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Sábado 18 de mayo de 2013 | Publicado en edición impresa
Opinión
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION
La muerte de un hombre suele abrir un momento de ecuanimidad respecto de su vida y de sus hechos. Busco un acto en la vida pública de Jorge Rafael Videla que habilite esa reflexión póstuma y no puedo encontrarlo. Para hacer un balance es necesario descubrir rasgos contradictorios. Videla no realizó actos que puedan contraponerse o balancearse con sus crÃmenes, ya demostrados en la Justicia. Fue, en primer lugar, un traidor: como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno que lo habÃa asignado a ese destino. Y encabezó un detallado plan de asesinato y persecución sistemáticas.
Fue un hipócrita, que arrodillado en todas las iglesias, se asignó una misión sangrienta. Le dio un rostro adusto a la peor dictadura que vivió la Argentina. Nadie podrá recordar un solo acto público que lo redima de estas manchas morales indelebles.
Para otro capÃtulo de la historia queda el análisis de por qué fue posible y cómo se condujeron millones de argentinos en los primeros años de la dictadura, dónde estuvo la prensa, dónde los polÃticos, dónde los pocos resistentes; cómo fueron cambiando conductas y reviendo posiciones. Videla, en cambio, nunca se arrepintió de sus actos, nunca públicamente los consideró un error fatal.
Su muerte no puede convocar la ecuanimidad porque, en vida, no hizo nada que pudiera motivarla. FrÃamente, con el convencimiento de los enajenados pero con la cabeza frÃa de quien ejecuta los pasos necesarios para alcanzar sus fines, Videla inauguró su gobierno con falsedades. Dijo que el golpe que encabezaba iba a restaurar las instituciones y respetarlas. Mintió porque sabÃa que sus decisiones iban a destruirlas, destruyendo las bases éticas de la República.
La hipocresÃa de Videla es quizás, entre todos sus rasgos, el más repugnante. Se envolvió en los pliegues de un disfraz de virtuoso. No interesa su conciencia, que no podemos conocer; interesa la frialdad hipócrita con que se mostró siempre.
Creyó ser moralmente superior a sus vÃctimas. Colmado de una superioridad hecha de religión y patria, presentó sus actos como tributo que las Fuerzas Armadas rendÃan sacrificadamente a la Nación y a Occidente. Invirtió asà los términos: los sacrificados, los muertos eran los criminales, y los verdugos, los salvadores. Un pacto de sangre selló sus labios y se llevó a la muerte muchos secretos.
Arrodillado frente a los crucifijos que afirmaba respetar, la imagen de Videla es imborrable. Ese hombre de moral engangrenada se presentaba como un devoto y como un soldado severo, pero tranquilo, de pocas palabras, decidido y veraz. Falsificó y negó. Murió sin admitir nada. No conocemos sus pesadillas. Tampoco interesan. Si recordó sus fechorÃas en las noches de justa prisión, si se estremeció con ellas, lo ignoramos. Pero no importa: el malhechor no se redime por sus sueños.
Videla era un creyente. Yo no lo soy. Pero si existiera un infierno, allà estarÃa su lugar. Si existiera ese Dios ante el que se arrodilló, los auxilios de la religión y el dogma no deberÃan ser suficientes. No voy a hablar, en su caso, de la banalidad del mal. Hombres profundamente dañinos, como Videla, seguramente fueron también banales. Pero para sus vÃctimas, para el paÃs que quiso destruir y refundar representan la amenaza de lo siniestro: eso que parece un buen padre de familia y un soldado es un asesino serial. Videla pertenece al Séptimo CÃrculo, al de los violentos contra el prójimo. Allà lo hubiera sepultado Dante en la Divina Comedia , rodeado de muros de piedra y hundido en rÃos de sangre..
Esta nota está cerrada a comentarios
Del poder sin lÃmites al final en una cárcel
Videla, el sÃmbolo de la dictadura, murió en la prisión
Fue encontrado sin vida en el penal de Marcos Paz, donde cumplÃa una condena por delitos de lesa humanidad
CumplÃa condena a prisión perpetua
Tuvo sentencia en tres casos; sólo está firme el fallo del juicio a las juntas
Los últimos dÃas que vivió dentro del penal
Los intensos dolores de columna y una caÃda en la ducha quizás hayan anticipado su deceso
Los jueces valoraron la condena a las juntas
Tres de los camaristas que sentenciaron a Videla resaltaron el proceso que juzgó a los militares
LO MÃS VISTO DE POLÃTICA
TEMAS DE HOYMurió Jorge Rafael VidelaEl caso de la ex imprenta CicconeEl caso de Lázaro BáezMedios y polÃticaTorneo Final
Copyright 2013 SA LA NACION | Todos los derechos reservados. Miembro de GDA. Grupo de Diarios América
Sábado 18 de mayo de 2013 | Publicado en edición impresa
Opinión
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION
La muerte de un hombre suele abrir un momento de ecuanimidad respecto de su vida y de sus hechos. Busco un acto en la vida pública de Jorge Rafael Videla que habilite esa reflexión póstuma y no puedo encontrarlo. Para hacer un balance es necesario descubrir rasgos contradictorios. Videla no realizó actos que puedan contraponerse o balancearse con sus crÃmenes, ya demostrados en la Justicia. Fue, en primer lugar, un traidor: como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno que lo habÃa asignado a ese destino. Y encabezó un detallado plan de asesinato y persecución sistemáticas.
Fue un hipócrita, que arrodillado en todas las iglesias, se asignó una misión sangrienta. Le dio un rostro adusto a la peor dictadura que vivió la Argentina. Nadie podrá recordar un solo acto público que lo redima de estas manchas morales indelebles.
Para otro capÃtulo de la historia queda el análisis de por qué fue posible y cómo se condujeron millones de argentinos en los primeros años de la dictadura, dónde estuvo la prensa, dónde los polÃticos, dónde los pocos resistentes; cómo fueron cambiando conductas y reviendo posiciones. Videla, en cambio, nunca se arrepintió de sus actos, nunca públicamente los consideró un error fatal.
Su muerte no puede convocar la ecuanimidad porque, en vida, no hizo nada que pudiera motivarla. FrÃamente, con el convencimiento de los enajenados pero con la cabeza frÃa de quien ejecuta los pasos necesarios para alcanzar sus fines, Videla inauguró su gobierno con falsedades. Dijo que el golpe que encabezaba iba a restaurar las instituciones y respetarlas. Mintió porque sabÃa que sus decisiones iban a destruirlas, destruyendo las bases éticas de la República.
La hipocresÃa de Videla es quizás, entre todos sus rasgos, el más repugnante. Se envolvió en los pliegues de un disfraz de virtuoso. No interesa su conciencia, que no podemos conocer; interesa la frialdad hipócrita con que se mostró siempre.
Creyó ser moralmente superior a sus vÃctimas. Colmado de una superioridad hecha de religión y patria, presentó sus actos como tributo que las Fuerzas Armadas rendÃan sacrificadamente a la Nación y a Occidente. Invirtió asà los términos: los sacrificados, los muertos eran los criminales, y los verdugos, los salvadores. Un pacto de sangre selló sus labios y se llevó a la muerte muchos secretos.
Arrodillado frente a los crucifijos que afirmaba respetar, la imagen de Videla es imborrable. Ese hombre de moral engangrenada se presentaba como un devoto y como un soldado severo, pero tranquilo, de pocas palabras, decidido y veraz. Falsificó y negó. Murió sin admitir nada. No conocemos sus pesadillas. Tampoco interesan. Si recordó sus fechorÃas en las noches de justa prisión, si se estremeció con ellas, lo ignoramos. Pero no importa: el malhechor no se redime por sus sueños.
Videla era un creyente. Yo no lo soy. Pero si existiera un infierno, allà estarÃa su lugar. Si existiera ese Dios ante el que se arrodilló, los auxilios de la religión y el dogma no deberÃan ser suficientes. No voy a hablar, en su caso, de la banalidad del mal. Hombres profundamente dañinos, como Videla, seguramente fueron también banales. Pero para sus vÃctimas, para el paÃs que quiso destruir y refundar representan la amenaza de lo siniestro: eso que parece un buen padre de familia y un soldado es un asesino serial. Videla pertenece al Séptimo CÃrculo, al de los violentos contra el prójimo. Allà lo hubiera sepultado Dante en la Divina Comedia , rodeado de muros de piedra y hundido en rÃos de sangre..
Esta nota está cerrada a comentarios
Del poder sin lÃmites al final en una cárcel
Videla, el sÃmbolo de la dictadura, murió en la prisión
Fue encontrado sin vida en el penal de Marcos Paz, donde cumplÃa una condena por delitos de lesa humanidad
CumplÃa condena a prisión perpetua
Tuvo sentencia en tres casos; sólo está firme el fallo del juicio a las juntas
Los últimos dÃas que vivió dentro del penal
Los intensos dolores de columna y una caÃda en la ducha quizás hayan anticipado su deceso
Los jueces valoraron la condena a las juntas
Tres de los camaristas que sentenciaron a Videla resaltaron el proceso que juzgó a los militares
LO MÃS VISTO DE POLÃTICA
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comentarios asi es lo que la hace respetable a esta señora,a pesar de que muestra a veces desprecio hacia lo popular.Sin duda que lo de Videla no merece ni alcanza con un coment literario,pero por lo menos resulta cierto desnudarlo psicologicamente.