario de reproches públicos; fue cuando pidió disculpas a los familiares de los desaparecidos en nombre de un Estado que, según él, no habÃa hecho nada desde 1983. Advertido de que en 1985 hubo juicios a los jerarcas del régimen militar, que terminaron en condenas, degradaciones y prisiones, se apresuró a llamar por teléfono para pedirles disculpas a Raúl AlfonsÃn, a Magdalena RuÃz Guiñazú (que integró la Conadep, organismo autor del primer informe sobre los métodos inhumanos de la dictadura) y a algunos ex jueces que juzgaron a los militares. Las palabras injustas exhibieron su absoluta lejanÃa del conflicto en los años iniciales de la democracia, pero su gesto posterior lo mostró también como un hombre capaz de rectificarse.
La otra excepción sucedió durante la llamada «guerra con el campo», en el turbulento 2008. Los dirigentes agropecuarios ya habÃan logrado convocar la adhesión de importantes sectores sociales urbanos. El peronismo comenzaba a desertar en el Congreso. Sin embargo, el gobierno doblaba la apuesta sin cesar. Todos los intentos de pactos con el ruralismo se frustraban. Un viejo amigo de Kirchner lo visitó en medio de aquel fárrago. «No te reconozco. Creo que el Kirchner que yo conozco ya hubiera empezado a negociar con los ruralistas», le dijo el amigo.
Kirchner meditó la respuesta y luego desplegó una explicación: «SÃ, yo ya hubiera negociado. Pero ahora gobierna Cristina y no serÃa bueno que adviertan debilidad en ella porque es mujer». ¿Fue cierta esa explicación? ¿O fue sólo un pretexto para no reconocer que su esposa tenÃa menos flexibilidad que él para meterse con decisión en una negociación? La historia posterior indica que la segunda alternativa es más probable que la primera.
Se habÃa acostumbrado a que el Estado cabÃa en su cabeza. PodÃa comparar de memoria los salarios de los maestros de Jujuy, de Córdoba y de Santa Cruz. Negociaba, cara a cara, con el ministro boliviano de EnergÃa el precio del metro cúbico de gas que importaba la Argentina. El proyecto de la propuesta argentina para el canje de la deuda en default, que hizo la Argentina en 2005, lo confeccionó Roberto Lavagna, pero Kirchner lo supervisó y lo retocó hasta último momento. Julio De Vido debÃa pedirle aprobación para cada licitación que emprendÃa su cartera (y emprendió muchas) y para resolverla al final. La polÃtica exterior no era su fuerte, pero nunca dejó en paz a los cancilleres que tuvo.
Olivos se ha convertido en una nostalgia para casi todos los kirchneristas. Kirchner amaba esas mesas polÃticas largas, las sobremesas interminables, el fútbol mal aprendido y peor practicado como pretexto. La famosa «mesa chica» de su gestión (Cristina Kirchner, Alberto Fernández, Carlos Zannini y, a veces, De Vido, además del propio Kirchner) nunca se rehizo. Esas discusiones, que por momentos se perdÃan en la improbable deducción o en rumores sobre insignificancias, le servÃan para recibir información o para intercambiar puntos de vista distintos. Las cosas han cambiado ahora. La Presidenta llega a su despacho por la mañana, convoca a sus ministros y les comunica, inapelable: «La decisión es ésta». Punto. Ya no hay discusiones.
Kirchner fue un polÃtico duro; estaba seguro de que cada persona esconde una ambición o un temor. Construyó el poder hurgando en el deseo de los otros o en sus inseguridades. Nunca entendió el periodismo como una necesidad de la democracia. PreferÃa desafiar al periodismo, porque no le gustaba que un referente importante de los argentinos estuviera fuera de su control. El periodismo era, en última instancia, su rival en la conquista de la opinión pública.
Al poco tiempo de que comenzaran las denuncias por el arbitrario reparto de la publicidad estatal, le envié una carta pidiéndole que retirara toda la pauta publicitaria del Estado de mi programa de televisión. Me citó a la Casa de Gobierno. «Â¿Usted cree que yo voy a atentar contra la libertad de expresión?», me preguntó ni bien llegué. «El poder siempre lo puede hacer, pero no me refiero a eso. Simplemente no quiero formar parte de una polémica por quién recibe plata del Estado y quién no», le contesté. «Soy incapaz de decirle a usted que no», zanjó Kirchner, irónico. Cumplió.
Beatriz Sarlo recordó en su reciente libro ( La audacia y el cálculo ) las veces que se paraba en el atril y me criticaba con nombre y apellido. He perdido la cuenta de las veces que lo hizo. Salvo una vez, en la que me vi obligado a contestarle, el resto de las veces preferà dejar pasar esas alusiones. Kirchner también las olvidaba rápidamente. La relación entre el periodismo y el poder, debe reconocerse, se agravó luego con su ausencia.
El último dÃa que estuvo en la Casa de Gobierno, el viernes 7 de diciembre de 2007, me citó para despedirse. Vi un Kirchner visiblemente emocionado por su adiós a los sitios del poder. Al final de una exposición sobre su necesario ostracismo para dejar lugar a la consolidación de Cristina (promesa que nunca cumplió), verbalizó la despedida: «Nos hemos peleado demasiadas veces, pero no podrá negar que también nos hemos divertido». No habÃa un solo Kirchner, sino varios. El provocador y el componedor, el sentimental y el pragmático, el público y el privado.
© La Nacion.
Algo incierto, tal vez una sensación corporal o el revoloteo constante de una idea de brevedad, le avisó a Néstor Kirchner que iba a morir. Dio instrucciones, poco antes de descubrir la única frontera desconocida e inevitable de los seres humanos, sobre la construcción de una tumba en el cementerio de RÃo Gallegos, aunque no fue de él la iniciativa de levantar una pirámide egipcia en el desierto patagónico. Basta ver la grabación de su último discurso en RÃo Gallegos para entrever los trazos de una despedida implÃcita. El propio Kirchner terminó al borde del llanto, mientras muchos de sus seguidores lo miraban con los ojos estragados por las lágrimas.
En el final de sus dÃas habÃa descartado el consejo de los médicos, que le pedÃan una vida tranquila y serena, lejos de las angustias y de las ansiedades de la polÃtica. Pero, ¿qué sentido tenÃa la vida sin las enredos y las maquinaciones de la polÃtica, que habÃan consumido gran parte de su existencia? ¿Para qué servÃa la vida si la vida del Estado podÃa prescindir de él?
Néstor Kirchner se fue de este mundo hace un año. El trámite de morir fue rápido, sorpresivo y resuelto. Fue exactamente la manera que él hubiera elegido para decirle adiós a la vida. Vivió de ese modo. Cuesta imaginar a otro polÃtico conocido que haya acumulado tanto poder desde el módico poder que recibió cuando se convirtió, en 2003, en el presidente que accedió al gobierno con menos votos en la historia argentina. No tenÃa casi nada y recibió muy poco, pero creó una saga de poder que se extenderá, por lo menos, doce años. Ninguna dinastÃa polÃtica tuvo en el paÃs tanto poder de manera consecutiva. Sólo Julio Argentino Roca acopió tantos años de poder en la Argentina, entre fines del siglo XIX y principios del XX, pero no fueron consecutivos.
La historia de esa construcción está llena de claroscuros. Kirchner tenÃa un poco de reformador y otro poco de conservador. Era más realista que ideológico. Siempre creyó más en los beneficios de la polÃtica expeditiva, que se resuelve con el toma y daca, que en la seducción polÃtica. «No tengo el arte de encantar. Yo debo conformar a los clientes todos los dÃas», me dijo alguna vez que le pregunté sobre su método para construir polÃtica y poder. Le recordé que otros polÃticos habÃan hecho las cosas de una manera más sutil y seductora. «Esa es la corporación polÃtica, la misma que da vueltas alrededor del poder desde hace 25 años y no hace nada», me respondió.
La corporación polÃtica, como él la llamaba, era una obsesión que no se le fue nunca. MetÃa a peronistas y a radicales en esa bolsa corporativa, pero nunca quiso definir qué es lo que lo diferenciaba a él de los otros. Después de todo, Kirchner parecÃa que no negociaba, aunque siempre terminaba negociando a último momento. Empujaba al adversario hacÃa lÃmites mucho más estrechos y después, muy cerca del final, concedÃa algunos espacios. El adversario, hayan sido polÃticos, empresarios o sindicalistas, ya habÃa perdido parte de que lo que tenÃa. Negociaba. Tarde, pero negociaba.
Hubo dos excepciones en ese temperamento durante sus años de poder. Una fue la causa por los derechos humanos, una causa tardÃa para él, pero que terminó abrazándola con una convicción definitiva. En algún momento creyó que su polÃtica era inaugural, que nadie habÃa ido tan lejos como él para buscar las verdades del pasado. Esa seguridad lo llevó a pronunciar las palabras más injustas que haya dicho en su anecdotario de reproches públicos; fue cuando pidió disculpas a los familiares de los desaparecidos en nombre de un Estado que, según él, no habÃa hecho nada desde 1983. Advertido de que en 1985 hubo juicios a los jerarcas del régimen militar, que terminaron en condenas, degradaciones y prisiones, se apresuró a llamar por teléfono para pedirles disculpas a Raúl AlfonsÃn, a Magdalena RuÃz Guiñazú (que integró la Conadep, organismo autor del primer informe sobre los métodos inhumanos de la dictadura) y a algunos ex jueces que juzgaron a los militares. Las palabras injustas exhibieron su absoluta lejanÃa del conflicto en los años iniciales de la democracia, pero su gesto posterior lo mostró también como un hombre capaz de rectificarse.
La otra excepción sucedió durante la llamada «guerra con el campo», en el turbulento 2008. Los dirigentes agropecuarios ya habÃan logrado convocar la adhesión de importantes sectores sociales urbanos. El peronismo comenzaba a desertar en el Congreso. Sin embargo, el gobierno doblaba la apuesta sin cesar. Todos los intentos de pactos con el ruralismo se frustraban. Un viejo amigo de Kirchner lo visitó en medio de aquel fárrago. «No te reconozco. Creo que el Kirchner que yo conozco ya hubiera empezado a negociar con los ruralistas», le dijo el amigo.
Kirchner meditó la respuesta y luego desplegó una explicación: «SÃ, yo ya hubiera negociado. Pero ahora gobierna Cristina y no serÃa bueno que adviertan debilidad en ella porque es mujer». ¿Fue cierta esa explicación? ¿O fue sólo un pretexto para no reconocer que su esposa tenÃa menos flexibilidad que él para meterse con decisión en una negociación? La historia posterior indica que la segunda alternativa es más probable que la primera.
Se habÃa acostumbrado a que el Estado cabÃa en su cabeza. PodÃa comparar de memoria los salarios de los maestros de Jujuy, de Córdoba y de Santa Cruz. Negociaba, cara a cara, con el ministro boliviano de EnergÃa el precio del metro cúbico de gas que importaba la Argentina. El proyecto de la propuesta argentina para el canje de la deuda en default, que hizo la Argentina en 2005, lo confeccionó Roberto Lavagna, pero Kirchner lo supervisó y lo retocó hasta último momento. Julio De Vido debÃa pedirle aprobación para cada licitación que emprendÃa su cartera (y emprendió muchas) y para resolverla al final. La polÃtica exterior no era su fuerte, pero nunca dejó en paz a los cancilleres que tuvo.
Olivos se ha convertido en una nostalgia para casi todos los kirchneristas. Kirchner amaba esas mesas polÃticas largas, las sobremesas interminables, el fútbol mal aprendido y peor practicado como pretexto. La famosa «mesa chica» de su gestión (Cristina Kirchner, Alberto Fernández, Carlos Zannini y, a veces, De Vido, además del propio Kirchner) nunca se rehizo. Esas discusiones, que por momentos se perdÃan en la improbable deducción o en rumores sobre insignificancias, le servÃan para recibir información o para intercambiar puntos de vista distintos. Las cosas han cambiado ahora. La Presidenta llega a su despacho por la mañana, convoca a sus ministros y les comunica, inapelable: «La decisión es ésta». Punto. Ya no hay discusiones.
Kirchner fue un polÃtico duro; estaba seguro de que cada persona esconde una ambición o un temor. Construyó el poder hurgando en el deseo de los otros o en sus inseguridades. Nunca entendió el periodismo como una necesidad de la democracia. PreferÃa desafiar al periodismo, porque no le gustaba que un referente importante de los argentinos estuviera fuera de su control. El periodismo era, en última instancia, su rival en la conquista de la opinión pública.
Al poco tiempo de que comenzaran las denuncias por el arbitrario reparto de la publicidad estatal, le envié una carta pidiéndole que retirara toda la pauta publicitaria del Estado de mi programa de televisión. Me citó a la Casa de Gobierno. «Â¿Usted cree que yo voy a atentar contra la libertad de expresión?», me preguntó ni bien llegué. «El poder siempre lo puede hacer, pero no me refiero a eso. Simplemente no quiero formar parte de una polémica por quién recibe plata del Estado y quién no», le contesté. «Soy incapaz de decirle a usted que no», zanjó Kirchner, irónico. Cumplió.
Beatriz Sarlo recordó en su reciente libro ( La audacia y el cálculo ) las veces que se paraba en el atril y me criticaba con nombre y apellido. He perdido la cuenta de las veces que lo hizo. Salvo una vez, en la que me vi obligado a contestarle, el resto de las veces preferà dejar pasar esas alusiones. Kirchner también las olvidaba rápidamente. La relación entre el periodismo y el poder, debe reconocerse, se agravó luego con su ausencia.
El último dÃa que estuvo en la Casa de Gobierno, el viernes 7 de diciembre de 2007, me citó para despedirse. Vi un Kirchner visiblemente emocionado por su adiós a los sitios del poder. Al final de una exposición sobre su necesario ostracismo para dejar lugar a la consolidación de Cristina (promesa que nunca cumplió), verbalizó la despedida: «Nos hemos peleado demasiadas veces, pero no podrá negar que también nos hemos divertido». No habÃa un solo Kirchner, sino varios. El provocador y el componedor, el sentimental y el pragmático, el público y el privado.
© La Nacion.
Este incalificable truhán se olvida, o cree que nos olvidamos, de que su explicación para la repentina muerte de Néstor fue, simplemente, que reventó porque vio que las encuestas le daban mal. Ahora se da el lujo de esa lÃnea inicial, que quiere tener vuelo poético, y sólo alcanza los contoneos del gusano.
«se da el lujo de esa lÃnea inicial, que quiere tener vuelo poético, y sólo alcanza los contoneos del gusano».
yo que solá me suicidarÃa después de leer esto.
brillante