Alejandra Varela

Los límites del llamado periodismo militante. Sus flaquezas y los riesgos a futuro

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Se ha llegado a un límite. Si en un principio era necesario revelar para la inmensa mayoría los mecanismos que hacían a la construcción de una noticia. Si era urgente demostrar que las creencias de una población se debían a la influencia, a la capacidad que el poder mediático tenía para convencer por encima de un poder político que se mostraba sumiso y débil. El impulso por disputar el lenguaje mediático que hizo el gobierno nacional tuvo sus etapas lúcidas, donde las herramientas para comprender y analizar el discurso mediático fueron distribuidas desde el canal público. Hoy ese prédica está entrando en una zona monótona donde ya no genera pensamiento.
En este punto quiero aclarar que la preponderancia del discurso mediático ( que es político) sobre el político institucional tuvo que ver con que supo generar mecanismos de identificación con la sociedad, al mismo tiempo que la política se alejaba y se convertía en un espacio que no daba respuestas, era un factor de obstrucción y se debilitaba su interés en involucrar al pueblo en su enunciación. Lo digo para despejar la maleza frente a aquellos que se defienden diciendo. “Ustedes creen que la gente es tonta” No, yo creo que hay sectores que han sabido interpretar mejor que otros lo que le pasaba a la ciudadanía y que utilizaron sus deseos y frustraciones a su favor.
La discusión sobre el periodismo no sale fortalecida en estos años, o, al menos, no se ha hecho con la suficiente rigurosidad.
Entre muchos de los aspectos que para mi se han debatido mal o sobre los que se ha construido un discurso sin pensar mucho en sus consecuencias, quiero seleccionar, en primer lugar, la discusión sobre objetividad y subjetividad.
Me preocupa que voces kirchneristas repitan tan livianamente que la objetividad no existe y que todo dato es construido.
Por supuesto que yo considero que la objetividad, tal como la definen ciertos medios predominantes, tiene que ver con el establecimiento de un lugar común, de un discurso que es presentado como la realidad y sobre el que buscan cerrar la posibilidad de cualquier cuestionamiento. Los hechos sustraídos de ideología suelen ser falsamente llamados objetivos.
Pero, señalado esto, yo creo que es muy peligroso decir que no hay hechos objetivos. Primero porque se estaría cayendo en un relativismo extremo que pondría en duda un asesinato, una tragedia, es decir, que no sentaría las bases de ninguna creencia, de ningún dato sobre el cual elaborar interpretaciones.
En una entrevista que le hice a José Pablo Feinmann para la revista Debate le plantee esta discusión ( que es imposible de dar con colegas) y transcribo aquí parte del diálogo

Usted sostiene que los medios crean ficción, que no les importa el dato objetivo sino que construyen realidades, inventan hechos. Cuando a veces desde el periodismo que discute a los medios hegemónicos se sostienen premisas como “la objetividad periodística no existe” ¿No se corre el riesgo de caer también en esa construcción de ficciones? ¿Si la objetividad periodística no existe como se sostiene una frase como “Clarín miente“? Esta claro que esta frase supone una verdad que Clarín estaría eligiendo no contar. Por lo tanto esa verdad sería indiscutible, estaría por encima de las ideologías.

– Hay que analizar qué es la verdad y qué la mentira, que surge de qué es la verdad. La mentira sería la no verdad. Para establecer la no verdad habría que establecer la verdad y la verdad yo no creo que sea una. Cuando Foucault dice la verdad es de este mundo quiere decir que hay una lucha por la verdad. La verdad termina siendo la verdad del más fuerte, del poder, del que puede imponerla. Clarín miente es una frase que pertenece al campo de las verdades. No es la verdad, el gobierno dice Clarín miente, Clarín dice, Clarín no miente, ahí tenemos que decir cuál es la verdad y bueno, la verdad en las últimas elecciones es, clarín no miente porque las ganó clarín y con la ley de medios lo que se intenta, para usar la frase de Jacques Derrida , es deconstruir el monopolio, una vez deconstruido Clarín va a poder mentir, como lo dice el gobierno, por menos bocas. Se va a poder jugar en condiciones igualitarias. La historia se hace en base a conflictos de verdades transformadas en ideologías, en creencias religiosas, en estrategias guerreras, de esos choques al final gana una verdad.

Me parece peligroso decir que la objetividad periodística no existe porque caemos en un relativismo extremo. A Kosteki y Santillán los mataron y ese es un hecho objetivo. Después Clarín va a decir que lo mató la crisis y Página 12 va a mostrar la foto del asesino.

– Eso es un hecho, es fáctico, verificable, nadie lo puede negar porque todos tienen que partir de ahí. Después están las interpretaciones que lo mató Duhalde, que lo mató la crisis, que los mató una conducción equivocada . La verdad va a surgir de quien tenga más poder para imponer su verdad

Pero eso no fue lo que pasó en este caso. La sociedad reaccionó ante la tapa “La crisis causó dos nuevas muertes” a pesar del poder de Clarín

-Estoy totalmente de acuerdo con vos y entramos en otro territorio, cómo el sujeto puede liberarse de la mentira que le venden como verdad. No siempre se puede manipular la subjetividad del espectador, de hecho, cuando muere Kirchner hay una movilización espontánea que no pudo ser impedida por los medios. Después de varios años de que los medios dijeran que era un canalla, un ladrón, un autoritario, el día que muere van miles de personas, a llorarlo. Ahí se atraviesa la malla del poder mediático y hay un momento en que tiene que aparecer la conciencia crítica. Para ir a un ejemplo filosófico descollante. Hegel siempre dice que Descartes es un héroe de la filosofía porque en medio de una sociedad aristotélico- tomista, con la inquisición funcionando, sin embargo dice voy a dudar de todo, voy a utilizar la regla de la duda como método. Lo cual implica en un primer momento dudar de dios, entonces ya no es dios el que hace la historia sino que la empieza a hacer el hombre. La historia se acelera y en un siglo y pico viene la revolución francesa después de trece siglos de edad media en los cuales los hombres estuvieron sometidos a dios. Cuando el hombre siente que es su propia verdad la que él tiene que buscar, ahí empieza una gran etapa. Hay una frase de Sartre que cito constantemente porque estoy enamorado de ella “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él“. Constantemente hacen con nosotros algo que ellos quieren que seamos pero en determinado momento nos damos cuenta y empezamos a fabricarnos a nosotros mismos y ahí si pierde el poder mediático

Creo que desde el periodismo kirchnerista se tiene una gran falta de rigor para abordar este tema. Del mismo modo que considero que nos estamos acercando a los límites del llamado periodismo militante.
Por supuesto que está claro que un periodista del grupo Clarín ejerce un periodismo mucho más descaradamente militante que el que realiza cualquier periodista ubicado en las filas del kirchnerismo y que es mucho más manipulador porque disfraza su ideología. Pero basta con asomarse un rato a un programa como “Intratables” para terminar de comprobar como el periodismo militante anula toda posibilidad de pensamiento y termina siendo funcional a una política del show y la frivolización, que es lo que tiene lugar en ese programa. Que desde un formato donde se busca la despolitización se hayan apropiado del periodismo militante para mostrado como una forma bufonesca de presentar la política, obliga a repensar las formulas, los soportes, los modos de comunicar cuando de discutir las ideologías de sometimiento que se distribuyen desde el poder mediático se trata.
En ese programa las figuras periodísticas que se presentan son absolutamente esteriotipadas. Los que ocupan el rol de periodistas kirchneristas tienen que autoafirmarse en ese lugar y defender cualquier cosa que surja del lado del gobierno. Los que juegan el rol de periodistas no kirchneristas tienen que sobreactuar una oposición que nada tiene que ver con la crítica.
De ese modo se anula la posibilidad de contradicciones hacia el interior de la ideología que cada uno sustenta. Todos sabemos que se ejerce el periodismo desde un lugar ideológico determinado y que la ideología no implica pertenecer a un partido político o adherir a un gobierno, doy por superada esta afirmación para discutir otra cosa.
Se puede, y de hecho sobran los ejemplos, simpatizar con el kirchnerismo y con cualquier otro partido político y tener una mirada crítica sobre cada uno de esos espacios. Es una caricaturización al extremo, como la que se realiza en “Intratables”, la que busca instalar la sensación de que eso es imposible y que asumir un posicionamiento político es casi igual a pertenecer a una secta.
De hecho, lo que hace Diego Brancateli es una parodia del kirchnerismo. Yo como kirchnerista me río cuando lo escucho pero no me pasa solamente a mi. Si uno observa a los funcionarios kirchneristas que asisten al programa se ríen de las palabras de Brancateli allí mismo, en vivo y en directo.
Una cosa es que un político, que un funcionario, defienda lo que sea porque ese es su rol pero que un periodista reconozca su ideología o su pertenencia partidaria no impide que desde ese posicionamiento también puede ser crítico. En gran medida porque no existe un proceso político que no tenga contradicciones y la tarea del periodista es señalarlas sino creemos que una ideología o un gobierno es un bloque compacto que no tiene fisuras. Pero , a su vez, ese error de atrincherarse en la autoafirmación fortalece la idea de que sólo se puede ser crítico si uno no se siente identificado con ningún partido político.
Un periodista profesional y kirchnerista ( lo digo de modo exagerado pero vale sacar la palabra kirchnerista y poner cualquier otro nombre) debe diferenciar su discurso de la enunciación de un político porque sino estamos dinamitando la profesión y hacemos un trabajo para ghetos y los que terminan saliendo fortalecidos son aquellos que se ubican en un lugar de supuesta imparcialidad. Lo que quiero decir que el discurso que va a terminar considerándose verdadero es aquel que toma un poco de todos los sectores políticos, de todas las ideologías, que siembra un manto de sospecha y que termina reduciendo la política a una cuestión de honestidad. Y la batalla cultural la va a terminar ganando otra vez la despolitización.

Liderazgo, pedagogía y oratoria en Hugo Chávez

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La muerte nunca dejó de ser un problema.

En esta parte de la historia contemporánea de la que nos toca ser testigos y protagonistas, la muerte se presenta como una reiteración inquietante. Dos líderes latinoamericanos murieron prematuramente y en la plenitud de su tarea, en un momento donde todavía tenían mucho por hacer y eran imprescindibles. La muerte de Hugo Chávez como la de Néstor Kirchner no sólo despiertan la pregunta por la continuidad del proceso político que crearon sino que permite entrar en el detalle de las particularidades que vinieron a instalar en el campo de lo político.

Chávez se presentó como un líder carismático en una época donde esa figura parecía haber entrado en desuso. Si bien a comienzos de este siglo el fracaso del neoliberalismo había demostrado lo infecunda que podía ser la imagen de un político creada por publicistas, la presencia de un líder también era sospechada. El líder no es una figura del individualismo, rasgo que se utiliza para desmerecer esta cualidad, sino que es alguien que contiene la potencia de los histórico y que habla de las posibilidades de los sujetos. El líder podrá ser un ser excepcional pero también recupera esa singularidad oculta en cada persona, lejos de masificar, estos líderes han interpelado a su ciudadanía , han despertado sus capacidades. Kirchner solía hablar de sujetos comunes con responsabilidades importantes y esa frase da cuenta de una idea de cercanía, de un contagio que puede reproducirse aún en el ser más desprotegido. El poder de la trasformación que genera innumerables sismos, mareas humanas, presencias que nadie puede detener.

Los liderazgos latinoamericanos se sostienen en la posibilidad de transformar la vida de la gente, de plasmar sus ideas en logros concretos.

El año pasado tuve la oportunidad de entrevistar a Alain Badiou para la revista Debate y me atreví a preguntarle si el líder, en vez de estar encasillado en la figura del Uno, como él buscaba ubicarlo, no podía ser la expresión de un múltiple y si el acontecimiento amoroso al que él hace referencia en su obra, no podía expresarse en ese amor al líder. Si bien Badiou se permitía reconocer que estas características tenían lugar, se negaba a ver a los gobiernos latinoamericanos como acontecimientos políticos, que en sus palabras, y dicho rápidamente, correspondería a sucesos que presentan algo del orden de la novedad, de la creación política. Para él se trataba de experiencia bastante parecidas a los gobiernos de Roosevelt o de Gaulle. Es decir, Latinoamérica no le estaba diciendo nada demasiado novedoso al mundo ni estaba aprendiendo de su historia para pensarse y parirse por fuera de los modelos imperialistas sino que estaba transitando por una etapa de la que Badiou ya conocía el final.

La pedagogía es otra característica de estos liderazgos. Los larguísimos” Aló Presidente” y las cadenas nacionales que tanto molestan a la oposición y que son presentadas como prueba contundente de autoritarismo, tienen como finalidad educar a la mayoría de la población en las transformaciones que se están viviendo. La remanida toma de conciencia es un ejercicio de desnaturalizar y correr la maleza. De evidenciar cuales eran los mecanismos que servían para sostener un orden de cosas y que es lo que buscan transformar a partir de cada una de las decisiones que se toman. Son esfuerzos de recuperación de la autoestima, actos que buscan construir fortalezas morales. Se presentan como épocas donde todo debe ser repensado.

La épica es otra característica, entendida como la posibilidad de tomar dimensión del valor histórico de las acciones que se llevan a cabo y del nivel de conflictividad que presentan, determinados por  la presencia y el vigor con que dan la batalla sus enemigos. Porque estos enemigos se vuelven más visibles e intentan también sostener su identidad. Pero la épica le da un nuevo lugar al pueblo, lo obliga a tomar partido y le da espesura a ese líder. Son vidas individuales las que se sienten llamadas, las que se reclaman como imprescindibles para dar la batalla. Ya no se construye una historia excluyendo, generando en ese ciudadano de a pie la ingrata percepción de su inexistencia. A ese pueblo hay que hablarle a los ojos, hay que recorrer hasta el rincón más escondido y comprenderlo.

La presencia concreta y la puesta en escena, dato que la derecha suele usar para descalificar o destacar un carácter ficcional de los líderes latinoamericanos cuando hasta la más ingenua ceremonia social encierra una puesta en escena, señalan también esa voluntad inclusiva en el espacio político. La espectacularidad de un Chávez o de una Cristina Fernández habla de una política que no se propone sustentarse en un detrás de la escena sino que abre el gran escenario político a todas las contiendas que sus decisiones despierten y le pone el cuerpo a las batallas. Son cuerpos que se desgastan más y se vuelven más frágiles porque están mucho más humanizados, no son el resultado de un ceremonial o de un spot publicitario sino de una realidad cotidiana donde los autores del libreto son ellos mismos. De su capacidad para hablar, para expresar esas ideas que sostienen sus actos, dependerán también sus adhesiones y odios.

La oratoria de Chávez que lo vuelve distinto, una continuación de Fidel pero también el exponente de una política que se creía añeja y olvidada, es una demostración de su fortaleza. De la capacidad de plantarse con todo su pasado y con todo lo que hace día a día y demostrar que cada una de sus ideas y sus actos están en su cabeza y pueden acontecer en cualquier lugar y en cualquier momento gracias a la potencialidad de su voz.

La experiencia de escucharlos (a Chávez y a Cristina y a Lula y a Correas) es una experiencia transformadora y riesgosa porque allí están también sus contradicciones y la terrible posibilidad de equivocarse, la frase que funciona como un traspié y que será atrapada por la oposición para reducir tres horas de discurso a una palabra inadecuada. Pero esta mezquindad ocurre porque ellos saben que las palabras de estos políticos son acciones, que determinan tanto como cualquier decisión de gobierno porque ya no se trata de llenar el tiempo o cumplir con formalidades, de instaurar un discurso vacío donde todo suena aceptable pero se desliga lastimosamente de la realidad, sino de ponerse a prueba en cada palabra, de sostener, como creía Aristóteles que en la respiración está el alma.

 

La política de la inacción

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Existe una especie de ideología, que podría llamarse la política de la inacción que se ocupa de despojar a la política de su carga de efectividad.

Dentro de esta línea política los funcionarios deben actuar como meros burócratas que no resuelven problemas ni producen mejoras en la sociedad sino que se encargan de contener situaciones conflictivas y educar a la población en la ideología de la imposibilidad. Los problemas por los que atraviesa una sociedad jamás pueden ser resueltos. Las demandas son utopías ridículas que dejan en un lugar desvalido al que se atreve a pronunciarlas.

Roberto Esposito habló de ciertas formas de democracias acéticas y silentes, sin valores ni sentidos, que él como intelectual de izquierda propagandizaba, con la fantasía de que la acción y el sentido sería otorgado por la acción de las masas. Un poder neutralizado y neutralizador es el ideal tanto del neoliberalismo como de la izquierda revolucionaria. El primero porque necesita despojar de toda idea de acción transformadora a la sociedad y la segunda porque cree que ese es el escenario propicio para la participación del pueblo.

Desde la llegada del kirchnerismo al poder esta formulación se vio derrotada o, al menos, herida de forma irreversible porque Néstor Kirchner demostró que se puede llegar a la presidencia de la nación para resolver problemas, para mejorar la vida de los ciudadanos y para visibilizar conflictos como una herramienta dinamizadora de la vida social donde los distintos sectores adquieren protagonismo y capacidad de presión. La sociedad entera crece bajo este tipo de ideología, tanto quienes se sienten identificados con ella como quienes la detestan.

Pero a partir del momento que la crisis internacional se hizo más profunda. Cuando la Europa próspera de hace unos años ya no es un ejemplo, cuando la Argentina no se muestra como un país que usa esa crisis como excusa para el ajuste, algunos exponentes de la política de la imposibilidad intentan volver a implementar su fórmula, básicamente porque si no lo consiguen no tienen chances de volver al poder. Para ganarle al kirchnerismo es indispensable destruirlo y para destruirlo deben propiciar las condiciones de una desilusión colectiva. Ellos saben muy bien que toda experiencia política que recupera la épica, el mito, la adhesión desde un lugar afectivo cuando fracasa genera un sentimiento de frustración y desánimo muy profundo. La derecha sólo puede ganar las elecciones creando una sociedad derrotada, replegada, que ya no está dispuesta a salir al ruedo.

Por supuesto que en un escenario acostumbrado a una política de causas y efectos su estrategia no deja de desconcertar. La pregunta que surge es qué provecho pueden sacar de pagar un aguinaldo fraccionado o no resolver un prolongado paro de subtes. La respuesta más simple, la que más se ha escuchado por estos días es la de trasladar el costo político al gobierno nacional. Yo no descarto totalmente esta alternativa pero me atrevo a disentir, a señalar que no es ese su principal objetivo.

Lo que yo creo es que personajes como Daniel Scioli y Mauricio Macri, como las caras visibles de una mecánica política que es mucho más que estos dos nombres, buscan generar un estado de frustración constante. Aunque parezca surrealista lo que voy a decir, para la lógica que sostiene a Macri es más efectiva la desolación, la angustia, la impotencia y la furia que genera la huelga del subte que la habilidad para resolver un conflicto. Porque ellos apuntan a una ciudadanía frustrada, encerrada en una situación que no sabe como resolver antes que a una idea social de sectores políticos activos que demandan y a los que es necesario complacer, aunque sea en parte, para resolver el conflicto. Porque para que una huelga de estas características llegue a su fin es necesario negociar y esto significa ceder. Este análisis no deja afuera la posibilidad de que la estrategia del macrismo funcione como un boomerang, fundamentalmente porque esta sociedad no es la misma que la de la década del noventa, tiene una capacidad de reacción mucho más efectiva y tiene conquistas a las que no va a renunciar.

Cuando Macri dice que desconoce a los metro delegados está reproduciendo la misma lógica que en los años del menemismo. En los noventa existía una conflictividad social que era ninguneada por el gobierno. La estrategia era dejar a esos sujetos que se manifestaban casi en una posición de ridículo, como piezas arqueológicas que no entendían por donde pasaba el nuevo mundo. Macri no puede llegar a tanto. Su camino es el de negar el conflicto. Sostener que esa política de concreción de acciones sociales es altamente conflictiva y que por una paz absolutamente impostada habría que sacrificar las resoluciones, las acciones concretas.

Otro ejemplo que funciona en el mismo sentido es el ocurrido hace unos meses cuando en una villa de emergencia le reclamaban al gobierno de la ciudad un micro para que los chicos pudieran asistir a la escuela. Una demanda tan sencilla de resolver para el estado fue rechazada aludiendo que después en otras villas iban a pedir lo mismo. Macri prefirió pagar el costo de un corte en la autopista antes que brindar un servicio de tan fácil resolución para una gestión de gobierno que podría otorgar muchos beneficios en relación a la educación de los niños y a la organización de la vida de una comunidad. Lo que para la gestión macrista sería un acto de beneficencia es en la lógica del trabajo social una inversión que pone en valor la subjetividad de las personas implicadas. Pero Macri no quiere darle entidad de sujeto a las personas demandantes, quiere borrarlas en su capacidad de intervención.

Opera en sintonía con el discurso mediático donde hace cuatro años que anuncian una crisis. La propagandización del miedo necesita ser acompañada de ese ajuste que algunos gobernadores intentan implementar. No se trata sólo de un problema de dinero sino de ver como se puede contener a una sociedad que desde hace nueve años es un factor decisivo en el avatar político argentino. Como en los noventa el objetivo es destruir al pueblo como un factor determinante, como un elemento de tensión al momento de implementar una política de estado.

La provincia de Buenos Aires como prueba piloto

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por Alejandra Varela

Si las acciones de los sujetos políticos nunca deben pensarse como simple manifestación de un estado de ánimo personal sino que corresponden a un entramado de estrategias de las que ellos son la cara más visible, las sucesivas acciones del gobernador de la provincia de Buenos Aires esconcen algo más que los límites de una ineficaz gestión.

A mi me interesaba la audacia de pensarlas desde un sentido positivo, entendido este como productivo, como generador de un sistema político, de una ideología que busca propagandizarse. Me atrevo, entonces a afirmar que la decisión de Daniel Scioli de pagar el aguinaldo en cuatro cuotas responde a una prueba piloto que un sector importante de la política quiere ensayar: la de volver a implementar el ajuste como un modo de señalar con un dedo a la presidenta y decir: por el despilfarro de los últimos años ahora debemos ajustar. No niego los problemas reales de la provincia en la que vivo, lo que quiero expresar es que esos problemas no se deben a una ineficacia en la administración sino a un resultado elegido, buscado.

Si el kirchnerismo educó a la sociedad en la buena administración de los recursos, en un modo pedagógico de instrumentar el dinero del estado para crecer en todas las áreas, si el gobierno se convirtió en un modo de construir soluciones y no repetir el latiguillo del no se puede, si el estado parece funcionar más como aliado que como generador de obstáculos, un importante sector de la derecha (por no decir toda) está harta de este mal acostumbramiento de la ciudadanía. Si ellos quieren volver al poder tienen que pensar de qué modo van a volver a instalar sus políticas de ajuste sin que la sociedad se rebele. Su prédica contra la crispación y el conflicto no sólo obedece a una mirada política que parte de la imposición silenciosa disfrazada de consenso, es también una estrategia para demonizar cualquier toma de partido que implique una consiente defensa de los propios derechos. Que las familias estén enfrentadas y varios amigos se hayan dejado de hablar por diferencias políticas es para ellos una escena reveladora del daño provocado por el kirchnerismo a la sociedad. Entonces habrá que volver a esas instancias donde la armonía se construía gracias al silencio cómplice, al modo elegante de eludir las verdaderas diferencias.

Que el sistema económico kirchnerista fracase es absolutamente necesario para que la derecha pueda existir. Scioli es el experimento, el mascarón de proa para intentar señalar un limite. El gobernador acepta el riesgo político porque su construcción no se basa en su eficiencia sino en su modo ambiguo de diluirse. Nunca tiene una opinión tajante, ni una decisión clara. Scioli es un gran misterio. No se sabe qué le pasa. Es un ser impávido que se sostiene en el maremágnum político argentino y que es dueño de un caudal de votos envidiable.

Pero la derecha, que es una gran generadora de conflictos, aunque intenta borrarlos. Ha decidido confrontar abiertamente con la presidenta a partir de una estrategia confusa. Es que la confusión es siempre su gran arma. Por eso no quiere ciudadanos discutidores y críticos porque cuando comenzamos a posicionarnos y aprendemos a defendernos son muchas las cosas que se salvan de la gran espesura de la confusión. La derecha entonces vuelve con Scioli a las viejas épocas donde una crisis internacional era la excusa perfecta para justificar un ajuste. No se puede pagar el aguinaldo, no hay plata, haya que reducir gastos. Lo intentaron como un modo de señalar que lo que había tocado fondo era la política nacional y Scioli funcionaba como un díscolo gobernador que lo ponía en evidencia. De ese modo buscan volver a establecer una situación de malestar. Una sociedad ofuscada porque tiene menos dinero en el bolsillo.

No es casual que este anuncia de Scioli viniera de la mano del paro convocado por Hugo Moyano. Existe una fuerte voluntad de generar un clima de convulsión social bajo la bandera del no conflicto.

Por esos días quede deslumbrada con el discurso de varios dirigentes de izquierda. En el programa de Gustavo Silvestre un coro conformado por Vilma Ripol y Cristian Castillo decía que muchos trabajadores prefieren trabajar menos horas para ganar menos y no tener que pagar impuestos a las ganancias. Pocas veces he visto una mayor encerrona argumental . Vivimos un tiempo histórico en el que una enfermara, un camionero un docente pueden llegar a un nivel salarial importante, a tal punto de tener que rendir su impuesto a las ganancias. Pero, justamente por esa razón los trabajadores prefieren ganar menos. Me encantaría conocer un sistema político en el que quede abolido el pago de impuestos, un país donde existan paritarias sin techo como exige Pitrola.

Todo forma parte de una misma ideología propiciadora del fracaso.

Es tan desesperado el afán de hacer fracasar al gobierno nacional que no les importa sacrificarse. En gran medida porque Scioli como futuro candidato de la derecha, no sería el hombre eficaz y estadista sino el restaurador de la paz de los cementerios. La figura visible que se ocupe de apaciguar todo aquello que los años de vehemencia kirchnerista pusieron en discusión.

Más allá de la simulación

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El simulacro parece ser una de las estrategias políticas a las que la oposición, y ciertos intelectuales antikirchneristas, se aferran con más persistencia.

Este mecanismo supone el develamiento de una impostura que sostiene y encuadra todas las acciones que llevan el nombre de kirchnerismo. Existe por lo tanto, un amplio sector social que estaría ciego frente a esta simulación o que, aún viéndola ,decide ser permisivo por cierto bienestar material.

Lo llamativo es que este recurso viene dando muy malos resultados y la insistencia ha llevado a la disolución de varios espacios y líderes políticos. Sorprende, por lo tanto, que importantes intelectuales que deberían cuidar su capital intelectual se empeñen en agrandar esta ilusión con la esperanza de que algún día alguien la crea.

Suponer que se puede erosionar un proceso político de alto grado de fervor y participación popular con el argumento de que todo se trata de una simulación, una impostura, que la presidenta finge dolor, que a nadie le importan los derechos humanos y el pueblo, que todo se reduce a un grupo de periodistas pagos y a planes sociales, suena ingenuo y poco político. Se trata de una estrategia que sigue pegada a la lógica de los años noventa. En primer lugar intenta recuperar un espíritu de despolitización al querer instalar la idea de que todo aquello que surge desde un ideario político debe ser falso y que se vuelve más falso cuanto más efectivo es. Si le sirve para ganar elecciones quiere decir que se trata de un mero instrumento político, no de un sentimiento o de un proyecto de estado.

Pero hay algo más. Lo que algunos intelectuales hacen es convertir su rechazo, su aberración frente al kirchnerismo en una totalización que debería fundar una ideología. Esto es muy noventoso. En los noventa se vivió el apogeo de cierta estética del yo que convertía la percepción de un individuo en la fundamentación de cualquier idea que surgiera de esa percepción. Gracias a este mecanismo que legalizó la crónica (como detalle valdría recordar que uno de los intelectuales que hace uso y abuso de este método es un destacado cronista) se podía hablar aún desde la ignorancia más extrema porque ya no importaba la argumentación, los datos duros, la confrontación de las ideas de ese sujeto con la realidad sino que el mero estado de ánimo de quien hablaba era suficiente para sostener un discurso que se validaba en sus propias leyes.

En los noventa había un alto nivel de permisividad frente a estos discursos porque la realidad era muy débil. Incidía poco en las lógicas de verdad o falsedad. Todo podía ser relativizado al extremo pero desde que se instaló una fuerte recuperación de la política los discursos siempre entran en tensión con un afuera que los pone en crisis o los actualiza, le da legitimidad o los desvirtúa. Las construcciones simbólicas,discursivas deben pelear en ese territorio donde se ponen a prueba.

El ejemplo más extremo se observa en los trabajos de campo que realiza Beatriz Sarlo. Ella va a los espacios donde están ocurriendo los hechos pero es en ese momento donde ella realiza el acto de impostura que señala en los demás porque si no fuera sería exactamente lo mismo. Es una persona que no puede salirse de su estado de negación y rechazo, por lo tanto la realidad no es una materia de análisis para ella sino un campo de negación para filtrar su teoría y tratar de enmarcarla a la fuerza.

No sólo se trata de una actitud fuertemente elitista donde un sector estaría diciendo: lo que a mi me pasa tiene que ser la realidad. Sino que expresa una forma política que se aleja de cualquier idea de construcción, fundamentalmente porque no tiene a lo real como el escenario de su acción sino que piensa el discurso intelectual como un arma que trastoca permanentemente lo real, que cierra el camino a la acción, encuadrándola siempre bajo el disfraz de la impostura. Si se siguiera su discurso hasta el final lo que encontraríamos es un glorificación de la no acción. Su enemigo son los sujetos que construyen historia. Para ellos la historia ya se ha terminado y hacer implica mentir.

Cuando uno escucha a Marcos Novaro decir que este gobierno concentra más poder que una dictadura la pregunta que se instala, casi automáticamente es ¿por qué lo dice? ¿qué finalidad encierra esta afirmación? Podríamos suponer que busca convencer a la ciudadanía de que estamos viviendo en una dictadura y de ese modo desmoronar al kirchnerismo. Es bastante absurda como estrategia política. Niega por un lado la participación popular como un factor que no puede desarticularse con frases destempladas dichas en un canal de televisión. Suponer que el nivel de militancia, identificación y afecto que genera el gobierno nacional puede entrar en crisis señalando que el pueblo es engañado por una dictadura ,supone un fuerte desconocimiento de lo que implica la política en el campo de la acción popular. En todo caso su derrumbe vendrá por la desilusión que el mismo gobierno genere, como ocurrió en las felices pascuas alfonsinista. Frente a una sociedad politizada e involucrada ese tipo de proclamas no alcanzan para debilitar un proyecto político. Es el recurso de la impotencia, del que no sabe qué hacer ni que decir y entonces se defiende señalando que todo es mentira.

Pero el dato que no debemos olvidar es que ese recurso sirvió durante mucho tiempo y la batalla cultural que se sostiene desde hace varios años buscó quitarle efectividad a esa manera cómoda de resolver la disputa política. La falta de conflicto que ellos añoran se sostiene el el reinado del desencanto y el abatimiento. Cuando no se cree en nada es fácil no confrontar.

También es un modo de no aceptar la derrota. Al decir que todo es falso se construye la posibilidad de ganar en un futuro, cuando se revele la mentira.

Vuelven los 70

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Desde su discurso de asunción, Néstor Kirchner recuperó el mito de los setenta como un recurso para asignarle sentido a la política. Desde ese comienzo, en el año 2003 fue duramente cuestionado por el modo en que instauró ese pasado en el presente.

Las criticas eran diversas . Por un lado se acusaba a los Kirchner de asentarse en una historia de la que no habían formado parte, pero, contradictoriamente, quienes intentaban validar una acción del presente en relación a hechos pasados también sostenían que la política de derechos humanos era una estrategia cómoda que les servía para eludir las demandas de la coyuntura.

En realidad, si causa tanta irritación el modo en que el kirchnerismo recupera el mito de los setenta y su manera de institucionalizar la política de derechos humanos es, justamente, porque logró darle un fuerte valor de presente. Mientras que en los noventa toda enunciación de ese pasado setentista generaba una política meramente rememorativa, el kirchnerismo supo pensar ese pasado para interpelar el presente. Tuvo tanta actualidad el modo en que articuló esa gesta setentista que le trajo más problemas que beneficios. No creo que le haya sumado votos, lo que si generó fue un mayor nivel de conflictividad, de polémica, características de una sociedad activa y pensante que asume posicionamientos. Las decisiones del kirchnerismo siempre fueron riesgosas.

Si el progresismo se enemistó con el kirchnerismo por su modo de reinstalar el mito setentista no fue porque se quedó en la fachada, o la superficie, sino porque pudo darle fuerza y vigencia a partir de su articulación de lo coyuntural con lo histórico. Eso fue lo imperdonable, que aquello que debía quedar en el pasado se convirtiera en un presente activo, variado, diferente a ese tiempo histórico pero con la capacidad de reelaborar una discusión en la propia acción política.

La vuelta a la política que se celebra a partir del gobierno de Néstor Kirchner está totalmente relacionada con el modo en que supo darle vigencia a esa experiencia frustrada, inconclusa de los setenta. Lo que había sido rememoración de una política de la derrota, lo que se evocaba con dolor se convirtió, gracias al kirchnerismo en un motor apasionado de lucha, en la apuesta a la acción,a la militancia y el protagonismo de los jóvenes.

Casi como si se tratara de una película, de una narración planeada por un novelista, tal vez en ese café literario en el que Kirchner había manifestado refugiarse el día en que Cristina Fernández asumió la presidencia, todo terminó de hacer síntesis los días de las exequias de Néstor.

La realidad es así de elocuente, a veces. La presencia de una sociedad conmovida e invisibilizada que se plantó como un sujeto histórico imprescindible para seguir adelante con este proyecto, mostró su punto más alto en la aparición de la juventud. No porque la política tenga que pensarse en términos generaciones, en lo personal no me interesa la discusión en términos etarios, creo que es imprescindible la presencia de variadas generaciones. Pero hay un dato que me parece fundamental: esos jóvenes remiten a la juventud de los setenta y su presencia destacada a nivel numérico en cada acto demuestra la efectividad de esa política que diseño Kirchner el día que manifestó estar emocionado porque hacía treinta años él estaba en esa misma plaza con Cristina festejando la asunción de Cámpora. Yo lo miraba con desconfianza en ese momento pero lo que me sorprendió fue que los padres de mis amigos que militaron en los setenta dejaron su sillón y se fueron corriendo a la plaza de mayo.

La nueva estrategia de la derecha (para ser generosa porque estrategia no tienen) es tratar de socavar ese mito de los setenta. Ahora lo que hacen es demonizar esos años a partir de argumentos cada vez más groseros.

La Cámpora no es una agrupación que reivindique la figura de Héctor Cámpora, personaje menor de la historia, lo que toma es esa euforia de la primavera camporista. Esa felicidad ante el fin de la proscripción del peronismo, esa sensación de triunfo que se respiró con la amnistía, ese sueño cumplido de la vuelta de Perón. En esos días esos jóvenes creyeron que tenían la historia en sus manos. Esa sensación que para los que nacimos a finales de los setenta parecía imposible la podemos vivir hoy con una idea de futuro más auspiciosa. Resulta increíble pero la continuidad entre ese discurso de Néstor de 2003 con este presente parece perfecta. Entonces la derecha se vale del recuerdo doloroso de lo que vino después. Quieren comparar los conflictos de este peronismo con las batallas sangrientas entre López Rega y los Montoneros. Aquí no hay listas negras, ni organizaciones armadas, ni grupos de tareas. Aparece Lanata diciendo que el gobierno manda al frente a los jóvenes y él teme que mueran sus hijos. Periodistas de cotillón quieren ver un lenguaje belicoso en ese león herbívoro que es Horacio González. El plan es: destruyamos el mito de los setenta a partir del miedo.

La inteligencia de Kirchner fue la de recuperar la figura del militante porque esa figura no se queda en el pasado, para existir tiene que tener un fuerte arraigo en el presente. Le ganó a la izquierda porque su construcción en relación al setentismo siempre tuvo que ver con la figura del héroe mártir. Ser militante era caer preso, ser reprimido por la policía, su identidad se asentaba en el padecimiento. Kirchner se afirmó en el lugar más vital de esa generación y pudo impregnar de entusiasmo a una sociedad como pocas veces se ha visto en nuestra historia.

Como la derecha no sabe muy bien como enfrentarse a este presente intenta disputar una vez más la interpretación sobre el pasado con la esperanza de cambiar el sentido de lo real. La discusión en torno a la presencia de Mario Vargas Llosa en la feria del libro (aunque ese es tema para otro post) debe ser leída en el marco de esta disputa. González busca recuperar la figura del polemista que está lejos de toda censura y autoritarismo, que es una voz que se planta para buscar la confrontación, la disidencia como motor del pensamiento y toda una derecha de pocos reflejos intenta encontrar allí una carga belicosa, intolerante, una lucha armada en potencia.

Una moral situada

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Si el Kirchnerismo recuperó la idea de conflicto como un factor estructurante para hacer avanzar la acción política, la muerte de Mariano Ferreyra, los episodios de Formosa y de Villa Soldati llevan la contienda política a la confrontación del cuerpo a cuerpo. Dentro de esta lógica el que tiene las mayores posibilidades de perder es el más débil, es decir, los sectores desposeídos que reclaman por sus justos derechos. Los muertos son de un solo lado, lo que confirma esta certeza.

Durante los convulsionados 2002 y 2003, el “Colectivo Situaciones” afirmaba que el poder ( por ese entonces el gobierno de Eduardo Duhalde) quería llevarlos a la confrontación cuerpo a cuerpo porque eso ayudaba a terminar de demonizar al movimiento piquetero al mostrarlo como protagonista de una acción violenta. Ellos tenían en claro que debían evitar llegar a esa instancia y desarrollaron una serie de recursos de concientización política en sus militantes. Los primeros meses del gobierno de Néstor Kirchner no fueron sencillos en el modo de contener el conflicto social y hasta tuvo que prescindir de un Ministro de Justicia a quien la máxima de no reprimir no lo convencía mucho.

Comparto con Horacio González la idea de que estos episodios “ponen a la política argentina, nuevamente, en el máximo de exigencia moral e intelectual”, también coincido como señalaba en la nota del sábado 11 de diciembre en Página/12 que se debe “tomar partido por las víctimas sociales, los débiles de la historia, sin más”.Si decidí apoyar el proyecto político del kirchnerismo es porque pude ver y comprobar que mejoraba la vida de buena parte de la población. Nunca pondría la defensa del proyecto por encima de la vida de los sectores más vulnerables. En este sentido creo que los hechos de Formosa son una nube negra que debe ser despejada. El día que el kirchnerismo deje de ocuparse de los sectores más desposeídos yo voy a dejar de ser kirchnerista.

Pero no puedo pensar los hechos en abstracto, como pareciera invocar González en esa nota, por fuera de la razón de estado, sino que entiendo los sucesos políticos como situados, respondiendo a relaciones de fuerza, a estrategias políticas que muchas veces sus protagonistas ignoran. Con esto no quiero decir que voy a negar la legitimidad de la protesta o que voy a desalentar las manifestaciones y reclamos. Creo que una sociedad crece en la medida en que se escuchan más voces señalando lo que falta. Pedirle al pueblo, especialmente al sector que más sufre, que se calle para mantener lo logrado es sostener una lógica asesina.

Para que las personas salgan en grupo a la calle, decidan tomar un espacio, tiene que haber u organización o un detonante que las motive a salir. Los hechos del 19 y 20 de diciembre corresponden al último caso. No nos pusimos de acuerdo para tomar la plaza sino que fuimos invadidos por el mismo sentimiento de furia que nos provocó el discurso de Fernando De la Rúa después de una serie de episodios intolerables. Teníamos que salir a la calle, era un acto, si se quiere visceral, la ciudadanía recuperó no sólo el protagonismo sino esa certeza de que su acción, su intervención podía modificar la realidad. Esos episodios fueron capitalizados por la fuerza política que estaba en mejores condiciones de aprovecharlos: el duhaldismo, pero nada le quita valor a esa presencia del pueblo en la calle después de tantos años de silencio.

Después podemos discutir largamente sobre el espíritu de los caceroleros, sobre la gente que sólo salió por la plata, pero lo que argumentaba en ese momento y lo que sostengo ahora es que no existen hechos políticos puros. Sostener que el 19 y 20 de diciembre llevó a Duhalde al poder es hacer una lectura cínica y desalentadora de la historia. Que las personas salgan a la calle, se presenten, se hagan oír, que escuchemos las voces de esas singularidades que no buscan representantes sino que están allí como seres que se pronuncian sobre su situación, es algo que siempre vamos a defender.Que sus reclamos están por encima de todo, por supuesto, pero ese “sin más” de González no me parece que ayude a concretar estos reclamos sino que nos ubica en una zona estrictamente moral. Esa moral de González me suena tan abstracta que corre el riesgo de parecerse a la falsa espiritualidad de Elisa Carrió. La moral la construimos sabiendo que estamos en un contexto atravesado por estrategias políticas. Llevar a los sujetos a la lucha del cuerpo a cuerpo es extremar el conflicto y eso responde a un plan, no es producto de la mera casualidad.

Mi planteo es el siguiente: Estamos en un momento donde el gobierno de Cristina Fernández goza de un alto porcentaje de imagen positiva. Existe un pueblo participativo, movilizado, critico, que ha recuperado su capacidad de pensar y discutir su época. Podríamos decir que hay un amplio sector del pueblo que se ha despertado y esto se expresa en una variedad de discursos que no son exclusivamente kirchneristas. Acciones estudiantiles, pueblos originarios que se visibilizan cada vez más, movimientos de diversidad sexual, trabajadores. No piensan todos igual, no se encolumnan de forma fanática a un modelo, como cree Tomás Abraham, sino que han recuperado su capacidad de protagonismo y la confianza de que ante el reclamo pueda existir una modificación de los hechos a su favor. Por otro lado se está realizando una muy interesante revisión del pasado ligada a la política de derechos humanos y a la mirada sobre la historia que posibilitó el Bicentenario. Tampoco aquí hay un discurso uniforme. Pero lo bueno es que nos hemos despabilado como sujetos, que queremos pelear, discutir y conseguir esos derechos que todos nos merecemos.

Pero aquí no se termina mi diagnóstico. Hay una derecha que ve en estas expresiones a su mayor enemigo. Una derecha que quiere el ajuste y la somnolencia de los noventa. Esta nueva derecha es más compleja de lo que parece porque tiene a muchos intelectuales progresistas que dicen, como expresaba Abraham en un programa de televisión, que él está de acuerdo con la política económica del kirchnerismo, que a él lo que realmente le molesta es su política cultural. Lo que yo siento es que mucha gente lo que no soporta es que las personas se aviven (aclaro: avivarse no quiere decir ser kirchnerista sino ser una persona autónoma, que es algo muy distinto)

¿Cómo hace esta derecha para poder imponer su modelo dentro de este contexto? Una idea de cualquier politólogo o conocedor más o menos profesional de la política es instalar una situación de violencia. La derecha siempre se ve beneficiada en el caos, la crisis, la confusión y el miedo. Instalar el miedo es un recurso que la derecha utiliza desde tiempos inmemoriales porque cuando la gente tiene miedo se vuelve más conservadora. ¿Cómo reducimos a un sujeto a su expresión más básica, plana , a esa existencia que lo vuelve domesticable? Instalando el miedo. Pueden ser muy progresistas, muy inteligentes, muy críticos, pueden dudar de Clarín y de TN pero si ven que corren el riesgo de perder todo lo que tienen se olvidan de “6,7,8” de las canciones de Barragán y del cadáver de Néstor y piden bala.

Lo que me preocupa del texto de Gonzales es que la derecha argentina es asesina y no le va a temblar el pulso si tiene que volver a matar como mató en 1955 en Plaza de Mayo o en los años setenta en la ESMA. Tenemos que defender a esa gente que padece pero también tenemos que preguntarnos ¿a quién beneficia todo esto? No por mezquindad ni bajeza ni mirada corta de la política, sino porque si estamos atentos vamos a impedir que todos aquellos que sufren terminen despedazados por la derecha. Voy a ser más clara, tenemos que hacernos esas preguntas por nosotros, no por Cristina, no por el kirchnerismo, sino porque los cuerpos a los que van a dirigir las balas si ignoramos esas preguntas y pedimos por una moral sin más, van a ser los nuestros.

El sacrificio

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La historia de Néstor Kirchner se parece a la de un héroe griego. Como Edipo que salva a Tebas del sojuzgamiento de la Esfinge, Kirchner salvó a nuestro país de la peor crisis institucional de la historia. Edipo vence intelectualmente a la Esfinge al resolver un acertijo del que nadie sabía la respuesta y lo proclaman rey de Tebas. Kirchner resuelve la crisis argentina con astucia, inteligencia y audacia, sin reprimir, dando combate a sus enemigos desde la argumentación y las ideas.
Vive su momento de gloria y después cae. Ocurre algo similar a los sacrificios que tenían lugar en épocas arcaicas.

Una buena parte de la sociedad hace propio el discurso de los sectores del poder económico, repite los panfletos de la propaganda mediática y lo acorrala hacia el sacrificio.

El sacrificio es una acción colectiva donde se elije una víctima, se la asedia y se la mata como producto de un acto violento y cruel que en la etapa primitiva de la humanidad ocurría a la vista de todos. Hoy los sacrificios se ocultan de mil maneras y también tienen carácter simbólico, en muchas casos no hay una mano ejecutora que actúa sobre el cuerpo de la víctima.

Lo esencial es remarcar que se trata de un acto colectivo. Las sociedades buscan mecanismos para llevar a determinados sujetos al sacrificio. Lo que le da relevancia a la acción es que el sujeto haya muerto como resultado de esa presión. Es un proceso donde las sociedades hostigan a un sujeto para sacrificarlo y después lo enaltecen, lo colocan en el plano de lo divino.

El ser sacrificado asciende al territorio de lo sagrado, que , si pensamos bajo la línea de George Bataille, es exactamente igual a lo prohibido.No se trata de lo incuestionable, como suele pensarse hoy la palabra sagrado. Al sacrificar a una persona se transgrede la prohibición del “no matarás”, desde ese lugar la víctima se vuelve sagrada porque fue el objeto de una transgresión social .Lo lleva al terreno de lo eterno al elevar a ese sujeto por encima de los demás.
Por estos días la derecha no soporta la idea de que Kirchner pueda convertirse en un mito y perseveran en su estrategia de negar lo evidente para intentar convertir su deseo en realidad, pero lo cierto es que parte del sustento de ese mito lo crearon ellos al demonizar al extremo la figura de Kirchner. Tanto lo cuestionaron, tanto se ocuparon en convertirlo en el responsable absoluto de todos los males ,que su muerte cobró otra fuerza, encendió en su figura el fantasma de la culpa. Muchas de las personas que lo lloraron estaban pidiéndole perdón. Por eso esa manifestación tan descarnada, porque de alguna manera se sentían “responsables” de ese deterioro físico, de esa salud debilitada a la que no se puede dejar de leer en clave política. Ese pueblo que lo acorraló y le hizo perder la última elección de su vida fue también (en una proporción importante) el pueblo que lo lloró. Hay una responsabilidad colectiva frente a esa muerte.

“Lo sagrado es, justamente, la continuidad del ser revelada a quienes presten atención en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo” (…)“Sólo una muerte espectacular, operada en las condiciones determinadas por la gravedad y la colectividad de la religión, es susceptible de revelar lo que habitualmente se escapa a nuestra atención”

La muerte de Kirchner, que fue espectacular e inesperada, uno de esos acontecimientos políticos impensados, iluminó una verdad. Después de tanta discusión, de tanto discurso estratégico en función de tal o cual ideología, un suceso como la manifestación frente a sus exequias, vino a instalar la verdad como un hecho contundente y evidente que se da en el plano de lo real colectivo que se adueña de las interpretaciones restringiendo el espacio para las lecturas que buscan tergiversar su propia evidencia.
Hay sucesos sociales que podríamos llamar abiertos, que se prestan a muchísimas lecturas, incluso antagónicas y que en numerosas oportunidades suelen ser oscuros en cuanto a su significado, por lo general es el transcurrir del tiempo histórico el que les da su lugar y decanta su significado. Pero otros a los que llamaría cerrados (a falta de un nombre mejor) se vuelven dueños de la palabra que los explica. Por lo tanto los discursos que intentan falsificarlo se debilitan de un modo tan contundente , sin que sus argumentos despierten mayor atención.
Se revela algo de ese colectivo que la sociedad no quería ver. Descubre de qué cosas es capaz.

“Ese mundo es el mundo humano que, formado en la negación de la animalidad, o de la naturaleza se niega a sí mismo y, en esta segunda negación se supera sin por ello volver a lo que había negado al comienzo”

La sociedad no quiere ver el resultado de su animalidad, el sacrificio del que es capaz, y lo transforma en su apariencia de racionalidad como una manera de tapar su propia vergüenza.

La Memoria

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Días antes de la muerte de Néstor Kirchner( de esa dolorosa fatalidad que nos sorprendió cuando muchos creíamos que esta vez íbamos a poder eludir nuestro destino) cierto progresismo estaba atacando, tal vez el aporte menos discutible de su gobierno:la política de derechos humanos.

Mucho se ha dicho sobre este tema pero hoy, a modo de homenaje y también como una manera de mitigar el dolor por su muerte, quiero agregar un aspecto menos comentado.

Durante los años noventa la militancia en derechos humanos funcionaba, en la mayoría de los casos, como una fuga hacia el pasado. Por estos días Martín Caparrós recordaba una frase que en su momento observé como una señal de lucidez: Hay que olvidar los 70, dijo después de sacar el segundo tomo de “La Voluntad”. Ese gesto era mucho más complejo de lo que parece. Por un lado investigaba sobre la militancia setentista (es decir convertía el ejercicio de la memoria en un volumen histórico) pero por otro lado señalaba algo que estaba ocurriendo en ese momento. Los derechos humanos funcionaban como un desvío para refugiarse frente a las frustraciones de ese presente. Mientras vivíamos en una época que nos expulsaba como protagonistas, donde no podíamos intervenir en la realidad para transformarla, los años setenta se idealizaban cada vez más. La memoria se convertía en un ejercicio regresivo.Pero pasaba algo mucho más importante: la discusión sobre los setenta y la militancia en derechos humanos se volvían tareas inofensivas. El poder parecía exclamar : déjenlos conformarse con el recuerdo. Muchos progresistas adherían a esas causas porque las consideraban perdidas, es decir con poca posibilidad de incidir sobre la realidad.

En una charla en el Foro Gandhi, un prestigioso intelectual del campo nacional y popular (no recuerdo si era Dardo Scavino o Nicolás Casullo) advirtió que la frase “No se olviden de Cabezas” la podíamos estar diciendo cualquiera de nosotros o sus asesinos. Es decir, los asesinos también quieren que recordemos.

La gran transformación que realizó Néstor Kirchner fue convertir esa política de derechos humanos y esa discusión sobre los setenta en presente. Todavía muchos progresistas, unidos sin quererlo a la peor derecha, no le perdonan que haya convertido el fracaso en una posibilidad de justicia, que haya trocado la derrota en una forma impensada de la victoria.

Lejos de la crítica más trillada de ese progresismo donde se alista Caparrós al sostener que “el kirchnerismo se ocupa de los derechos humanos de los setenta y no de los derechos humanos del presente”, el verdadero cambio de Kirchner, el dato novedoso, fue que esa política de los derechos humanos se articuló con la coyuntura y se convirtió en una intervención historiográfica. El error de Caparrós es no haberse permitido cambiar y reconocer que esa formulación de los noventa perdía sentido a partir de las decisiones concretas tomadas por los gobiernos kirchneristas. Cuando lo escuché hace unos meses recurrir a esa frase sin la menor posibilidad de admitir la variable histórica a la que había sido sometida, comprobé una vez más que su soberbia reside en exigirle a los otros acciones que él es incapaz de realizar.

Por un lado están los juicios con todos sus riesgos. La desaparición de Julio López es la prueba más dolorosa de la vigencia de ese poder militar sobre el presente.

También está el conflicto con el diario Clarín, el modo en que se apropiaron de Papel Prensa y de los bebés que eran por ese entonces Marcela y Felipe. ¿Por qué el progresismo de Lanata y Caparrós rechazan esta contienda? No sólo por narcisismo, por la pose superficial de querer llevar siempre la contra, sino porque eran justamente ellos los que, contrariando su discurso, se ocupaban de esos temas cuando estaban cautelosamente destinados a formar parte del pasado. Cuando el gobierno decide traerlos a nuestro presente, cuando funcionan como el disparador para cuestionarnos el relato de Clarín, cuando se exponen pruebas, acusaciones, testimonios que delatan torturas, robos, apropiaciones, defender los derechos humanos implica asumir las consecuencias que se hacen carne en esta palpable actualidad.

Entonces el empeño por quitarle verdad a una política que en su institucionalización instala un piso común de reconocimiento a una serie de reclamos básicos que esos mismos progresistas defendían. Se dirá que jamás los Kirchner se ocuparon de los derechos humanos, que sacan ventaja política, que hacen demagogia, cuando en realidad vuelven a iluminar conflictos que incomodan a una sociedad que, como decía Casullo, siente una culpa no asumida por su comportamiento durante los años del terrorismo de estado. Hablar de los setenta es hoy una incomodidad porque nos reclama un cuestionamiento sobre nuestra propia historia y sobre nuestras acciones del presente, más allá de que hayamos o no vivido esa época.

Ya comenté en un post escrito en pleno conflicto con la patronal rural, ese texto de Beatriz Sarlo donde le reprochaba a Cristina Fernández, vincular a esa sociedad rural que presidía Luciano Miguenz, con aquella que había apoyado numerosos golpes de estado. ¿Por qué ? , me preguntaba en ese entonces. Porque al articular lo coyuntural con lo histórico la discusión toma otra envergadura y el conflicto se profundiza. Si olvidamos, si dejamos de medir a nuestro contrincantes desde su devenir histórico, podemos eludir con más facilidad el conflicto.

La crispación de Néstor Kirchner no era más que un modo de hacer palpable en un cuerpo la voluntad de justicia. Porque el tema de los derechos humanos recuperó su dimensión histórica y su presente, exacerbó el conflicto. Hacer del pasado presente para resolverlo y efectivizar una forma de justicia es abrir el espacio para que los hechos de ese pasado tengan consecuencias. Y las consecuencias nos salpican a todos. Vivir en un país donde las acciones producen consecuencias fue el gran logro que facilitó Kirchner. La impunidad implicaba que el pasado dejaba de ser peligroso.

Dije sobre ese texto de Sarlo que la prestigiosa intelectual argentina realizaba una apología del olvido al pedirle a la Presidenta desligar a la sociedad rural de su trama histórica.

Junto a la cureña, en plena capilla ardiente, se vio otro modo de hacer presente los derechos humanos. Vimos explotar por las calles la ciudadanía. Ir a llorar a Kirchner fue revelarse sobre la sentencia que decía que nombrarlo era en sí mismo una infamia. Esos gritos, esa necesidad de expresarse, de decir “Fuerza Cristina”, eran un modo de manifestar un sentimiento que estaba condenado a permanecer oculto. Éramos mirados de costado si defendíamos al gobierno, frases macartistas negaban nuestra existencia. Se daba por descontado que todos pensaban igual. Tantos aceptaron que el kirchnerismo estaba agonizando que decenas de miles tuvieron que salir a mostrar su deseo de que no terminara.

La muerte de Kirchner nos duele y lloramos frente a todos, perdimos la vergüenza. Él nos enseñó a dejar de lado los modales cuando tenemos que pelear por nuestros derechos. La historia no se construye con prolijidad, sino despeinados y desalineados.

De todas las frases que escuché por estos días me quedo con una: “Fue el político que me sacó la venda de los ojos”, dijo un señor cercano a los sesenta. Me resulta difícil encontrar un ejemplo que señale con más evidencia el modo en que Kirchner convirtió la discusión sobre el pasado en presente.

Morir en Barracas

Existen importantes sectores políticos en nuestro país, especialmente vinculados a la derecha, que entienden la política desde el lenguaje de la muerte. Su modo de intervención está vinculado a reducir la acción de los sujetos al máximo. Los sujetos no pueden reclamar, no pueden recibir un salario justo, no pueden plantarse como protagonistas de un momento histórico, no pueden tener proyectos y esa negación de sus posibilidades los lleva a pensar la muerte como un modo de hablar de la política, como un idioma en el que ellos se presentan para establecer, a partir del terror y el dolor que toda muerte presenta, una nueva imposibilidad.

La pregunta, frente al reciente asesinato de un militante es ¿de que modo aquellos que nos proponemos intervenir políticamente nos paramos frente a esta estrategia de la muerte? ¿Cómo combatir la política del crimen sin reproducir sus métodos?

En las tragedias griegas los dioses diseñaban terribles fatalidades para los reyes y príncipes como un modo de demostrarles que su poder era muy endeble, que nada podían hacer frente al dominio divino. Los hechos de Barracas quieren señalar que el verdadero poder es otro, no el que está en la Rosada. Hay otra fuerza que le hace pito catalán a los propósitos de la Presidenta. Si ella dice que su gobierno no va a reprimir ellos le tiran un muerto para responderle: tus objetivos no valen nada para nosotros.

Elisa Carrió, Morales Solá formaban el coro que pedía a gritos un muerto. El muerto vale para ellos, en la medida que frustre un proyecto político. Su modo de entender la vida es claro. El militante que cobra entidad para ellos es el militante muerto. Allí asume un nombre quien antes fuera anónimo. La izquierda también se exalta con sus muertos porque es el único modo que encuentran de conseguir protagonismo. Ellos adquieren entidad en el disturbio, la crisis, el despelote. Se trata de sectores incapaces de construir, de pensar la política desde la acción, desde la creación de posibilidades, desde la concreción de mejoras notables en la vida de los sujetos. No sólo no pueden realizar esta política sino que sienten una profunda envidia hacia quienes logran llevarla a la práctica.

En la discusión del “No matarás” que hace unos años efectuara Oscar Del Barco, había un dejo de tragedia y de resignación que se respiraba en sus enrarecidos textos. Existe una derecha asesina frente a la que no hay posibilidad de defensa. El único camino que le queda al pueblo es la mansedumbre. Antes que identificarse con el asesino y reproducir su lógica es preferible ser víctima. Por supuesto que mi interpretación de Del Barco es hereje. Pero no estoy intentando explicar sus textos sino decir aquello que para mi se desprende de sus formulaciones.

Toda muerte que se desarrolla en un escenario político social tiene múltiples significados. Es imprescindible desentrañar el sentido que tiene en cada uno de los contextos. El asesinato de Kosteky y Santillán señaló los límites del gobierno de Eduardo Duhalde. El presidente interino no podía controlar la situación de crisis social por la que atravesaba el país y tomó la decisión de reprimir como un modo de capturar el control, de manejar los hechos.Fue un error político que padeció, que frustró sus deseos de continuar como presidente pero se trató de un error inevitable porque estaba en la lógica de su concepción política.

El asesinato de Mariano Ferreyra surge de sectores sindicales contrarios al gobierno y se articula perfectamente con las acciones de una oposición que necesita imperiosamente que este modelo llegue a su fin para beneficiarse económicamente con la crisis y el ajuste. Pero no es sólo eso. Estos pingüinos, esta mierda oficialista, le está haciendo creer a la gente que puede ser protagonista, que puede tomar las riendas de la historia, que puede pensar, escribir sus ideas en la web, criticar a periodistas impolutos, exigir y pedir una vida mejor. En estos siete años nos reencontramos con muchas de nuestras capacidades y ese es un aprendizaje inolvidable. En los noventa sentíamos que no podíamos nada, que teníamos que resignarnos e intentar zafarla incluso ,pisándole la cabeza a nuestros amigos, ahora nos sorprenden nuestras convicciones, defendemos los que pensamos y nos bancamos los riesgos y esto es mucho más peligroso que una paritaria.

Los que matan nos quieren convencer de que nuestra vida está en sus manos, que nos pueden hacer desaparecer, que no somos absolutamente nada más que títeres que debemos amoldarnos a sus intereses. Mientras que, casi como una paradoja quieren encender otra acción, aquella que pueble las calles de marchas contra el gobierno para señalarlo como el responsable de esta muerte.

Es una manera de ponerle límites al kirchnerismo. Insisto, es urgente pensar de qué modo debemos combatir y trazar estrategias frente a un contrincante de estas características sin compartir sus métodos. Porque nos vuelven a instalar en el enunciado que sostiene que la lucha política se resuelve en la guerra. Quienes se rasgan las vestiduras por la crispación, por la persistencia en el conflicto, pretenden responder al conflicto con la aniquilación del otro.

Estamos enfrentándonos a un adversario que no tiene escrúpulos, por eso hay que ser lucidos y adelantarse a los hechos. El gobierno tendría que haber estado advertido de que una situación así podía ocurrir y desplegar acciones para impedirla.

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Volteando muñecos

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Parte de la riqueza y la excepcionalidad de la época que nos toca vivir tiene que ver con la posibilidad de empezar a cuestionar aquellos temas que hace unos años parecían intocables.

Dentro de esta categoría el periodismo y la justicia ocupan los lugares protagónicos. En los dos casos habían abusado de un escudo que se había tomado como una verdad irrefutable. Ciertos periodistas (me refiero especialmente a las estrellas periodísticas cuya palabra vale por el culto a la personalidad que han sabido fomentar) se protegían en la sentencia que rezaba que cuestionar al periodismo implicaba atacar la libertad de prensa. Los Supremos, por su parte, argumentaban algo parecido: la independencia de poderes se sostenía en la ausencia de opinión sobre la justicia, especialmente de parte de los funcionarios del poder ejecutivo y legislativo. Quienes eran capaces de juzgar y sancionar a los demás (sea de forma virtual o real) no podían ser cuestionados por nadie. Este era el modo en que se sostenía la democracia.

Hoy estamos generando un tipo de democracia mucho más interesante que se basa en una crítica que yo definirá como colectiva para diferenciarla de otro cuestionamiento al que llamaría individualista. El cuestionamiento individualista es el que surge como respuesta a esta crítica colectiva y que se ha expresado elocuentemente en figuras como Jorge Lanata y Martín Caparrós. Cuando Lanata exclama:” ¡Me tienen harto con la dictadura!” convierte a esa discusión, a ese cuestionamiento en un estado de ánimo meramente individual. No quiero decir con esto que esa crítica no tenga una articulación colectiva, me refiero a que es expresada como una sensación elemental, un hartazgo personal que pretende imponerse a un colectivo histórico.

Algo similar ocurrió esta semana con las enfurecidas y apresuradas críticas hacia el discurso de Hebe de Bonafini. Partieron, en muchos casos de un apuro que evitó el pensamiento. Hebe no cultiva la corrección política y siempre será más fácil criticar al que es presa de un exabrupto que al que dice las peores canalladas cuidando las formas. Es parte de la hipocresía que ejercemos todos y estaría bueno empezar a revisar. Pero Hebe, en sus palabras, no deja de tomar en cuenta el riesgo de lo que su discurso enuncia, sabe que no es un mero capricho. Hebe es la manifestación extrema de una época que a veces requiere de temperamentos embravecidos para poder sostener la complejidad de un momento histórico. Las Madres necesitaron muchas veces de esas expresiones que permitieran saltar las vallas de lo prudente.

En esas acusaciones se deshistoriza a la Presidenta de Madres de Plaza de Mayo ( y con esto no quiero decir que se convierta en una figura intocable, paso previo para construir el autoritarismo) se la aísla como si sólo se tratara de una mujer enfurecida. Dejar de hablar de la dictadura implica también banalizar el dolor, no tener un mínimo gesto de piedad hacia el que fue torturado, asesinado, apropiado. Señala el modo en que algunos sectores de la sociedad carecen de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entender un drama aunque no lo hayan vivido y padecido en su propio cuerpo. Esa manera de reducir la historia y lo político a mi esfera meramente individual y encima aspirar a que ese capricho se convierta en norma, no sólo se parece demasiado a la ideología del menemismo sino que también delata un modo en que la inteligencia de ciertos personajes se degrada sin que ellos parezcan notarlo.

Nuestra crítica a los medios y a la justicia se inscribe en un momento histórico, quienes la asumimos reconocemos la densidad y espesura de los conflictos a los que nos enfrentamos, el desgarramiento, los riesgos, complejidades y contradicciones que debemos asumir. Del otro lado muchos responden corriendo el cuerpo, sacándose de encima el debate sobre el terrorismo de estado como si fuera una bolsa pesada que se deja a un costado del camino. Corren a diferenciarse del discurso de Hebe (que merece ser cuestionado como cualquier arenga) para evitar el conflicto que adherir a esas palabras podría implicar, para refugiarse en su universo individualista donde siempre encontrarán una excusa para no involucrarse.Para ellos todos esos temas que provocan cansancio, aburrimiento o fastidio deberían ser eliminados de la faz de la tierra sólo porque ellos se cansaron. Añoran una época donde el conflicto estaba ausente y los deseos individuales eran la única ley, el único reflejo de lo social y lo histórico con el que valía la pena identificarse.

El fin de la transparencia

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La idea de transparencia que guió al periodismo de los noventa, suponía que la revelación, la exposición de una evidencia volvía la realidad absolutamente abarcable. El descubrimiento que entrañaba una cámara sorpresa, donde se develaban las peores fechorías de personajes menores de la escena pública, permitía imaginar que la realidad era tan plana como esa imagen, que todo estaba claro y la contundencia de la situación hablaba por sí misma. Lo que faltaba en ese discurso era la consideración de que el poder es la capacidad de quitarle el sentido a lo evidente. El ciudadano se indignaba desde su sillón por la corrupción estatal pero jamás veía que esas revelaciones tuvieran consecuencias en el plano de la justicia. Esta frustración alimentaba su pasividad, su desaliento y su desprecio hacia la clase política. Presentar al funcionario como un ladrón fue la estrategia que encontró el periodismo para despolitizar la política y ubicar a ciertos periodistas estrella en el lugar de salvadores de la patria (el caso más abusivo fue el de Santos Biazzatti).El periodismo de denuncia era posible porque la impunidad estaba garantizada. Esto explica que se haya convertido en una moda televisiva y editorial.

Jean Baudrillad, que teorizó mucho sobre la transparencia sostenía que “La obscenidad es la pérdida de una escena, de una ilusión escénica y por lo tanto del secreto que preside una acción (…) Esta cultura de la información es pornográfica es decir, una cultura sin secreto”.Justamente el periodismo de fiscales de los noventa quería anular el secreto, se construía bajo la idea de que su ojo avizor podía descubrirlo y revelarlo todo, de que esa exposición mediática era la verdad. Eliminaba esa escena que hablaba ni más ni menos de la trama política, del devenir histórico que hacía posible que un personaje de reparto ,que alardeaba de sus coimas y favores, pudiera ser totalizado como la prueba irrefutable de la corrupción.

La transparencia suponía que el develamiento que habilitaba la cámara sorpresa del delito eliminaba el secreto y acercaba al espectador a la verdad, a la posibilidad de espiar por el ojo de la cerradura al poder (que en realidad era un poder de poca monta) La escena que faltaba allí era la política, la construcción del entramado que hacía posible no sólo la corrupción sino el uso de esa corrupción como negocio periodístico.

En el momento en que la Presidenta decidió convertir en cuestión de estado la investigación sobre Papel Prensa puso ,de manera contundente ,en crisis ese discurso de la transparencia. Hoy el gobierno nacional permite la aparición de la escena que faltaba. El secreto que le sirvió de cómplice al delito hoy tensiona la mirada sobre los medios y la política, le da espesura al conflicto. Desbaratar la idea de transparencia es la mayor herida de muerte al discurso dominante de la corporación mediática.

Desde esta interpretación se podría leer la respuesta cínica de algunos periodistas que sufrieron en carne propia la dictadura de Papel Prensa. A Jorge Lanata, tal vez le preocupa el protagonismo de la política porque frente a la densidad de la argumentación oficial,se evidencia la levedad de la palabra del ex director de Crítica.. Entonces tiene que decir que está podrido de los setenta y reducir un drama histórico a un capricho, a la frivolidad del mero aburrimiento. El problema es que en este contexto defender los derechos humanos tiene consecuencias y esas consecuencias implican aceptar que esa forma de hacer periodismo que volvió exitoso a Lanata tal vez esté llegando a su fin. Esos periodistas existen en la medida que se opongan al gobierno de turno y debiliten sus credibilidad. Nada lastima más a ese periodismo que una política como la que lleva adelante Cristina Fernández. Al convertir una decisión de estado en una acto de historiografía, al plantarse frente al pasado desde una lectura de los hechos y darle un valor de presente, destroza la deshistorización del periodismo posmoderno que en Argentina encuentra su bastión en Lanata.

Lo que nos viene a decir la Presidenta es que ese periodismo de querellas era posible gracias a un pacto de silencio del que personajes como Lanata o Martín Caparrós se asumen como cómplices. No hace falta un análisis minucioso de sus discursos para comprobar que ellos instalan la duda y la sospecha sobre las víctimas, mientras se declaran críticos de Clarín. Ellos nos llevan al pasado, a esa época donde los sobrevivientes debían demostrar la veracidad de sus denuncias, de sus torturas, de sus martirios, donde se los presumía culpables. Hoy escucho a Lanata decir que los montoneros eran personas capaces de matar a un tipo maniatado e indefenso en un sótano. Esa frase incrustada en una opinión sobre un discurso presidencial que todavía no había tenido lugar, sostenido en suposiciones que se demostraron como falsas, me lleva a pensar que Lanata está afirmando: se merecían lo que les pasó, ellos no eran santos.

Nunca escuché que se preguntara de dónde había sacado la plata un empresario, salvo que se llame David Graiver, entonces hay que investigar hasta sus calzoncillos.

“Nuestra propia parte maldita tal vez sea la indiferencia, el rechazo de la política, el pacto sellado en el silencio de las mayorías, en una resistencia sorda e irracional en la que deambulan otras complicidades.” Esta reflexión arrima Baudrillard y Elías Canetti imaginaba que la decepción de la democracia derivaba de su ausencia de secreto. Los medios se ocuparon de borrar el secreto. Ese periodismo no tenía historia, era un ente salvador que hablaba desde una objetividad incuestionable. En el discurso de Cristina Fernández se reconoce que allí donde se suponía que había transparencia existía un secreto y a ese secreto negado la corporación periodística la debe su éxito. Porque si se sospecha de uno, quien sabe,tal vez se puedan descubrir secretos de algún otro.

La iglesia K

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Tomás Abraham utiliza en su nota “Cuestión de fe” publicada en el diario Perfil, un método que de manera impertinente voy a llamar acumulativo ,donde primero muestra cierta complacencia hacia el sectarismo de los grupos políticos, para pasar sin solución de continuidad a enumerar los modos en que “Hannah Arendt describe el sistema de anillos concéntricos de los partidos totalitarios” para finalmente desembocar en la intelectualidad kirchnerista. Estrategia fácil para llevar sin ningún tipo de argumentación a deducir que el kirchnerismo es autoritario. Mucho más cuando se especula con algún lector distraído o poco atento.

“El mundo cultural kirchnerista desde Carta Abierta a Página 12, se ha convencido que son parte de una cruzada moral que les exige una lealtad ya no peronista, que hemos visto que es variopinta, sino una fidelidad religiosa hacia un gobierno pragmático que negocia de acuerdo a una estrategia flexible, con aliados en todas las esferas, respondiendo a intereses que están en las antípodas de la sociedad, variando el rumbo según las circunstancias, y estableciendo alianzas que se rompen o se recomponen por los dictados de la coyuntura y las necesidades del poder.” Abraham describe con absoluta naturalidad una serie de situaciones que poco tienen que ver con lo real. Si el gobierno de Cristina Fernández fuera tan flexible y pragmático habría negociado con la patronal rural y no hubiera sostenido un conflicto que continúa hasta hoy y que tuvo un costo político altísimo. Cuando se usan expresiones como “intereses que están en las antípodas de la sociedad” nunca sé como hacen para saber lo que la sociedad realmente quiere. Pero esta frase supone que el gobierno tendría que responder a un imaginado deseo de no conflicto que estaría rondando en la cabeza de la ciudadanía. Esa frase fue la muletilla de los medios durante el lock out agrario. Me resulta demasiado contradictorio. Por una lado son pragmáticos pero es un pragmatismo medio trucho porque no hacen lo que quiere la gente o lo que les convendría sino que ese pragmatismo los lleva a enfrentarse con el grupo Clarín y la patronal rural,es decir a dar las batallas que desde el regreso de la democracia ningún gobierno se animó a enfrentar.

La estrategia de Abrahán es la de muchos intelectuales y periodistas. Vaciar de contenido las decisiones políticas del kirchnerismo y negar la realidad que construyen pensando cada una de sus acciones como una gran ficción

“La táctica de esta corporación de intelectuales, periodistas y gente de la cultura es soslayar las contradicciones que perciben y los incomoda, descargando sus cartuchos a una oposición poco creíble, decadente, y sin futuro de poder. “ Pienso que, contrariamente a lo que plantea Abraham, al volver a pensar la política desde el conflicto, el kirchnerismo permitió iluminar mucho más las contradicciones. No existe decisión política que no encierre contradicciones porque no se puede ser puro en política, tampoco se puede ser un sujeto de una sola pieza. Si entendemos la política desde las relaciones de fuerza cada decisión se abre a un universo de contradicciones. Me parece que es justamente la oposición la que busca negar las contradicciones para presentar argumentos desde una linealidad absoluta. Las contradicciones no le quitan valor de realidad ni de verdad a las acciones, simplemente las ubican en un escenario donde podrán ser o no capitalizadas, integradas a un universo histórico que le de nuevos sentidos.

“Sienten que el infierno los espera si se atreven a dudar, tomar distancia, y asumir una actitud crítica sin banderas” No sé cuales son los argumentos de Tomás Abraham para sostener que el mundo cultural kirchnerista no es un universo crítico. Lo que yo pude conocer, y lo que yo puedo expresar como una singularidad tal vez poco importante para Abraham, es un espacio múltiple donde existen muchísimas dudas pero las dudas no impiden la adhesión. Me parece que Abraham establece una fuerte sospecha sobre cualquier creencia política (o sobre esta en particular porque se dirige a una forma política que está en el gobierno) la sospecha de una suerte de ateísmo político que considera que toda creencia política es dogmática y que por esa razón se trata de una cuestión de fe, como expresa en el título de su artículo. Una fe que, como todos sabemos, elude cualquier razonamiento. Se es kirchnerista porque se elige no pensar, parece decir Abraham, subestimando una decisión tan crucial y difícil como la de autodefinirse oficialista. Otro manera de borrar al otro, negar una experiencia que se sostiene en un modo de pensar y materializar la historia. Decir : si creen en los Kirchner es porque tienen la necesidad de creer en algo

“Es muy rara esta situación entre una cúpula gobernante que calcula cada paso que da, que acumula poder sin ningún escrúpulo, que flota en antecedentes que así lo confirman, y una orden claustral que protege principios igualitarios, emancipatorios, con la letra de un canon de progresía inviolable que se hace llamar con el extraño nombre de modelo.” ¿Qué es acumular sin ningún escrúpulo? ¿Estatizar las AFJP? ¿Dar aumentos a los jubilados? ¿Sacar la ley de medios? Es Abraham el que no ve contradicciones. Piensa al Kirchnerismo como una máquina de acumular sin tomar los datos de la realidad que pueden refutar esta idea absoluta y ve a la intelectualidad kirchnerista como un todo homogéneo, plano, sin variantes. Todo parece ser un a priori, un gran prejuicio que el destacado filósofo no se preocupa en poner a prueba porque la verdad estaría de su lado, porque los kirchneristas somos seres inferiores que elegimos creer sin pensar.

La reserva moral

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En una serie de artículos que escribe Jean Baudrillard durante finales de los años setenta . Se ocupa de analizar el modo en el que el PC francés elude toda posibilidad de acceder al poder y lo describe como “una fuerza de disuasión y de decepción inigualable y que todo lo que puede ofrecer es una moral, una moral doméstica: salvar los muebles, salvar los aparatos, salvar el estado, salvar las instituciones” El lector argentino ya siente una música demasiado familiar cuando el mayor exponente del posmodernismo agrega una frase que no deja lugar para las dudas “la reserva de la república”.

El discurso de Elisa Carrió parece calcado de las muletillas del PC francés del año 78. Lo importante del planteo de Baudrillard es destacar que esas consignas donde se habla de un pacto moral y la reserva de la república son elementos de disuasión política. Su finalidad es desilusionar, motivar al desinterés y a la falta de participación de la ciudadanía en cualquier acción política. Lo que a Carrió la enfurece del Kirchnerismo no es su supuesta corrupción, su inmoralidad o su autoritarismo (palabras sacadas de la descripciones que realiza la líder de la CC) sino que se enfrenta a los Kirchner porque ve en ellos la máxima expresión de la política. Lo que hay que destruir del kirchnerismo es su modo de politizar la política.

Carrió es la expresión más brutal de una estrategia mediática que también es enemiga de la política. Si la política brinda soluciones, construye líderes, mejora la vida de los sujetos, el periodismo estrella se desmorona. Ya no puede ser el emblema de lo indiscutible. Puede ser que estemos asistiendo, como plantea Edgardo Mocca en una nota de Página/12, al final de un modo de hacer política mediático que tuvo su primavera en los años noventa pero se me ocurre hacer una pregunta en el sentido contrario. ¿Cómo pudo sobrevivir Carrió durante todos estos años con un discurso disparatado, sin construcción, sin logros políticos, sin liderazgo real? ¿Por que dirigentes de mucho mayor peso y entidad política le hacen caso y temen enfrentarla? Seguramente porque Carrió tiene en sectores muy importantes del poder mediático y económico aliados que la sostienen política y financieramente. Carrió recibe favores (ha vivido mucho tiempo sin trabajar disfrutando de vacaciones en Punta del Este, viajes y suculentos manjares porque siempre tiene algún amigo que le hace el aguante) a cambio de una sobreactuación absolutamente delirante que es funcional a una estrategia de la derecha. Carrió tiene la pantalla que desea para hacer su show y después le dice a Alfonso Prat Gay que vote a favor de Martín Redrado porque un colaborador del ex presidente del Banco Central era el que le prestaba el departamento en Punta del Este. Así funciona el nivel de ficción política que sostiene el histrionismo de Carrió.

Vuelvo a Baudrillard para responderle a Mocca que ese discurso moral no es una herramienta válida para etapas de crisis sino un elemento de disuasión para profundizar la crisis, para destruir los pocos vestigios de política que quedan, lo que equivale ha propiciar la desaparición de lo real como el escenario donde tiene lugar la política. Me parece importante remarcar esta diferencia porque ese discurso nunca tuvo buenas intenciones. Ese supuesto viraje de Carrió del progresismo a la derecha se explica en función de su ataque a la política. Durante los noventa se etiquetó como progresistas a personas que en realidad eran antiperonistas y veían en Carlos Menem algún vestigio del peronismo. Cuando el kirchnerismo encarnó un peronismo más clásico se revelaron como gorilas.

La imagen asfixiante de Carrió en todos los espacios políticos que fue creando desde su aparición mediática, se corresponde con esta idea de anti política. La política es la expresión de un colectivo y ella se considera la expresión de un ser superior que jamás se equivoca. ¿Qué mayor estrategia de disuasión que la de un líder absoluto imprescindible para planear cualquier estrategia?

La Coalición Cívica es el refugio de todos aquellos que ya no tienen ningún tipo de esperanza política, el caso más emblemático es el de Patricia Bulrrich y es también un modo parasitario de simular la política sin aspirar al poder. De ese modo toda formulación se vuelve irreal y propagandizar lo irrealizable, lo imposible es la mayor arma contra la política porque de ese modo solo hay que resignarse a esperar el ajuste, la desolación, ese destino trazado que parece imposible de vencer.

Figuras como Carrió intentan convencernos de que nada podemos como sujetos, que debemos esperar que las profecías se cumplan.

La ideóloga de la derecha no es una buena novelista

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Una encuesta publicada hace una semana en Página/12, resulta ilustrativa de las condiciones de lectura de la realidad política.

Consultados los ciudadanos porteños sobre la gestión como Jefe de Gobierno de Mauricio Macri un 38% la considera regular, un 17,2% mala y un 13,2% muy mala, frente a un 25% que la evalúa como Buena y un 1,9 que la observa como muy buena . Es deducir, un 69% cuestiona la gestión de Macri y un 26% la aprueba. Pero en las preguntas centradas en su procesamiento muestran otra situación. Allí es muy pareja la mirada que descree de la estrategia macrista de victimizarse, con aquel sector que acepta una conspiración de Néstor Kirchner.

Lo interesante de estos números que exponen OPSM y Zuleta Puceiro es que una buena cantidad de ciudadanos se siente disconforme con la política real y concreta que observa en su cotidianidad pero eso no resulta suficiente para desacreditar a Macri en otros aspectos. Es decir, la sospecha siempre es un buen recurso, el rumor de la conspiración siempre funciona porque las personas se niegan a aceptar que la realidad sea sólo la experiencia que palpan todos los días. Ellos están seguros de que detrás de todo hecho siempre hay una trama oculta que está conspirando contra el procesado de turno. La mentira se ha vuelto más creíble que la realidad palpable y esto vuelve más difícil la acción y la discusión política porque es casi imposible refutar una paranoia.

Mucho se ha dicho sobre la nota que publicó el día del amigo Beatriz Sarlo en el diario La Nación. Yo insisto en sostener que Sarlo es una ideóloga de la derecha. Una ideóloga no sólo le da letra al político de turno (en este caso Macri) sino que también influencia a la población. No sé cuanto le debe a Sarlo el resultado de esta encuesta pero no es un detalle que un dato tan elocuente como el respaldo que le quitó a Mauricio su propio padre, no haya alcanzado para inclinar la balanza

En el juego de palabras y de nombres que traza Sarlo en su artículo intenta demostrar que Macri y Kirchner son una misma cosa, que el falso antagonismo no es más que una simulación que responde sólo a los intereses de turno. La cercanía de Franco Macri con el ex presidente llevó a Federico Pinedo a acusar “Macri es Kirchner”. Sarlo se vale de esta frase para negar el conflicto y para borrar las acciones que llevaron al mismísimo Mauricio Macri a convertirse por sí solo en un minusválido de la política.

El objetivo de la nota de Sarlo es mostrar a Kirchner como un ser que se maneja sólo por los intereses económicos de turno que lo llevan a aliarse o enemistarse compulsivamente sin evaluar lo que dijo hace unos segundos sobre esas personas. Lo convierte en un posmoderno que vive en un presente permanente donde el pasado no trae consecuencias. Todos recursos que le sirven a Sarlo para negar la verdad y la realidad de las acciones kirchneristas. Otro modo de decir que busca negar la política.

Se preocupa también por mostrar a Mauricio como un inexperto en el mundo de la política que prometió más de lo que podía cumplir y como un ingenuo que pensó que el gobierno nacional lo iba a ayudar. Mientras que los Kirchner crecen en estrategias y planes maquiavélicos Mauricio se despoja de armas para pelear la batalla política. Es un muñequito de cartón inserto en un mundo del que no conoce las reglas. “Macri confía porque se maneja en la esfera pública como si fuera un ciudadano común”, dice Sarlo sin que le tiemble el pulso. Mauricio Macri es de pronto y gracias a la pluma de Sarlo en un ser sin historia. Nada tiene que ver con los negociados de los noventa, con las cloacas de Morón. No, Mauricio se equivoca porque no sabe. En cambio Kirchner sabe tanto que no puede ser ingenuo.

Mezcla Sarlo en su coctelera ,la política de seguridad de León Arslanián en la provincia de Buenos Aires con la designación de Macri de El Fino Palacios argumentando que los dos fueron víctimas de la misma vendetta. Sarlo crea un mundo con reglas tan propias que instala con toda impunidad equivalencias insostenibles. El argumento que saca de la manga Sarlo es que Mauricio es el hijo rebelde y que Franco es el padre tirano que quiere seguir en su dominio. Hay que reconocerle imaginación a Sarlo. Mauricio iba a destronar a Kirchner de su posibilidad de volver a ser Presidente y a Franco Macri de su lugar en la empresa familiar. Entonces los dos padres (en el sentido real y alegórico del término) decidieron conspirar contra la joven promesa y, como decía Pier Paolo Pasollini, inventaron una guerra para matar a sus hijos.

La historia es muy linda para una novela pero, a mi modesto entender, la falla de Sarlo fue que al personaje de Mauricio primero lo presentó como un ser desprovisto de todo talento, ingenuo, ignorante de la política, igual a un hombre común devenido en funcionario y de golpe es la sombra maligna que puede hacer empalidecer a dos personajes enormes, astutos y capaces de tramar las más sofisticadas estrategias como Néstor Kirchner y Franco Macri. Algo le faltó a Sarlo para convertir a Macri en un antagonista un poquitito más creíble

La reconciliación

Tantos años rechazando esa palabra. Tantas discusiones donde la reconciliación era la palabra maldita, la peor de las claudicaciones. Se había convertido en un deseo casi exclusivo de la Iglesia y de la peor derecha argentina. Un modo de borrar el pasado, de negar la responsabilidad de los hechos, de eludir la consecuencias.

Puede sonar exagerado pero durante los festejos del Bicentenario tuve la sensación de que estábamos viviendo algo parecido a la reconciliación.

El sábado me sorprendió el desfile militar, fundamentalmente los aplausos del público. Era una escena que desmoronaba las expresiones de Eduardo Duhalde donde afirmaba que el gobierno humillaba a las fuerzas armadas. Ese momento hubiera sido imposible sin la depuración que se hizo hacia el interior de las tres fuerzas donde se separó la paja del trigo y donde se comenzó a formar a las nuevas generaciones de otra manera. Sin esos cambios, sin la decisión de bajar el cuadro de Videla, ese desfile hubiera sido muy diferente y esos aplausos no hubieran sido posibles. Es algo que las fuerzas armadas le deben a Néstor Kirchner, mal que les pese.

Pero el momento donde esta sensación puede encontrar mayores fundamentos fácticos es aquel que tuvo lugar el mismo 25 de mayo en el desfile de Fuerza Bruta. En la escena del cruce de los andes una multitud a la que se sumó la Presidenta entonó la “Marcha de San Lorenzo” como si se tratará de la hinchada de un partido de futbol. Cuando le tocó el turno al carromato donde se homenajeaba a las Madres de Plaza de Mayo, se mostró un respeto supremo. Hubo un silencio acompañando el dramatismo, hubo aplausos, se escuchó el ya mítico “Madres de la Plaza…” El pueblo argentino pudo integrar dos momentos de la historia que parecían imposibles. Logró repensar a sus fuerzas armadas recuperando ciertos mitos, como el cruce de los andes pero para darle una gran fuerza de presente. Se dirá que allí se evocó a un ejército que poco tiene que ver con el actual y es claramente cierto, pero también es verdad que las fuerzas armadas fueron integradas a una dimensión compartida de la historia donde se las reconoce como gestoras de acciones que tienen que ver con nuestra realidad y se las interpeló desde los conflictos actuales. El protagonismo que tuvieron las Madres, algo que se observaba en la cantidad de personas que desbordaban su stand y en la cantidad de homenajes que merecía cada aparición de un pañuelo blanco, demuestran que la recuperación de ciertas figuras militares no se realizó desde el olvido ni desde la negación de una parte dolorosa de nuestra historia. Por el contrario, porque pudimos procesar ese pasado, porque existen los juicios y las Madres, y los Hijos recuperados, tenemos menos desconfianza hacia esos uniformados y su fanfarria, porque hay una Comandante en Jefe de las tres fuerzas que los exhorta a recuperar esa gloria , que les señala que el ejército perdió el rumbo justamente cuando se separó de su pueblo, es que hoy miramos a los militares con otros ojos, porque es otra mujer la Ministro de Defensa y no cualquier mujer sino alguien que militó activamente en el bando contrario, que formó parte de la generación de desaparecidos y compartió sus ideas ,es que sabemos que podemos cantar la “Marcha de san Lorenzo “ sin culpas.

Parafraseando a los Redonditos de Ricota, la reconciliación llegó como no la esperábamos, a tal punto que creo que nadie lo notó. Tuvo una forma que jamás pudo predecirse. Estábamos tan convencidos de que la reconciliación era la pálida consecuencia de la derrota, del abandono de la batalla, del silencio cobarde que jamás se nos ocurrió imaginar que la reconciliación sólo era posible se se discutía, se peleaba, se ponía todo afuera (disculpen mi excesiva cita al cancionero popular) si profundizábamos el conflicto. Enfrentar las dificultades, las tensiones que la vida política nos plantea es una gran fuente de pacificación. Nos han querido engañar al propagandizar la crispación como la forma distorsionada de la expresión de las propias convicciones. Ser apasionado no significa ser crispado, significa ponerle el cuerpo a las batallas que es necesario atravesar para que nuestro país sea un poquito más justo.

Lo que a mi me crispa es esa desesperación por frenar toda discusión, ese modo de presentar el conflicto como caos, como violencia. Para existir como sujetos y como singularidades tenemos que hacer oír nuestra voz. Nuestro país sería menos democrático si las Madres no hubieran insistido en reclamar justicia, ellas no sólo fueron crispadas, fueron locas. Sin la furia de Hebe seríamos un poquito menos de lo que somos. Nuestra realidad cínica, machista, calumniadora, violenta nos obliga a crear estrategias para combatir.

Nuestros conflictos de los dos últimos años nos permitieron ver con claridad muchas cosas que antes eran borrosas. Esos matices se expresaron en esa capacidad de un pueblo de integrar momentos antagónicos de su historia, no para homogeneizarlos, sino para encontrar en ellos nuevos sentidos, para particularizarlos y darles una dimensión de futuro. Gracias a las discusiones donde negociar no significó ceder ni ni bajar los brazos , pudimos lograr esa convivencia eufórica y distendida de cuatro días de festejos que no hubiera sido posible si el conflicto hubiera quedado atragantado o si los de siempre ganaban con facilidad.

Para mi la paz y la reconciliación (palabras que siempre me parecieron grandilocuentes, cursis, ajenas a mi vocabulario) se parecen mucho a esos festejos patrios del Bicentenario.

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Izquierda y derecha

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El martes 18 de mayo descubrí a Jorge Altamira como visitante del programa “Palabras más, palabras menos” de TN.Lo habían invitado para hablar de la crisis del capitalismo, consigna que el PO viene agitando desde hace tantísimos años y que, a la vista de los conductores del programa, ahora tenía una validez más objetiva.

Altamira hizo una aceptable descripción de la crisis financiera de Estados Unidos y de su mirada sobre el capitalismo global. Altamira es, como muchos dirigentes de la izquierda argentina, un hombre inteligente y culto al que vale la pena escuchar. Pero (siempre hay un pero sino no estaría escribiendo este post) llegada la instancia del análisis, Altamira demostró el poco realismo que inunda la interpretaciones políticas de los líderes enrolados en partidos de izquierda y acostumbrados a una lógica de pensamiento que suele aislarlos en su micro mundo.

La izquierda partidaria suele ver con ánimo positivo las crisis. Podríamos decir, para provocar el debate, que se desesperan por las crisis y viven deseando que ocurran. Algo muy parecido le ocurre a los sectores del capital financiero concentrado: necesitan de las crisis para ganar dinero. La derecha argentina agita el fantasma de la crisis para forzar a un ajuste. La izquierda partidaria tiene otras intenciones, sus integrantes suponen que la crisis abre siempre la posibilidad de una revolución popular. Se trata de una lectura distorsionada de los textos marxistas porque cualquier conocedor de la variada bibliografía de los teóricos de izquierda sabe que las situaciones sociales son más complejas. Ellos simplifican sus formas de análisis y consideran que si hay batahola algo bueno está por venir.

Una crisis provoca dolor, sufrimiento, muerte. Era necesaria la crisis del 2001 para terminar con una etapa aplastante de gobiernos sumisos al FMI, recesivos y carentes de política como esa fuerza motivadora de pensamiento.Pero hubieron muchas personas que no pudieron recuperarse de sus pérdidas materiales y humanas. Ningún pueblo se merece sufrir y una crisis es un momento de transformación y de crecimiento pero es también una instancia a partir de la cual podemos avanzar o retroceder ferozmente y este dato nunca es considerado por la izquierda partidaria. A sus líderes no le gusta la calma que suelen proporcionar los gobiernos populistas porque hunden a la gente en el peor de los engaños, el de creer que se puede ser feliz en el mundo de la explotación. La izquierda partidaria no añora el bienestar de los obreros en la época del primer peronismo, ellos quieren un obrero amargado, muerto de hambre pero consciente de que el sistema lo aplasta. Según ellos desde esa desazón se puede encarar una revolución.

Altamira declaró sin titubeos que “en el 2001 hubo una situación pre revolucionaria en la Argentina”. Aquí Altamira comete un error garrafal desde el punto de vista de la teoría marxista. Para que exista una revolución deben darse condiciones objetivas y subjetivas. Vamos a aceptar, para ser benévola, que las condiciones objetivas estaban dadas. Perfecto, pero faltaban las condiciones subjetivas: un pueblo con el suficiente grado de conciencia y de organización política ( y militar) para llevar adelante esa revolución.

Es verdad que la teoría marxista se presta a interpretaciones muy variadas. Todos los que hemos hecho algún curso sobre “El Capital” (yo hice más de uno) sabemos que se pueden generar discusiones de horas por una línea de texto. Algunos consideran que las condiciones objetivas son estructurales, otros que condiciones excepcionales hacen a una revolución. Yo modestamente me animo a decir que las condiciones objetivas existen en la medida en que pueden ser capitalizadas por las condiciones subjetivas. Es decir, si no existe un sector del pueblo organizado y consciente para llevar a cabo esa transformación las condiciones objetivas no sirven de nada. Tal vez alcancen para elevar un poco el nivel de conciencia de los ciudadanos pero no para mucho más que eso.

Seguramente Altamira no piensa la mismo ( y tal vez por esta razón ,pese a mi formación marxista nunca pude militar en un partido de izquierda) pero para seguir argumentando contra la lectura de Altamira me remito a los hechos. Yo creo que el político debe ser una persona realista. Al no existir en los episodios de diciembre del 2001 un ejercicio político de parte de la ciudadanía, al estar educada en diez años de menemismo, cuando se decidió a salir a la calle, a hacer oír su voz, a participar, se encontró sin recursos, sin herramientas, sin armas, sin una cabeza lo suficientemente lúcida. Se trataba de un pueblo despolitizado y un pueblo despolitizado no puede hacer la revolución. Quien estaba en mejores condiciones para capitalizar ese revuelo fue Eduardo Duhalde. En ese clima pre revolucionario, según la mirada de Altamira, se concretó una pesificación asimétrica que llevó a la mitad de la población a la miseria.

Pero el momento cumbre en el discurso de Altamira fue cuando declaró que “A Zapatero lo van a voltear, están los franquistas…” fue Zloto el que lo interrumpió para decirle “Bueno, pero los franquistas” y Altamira con una calma admirable le dijo que no importaba porque no iba a ser la primera vez que un descabezamiento propiciado por la derecha se convertía en una revuelta popular y bolchevique.

Estas son las cosas que hacen que cada día me sienta más cercana al peronismo. Yo no voy a defender a Zapatero porque las medidas que está tomando son detestables, pero no me sirve que lo descabece la falange porque España retrocedería un siglo. A Altamira le encantaría que ´los sectores más conservadores derrocaran a Cristina Fernández porque, según él, el pueblo argentino les arrebataría el comando de esa revuelta para armar una revolución nacional y popular. Me corrijo, no sólo le encantaría, están dispuesto a poner su granito de arena para que esa destitución ocurra porque ellos encuentran su razón de ser en las crisis, en los momentos de desencanto.

Le recomiendo a Altamira que lea a Antonio Gramsci

Yo me siento más cercana hoy en día a los proyectos políticos que brindan soluciones a su pueblo. Las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón, la gestión de Néstor Kirchner y la de Cristina Fernández se han constituido en base a acciones, a sentidos , a concreción de soluciones. No fueron proyectos que se sustentaron en una idea de crisis donde las perores medidas de ajuste se justificaban en el miedo.

La batalla de Beatriz Sarlo

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Existe en aquellos intelectuales que llaman al diálogo una práctica permanente de instalar y crear conflictos. No desapruebo este ejercicio porque considero que la política se funda específicamente en la tarea de instalar y desarrollar conflictos pero en muchos casos, como ocurre con algunas de las notas que publica Beatriz Sarlo, hay una exagerada necesidad de considerar que ciertas acciones, bastante ridículas y torpes, por cierto, son las muestras de una actitud no conciliadora por parte del gobierno nacional.

Me molestan sus pruebas, sus elecciones de episodios como los ocurridos en la presentación del libro de Gustavo Noriega en la Feria del Libro, para fundamentar la intolerancia.

lo más llamativo para mi es que en su artículo publicado en La Nación llamado “La batalla cultural”, ella termina reconociendo que el kirchnerismo ha conseguido armar un dispositivo ideológico para enfrentar esa contienda insoslayable en cada proyecto político que se dispone a realizar algunos cambios y a enfrentarse con poderes corporativos intocable. Si el kirchnerismo está logrando afianzarse positivamente dentro de la contienda cultural, es decir desde un lugar generador de ideas, ¿para qué quería recurrir a métodos negativos: un sillazo o escrache? Por lo general se recurre a estos métodos cuando un grupo político se encuentra impotente o desconcertado.

Antes que nada me parece fundamental encarar estas discusiones desde un lugar de sinceramiento. Si, como ella afirma en la nota mencionada, los intelectuales de Carta Abierta le dan letra al kirchnerismo estaría bárbaro que Sarlo explicara a quién le da letra ella. Pongo un ejemplo: Marcos Novaro asesora a Margarita Stolbizer, cuando lo invitan a algún programa (generalmente en TN) el joven intelectual no aclara que está trabajando para la dirigente del GEN. Su palabra tiene el halo de autoridad de un intelectual que por fuera del enrolamiento partidario está dando una opinión que pareciera tener más objetividad, más valor que la de un funcionario o un político opositor. Esta omisión no es un detalle. Si algo bueno tiene esta etapa política es que nos obliga a explicitar desde qué lugar hablamos. Tomás Abraham trabaja con Hermes Binner, Alejandro Rozitchner para el Pro, no son los intelectuales de Carta Abierta los únicos que decidieron tomar partido. Esto lo digo porque cuando los invitan a Horacio González y a Ricardo Foster no dejan de señalar su apoyo al gobierno nacional y no ocurre lo mismo con los intelectuales que respaldan proyectos opositores.

Hay un modo de exponer el mapa de acciones culturales que pueden tener una impronta kirchnerista, fuertemente despreciativo. Cristina Fernández tiene pretensiones de intelectual pero, según Sarlo, no le da el cuero, los argumentos de Carta Abierta se convierten en consignas absolutas que se utilizan como comodín para cualquier ocasión cuando, por el contrario, los discursos del grupo de intelectuales que se reúnen en en la Biblioteca Nacional son altamente refinados, a tal punto que corren el riesgo de perder llegada en el amplio mundo social al que intentan interpelar. Hay en Sarlo un tono risueño, despectivo, irónico que busca minimizar a quienes desde distintos lugares hicimos nuestra esta batalla cultural, cuyos fines van mucho más allá del kirchnerismo. Su desprecio es profundamente violento. En su estilo no existe posibilidad de diálogo porque si vivimos en una nube K ¿qué se puede hablar con nosotros? ¿desde que lugar se puede discutir con gente alienada que ha construido su propio limbo?

La caracterización que Sarlo hace de los lectores de Página/12 no sólo es discutible y acotada sino que es agresiva. Yo no estoy dispuesta a tragarme ningún sapo por la política de derechos humanos, como lo expresa Sarlo. Las palabras que usamos nos definen. Sarlo construye un ciudadano kirchnerista a priori como Elisa Carrió y más recientemente Ernesto Sanz, construyen una imagen del pobre a priori, presa del clientelismo que usa la asignación universal en Paco, putas y bingo. Lo que salta a la vista es, por un lado el desconocimiento y por el otro una operación ideológica más peligrosa que busca reducir una experiencia a una forma homogénea y plana cuando el kirchnerismo es un universo plagado de singularidades, de contradicciones, de matices y de diversidades. No existe un sólo modo de ser kirchnerista como no existe un sólo modo de ser clase media, ni clase baja, ni desocupado, ni intelectual. La construcción del pueblo como una instancia anterior a la política (no importa su clase social ni el músculo del cuerpo que use para ganarse el pan) es una artimaña ideológica que busca eliminar la crítica y cerrar la discusión. Su propósito es sostener un discurso que se instale gracias a la repetición, que esté en boca de todos y se asiente como verdad a tal punto que casi nadie se tome el trabajo de internarse en el barro de la realidad y preocuparse por ponerlo a prueba, por ver si es o no cierto. Esta es la batalla cultural de Sarlo.

Cuando Sarlo suelta como al pasar que Sandra Russo es la única mujer que firma contratapas en Página/12 ¿qué está queriendo decir? Sin investigar mucho le contesto que Andrea Ferrari, editora del diario, también ha firmado contratapas, como el primer nombre que se me viene a la memoria.Me molestan los argumentos de Sarlo porque no denuestan estar acordes con su inteligencia. “6,7,8” hereda la pantalla caliente del “Fútbol para todos”, a mi no me gusta el futbol y miro el programa de PPP. Pero no quiero entrar en esta discusión lamentable. Lo que me interesa señalar es que todos los políticos al tomar decisiones, al establecer acciones de estado están “usando políticamente” esas medidas porque la política no es altruismo, es un modo de intervenir en la realidad para transformarla con la finalidad de ampliar el capital político y acumular fuerzas porque jamás se ignora que en el fondo o en la superficie se está dando una batalla con otros sectores que tienen intereses opuestos y buscan desarmarnos.

Lo que con cierto dejo de bronca está reconociendo Sarlo (sin decirlo explícitamente) es que las diferentes estrategias que tomó el gobierno de Cristina Fernández están resultando muy efectivas. Se usa el futbol para hacer propaganda política, si y al mismo tiempo se le restituye un derecho a disfrutar del principal esparcimiento deportivo a buena parte de la población y se termina con un negocio humillante y perjudicial ,incluso para el mundo deportivo.

El mayor deporte es, en realidad, el de la creación de sospechas. Sarlo desliza que en la marcha del 24 de marzo había muchos autocomvocados del Facebook de 6,7,8 con remeras que decían: “Soy la mierda oficialista” como si sugiriera que existen agazapados punteros de “6,7,8” que reparten remeras por una banda ancha gratis. Jorge Schussheim diría “El ladrón juzga por su condición” A veces cuando describimos al otro nos estamos delatando a nosotros mismos.

Sarlo con una buena cantidad de comunicadores e intelectuales intentan convertir estrategias perfectamente válidas del juego político en oscuras y conspirativas operaciones. Todo proyecto político necesita construir consenso a partir de difundir y educar en sus ideas. El conflicto político, esencial y vital para la vida social, no puede resolverse si los ciudadanos no son informados y educados en las diferentes ideas en disputa. Durante mucho tiempo una amplia mayoría de la población sólo tenía la versión Sarlo, la versión de los grandes grupos económicos, la versión Clarín. Hoy empiezan a tener otras miradas y pueden elegir con más elementos.

El armado comunicacional de Clarín se sostiene en grandes estrategias políticas. Muchos gobiernos de la democracia fueron débiles en su armado, como Alfonsín y De l Rúa o construyeron amalgamas sólidas pero reproductoras de la mecánica mediática. Por primera vez un gobierno se propone dar esta batalla desde la racionalidad de un armado político. Sarlo se pisa sola cuando le pone a su nota el título “La batalla cultural” a ella y sus amigos les encantaría que los Kirchner hubieran apelado a la irracionalidad, a la represión, a los golpes, a la agresión, al autoritarismo. La estrategia de Cristina Fernández es la de construir desde una mirada histórica, pensar como una estadista no como una contrincante de la coyuntura. Esta decisión los desarma, los exaspera. Ellos quieren un muerto, sillas que vuelan pero eso no tiene nada que ver con nosotros. Cuando digo nosotros hablo de lo que yo hago desde mi modesto blog y lo que interpreto del trabajo de los otros con el que me siento identificada.

Cuando Beatriz Sarlo nos acusa a los blogueros de vivir del rumor que difundimos y multiplicamos siento que se está equivocando. El rumor lo difunden y multiplican los medios monopólicos, personajes como Carrió, Morales y Sanz. Yo, en lo personal me ocupo del análisis y la construcción de argumentos para el debate. No difundo nada. Lo que más molesta es que muchos de los que destinamos una parte de nuestro tiempo libre a esta placentera actividad de escribir blog lo hacemos por convicción. Somos autónomos, no respondemos a nadie y cuando nuestra confianza decaiga escribiremos sobre otra cosa. A los amigos de Sarlo les molesta que su odio haya engendrado personas que se afianzan en su defensa del proyecto kirchnerista, que se les haya desplomado el mito de la clase media, les molesta que exista un nuevo sujeto, una nueva ciudadanía que intenta recuperar de manera emancipada su propia voz y hacerse presente. Estamos aprendiendo a defendernos y a amar a nuestro país y esta no es una tarea fácil porque nos obliga a repensarnos,a reconstruirnos como sujetos.

Horacio González, un hombre cordial

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Vivimos un momento donde las biografías de los personajes públicos se convierten en un tema de análisis y reflexión política. La dimensión de la subjetividad, como pocas veces, se ve enlazada en el devenir histórico y descubrimos, una vez más, que nuestra identidad como sujetos no puede limitarse a los actos privados.

Hace una semana escuchaba a Horacio González soltar algunas advertencias sobre este modo directo de cruzar biografías en una discusión política. Entiendo que toda vida es compleja, que existen cambios, transformaciones, conflictos a veces difíciles de resolver, todos tenemos derecho a equivocarnos y sería demasiado cruel que se nos limitara a nuestros errores. Pero más allá de la comprensión, absolutamente imprescindible para darle a esta discusión cierta profundidad y justicia, me permito disentir con el director de la Biblioteca Nacional.

Hay momentos donde nos enfrentamos a situaciones definitorias. Sería mucho más fácil para todos transitar una vida donde nuestras elecciones no generaran consecuencias. Muchas veces nos engañamos pensando que nuestras pequeñas decisiones no van a hacer historia. Siempre existen buenas excusas para no comprometerse. Cuando por estos días se buscan explicaciones a los actos y declaraciones de algunos periodistas o políticos, ciertas personas sufren un estado de pudor. Tienen miedo de quedar como los acusadores que le están exigiendo coherencia a Magdalena Ruiz Guiñazú, por poner un ejemplo. La indulgencia que noté en González durante su visita al programa “6,7,8” me pareció inmerecida. Escuchar ese tono afable y complaciente de una joven Magdalena frente a un genocida como Videla y compararlo con el tono guerrero y agresivo que usa para entrevistar a Aníbal Fernández, merecen una severa crítica. Al menos, merecen que la misma Magdalena se haga cargo de sus cambios y transformaciones, que entienda que ese tono afable frente a un asesino le quita la posibilidad de exaltarse y acusar al gobierno de Cristina Fernández de ser una dictadura. A los dictadores se les habla candorosamente por miedo, nadie prepotea a un dictador como hace Magdalena con Aníbal Fernández, en su propio comportamiento está la revelación de la mentira.

Podría aceptar a una Magdalena temerosa ante Videla si ella fuera capaz de entender que ese acto implica consecuencias, autocrítica y un mínimo cuidado con las palabras y las acusaciones. Decir que el uso reiterado de la cadena nacional por parte de la Presidenta “es cosa de milicos”, no sólo es una absurda mentira sino que es una manera muy fácil de desligarse del pasado. ¿Tiene autoridad realmente Magdalena para lanzar esa acusación?

Comparto con González la idea de refinar los argumentos. No se trata de exponer biografías exigiendo una coherencia imposible. Se trata de revalorizar la importancia de las acciones, de saber que hay instancias donde nuestra responsabilidad es suprema y donde si llegamos a un lugar de jerarquía y autoridad profesional tenemos además un mayor nivel de exigencia en cuanto a la verdad y el compromiso.

Porque aquí ocurre algo más importante. Cuando se disculpa a quienes no se animaron,cuando se justifica el silencio de varios periodistas porque “necesitan sobrevivir ” . Cuando se es complaciente con quienes hoy escriben mentiras y se vuelven cómplices de los oscuros negocios de las corporaciones mediáticas, se desmerece a quienes si se animaron. Se trata de un discurso que parece afirmarse en las generalidades y no en las excepciones. Yo creo que la verdad está en la excepción, en esos actos que revelan todo aquello de lo que el ser humano es capaz. Rodolfo Walsh podrá ser un lugar común pero nuestro esfuerzo tiene que estar centrado en comprender a un Walsh . El hombre que se rebela es inexplicable, decía Michel Foucault pero también puede ser inexplicable que muchos periodistas asalariados del grupo Clarín sigan participando de esta gran estrategia de sus dueños para no perder poder.

“6, 7, 8” está corriendo un riesgo al hacer periodismo de periodistas, al escarbar en el pasado de los personajes mediáticos y preguntarse qué hicieron y qué hacen ahora, imaginando que uno puede encontrar una explicación en las numerosas conductas que sostienen una vida. Puede ser cruel, puede generar un poquito de miedo y de introspección pero a mi me parece fabuloso correr ese riesgo porque el menemismo fue, entre otras cosas, una experiencia política que llenaba de liviandad nuestras vidas. No había consecuencias, el pasado se borraba, uno podía desprenderse de su historia sin contradicciones y desdecirse de sus actos. Volver a una mirada donde las acciones tienen un valor es el gran salto histórico al que se enfrenta nuestra subjetividad y será doloroso porque la vida se vuelve más difícil y definitiva. Me parece que no todos los sujetos tienen la frialdad para mentir frente a a una cámara o para adular a un asesino. Creo también que ciertos títulos como los que se publicaban en la dictadura, o más cerquita en el tiempo como los que vemos todos los días,son puntos de no retorno. Que Julio Blank diga ante una cámara que un título como “La crisis causó dos nuevas muertes” está mal, es mentiroso, no dice toda la verdad. Tendría que ser motivo suficiente para que no se dedicara más al periodismo. Nos acostumbramos durante mucho tiempo a naturalizar el desastre, a aceptar lo inadmisible y yo no quiero que un intelectual como González ocupe el tiempo televisivo en decir que la historia de la redacción de Clarín es la historia de los grandes fracasos argentinos porque a toda esa historia ellos la trituran todos los días, la rifan, la historia de las derrotas de nuestro país hoy está en otro lado y la lectura que hace clarín hoy de todos sus resabios históricos no sólo es banal sino que atenta contra la historia que hoy se está construyendo.

Insisto, existen muchas personas que no son ni fueron capaces de decir con estridencia que todo es un desastre o que estamos ganando una guerra canalla. Algo le tiene que estar ocurriendo a un sujeto para manejar ese cinismo y esa absoluta falta de solidaridad.No estoy dispuesta ni a aceptarlo ni a comprenderlo, prefiero gastar mi indulgencia en causas con más sustento.

No se trata de condenar o reducir a una persona a sus tropiezos y debilidades sino de asumir la magnitud de nuestros actos y procurar repararlos.También de tener la dignidad de llamarse a silencio, de retirarse antes de hacer papelones como defender a una apropiadora.

Disiento con González porque no creo que se complejicen los argumentos siendo indulgente, tratando de entender, sino reconociendo el peso que tiene cada acto. Magdalena participó del informe de la Conadep, más allá de las discrepancias y limitaciones de esa comisión tuvo un valor muy reconocido en un contexto sumamente delicado. Pero ese acto no la disculpa de su silencio frente a la declaración de Duhalde de “construir una sociedad para los que quieren a Videla”, ni del modo banal en el que redujo la investigación sobre la apropiación de menores a una mera elección de hacerse o no un ADN como si se tratara de degustar un vino. Nuestro pasado no nos salva de nuestros errores o complicidades del presente, mucho menos si nosotros decidimos dilapidar nuestro capital histórico.

Estos razonamientos dejan muy solos a aquellos que han optado por decir que no, sacrificando carreras brillantes y protagonismo mediático. Hay muchas personas desconocidas que persisten en su verdad pero son figuras secundarias en este relato porque todavía seguimos pensando bajo la lógica menemista del éxito. Somos vulnerables al éxito y justificamos a aquellos que dicen que si para no perderlo.

La conquista de la libertad

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Pertenezco a la misma generación que Marcela y Felipe Noble. No tengo dudas sobre mi identidad, un dato que en nuestra historia es casi una señal generacional para quienes nacimos durante la dictadura.

El caso de Felipe y Marcela tiene muchos puntos en común con las historias que se relataban dentro de la tragedia griega. El primer título, casi obvio, es el de “Edipo” de Sófocles, donde el rey de Tebas tenía que descubrir quien había sido el asesino del anterior rey, muerto días antes de que Edipo llegara a la ciudad. Decidido a enfrentar la investigación Edipo descubre no sólo que él es el asesino sino que Layo, el rey muerto, era su padre. Edipo desconocía su identidad porque sus padres, Yocasta y Layo, al recibir las predicciones del oráculo que auguraban que Edipo mataría a su padre y se casaría con su madre, lo mandaron a matar para que no se cumpliera tan terrible destino. Uno de sus sirvientes se apiadó del bebé y lo entregó al rey Polibo. Edipo desconocía que no fuera hijo biológico de Polibo y durante toda la obra se cruzan tres niveles de conflicto. El conflicto social ¿quién asesinó al rey? El conflicto religioso ¿se cumplen realmente las profecías del oráculo? y el conflicto íntimo: ¿quién soy? ¿cuál es mi verdadera identidad?

El héroe tiene una característica indispensable para que su drama intimo se convierta en un asunto público. Es alguien que pertenece al poder. El caso de la apropiación de Marcela y Felipe tiene un valor más significativo que cualquiera de los otros casos de niños apropiados. Quien se apoderó de esos niños es una de las mujeres más poderosas de la Argentina. Por esa razón la resolución del caso atañe a toda la sociedad. No sólo por eso. La apropiación de menores formó parte del terrorismo de estado y es un delito. Como crimen de lesa humanidad debe esclarecerse. Pero la resolución de este caso dirá mucho más sobre el poder y sobre el funcionamiento de la dictadura, sobre su permanencia en distintos sectores económicos y sobre la conversión de los grandes monopolios mediáticos en nuevas estrategias del fascismo.

La aparición de una solicitada y una grabación televisiva que tenía la firma y la presencia de Marcela y Felipe fue un dato que contribuyó a la exhibición pública de los mecanismos de la apropiación.

Cuando leí la solicitada en Página/12, por la mañana, lo primero que pensé fue que en ese texto se trataba de construir a seres de una sola pieza. Vendrán después las investigaciones sobre los publicistas y abogados que redactaron ese texto pero la primera evidencia para mi estaba en la exagerada prolijidades del relato. Lo más lógico es que cualquier persona que esté atravesando el drama que viven hoy Marcela y Felipe se enfrente a una cotidianidad plagada de contradicciones. En el texto, por el contrario, no había fisuras. Eran seres que no parecían encarnar un conflicto, absolutamente planos, despojados de una subjetividad histórica que les diera presencia, singularidad en ese texto. La mentira estaba en esa pulcritud, en esa unilateralidad, en esa ausencia de contrastes.

El héroe griego también era una persona de una sola pieza. Imposible, irreal pero creíble por la certeza absoluta de estar defendiendo una acción con sentido que era más importante que su propia vida. No temía dar batalla a adversarios enormes, imbatibles como los dioses, porque consideraba que su combate cambiaría las relaciones de fuerza.

El caso de Felipe y Marcela es el negativo del héroe griego. En la grabación televisiva que pude ver por la noche se mostraba a dos autómatas. Es increíble observar como personas que pueden montar la más sofisticada de las estructuras para crear los mundos que se les plazca no pudieron ver algo tan claro. esos jóvenes expuestos como pilotos suicidas dejando un mensaje a la posteridad antes de inmolarse, eran la prueba más clara del delito de Ernestina Herrera. sólo alguien que le arrebató la identidad a dos personas puede ofrecer esa prueba contundente de borramiento de la singularidad. Marcela y Felipe no pudieron ser dueños ni de sus propias emociones , no se les permitió decir simplemente lo que sentían. No sólo no había verdad, no había libertad, parecían dos presos obligados a testimoniar en su contra. Esta claro que lo que a ellos les pasa no importa, lo esencial es salvar a Ernestina Herrara del escándalo y la cárcel. Ellos son sólo un instrumento cuya palabra también está secuestrada.

¿Qué pasaría si Felipe y Marcela hablaran sin guion? Tal vez se animarían a decir algo diferente a o que le gustaría escuchar a la dueña del monopolio. Tal vez ya ni saben lo que quieren y dirían lo que se les ha enseñado.

El héroe griego es tal porque se decide a asumir el conflicto hasta las últimas consecuencias. Marcela y Felipe deberán en algún momento animarse a dar ese paso para convertirse en sujetos.