Por Martin Apaz // Deloitte
27/07/12 – 10:55
Sin dudas, el rol de las economÃas emergentes durante los últimos años ha sido excepcional en materia de crecimiento económico, y cada vez más preponderante dentro del escenario internacional. Las estadÃsticas asà lo demuestran. Entre 1981 y 1999, el mundo en desarrollo explicó el 40% del crecimiento económico global, mientras que los paÃses desarrollados contribuyeron con el 60% restante. Sin embargo, a partir de 2000 dicho equilibrio de fuerzas se modificó a favor de los emergentes.
En el perÃodo 2000-2011 fueron las naciones emergentes las que aportaron el 60% de la expansión del PBI mundial en el perÃodo, desplazando a las economÃas desarrolladas a un segundo plano. Si se analizan sólo los últimos cuatro años, el protagonismo de los paÃses emergentes es todavÃa mayor, explicando poco más del 75% de la expansión del PBI global durante el perÃodo 2008-2011.
Ahora bien, no hay que confundirse. Que las economÃas desarrolladas hayan sido desplazadas por los paÃses emergentes como “motor†del crecimiento global durante la última década no significa que aquéllas no tengan todavÃa un peso absoluto muy importante dentro del teatro de operaciones económicas mundiales. Las naciones desarrolladas aún generan más del 50% de la producción global de bienes y servicios y, consecuentemente, siguen teniendo una influencia central sobre los volúmenes de comercio. Por supuesto, su dominio sobre los flujos financieros es incluso más relevante y generalizado.
En este marco, analizar la situación económica/financiera que atraviesan los paÃses desarrollados resulta un ejercicio no trivial.
Está claro que el epicentro de los problemas económicos/financieros que acechan a las economÃas desarrolladas se encuentra en Europa, en general, y en la Zona Euro en particular. Si bien la situación económica en EE.UU. dista mucho de ser la ideal, en comparación con lo que sucede por estos dÃas en el Viejo Continente, los desequilibrios norteamericanos son menos profundos y más fáciles de resolver.
La combinación de recesión, alto desempleo, déficits fiscales, incertidumbre financiera e inestabilidad polÃtica es una constante entre casi todos los paÃses (salvo Alemania) que comparten el euro como moneda en circulación. Y el “contagio†entre paÃses no es lo más preocupante. Lo más preocupante es que no hay salidas fáciles a la vista.
La alternativa ortodoxa (que ha estado imponiendo Alemania) es polÃtica y socialmente insustentable en el corto plazo, toda vez que lleva implÃcita la necesidad de que se produzca un ajuste a la baja de precios, en general, y de salarios en particular, a través de un duradero proceso recesivo en los paÃses que hoy están en problemas. En otras palabras, un empecinamiento por seguir con la estrategia impulsada hasta aquà obligarÃa, más temprano que tarde, a varios paÃses de la Zona Euro a abandonar la Unión Monetaria, instaurar una moneda doméstica y devaluar. La Zona Euro podrÃa “romperseâ€, incluso en el corto plazo, si se insiste con los lineamientos generales de la estrategia instaurada hasta aquÃ.
El problema es que, más allá de que asegura la supervivencia de corto plazo, la alternativa heterodoxa no garantiza el éxito de la Zona Euro en el mediano-largo plazo. Un salvataje generalizado, sin grandes condicionamientos en términos de ajuste fiscal, y con activa y muy profunda participación del Banco Central Europeo, lleva consigo gigantescos “riesgos morales†(básicamente, el riesgo de que, ante la posibilidad de recibir un “salvatajeâ€, los paÃses en problemas no modifiquen sus conductas y sigan cometiendo a futuro los mismos errores del pasado).
Para reducir el “riesgo moral†asociado a salvatajes mucho menos dolorosos que los instaurados hasta aquÃ, Alemania tendrÃa que tener en la práctica el poder para definir la polÃtica económica en cada uno de los paÃses de la Zona Euro, de forma tal de asegurar que los desequilibrios no vuelvan a ocurrir a futuro. Dado que es muy difÃcil pensar que esto pueda suceder (ningún paÃs querrÃa ceder su potestad soberana de definir la polÃtica económica interna), el “riesgo moral†asociado a salvatajes menos onerosos es alto y, por ende, también la probabilidad de que los desequilibrios actuales vuelvan a aparecer en algún momento futuro. Justamente por esta razón, y teniendo en cuenta que Alemania no estarÃa dispuesta a “salvar†indefinidamente a sus vecinos, no resulta evidente que la alternativa heterodoxa, más allá de la solución de corto plazo, sea una opción que vaya a garantizar la sustentabilidad en el tiempo de la Zona Euro.
Esto explica por qué Alemania se ha mantenido en general reticente a modificar el curso de acción respecto de lo hecho hasta aquÃ.
Como dijimos, el principal problema que tiene hoy la Zona Euro es que no hay alternativas fáciles. Sin embargo, necesariamente algo hay que hacer. Y seguir como hasta ahora parecerÃa ser la peor de las opciones.
En un contexto de recesión, alto desempleo y generalizado malhumor social, profundizar las polÃticas de ajuste fiscal es una receta casi segura hacia la destrucción, incluso a corto plazo, de la Zona Euro tal como la conocemos hasta aquÃ. Y los costos de esa destrucción serÃan devastadores para todos. Para los paÃses de la Zona Euro que decidan devaluar, para Alemania (dado que el 40% de sus exportaciones van al resto de los paÃses de la Zona Euro y sus bancos están muy expuestos a la deuda soberana de otros paÃses que forman la Unión Monetaria), para el resto de los paÃses de la Unión Europea y para el mundo en su conjunto.
A esta altura de los acontecimientos, Alemania no tiene demasiadas alternativas. O sigue intentando adoctrinar a sus vecinos a riesgo de ver cómo el proyecto del Euro se derrumba rápidamente ante sus ojos, o empieza a salvar indiscriminada e incondicionalmente a riesgo de generar las condiciones para que los “pecadores†del pasado (y que son salvados sin gran sufrimiento) vuelvan a “pecar†en un futuro no muy lejano.
Ojalá los alemanes se den rápidamente cuenta de que, dadas las circunstancias, esta última alternativa es mucho “menos peor†que la primera.
27/07/12 – 10:55
Sin dudas, el rol de las economÃas emergentes durante los últimos años ha sido excepcional en materia de crecimiento económico, y cada vez más preponderante dentro del escenario internacional. Las estadÃsticas asà lo demuestran. Entre 1981 y 1999, el mundo en desarrollo explicó el 40% del crecimiento económico global, mientras que los paÃses desarrollados contribuyeron con el 60% restante. Sin embargo, a partir de 2000 dicho equilibrio de fuerzas se modificó a favor de los emergentes.
En el perÃodo 2000-2011 fueron las naciones emergentes las que aportaron el 60% de la expansión del PBI mundial en el perÃodo, desplazando a las economÃas desarrolladas a un segundo plano. Si se analizan sólo los últimos cuatro años, el protagonismo de los paÃses emergentes es todavÃa mayor, explicando poco más del 75% de la expansión del PBI global durante el perÃodo 2008-2011.
Ahora bien, no hay que confundirse. Que las economÃas desarrolladas hayan sido desplazadas por los paÃses emergentes como “motor†del crecimiento global durante la última década no significa que aquéllas no tengan todavÃa un peso absoluto muy importante dentro del teatro de operaciones económicas mundiales. Las naciones desarrolladas aún generan más del 50% de la producción global de bienes y servicios y, consecuentemente, siguen teniendo una influencia central sobre los volúmenes de comercio. Por supuesto, su dominio sobre los flujos financieros es incluso más relevante y generalizado.
En este marco, analizar la situación económica/financiera que atraviesan los paÃses desarrollados resulta un ejercicio no trivial.
Está claro que el epicentro de los problemas económicos/financieros que acechan a las economÃas desarrolladas se encuentra en Europa, en general, y en la Zona Euro en particular. Si bien la situación económica en EE.UU. dista mucho de ser la ideal, en comparación con lo que sucede por estos dÃas en el Viejo Continente, los desequilibrios norteamericanos son menos profundos y más fáciles de resolver.
La combinación de recesión, alto desempleo, déficits fiscales, incertidumbre financiera e inestabilidad polÃtica es una constante entre casi todos los paÃses (salvo Alemania) que comparten el euro como moneda en circulación. Y el “contagio†entre paÃses no es lo más preocupante. Lo más preocupante es que no hay salidas fáciles a la vista.
La alternativa ortodoxa (que ha estado imponiendo Alemania) es polÃtica y socialmente insustentable en el corto plazo, toda vez que lleva implÃcita la necesidad de que se produzca un ajuste a la baja de precios, en general, y de salarios en particular, a través de un duradero proceso recesivo en los paÃses que hoy están en problemas. En otras palabras, un empecinamiento por seguir con la estrategia impulsada hasta aquà obligarÃa, más temprano que tarde, a varios paÃses de la Zona Euro a abandonar la Unión Monetaria, instaurar una moneda doméstica y devaluar. La Zona Euro podrÃa “romperseâ€, incluso en el corto plazo, si se insiste con los lineamientos generales de la estrategia instaurada hasta aquÃ.
El problema es que, más allá de que asegura la supervivencia de corto plazo, la alternativa heterodoxa no garantiza el éxito de la Zona Euro en el mediano-largo plazo. Un salvataje generalizado, sin grandes condicionamientos en términos de ajuste fiscal, y con activa y muy profunda participación del Banco Central Europeo, lleva consigo gigantescos “riesgos morales†(básicamente, el riesgo de que, ante la posibilidad de recibir un “salvatajeâ€, los paÃses en problemas no modifiquen sus conductas y sigan cometiendo a futuro los mismos errores del pasado).
Para reducir el “riesgo moral†asociado a salvatajes mucho menos dolorosos que los instaurados hasta aquÃ, Alemania tendrÃa que tener en la práctica el poder para definir la polÃtica económica en cada uno de los paÃses de la Zona Euro, de forma tal de asegurar que los desequilibrios no vuelvan a ocurrir a futuro. Dado que es muy difÃcil pensar que esto pueda suceder (ningún paÃs querrÃa ceder su potestad soberana de definir la polÃtica económica interna), el “riesgo moral†asociado a salvatajes menos onerosos es alto y, por ende, también la probabilidad de que los desequilibrios actuales vuelvan a aparecer en algún momento futuro. Justamente por esta razón, y teniendo en cuenta que Alemania no estarÃa dispuesta a “salvar†indefinidamente a sus vecinos, no resulta evidente que la alternativa heterodoxa, más allá de la solución de corto plazo, sea una opción que vaya a garantizar la sustentabilidad en el tiempo de la Zona Euro.
Esto explica por qué Alemania se ha mantenido en general reticente a modificar el curso de acción respecto de lo hecho hasta aquÃ.
Como dijimos, el principal problema que tiene hoy la Zona Euro es que no hay alternativas fáciles. Sin embargo, necesariamente algo hay que hacer. Y seguir como hasta ahora parecerÃa ser la peor de las opciones.
En un contexto de recesión, alto desempleo y generalizado malhumor social, profundizar las polÃticas de ajuste fiscal es una receta casi segura hacia la destrucción, incluso a corto plazo, de la Zona Euro tal como la conocemos hasta aquÃ. Y los costos de esa destrucción serÃan devastadores para todos. Para los paÃses de la Zona Euro que decidan devaluar, para Alemania (dado que el 40% de sus exportaciones van al resto de los paÃses de la Zona Euro y sus bancos están muy expuestos a la deuda soberana de otros paÃses que forman la Unión Monetaria), para el resto de los paÃses de la Unión Europea y para el mundo en su conjunto.
A esta altura de los acontecimientos, Alemania no tiene demasiadas alternativas. O sigue intentando adoctrinar a sus vecinos a riesgo de ver cómo el proyecto del Euro se derrumba rápidamente ante sus ojos, o empieza a salvar indiscriminada e incondicionalmente a riesgo de generar las condiciones para que los “pecadores†del pasado (y que son salvados sin gran sufrimiento) vuelvan a “pecar†en un futuro no muy lejano.
Ojalá los alemanes se den rápidamente cuenta de que, dadas las circunstancias, esta última alternativa es mucho “menos peor†que la primera.