Un mundo feliz
Susana Malcorra perdió todas las elecciones en la ONU porque un canciller argentino nunca podrá convertirse en secretario general mientras no se resuelva la cuestión Malvinas. Ningún paÃs que mantenga un conflicto de soberanÃa no resuelto con una de las potencias del Consejo de Seguridad tendrá esa posibilidad porque ellas tienen la última palabra en la distribución de poder mundial. Por eso la campaña de Susana Malcorra estaba perdida de antemano, aunque tuviera el apoyo no muy firme de los Estados Unidos. No habÃa ninguna posibilidad de que ganara y, por el contrario, la campaña por su candidatura puso en situación vulnerable para Argentina al tema Malvinas. Pero con esa campaña la canciller quedó bien posicionada en el escenario internacional para su desempeño futuro en el ámbito privado internacional, que es el escenario del cual proviene. Hace muchos años que su residencia está en el exterior.
Se supone que cuando un funcionario realiza una campaña para algún cargo internacional, deberÃa pedir licencia. No es una cuestión formal o ética en abstracto, sino de fondo y muy concreta. Porque durante la campaña podrÃa aprovechar su estratégica función para tomar decisiones que pongan su objetivo electoral por encima del interés concreto de su paÃs. O porque la campaña que realiza puede hacerle perder legitimidad a las acciones que decida como funcionaria. Es decir, tomar decisiones simpáticas para los demás pero que perjudiquen los intereses del paÃs. En todo caso hace más difÃcil explicarlas. Si no fuera por la complicidad de los grandes medios concentrados, esta doble situación de canciller y candidata tendrÃa que haber sido por lo menos polémica. Lo mejor era pedir licencia. Porque en el medio de esa campaña se plantearon temas delicados, como el boicot a Venezuela en el Mercosur, tan requerido por Washington, y una declaración mistonga con Gran Bretaña por Malvinas muy favorable para el Reino Unido.
Es cierto que su campaña sirvió para plantear una problemática de género en las Naciones Unidas. Y por supuesto sirvió también para dar visibilidad internacional al incipiente gobierno de Mauricio Macri. Pero no es buena la imagen de un gobierno haciendo gestos hacia el mundo sobre Malvinas para ganar las elecciones en Naciones Unidas, donde el principal obstáculo era justamente el conflicto por las islas.
Ese fue el motivo también por el cual en ningún momento, ni siquiera cuando habló en la Asamblea General de la ONU, Macri se refirió al respaldo firme de todas las naciones de Latinoamérica y el Caribe al reclamo argentino de soberanÃa sobre las islas y contra el colonialismo británico. Es un tema que molesta a Gran Bretaña porque la ubica en plan hostil con toda la región.
Con Malvinas, a este gobierno le pasó lo mismo que a la dictadura. Despreció la solidaridad latinoamericana y además Estados Unidos nunca respaldará a fondo a la Argentina en un tema que lo confronta con Gran Bretaña. La Corona, consecuente, votó en contra de Malcorra porque no cederá a un contrincante espacios de poder que debilitarÃan su posición en el conflicto. Hablar de negocios sÃ, porque es un reconocimiento de hecho de la ocupación británica. Pero nada de ceder terreno. Es difÃcil imaginar que Malcorra no fuera consciente de esta situación.
Aceptar que se retire de las negociaciones la demanda argentina de soberanÃa en medio de una campaña para agradar a Gran Bretaña y seducir su voto en la ONU, colocó al tema Malvinas como moneda de mercantilismo electoralista. No fue justo para los caÃdos ni para los ex combatientes. Ni para un paÃs que no ha terminado de cicatrizar sus propias heridas internas por ese conflicto.
Esa fue la imagen que proyectó aunque es cierto que ambas acciones diplomáticas relacionadas con Malvinas y el Mercosur están en el ADN de este gobierno conservador.
La visita del impresentable Michel Fora Temer sirvió para mostrar su compenetración con el mandatario argentino con respecto a Venezuela y el Mercosur en general. Es inaudito que un paÃs del poderÃo, la riqueza y complejidad de Brasil y con su decisiva gravitación regional esté conducido por un personaje que fue elegido como elemento decorativo de una fórmula presidencial. Nadie lo quiere en Brasil. Y su gobierno solamente tiene el respaldo del 14 por ciento de los brasileños. Tanto Macri como Temer son el fruto insólito del reflujo de los gobiernos populares en la región. Hablan el mismo idioma. “Tudo joia†le dijo Macri a un Temer de madera frente a una ristra de chorizos en Olivos.
Con una legitimidad tan pobre y un respaldo aún menor, Temer ha tomado decisiones estratégicas que cambian de raÃz la tradición de la polÃtica exterior brasileña, con lo cual renuncia de hecho a cualquier actitud de liderazgo regional para subsumirse en el coro de economÃas periféricas con gobiernos neoliberales que buscan un lugar a la sombra de Washington. La idea de ambos mandatarios de flexibilizar al Mercosur para que cada paÃs establezca relaciones por su cuenta con los grandes centros económicos pulveriza la intención de fortalecer esa negociación haciéndola de manera conjunta con esas economÃas.
Obviamente la idea de Mercosur de Temer y Macri es diferente a la de Kirchner, Lula, Chávez, Evo Morales, Pepe Mujica y Rafael Correa. Después de dar un golpe parlamentario judicial a su presidenta Dilma Rousseff, Temer tuvo el tupé, junto con Macri, de reclamarle credenciales democráticas al presidente venezolano Nicolás Maduro que soporta una fuerte ofensiva interna y externa, incitada desde Miami. La decisión de negarle a Venezuela la presidencia del Mercosur que le correspondÃa puso al bloque regional al borde de la ruptura. En la concepción del neoliberalismo representado por Macri y Temer, el Mercosur no tiene relevancia, dejarÃa de ser un bloque para convertirse en otro sello de superestructura, en tanto sus paÃses miembros confluirÃan hacia un nuevo ALCA con el Tratado del TranspacÃfico concebido para limitar la influencia de China y afianzar la hegemonÃa norteamericana. Hay quienes ya hablan de un Tratado Transatlántico similar al TranspacÃfico, en el que Brasil, Argentina y Venezuela tendrÃan un papel central. Pero para eso deben desbancar al chavismo venezolano y consolidar las propuestas neoliberales en Buenos Aires y Brasilia. En ese ordenamiento, como lo muestra la letra del Tratado del TranspacÃfico, las grandes corporaciones trasnacionales están equiparadas legalmente a los gobiernos de cada paÃs. De alguna manera, Washington cede ese poder a las grandes corporaciones en un mundo que parece orientarse en una alucinación apocalÃptica del futuro hacia la institucionalización de un doble gobierno. Uno formal organizado por el juego polÃtico y otro real controlado por las grandes corporaciones.
En su momento, Uruguay habÃa planteado objeciones a la rigidez del Mercosur, pero ahora se convirtió en el principal defensor de la institucionalidad del organismo y rechazó la decisión de Brasil, Argentina y Paraguay de boicotear a Venezuela. El gobierno uruguayo es consciente que la hostilidad de Macri y Temer hacia Maduro esconde la intención de enfriar al bloque regional.
En todo el discurso de Macri, ya sea sobre la estrategia con Malvinas o con respecto al Mercosur, no se habla de bloque regional o integración regional. No existe este concepto cuando se habla de una economÃa abierta al mundo. Según esta cosmovisión mundial –spenceriana o peor aún, de un primitivismo malthusiano que asusta–, existe una cantidad de naciones que pujan por incorporarse a un mercado global que se ordena según la fuerza de cada una. Es la división mundial del trabajo que defienden las trasnacionales y que se concreta en la forma de un mundo profundamente dividido entre muchas economÃas periféricas cada vez más débiles y empobrecidas, subordinadas a las pocas pero grandes economÃas centrales. Este sistema es el que provoca las guerras y las grandes corrientes migratorias en el planeta.
El neoliberalismo profundiza la brecha entre ricos y pobres por el desenfrenado proceso de concentración del capital que constituye su esencia. Lo mismo se produce entre paÃses ricos y paÃses pobres, donde la brecha se agranda cada vez más. En esa polarización, las franjas medias –de medianos recursos o de mediano desarrollo– tienden a desaparecer. Los paÃses de desarrollo intermedio –con economÃas llamadas emergentes– como las de Argentina o Brasil, son los que más tienen para perder.
Susana Malcorra perdió todas las elecciones en la ONU porque un canciller argentino nunca podrá convertirse en secretario general mientras no se resuelva la cuestión Malvinas. Ningún paÃs que mantenga un conflicto de soberanÃa no resuelto con una de las potencias del Consejo de Seguridad tendrá esa posibilidad porque ellas tienen la última palabra en la distribución de poder mundial. Por eso la campaña de Susana Malcorra estaba perdida de antemano, aunque tuviera el apoyo no muy firme de los Estados Unidos. No habÃa ninguna posibilidad de que ganara y, por el contrario, la campaña por su candidatura puso en situación vulnerable para Argentina al tema Malvinas. Pero con esa campaña la canciller quedó bien posicionada en el escenario internacional para su desempeño futuro en el ámbito privado internacional, que es el escenario del cual proviene. Hace muchos años que su residencia está en el exterior.
Se supone que cuando un funcionario realiza una campaña para algún cargo internacional, deberÃa pedir licencia. No es una cuestión formal o ética en abstracto, sino de fondo y muy concreta. Porque durante la campaña podrÃa aprovechar su estratégica función para tomar decisiones que pongan su objetivo electoral por encima del interés concreto de su paÃs. O porque la campaña que realiza puede hacerle perder legitimidad a las acciones que decida como funcionaria. Es decir, tomar decisiones simpáticas para los demás pero que perjudiquen los intereses del paÃs. En todo caso hace más difÃcil explicarlas. Si no fuera por la complicidad de los grandes medios concentrados, esta doble situación de canciller y candidata tendrÃa que haber sido por lo menos polémica. Lo mejor era pedir licencia. Porque en el medio de esa campaña se plantearon temas delicados, como el boicot a Venezuela en el Mercosur, tan requerido por Washington, y una declaración mistonga con Gran Bretaña por Malvinas muy favorable para el Reino Unido.
Es cierto que su campaña sirvió para plantear una problemática de género en las Naciones Unidas. Y por supuesto sirvió también para dar visibilidad internacional al incipiente gobierno de Mauricio Macri. Pero no es buena la imagen de un gobierno haciendo gestos hacia el mundo sobre Malvinas para ganar las elecciones en Naciones Unidas, donde el principal obstáculo era justamente el conflicto por las islas.
Ese fue el motivo también por el cual en ningún momento, ni siquiera cuando habló en la Asamblea General de la ONU, Macri se refirió al respaldo firme de todas las naciones de Latinoamérica y el Caribe al reclamo argentino de soberanÃa sobre las islas y contra el colonialismo británico. Es un tema que molesta a Gran Bretaña porque la ubica en plan hostil con toda la región.
Con Malvinas, a este gobierno le pasó lo mismo que a la dictadura. Despreció la solidaridad latinoamericana y además Estados Unidos nunca respaldará a fondo a la Argentina en un tema que lo confronta con Gran Bretaña. La Corona, consecuente, votó en contra de Malcorra porque no cederá a un contrincante espacios de poder que debilitarÃan su posición en el conflicto. Hablar de negocios sÃ, porque es un reconocimiento de hecho de la ocupación británica. Pero nada de ceder terreno. Es difÃcil imaginar que Malcorra no fuera consciente de esta situación.
Aceptar que se retire de las negociaciones la demanda argentina de soberanÃa en medio de una campaña para agradar a Gran Bretaña y seducir su voto en la ONU, colocó al tema Malvinas como moneda de mercantilismo electoralista. No fue justo para los caÃdos ni para los ex combatientes. Ni para un paÃs que no ha terminado de cicatrizar sus propias heridas internas por ese conflicto.
Esa fue la imagen que proyectó aunque es cierto que ambas acciones diplomáticas relacionadas con Malvinas y el Mercosur están en el ADN de este gobierno conservador.
La visita del impresentable Michel Fora Temer sirvió para mostrar su compenetración con el mandatario argentino con respecto a Venezuela y el Mercosur en general. Es inaudito que un paÃs del poderÃo, la riqueza y complejidad de Brasil y con su decisiva gravitación regional esté conducido por un personaje que fue elegido como elemento decorativo de una fórmula presidencial. Nadie lo quiere en Brasil. Y su gobierno solamente tiene el respaldo del 14 por ciento de los brasileños. Tanto Macri como Temer son el fruto insólito del reflujo de los gobiernos populares en la región. Hablan el mismo idioma. “Tudo joia†le dijo Macri a un Temer de madera frente a una ristra de chorizos en Olivos.
Con una legitimidad tan pobre y un respaldo aún menor, Temer ha tomado decisiones estratégicas que cambian de raÃz la tradición de la polÃtica exterior brasileña, con lo cual renuncia de hecho a cualquier actitud de liderazgo regional para subsumirse en el coro de economÃas periféricas con gobiernos neoliberales que buscan un lugar a la sombra de Washington. La idea de ambos mandatarios de flexibilizar al Mercosur para que cada paÃs establezca relaciones por su cuenta con los grandes centros económicos pulveriza la intención de fortalecer esa negociación haciéndola de manera conjunta con esas economÃas.
Obviamente la idea de Mercosur de Temer y Macri es diferente a la de Kirchner, Lula, Chávez, Evo Morales, Pepe Mujica y Rafael Correa. Después de dar un golpe parlamentario judicial a su presidenta Dilma Rousseff, Temer tuvo el tupé, junto con Macri, de reclamarle credenciales democráticas al presidente venezolano Nicolás Maduro que soporta una fuerte ofensiva interna y externa, incitada desde Miami. La decisión de negarle a Venezuela la presidencia del Mercosur que le correspondÃa puso al bloque regional al borde de la ruptura. En la concepción del neoliberalismo representado por Macri y Temer, el Mercosur no tiene relevancia, dejarÃa de ser un bloque para convertirse en otro sello de superestructura, en tanto sus paÃses miembros confluirÃan hacia un nuevo ALCA con el Tratado del TranspacÃfico concebido para limitar la influencia de China y afianzar la hegemonÃa norteamericana. Hay quienes ya hablan de un Tratado Transatlántico similar al TranspacÃfico, en el que Brasil, Argentina y Venezuela tendrÃan un papel central. Pero para eso deben desbancar al chavismo venezolano y consolidar las propuestas neoliberales en Buenos Aires y Brasilia. En ese ordenamiento, como lo muestra la letra del Tratado del TranspacÃfico, las grandes corporaciones trasnacionales están equiparadas legalmente a los gobiernos de cada paÃs. De alguna manera, Washington cede ese poder a las grandes corporaciones en un mundo que parece orientarse en una alucinación apocalÃptica del futuro hacia la institucionalización de un doble gobierno. Uno formal organizado por el juego polÃtico y otro real controlado por las grandes corporaciones.
En su momento, Uruguay habÃa planteado objeciones a la rigidez del Mercosur, pero ahora se convirtió en el principal defensor de la institucionalidad del organismo y rechazó la decisión de Brasil, Argentina y Paraguay de boicotear a Venezuela. El gobierno uruguayo es consciente que la hostilidad de Macri y Temer hacia Maduro esconde la intención de enfriar al bloque regional.
En todo el discurso de Macri, ya sea sobre la estrategia con Malvinas o con respecto al Mercosur, no se habla de bloque regional o integración regional. No existe este concepto cuando se habla de una economÃa abierta al mundo. Según esta cosmovisión mundial –spenceriana o peor aún, de un primitivismo malthusiano que asusta–, existe una cantidad de naciones que pujan por incorporarse a un mercado global que se ordena según la fuerza de cada una. Es la división mundial del trabajo que defienden las trasnacionales y que se concreta en la forma de un mundo profundamente dividido entre muchas economÃas periféricas cada vez más débiles y empobrecidas, subordinadas a las pocas pero grandes economÃas centrales. Este sistema es el que provoca las guerras y las grandes corrientes migratorias en el planeta.
El neoliberalismo profundiza la brecha entre ricos y pobres por el desenfrenado proceso de concentración del capital que constituye su esencia. Lo mismo se produce entre paÃses ricos y paÃses pobres, donde la brecha se agranda cada vez más. En esa polarización, las franjas medias –de medianos recursos o de mediano desarrollo– tienden a desaparecer. Los paÃses de desarrollo intermedio –con economÃas llamadas emergentes– como las de Argentina o Brasil, son los que más tienen para perder.