ContactoA mi los sitios de noticias rosqueadas no me gustan. Pero en este caso voy a servirme de una noticia publicada por uno de ellos para que conozcamos mejor cuáles son los defectos de un modelo de construcción política como el propuesto por Ibarra (quien, digámoslo, no es el único responsable del desbande que aún hoy sufre el centroizquierda en la Ciudad):
Bienvenido Raúl (a.k.a. “El Colorado”, a.k.a. “Rasputín”) Fernandez al macrismo.

Parece que según Borges a 100 años de soledad le sobran 50. Tal vez estos nueve puntos estén todos de sobra. Principalmente porque fueron un intento asistemático de sistematizar algunas reflexiones. Pero también porque, luego de descansar hondamente en los borradores, suben a la red hoy bajo la doble convicción de que lo perfecto es enemigo de lo bueno (y lo bueno de lo regular y así sucesivamente) y que lo escrito encuentra su completud en la lectura y, sobre todo, oh blogs benditos, en el comentario. Aquí van, entonces, algunos puntos suspensivos para pensar la etapa.
1. La aplicación del conjunto medidas de ajuste estructural y reforma del Estado, que conocemos como neoliberalismo, empezó en 1989 y terminó en 2001. Tal como había ocurrido con la dictadura militar, el fin del neoliberalismo fue producto de su propio colapso; no de la victoria de algún sujeto social o político (los trabajadores, el justicialismo, etc.). El estallido social de diciembre de 2001 fue la consecuencia y no la causa del fracaso del neoliberalismo. La ruptura del lazo de representación política en todas sus instancias (presidencial, parlamentaria, partidaria, gremial, etc.) y la masiva situación de marginalidad social (indigencia, pobreza, desempleo, etc.) no son otra cosa que los escombros que dejó el derrumbamiento neoliberal.
2. El modelo neoliberal estalló en manos de la fuerza electoral que se había presentado como la alternativa a sus implementadores y apólogos. Sin embargo, la oposición al neoliberalismo de la alianza electoral vencedora en 2001 había sido planteada en torno a sus efectos (desigualdad, corrupción, etc.) y no en torno a sus causas. Así, la ocupación del lugar simbólico de la oposición al neoliberalismo obturó la articulación de una oposición concreta, dejando el campo libre para la profundización del ajuste iniciado una década atras. [Algo similar había ocurrido una década antes, cuando el sujeto con mejores recursos simbólicos (justicia social, independencia política, soberanía económica) oponerse a la ola neoliberal que arrasaba el mundo, fue el encargado de introducir el modelo en Argentina]. De esta manera, la implosión del modelo neoliberal produjo un vacío en el escenario político y social. Ninguno de los múltiples actores en juego aparecía como claramente capaz de hegemonizar la dinámica política posterior al colapso en base a la legitimidad proveniente de su oposición concreta previa. El escaso porcentaje de votos con el que el que Kirchner obtuvo la presidencia de la Nación es prueba suficiente de los alcances del vacío político.
3. Alrededor de finales de siglo, el modelo neoliberal de ajuste permanente también colapsó en el resto de América Latina. Entre 1998 y 2005 diferentes procesos políticos nacionales configuraron lo que luego se conoció como el “giro a la izquierda”. A diferencia de la Argentina, en Venezuela, Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador la dinámica posneoliberal fue nítidamente hegemonizada por un actor político o social determinado que había encarnado la oposición concreta al neoliberalismo durante los años anteriores: el chavismo, el Partido de los Trabajadores, el Frente Amplio, el MST, etc. Hubo países como Uruguay y Brasil, donde el actor fue principalmente político, es decir, organizado desde el inicio como un partido político. En ellos, el lazo de representación política clásico (votantes >>> autoridades electas) fue lo suficientemente fuerte como para permitir a los partidos conducir, con mayor o menor éxito, el proceso de reconstrucción del Estado y de reintegración social en el marco de la institucionalidad existente. En otros países, como en Venezuela o Bolivia, en cambio, el sujeto que se opuso al modelo neoliberal fue principalmente social, esto es, el partido político que eventualmente venció las elecciones fue solo la expresión electoral de un movimiento social que estaba organizado al margen del sistema partidario previamente existente,. En estos casos la reconstrucción política y social requirió de modificaciones más o menos importantes de la insitucionalidad previa. Las reformas constitucionales fueron el modo elegido para operativizar por medio del aparato estatal la hegemonía de los sujetos sociales. Estas reformas buscaron, entre otras cosas, incorporar a la institucionalidad estatal prácticas subversivas del lazo de representación política anterior. Principalemente formas de participación social: revocatorias de los mandatos, foros ciudadanos, etc.
4. En Argentina, la dinámica política posneoliberal no tuvo las características de ninguno de los dos “modelos latinoamericanos”. La inexistencia al momento del estallido, de un sujeto, ya fuera político o social, con capacidad para convertirse en el conductor del proceso de reconstrucción, hizo imposible la articulación de alguno de los dos tipos de “giros a la izquierda” que tuvieron lugar en el resto del subcontinente. En ese contexto, el gobierno nacional era el único actor con posibilidades de llenar ese vacío. La reconstrucción del lazo de representación política y la reintegración social de los marginados debió ser encarada, entonces, a partir de las herramientas propias de la gestión estatal: las políticas públicas. A diferencia del brasilero, el gobierno argentino no contaba con una construcción política previa capaz de sostener la implementación de esas políticas. Esta carencia fue fuertemente determinante del curso de acción a seguir. Para la regeneración del lazo de representación, el gobierno nacional tuvo que utilizar una apelación directa a “la sociedad”, una apelación sin mediaciones partidarias o institucionales. Kirchner forjó su representatividad a través de una relación tan directa que incluyó desde un principio el contacto físico con los ciudadanos en actos masivos. Esta estrategia fue complementada con la elección de temas de agenda con una fuerte significatividad pero con una baja capacidad de generar divisiones sociales: la reivindicación de los derechos humanos a través del juicio y castigo a los genocidas, el transparentamiento de la de la corte Corte Suprema a través de la renovación de sus miembros, el castigo a los “poderes feudales” a través de la intervención de Santiago, el enfrentamiento a los organismos internacionales de crédito a través de la renegociación de la deuda, etc. Todos estos “temas” lograron dar a Kirchner la representatividad necesaria para transformarlo en un actor con peso político propio, más allá del control del presupuesto estatal. Para la reintegración social, el gobierno actuó sobre dos ejes: la recuperación del rol del Estado como regulador del mercado de trabajo y la implementación de políticas de asistencia social. El primer eje tuvo como principal acción el retorno de las paritarias. A medida que el mercado de trabajo se recuperaba como producto del crecimiento económico esta mediación le daba una mayor importancia tanto al Estado como a los sindicatos. El segundo giró en torno a la efectivización de las politicas sociales: el plan trabajar, la construcción de vivienda social e infraestructura comunitaria. El descenso de la desocupación fortaleció la posición del estado como árbitro del mercado laboral a la vez que le permitió planificar mejor la ejecución del presupuesto orientado a la asistencia directa a los sectores populares logrando, por ejemplo, récords en la construcción de vivienda.
5. La conducción del proceso político de reconstrucción a través de la gestión estatal, determinó los intentos de conformación de un sujeto político se dieran desde y a través de los recursos estatales. Sin embargo, la traducción de estos recursos en articulación política (contrariamente a lo que opinan los tesistas del billeterazo) no es directa. Ni el control centralizado de la obra pública logró convertir el poder de veto de los ejecutivos provinciales en una construcción política positiva, ni la asignación de la asistencia social directa pudo transformar a los movimientos sociales en un sujeto político con capacidad de construir el poder necesario para sostener la dinámica de regeneración del lazo de representación e integración social. De este modo, el gobierno permanece en la escena como el único actor con peso propio. Es el único actor con capacidad para llevar adelante la reconstrucción. No sólo “no hay nada a la izquierda” sino que tampoco hay nada a la derecha del gobierno. Sencillamente porque es el único agente pleno del espacio político. En ese sentido, los intentos por intentar medir la progresividad del gobierno son estériles: el kirchnerismo hace todo lo necesario para poder gobernar. Se legitima a sí mismo como actor político y reconstruye el tejido social. Ambas cosas desde el lugar único que otorga la presidencia de la nación. Lo que es un privilegio pero también un riesgo: el gobierno debe crear por sí mismo las condiciones de su propia posibilidad. En cada acto de gobierno se juega la gobernabilidad misma.
6. La presencia del gobierno como actor político único es determinante para cualquier debate sobre la actual situación del progresismo. Al no haber otro agente que la presidencia, el único criterio político existente es el de la razón de gobierno. Los ejes sobre los que se estructura la agenda política general son idénticos a los ejes a los que se enfrenta el gobierno nacional. La racionalidad de la administración del Estado monopoliza el terreno del debate político. Así, toda elección realizada desde el gobierno es en sí progresista porque permite la supervivencia del único actor apto para conducir la reconstrucción del Estado. El contenido concreto de esa reconstrucción pasa a segundo plano por cuanto no existe ningún sujeto político con capacidad suficiente para jugar una relación de fuerzas que permita grados mayores de conflictividad. De esta manera lo más importante no son los beneficios que los sectores populares puedan obtener del Estado en reconstrucción sino que esa reconstrucción sea de hecho posible. Por ejemplo, importa menos los beneficios concretos que puedan derivar para los sectores populares de los subsidios al transporte urbano de pasajeros, alcanza con que el mantenimiento de la tarifa abarate la reconstrucción del mercado laboral y que el control sobre los recursos posicione mejor al Estado frente a las concesionarias. En este contexto, el único punto de quiebre posible es el apoyo o la oposición a las decisiones del gobierno. Ningún actor es capaz de introducir temas que estén por fuera de la razón de gobierno.
7. La antinomia en torno a las acciones del Gobierno es particularmente perjudicial para quienes se ubican del lado progresista del espectro político. Dependiendo de su contenido, la reconstrucción del Estado puede ser o no ventajosa para los sectores más concentrados de la economía y sus beneficiarios. Los grupos económicos tienen la posibilidad de solicitar o rechazar la intervención estatal de acuerdo a su conveniencia para cada caso en particular. Los sectores populares, en cambio, requieren siempre de la presencia estatal. Ante la imposibilidad de esos sectores de sostener por cuenta propia la dinámica de la reconstrucción del Estado, la mejor opción posible que se les presenta es la de apoyar una reconstrucción totalmente determinada por la racionalidad de un gobierno que “juega solo”. Esa racionalidad lleva muchas veces a que las políticas estatales pierdan una parte de su carácter progresivo. Por ejemplo: construir vivienda social en acuerdo con las cámaras y los sindicatos de la construcción es menos “progresista” que hacerlo con las cooperativas de los movimientos sociales pero más racional, en el escenario existente, en términos del fortalecimiento del Gobierno como actor político. La organización del campo político en torno a las acciones del Gobierno, entonces proporciona una limitación interna para las fuerzas sociales que necesitan de un gobierno que oriente la legalidad y las burocracias estatales hacia su protección.
8. Esta situación presenta un grave problema para las fuerzas políticas progresivas puesto que toca uno de sus costados más débiles: la contradicción entre un discurso forjado por oposición al estado autoritario y la posterior necesidad de reclamar la intervención del estado, primero para el juicio y castigo a los genocidas y luego para la contención de los sectores expulsados del mercado de trabajo. De esta manera, importantes esferas de la intervención estatal, entre las que se encuentran la Seguridad y la Defensa, pero también importantes cuestiones como el aparato Penal e incluso las relaciones internacionales en su aspecto extra mondediplomatique, son un coto de caza preventivamente entregado a quienes expresan intereses contrarios a los de los sectores populares. Algo similar sucede con la corrupción, cuyo tratamiento es monopolio indiscutido del liberalismo sin que existan discursos mínimamente articulados que puedan dar cuenta del modo en que el cohecho es principalmente perjudicial para los pobres. Así las cosas, la construcción política se ve obligada a dejar de lado cuestiones que son fundamentales en la agenda pública y por lo tanto vuelve a ser la racionalidad gubernamental la encargada de dirimir las discusiones en torno a asuntos clave como la política de seguridad.
9. Paradójicamente, el neoliberalismo implicó la práctica desaparición de la política por fuera del gobierno. Excepto algunos líderes sindicales, no hay actores políticos de peso que no estén vinculados a la gestión. Incluso los líderes sindicales son importantes tan sólo en términos de su utilidad para la acumulación política a través de la acción de gobierno. Ni siquiera el poder legislativo es importante sino como ámbito para la formación de mayorías que permitan la ejecutividad. Para que los sectores populares puedan profundizar su participación en la comunidad política a través de la expansión de derechos deberán forjar un sujeto político capaz de encontrar una articulación virtuosa con el ejercicio del gobierno. Un primer paso podría ser la articulación de un programa propio que marque el rumbo hacia una democracia más profunda. El conflicto en torno a las retenciones mostró las limitaciones que tiene la acción de gobierno cuando su racionalidad no es suplementada por la articulación de un bloque político capaz no sólo de apoyarlas sino de exigirlas. El desafío que presenta la trascendencia de la reconstrucción posneoliberal es la emergencia de un sujeto capaz de pasar a la ofensiva en la creación de una sociedad más justa.
Siempre me gustaron las casas en las que, casi sin darme cuenta, podía poner en práctica una comodidad profunda: hacerme el café bien batido sin pedir permiso, poner los pies arriba la mesa, ir sin bañarme, y esas cosas. Pero por sobre todas las cosas, lo que más me gustaba de esas casas era poder hablar de mis penas sin importar que escuchara alguien más que mi amiga o amigo. En la casa de lucas me siento así, bien cómodo. Entonces me suelto y escribo cosas que me pasan. Cosas que responden a otras cosas que pasan. Como el populismo incurable. Ayer a la noche, por ejemplo, se me dio por responder al texto de Lucas con algo que empieza así:
Cómo matar un caudillo. Esa me parecía que era la pregunta. Pero no. Busco el libro. Lomo negro letras blancas. Creo. No es así pero igual. Lo encuentro. Cómo se mata un caudillo, se llama. Eso de que la memoria perfecciona los objetos del recuerdo es verdad. Cómo matar un caudillo me gusta mucho más. Tal vez haya una línea en el pensamiento político cuya continuidad está dada a través de las preguntas: ¿Qué hacer?, ¿Qué es la ilustración? y cosas así. Pero todo eso no importa, porque lo que importa es que después de una semana en una de las provincias más pobres. Y no más pobre por eso de las NBI sino políticamente más pobre. Una provincia despojada de su riqueza política que está hecha de Facundo, Chacho y Angelelli (y si, también del gran neoliberalizador, pero eso prefiero ponerlo a un costado aunque confirma la regla de que esa provincia ha sido políticamente riquísma: tuvo los mejores caudillos en tiempos de caudillos, al mejor -y con mejor quiero decir en sus propios términos, no a partir de la medición con alguna vara- cura militante en tiempos de curas militantes, y, en tiempos de ajuste perpetuo, al mejor ajustador).
Para seguir, hay que tomarse un bondi a Paraná.
Mi único contacto con Buenos Aires desde el domingo son los diarios porteños online. Por lo que puedo ver en ellos parece que el cambio de agenda que veníamos pidiendo por fin se produjo. Ahora el tema es la ubicación de las travestis. Igualmente la cuestión de fondo sigue siendo la misma: ¿debe o no debe intervenir el Estado? ¿Cómo y para qué?
Por lo pronto, el problema más grande lo tienen los socios del Lawn Tenis: sus mujeres ya no les van a creer que volvieron tarde a casa porque el partido se fue a cinco sets.
Cuatro mil setenta muertos por accidentes de tránsito. Desde que empezó el año. No hace falta andar calculando si cuatro mil setenta muertos son más de seis veces los muertos en Malvinas o la misma cantidad que los soldados yankis que en Irak desde 2003. Cuatro mil muertos es una aberración. Por eso hay que dejarse de joder.
Hace mucho que quiero escribir sobre esto. Pero no le encontraba la vuelta política. Precisamente porque esa vuelta todavía no logró darla nadie. Como siempre, el discurso de las víctimas obtura cualquier posibilidad de politización del fenómeno. Pero la política está, porque de lo que se trata es de la capacidad del Estado de imponer eficazmente el respeto de sus leyes. Y para eso hace falta gestión, y la gestión necesita de conducción política. Por eso hay que dejarse de joder con la “concientización”, la “educación”, y poner a la mejor fuerza de seguridad nacional, la Gendarmería, a imponer con todo rigor el cumplimiento de la normativa vial. Sin vueltas.
La capacidad de intervención del Estado se juega lamentablemente también en campos menos interesantes, menos propensos al debate de idea, que el mercado o la relación salarial. Poder hacer cumplir eficazmente las leyes es un principio básico de la estatidad. No hace falta encontrarle al tema de las muertes por accidentes de tránsito una dimensión de clase (que la tiene) para que exigir la protección estatal sea progresista.
Es tarde, fue un día largo, y no estoy inspirado; por lo tanto voy a decirlo brutalmente: la evasión impositiva y la violación de las leyes de tránsito (junto con algunos delitos complejos como la trata y el tráfico de personas, pero esa es otra historia) son los dos fenómenos para los que quiero pedir abiertamente algo que tiene bastante poco prestigio: represión estatal.
La Villa 31 es la más emblemática de la Ciudad de Buenos Aires. No sólo por su larga historia y su gran cantidad de habitantes, sino porque su ubicación en una zona de gran valor estratégico y simbólico la ha ubicado en el centro de fuertes polémicas. A pesar de que la Constitución de la Ciudad Autónoma reconoce el derecho al hábitat (art. 31) e indica la urbanización de los asentamientos precarios con el criterio de su radicación definitiva, ya desde antes de asumir, Mauricio Macri viene planteando su intención de erradicar la Villa 31, llegando incluso a proponer la plebiscitación de la política de villas. Para aportar más elementos legales, técnicos y políticos, a lo que seguramente será una larga lucha por el derecho al hábitat de miles de personas, el Café de las Ciudades organiza esta charla debate (click en la imagen para agrandar). Esperamos verlos allí.
A los radicales se les ha dicho de todo. Generalmente variaciones en torno a la cobardía y la incapacidad para gobernar. Pero hay que reconocerles que del ‘89 para acá estuvieron en todas. El Partido Radical tuvo una importante responsabilidad en:
- la reforma de la Constitución.
- la continuación y profundización del neoliberalismo bajo el mandato de la Alianza.
- la destrucción del lazo de representación con la presidencia de la nación.
- el rechazo parlamentario a la resolución 125.
La verdad es que hay que reconocerles su persistencia en el centro de la escena…
Para los que se quedaron dormidos acá va el video con la definición de Cleto vista por los medios extranjeros.
Yo no puedo creer como a alguien este debate le puede parecer “histórico” o “un ejercicio democrático”. Lo más lindo va a ser cuando desempate Cleto y se den cuenta que al final todo el circo parlamentirista necesita del “decisionismo” del ejecutivo para poder funcionar.
Si el nivel de movilización sigue siendo tan alto, propongo introducir una nueva modalidad de organización: el autoacto. Tomando el ejemplo del autocine, el autoacto consiste en que los colectivos que trasladan a los manifestantes se acomoden frente al escenario de modo que ellos (los manifestantes) no tengan que descender para poder ver y escuchar el acto. En cuanto a los choris, un eficiente servicio de vendedores ambulantes podría encargarse de su distribución.
¿Qué mejor que el pueblo pueda manifestarse comfortablemente?

La manera más simple para reconocer a un auténtico gorila es preguntarle si odia más a Menem o a Kircher.
Si contesta que a los dos por igual estamos ante un genuino gorilón o gorilona.
Nadie habla de la Constitución de 1949. Ni siquiera los peronistas históricos la mencionan. Nadie recuerda que esa Constitución fue declarada nula por una dictadura militar. Nadie dice que esa misma dictadura restauró la Constitución de 1853/60 (con las reformas de 1866 y 1898) y convocó a una Convención Constituyente con el peronismo proscripto. Nadie recalca que la Constitución de la Revolución Fusiladora, sancionada en 1957, fue reformada de nuevo por otro gobierno militar en 1972. Y por último, nadie se lamenta de que sea esa Constitución, hija pródiga del golpismo militar, la que nos rige hoy, reforma menemista mediante.
¿Por qué, entonces, cuando a nadie parece preocuparle, retomar la cuestión de la Constitución de 1949? Porque si el peronismo es el hecho maldito del país burgués, la Constitución de 1949 es el derecho maldito del país liberal democrático. Y hay dos razones por las cuales es urgente recuperar la esencia ese derecho maldito, de esos derechos malditos consagrados constitucionalmente durante el primer peronismo.
La primera razón es, por así decirlo, de orden práctico: es necesario convertir en derechos las mejoras experimentadas por los sectores populares durante los últimos cinco años. Esas mejoras han sido el resultado de dos procesos: la expansión del mercado de trabajo y la implementación de políticas públicas (y no me refiero tan sólo a las políticas sociales). Es imperioso blindar estas mejoras con una coraza jurídica antes que una eventual contracción del mercado laboral (o el deterioro del poder adquisitivo de los salarios ante una suba de los bienes y servicios básicos) o un cambio en la orientación de quien ocupe la presidencia de la Nación, limpien de un plumazo todo el terreno ganado. A la distinción entre izquierda de actores o de políticas públicas propuesta por Sebastián Etchemendy, puede agregarse otra: la de las izquierdas reformadoras y no reformadoras de las constituciones nacionales. Los gobiernos populares de Venezuela, Bolivia y Ecuador se dieron la tarea de modificar sus normas fundamentales. Los de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil (aunque en este caso habría que tomar en cuenta la reforma de 1988) no encararon misiones similares.
La segunda razón por la que es preciso traer a la superficie a la Constitución de 1949 es de orden, digamos, simbólico. Ella es la muestra de que la Constitución, la República, los Derechos, y todas esas cosas con mayúscula que tanto aman los filósofos de country no son patrimonio exclusivo de los liberales democráticos sino que pertenecen también a la tradición política popular-democrática.
Resumiendo, necesitamos una dinámica política capaz de plasmar formalmente (mejor si es en derechos constitucionales, pero con un par de leyes quizás bastaría) las mejoras materiales y necesitamos el signo de la Constitución del 49 como ejemplo del componente institucional de los procesos populares.
P.D. 1: No me voy de enfrente a la máquina hasta que Manolo me explique las razones del olvido (si no me equivoco sistemático) al que los dirigentes peronistas sometieron la Constitución sancionada bajo el primer gobierno de Perón.
P.D. 2: Les dejo una listita de cuestiones que la constitución de 1949 abordaba.:
el derecho de reunión (art. 26)
la prohibición de discriminar por raza (art. 28)
los derechos del trabajador (art. 37, I)
la igualdad jurídica de hombre y mujer en el matrimonio (art. 37, II)
el bien de familia (art. 37, II)
la patria potestad compartida (art. 37, II)
los derechos de la ancianidad (art. 37, III)
la educación primaria obligatoria y gratuita (art. 37, IV)
la autonomía universitaria (art. 37, IV)
la función social de la propiedad (art. 38)
la estatización del comercio exterior (art. 40)
la nacionalización de los recursos mineros y energéticos (art. 40)
la estatización de los servicios públicos (art. 40)
el voto directo (arts. 42, 47 y 82)
La saqué de Wikipedia, que tiene info buena sobre el tema.
Desde hace un tiempo ando con la idea de que (sin perjuicio del debate político) los domingos deberíamos dedicarnos a los pequeños (y grandes) placeres: la comida, la literatura, la música, el teatro, la danza, el deporte. Y no sólo como un acto de resistencia a los editoriales de Solá, Grondona y Van der Kooy, sino como una manera de compartir descubrimientos musicales, viejas recetas, autores olvidados, obras imperdibles. Además internet nos da la posibilidad de sostener la recomendación, crítica, análisis, ensayo o lo que fuere con videos, audios, etc.
La propuesta, entonces, queda hecha. ap/comunidad, espera sus recetas más queridas, el link a un disco interesante o sus pensamientos más profundos acerca del bielsismo como filosofía de la historia.
Dentro de los límites establecidos en el “reglamento” de Artepolitica, soy contrario por principio a las intervenciones técnico policiales como mecanismo para mejorar la calidad de los espacios de debate blogueriles. Este principio no es abstracto-liberal. Es práctico: si hay quienes contestan las intervenciones escandalosas es porque hay algo para discutir. Si no con ellas, al menos respecto de ellas. Este principio se ubica en el lugar que propone su nombre; al final siempre está la ultima ratio regum que en este caso, sin embargo es difícil de ejecutar.
Hoy creo estar en condiciones de sostener, empíricamente, digamos, la conveniencia de la no intervención editorial en los comentarios a los posts centrales o a los posts de la comunidad. Lo pongo sin rodeos: los posts de De la Pampa, e incluso algunos de Retore tuvieron como efecto final mejorar y fortalecer el espacio que entre todos intentamos construir acá. Lo indican los comentarios inusualmente cuantiosos para un domingo que recibió la carta abierta de Eva, lo indican las respuestas al post de hoy. De la Pampa introdujo cuestiones sustanciales a la discusión sobre qué es y como se hace un lugar como este. Y por eso, solo por eso, le estoy agradecido.
Tanto que a veces pienso que si no hubiese aparecido solo, hubiéramos necesitado crear nosotros mismos un personaje por el estilo. Aunque estoy seguro que por más que nos hubiéramos esforzado jamás nos hubiera salido tan bien.
La pregunta que deberíamos empezar a hacernos a partir de hoy es: ¿cómo va a quedar configurado el escenario político post-aprobación legislativa de la resolución 125? La respuesta que yo empezaría a dar es: esencialmente igual que el 10 de marzo de 2008.
Las razones por las que puede afirmarse que una vez que baje la espuma del conflicto la cerveza va a ser la misma de antes son diversas. Pero hay una que logra explicar por sí misma por qué, a pesar de los 100 días de ya aburridísimo conflicto, una vez que el senado complete la media sanción dada por la cámara baja, todo volverá a ser más o menos como antes. Esa razón es que el Gobierno Nacional es el único agente (explícitamente) político existente.
Tal como ocurre desde 2003, cuando pase el temblor, ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las corporaciones patronales, ni los movimientos sociales, tendrán capacidad política suficiente como para convertirse en agentes políticos con capacidad de producir y ejercer poder propio. Algunos de esos actores podrán tener una regadera de cal para marcarle la cancha al Gobierno Nacional. Pero lo hacen siempre desde afuera, porque no pueden meterse a jugar ni siquiera en la cancha que marcan: no pueden imponer agenda (recordemos que el conflicto con los propietarios y productores rurales no lo desata su actitud militante sino una medida de gobierno), no pueden actuar de manera autónoma, no pueden articular horizontalmente demandas, ni tampoco pueden construir alternativas probablemente viables a las acciones de gobierno actuales.
Todos y cada uno de los actores explícitamente políticos de la Argentina existe tan solo en relación a un Gobierno Nacional respecto del cuál siempre se encuentra en una posición de inferioridad política. Es indudable que esta situación es positiva si la consideramos en general. El Gobierno Nacional es el timón del Estado y, visto lo que sucede cuando el Estado es derrotado por o se rinde ante otras instituciones, no se puede menos que saludar su supremacía. Pero la soledad que rodea al Gobierno Nacional en el escenario político tiene dos consecuencias negativas que habría que empezar a considerar. La primera es que no hay un agente político con capacidad de poner en juego un mayor avance de la participación de los sectores populares en los beneficios del crecimiento económico y una mayor protección para aquellos a los que esos beneficios difícilmente vayan a llegar. La segunda es que, los agentes políticos capados actúan a través de actores que no son explícitamente políticos como los medios masivos de comunicación.
Ya conocemos los peligros que encargan estas dos consecuencias de la primacía gubernamental: que lo más progresista que oigamos en mucho tiempo sea el Programa de Redistribución Social y que los títulos de Clarín o los montajes de TN (los cuales son muy difíciles de contestar desde una posición que no sea, tal como ellos, inmaculadamente concebida) marquen el tiempo de la dinámica política.
La situación así no da para más. Todo tiene un límite. Y lo estamos pasando. Cien días de conflicto por las retenciones no son para cualquiera. Primero que me pensé que me pasaba a mí sólo. Pero después me di cuenta que no: hasta los más obsesivos aficionados a la discusión política están fatigados. Políticamente fatigados. No tienen, no tenemos, ganas de hablar de nada que tenga que ver con la política nacional. Y lo de Ingrid pareció que iba a resolver las cosas. Tenía todos los ingredientes: una mujer a la que se la quiere mucho pero de la que por estos lares se sabe poco, un rescate a lo Rambo, una declaración mencionándolo a Chávez. Pero ya sabemos que el Último Momento de Clarín es tirano y de repente volvieron a aparecer las declaraciones de Néstor y los rezongos de Cleto. Encima no hay fútbol y los tenistas argentinos ganan menos que los trabajadores rurales.
Yo no sé qué va a pasar con las retenciones. Pero lo que digo es que de esta lo único que nos salva son las olimpiadas. Sí, Beijing 2008, en alguito más de un mes. Y ya que estamos lo digo clarito: las olimpiadas son mucho, pero mucho mejores que los mundiales. Encima, esta vuelta se vienen con todo. Justo, justo. Tal como nos salvan con la compra nocturna de ese vino que nos olvidamos de llevar, los chinos nos van a salvar de el monotemismo en el que estamos varados. Sólo hay que esperar a que la selección de basquet juegue el primer partido, a que podamos mirar los 50 metros mariposa a las 4 de la mañana o la prueba de tiro con pistola neumática prestando atención a ver si se ven las balas. Además lo lindo de las olimpiadas es que se miran sólo. Uno no invita a los amigos a ver los 400 metros llanos. Y por lo tanto las probabilidades de que se armen discusiones políticas entre seres que se aprecian va a disminuir enormemente.
Además, como todos saben, los chinos tienen a varios deportistas encerrados desde hace años entrenando para dar el batacazo. Por lo que la cosa se va a poner interesante. Yo no sé ustedes, pero prefiero escucharlo a Bonadeo comentar un salto con garrocha que prender la tele y verlo a De Angelis en cuatro canales a la vez haciendo hermenéutica campestre del enésimo discurso de Cristina. Repito, cuando arranquen los Juegos Olímpicos se acabó el monotemismo, que es un problema que pega fuerte sobre todo en los blogs de política. No digo que vayamos a terminar discutiendo sobre el eventual dóping de un velocista de Trinidad y Tobago. Pero seguro que de la mano de las olimpíadas va a venir la renovación temática que tanto anhelamos.
Y para ponerle más emoción a la cosa, les recuerdo que estas son las primeras olimpiadas que se realizan en un país comunista sin el boicot de occidente. No sé si apuesto por las leonas, pero si me juego unos pesos a que varios de los que hoy andan criticando la falta de diálogo, en agosto van a hablar del ejemplo organizativo chino olvidando que, en fin, por allá hay algunas libertades que no son de lo más tenidas en cuenta.
Y ya que estamos, cuando pase todo este quilombo, ¿no estaría bueno que alguien se cope y arme de verdad una política de incentivo al deporte amateur y profesional?
Un intercambio de ideas sobre el criterio editorial a utilizar para la próxima publicación audiovisual de Artepolitica me hizo plantearme la pregunta. Porque a mí siempre me pareció que lo que hacía falta era construir una articulación política entre los sectores medios y los sectores populares. Al mismo tiempo, creo que la triple derrota histórica de los intentos por convertir alguna versión de esa alianza de clases en hegemónica (la JP, el alfonsinismo y la Alianza) da para pensar acerca de sus limitaciones.
Yo sigo creyendo que polarizar es malo, malo. Que hay que construir nuevos clivajes, etc. Pero, ¿y si estoy equivocado?
El escenario ya se está preparando. Bombita tocará en vivo para todas las masas trabajadoras en apoyo a las retenciones del gobierno popular.
Parece que Pan American desistió de su demanda en el Ciadi. Un dato a tomar en cuenta. Muchas de las decisiones de este gobierno están vinculadas con los casos pendientes ante ese organismo por las medidas tomadas en el marco de la emergencia económica. El error del gobierno no consiste tal vez es usar una estrategia de quid pro quo con sus denunciantes (que implica cosas tan feas como tomar un crédito para construir un tren bala mientras los sistemas ferroviarios de pasajeros y cargas están en la miseria) sino en no comunicar el carácter imperialista de ese tribunal.
Hace varios días que quiero meter un bocado sobre lo que está pasando en la Unión Europea. Lo que votó anteayer el parlamento europeo, geriátrico de ladriprogresistas de toda laya, es sencillamente impresentable.
Por suerte, en Latinoamérica hay al menos un jefe de Estado con huevos para denunciar el papelón fascistoide que regulará la inmigración en el, cada vez más Viejo, Continente. No creo que Chávez deje de venderle petróleo a los caraduras de los europeos que se bajan de la invasión a Irak para después declarar delito la inmigración ilegal. Pero hay que reconocer que algo es algo.
Para arrancar el día pila pila, dejo el temita que con gran previsión compuso León.
Muchas veces el freno al desarrollo de la acción de un actor colectivo proviene de uno de sus integrantes. La Historia Universal de la Traición, a la que los rusos en el siglo pasado y los franceses en el anterior, hicieron importantes aportes, ha dejado ampliamente demostrado que para que la traición se produzca no es necesaria la voluntad del traidor. La traición no está subjetivamente definida por la voluntad individual sino que está objetivamente determinada por las consecuencias colectivas del acto del traidor. Por esto mismo, la Iglesia Católica Apostólica y Romana, se ha esforzado por eliminar, no a los ateos, no a los cismáticos, sino a quienes queriendo formar parte de ella no eran sino portadores de la semilla destructiva de la herejía. Y si a Romana le sacamos la “a” nos queda Román. ¿Qué tiene que ver Tristelme con todo lo anterior? No está claro. Pero sus demoras (conocidas eufemísticamente como “pausas”), su tendencia exagerada a invertir el sentido de la jugada devolviéndole la pelota al 5 o, por qué no, a algún zaguero central, sumadas a la masita con la que supuestamente intentó “ponerla al lado el palo”, dan para una profunda discusión teórica.
El kirchnerismo pega más y mejor cuando está contra las cuerdas. Tanto que hasta parece haber elegido las cuerdas durante el fin de semana para pegar mejor el martes: una piña para adentro y otra para afuera. La conferencia de prensa buscó poner en caja a un PJ en el que se estaba reactivando la lógica chapadmalense. La cadena nacional dio un golpe certero, pero de esos que prolongan la pelea.
Las dos maniobras llegaron a tiempo para fortalecer el acto de hoy a la tarde y le dieron al gobierno la posibilidad de pasar a la ofensiva luego de que un cómico operativo de gendarmería despejara, al mismo tiempo que la ruta, los efectos positivos que había tenido el anuncio de la creación de un fondo de redistribución social. Sin embargo, aún cuando atina en sus reacciones inmediatas, el gobierno insiste con la configuración de un escenario político en el que no sólo se hace más oneroso ganar esta batalla sino que también obtura la apertura y el avance sobre nuevos frentes.
Es probable que el kirchnerismo necesitara un anti-kirchnerismo para hacerse posible a si mismo; un Otro respecto del cual constituirse. Es probable también que los otros Otros (los genocidas, los noventa, los organismos internacionales) fueran de algún modo “falsos”. Pero también es probable que este Otro que construye el kircherismo, que este Otro que construye al kirchnerismo, no sea el que hace falta para que pueda formarse y avanzar un proyecto de y para los sectores populares.
La presencia de Moreno, Jaime y De Vido en la Plaza de Mayo parece haber sido pensada como un revulsivo para acelerar la polarización de los días siguientes. Casi como si Kirchner hubiera necesitado contar cuántos lo bancan cuando muestra sus caras más feas. Incluso en el actual contexto, la necesidad de la polarización es discutible como método para el avance de políticas que expandan los derechos sociales. Polarizar poniendo como eje la figura de los tres funcionarios más controvertidos del gobierno es una torpeza porque deja para el Otro a amplios sectores que acuerdan con el gobierno pero que ven en la insistencia sobre la certitud de los índices de inflación razón suficiente para no verse apelados por la invitación del gobierno.
Por suerte, hay quienes entendieron que lo que está en juego es algo más que los apellidos de los funcionarios. Casi como una respuesta a los representantes sabatinos del kirchnerismo, diferentes organizaciones convocaron a la Plaza de hoy afirmando que objetan “la destrucción del INDEC y la construcción del tren bala, la negativa a reconocer la personería de la CTA y la alianza con sectores de la mal llamada burguesía nacional“. Es notable que cuanto más necesario es ampliar las bases de sustentación del actual gobierno, organizaciones y dirigentes que desde hace años luchan por la profundización de la democracia tengan que ir a la Plaza haciendo aclaraciones y detallando posiciones.
El desafío, entonces, es ubicar como puntos de quiebre a cuestiones que logren desarticular la falsa homogeneidad del Otro que en esta oportunidad se ha constituído. Para que lo que hoy se plantea como una “voz propia” pueda ser la voz de las mayorías, es urgente pasar las acusaciones de golpismo a un segundo plano y traer al frente políticas que puedan resquebrajar al Otro e incorporar algunos de sus fragmentos a un nuevo Nosotros. Al calificar al Otro de golpista, se lo saca de la arena política quitándole margen para actuar por fuera del “golpismo”. Además se lo hace irrecuperable. Esto no era un problema con los genocidas, para quienes no hay ni debiera haber más opción que el juicio y castigo. Pero en futuras batallas, y muy a pesar de los errores de sus actuales dirigentes, puede necesitarse a la Federación Agraria como aliada. Cuando el Otro queda construido como la total negatividad, se complica el trabajo con quienes necesariamente deben articular con él: gobernadores, intendentes, diputados provinciales… La construcción del Otro requiere sumo cuidado, no sólo porque es la construcción simultánea de un Nosotros, sino porque acota la acción de todos.
A casi siete años de colapsado el modelo neoliberal, las propuestas que hechas por el FRENAPO apenas antes del derrumbe nacional aún pueden servir de punto de partida para reconfigurar el escenario político de una manera un poco más favorable. Eso requiere acumular poder hacia adentro y hacia afuera. Es, por supuesto, un proceso complicado: no se va a dar en la pureza lozaniana sino como resultado de una determinada articulación de las contradicciones que ya están presentes. pero con toda seguridad, cuando Nosotros logremos ser los del ingreso universal a la niñez y la vejez, los del seguro de empleo y formación, los Otros van a ser no sólo menos y más débiles sino también menos desestabilizadores.
Defender un proceso político que se pretende transformar es una tarea difícil. Pero es la única tarea posible para quienes prefieren enfrentarse a la realidad que perder el tiempo con partos dolorosos o justificaciones de izquierda a posiciones de derecha.
Entre los desagradables defectos del sistema de medios de comunicación argentino se encuentra su carácter salvajemente centralista. Tan centralista que, sin ningún pudor, los medios porteños con cierta cobertura territorial más allá de la General Paz, son llamados “medios nacionales”. Como ejemplo vaya una pequeña situación de la que participé en San Rafael (Mendoza) hace unas semanas.
Hacía varios días que venía viajando y extrañaba un poco las voces familiares de las radios AM que suelo escuchar en casa. Como no las enganchaba en su frecuencia, decidí preguntarle al playero de la estación de servicio:
Yo: Disculpame, ¿tenés idea cómo puedo sintonizar alguna radio nacional?.
Él: ¿Una radio nacional?
Yo: Si, si, una radio que se pueda escuchar en todo el país.
Él: Ahh, ¿una radio de San Rafael que se pueda escuchar en todo el país?
Yo: No, no, una radio de Buenos Aires que se pueda escuchar acá, en San Rafael.
Él: Ahh, ni idea…
Yo: (guardando el porteñocentrismo en el bolsillo junto con el vuelto de la nafta), Ta bien, gracias.
Por suerte, ese sanrafaelino no había caído todavía víctima de la falacia según la cual los “medios nacionales” son los medios de Buenos Aires que tienen alguna difusión en el resto del país. Sin embargo, esta falacia está profundamente instalada en buena parte de la sociedad y refutarla requiere repasar un poco cómo está construído el carácter “nacional” de los diferentes medios de comunicación.
Las radios AM, por ejemplo, construyen su “nacionalidad”, a partir de la constitución de “cadenas” con emisoras de distintos puntos del país. En la mayoría de los casos, esas emisoras (que venden su propia publicidad) repiten algunos programas de la central porteña y en algunos horarios pasan programas “locales”. Lo maravilloso de este dispositivo es su unidireccionalidad: en el “interior” parte de la programación y es la producida en Buenos Aires, pero en Buenos Aires, en fin, todos los programas son de la producción “nacional”.
La televisión de aire funciona con un sistema parecido, nomás que las repetidoras de cada ciudad no suelen mechar sus propios programas sino solamente la publicidad que ellas venden. Los “canales nacionales” son en realidad canales de Buenos Aires que tienen recursos para ser distribuidos en todo el país. Incluso Canal 2, que originalmente es de la ciudad de La Plata, tuvo que poner sus estudios en Palermo, donde produce casi toda su programación. Mientras que los canales de Buenos Aires son distribuidos en todo el país a través de repetidoras o del cable, los canales del resto del país no llegan a Buenos Aires por ninguno de estos dos medios. Lo que quiere decir que puedo ver la Deutsche Welle de Alemania o la TV5 de francia pero no un noticiero de Córdoba o Mendoza.
Con los diarios “nacionales” pasa lo mismo. Es decir, son diarios de Buenos Aires que se distribuyen en todo el país. De hecho, el de mayor tirada de todos tiene una sección diaria que se llama “La Ciudad”. Y aunque argentina tiene el porcentaje de población urbana más alto del continente y media docena de ciudades con más de medio millón de personas “La Ciudad” de la que todas las mañanas nos habla Clarín es Buenos Aires. No importa si estamos en Rosario, Córdoba o San Miguel de Tucumán.
Así las cosas, es previsible que los “medios nacionales” den poquísima cuenta de las realides de otras regiones del país más allá de lo que puede afectar a los porteños por su impacto o atraerlos por su morbo. Uno podría hacer un cónclave en Florida y Lavalle con todos los gobernadores menos Scioli, y nadie se daría cuenta.
Sin embargo, el centralismo mediático tiene consecuencias aún más perversas que la desinformación del supuesto centro sobre lo que ingenuamente considera su periferia. Los porteños tienen acceso a ningún medio de fuera de su ciudad. Una cosa es no saber qué pasa en Catamarca. Otra cosa es que el relato producido en Catamarca sobre el país, esté confinado a esa provincia. Y acá la cosa no se limita a Buenos Aires, donde lo más probable es que ningún porteño promedio pueda nombrar a algún medio o periodista de otra ciudad. A Chubut tampoco llegan los medios de La Rioja. Y eso sucede porque no hay federalismo mediático. Lo que hace falta es una matriz federal de comunicación pública masiva. Esa matriz haría a la comunicación más democrática porque repartiría el poder que da la distribución de información entre actores diversos por su pertenencia geográfica.
Que quede claro, lo que tiene que ser federal es toda la matriz. No se trata de que pongan en el cable porteño 22 canales para que me entere de lo que pasa en cada provincia. Se trata de que en cada lugar del país se tenga acceso a la mirada nacional producida en todos los demás lugares y no sólo en Buenos Aires. Se trata de que la construcción del relato sobre la Nación que se hace en San Juan y en Misiones pueda circular tan libremente como la que se hace en Palermo Hollywood. Se trata de poder sintonizar, además de la CNN, a un programa de política entrerriano para poder saber lo que un editorialista litoraleño piensa sobre el país. Se trata, en suma, no sólo de poder informarme de lo que pasa en cada provincia, sino de informarme de lo que pasa en mi provincia y en todo el país a través de un medio de otro lugar.
Para que eso pase hay que cambiar la ley de medios. Hay que permitir que las provincias puedan otorgar y administrar licencias de radiodifusión. Hay que obligar a las distribuidoras a distribuir todos los medios y no sólo los más rentables. Hay que permitir que la sociedad civil organizada pueda producir y distribuir su propia información, porque si a los empresarios formoseños no les es negocio que los escuchen también en Neuquén, seguramente habrá instituciones que quieren que sus relatos lleguen a todos lados aunque no les dé rédito económico.
Y junto con la ley de medios hay que transformar el sistema nacional de medios públicos para que haga honor a su nombre: hay que transformarlo en un sistema realmente interdependiente, donde las relaciones vayan en todos los sentidos geográficos, hay que transformarlo en verdaderamente nacional, tal vez incluso mudando a Canal 7 de la infame sede de Figueroa Alcorta, y, por último, hay que hacerlo público, abriendo la producción de contenidos a toda la sociedad a través de concursos y selecciones.
La Nación es mucho más que Buenos Aires y el Federalismo es mucho más que regionalismo. A pasitos del Bicentenario, los medios son una de las herramientas más potentes para transformar a la Nación con la participación de todas sus identidades y todos sus territorios. Llevó 70 años federalizar la Capital. Por suerte, para federalizar los medios se puede tardar mucho menos.
No me digan que no traté de decirles que el conflicto con el campo se solucionaba con algo más que esto:

Evidentemente reconstruir el Estado es mucho, pero mucho, más difícil que destruirlo. Como vemos, el Estado no se reconstruye en el vacío sino entre, y a veces contra, otros actores. El fracaso de la introducción de la suba de las retenciones por medio de una resolución ministerial es una muestra de que la reconstitución del Estado no surge de la eficiente administración de las cosas sino que requiere del gobierno de los hombres.
Todavía hoy, la discusión sobre el monto de los derechos de exportación de la soja gira en torno a cuestiones supuestamente técnicas como los parámetros de su movilidad, la segmentación de acuerdo a la superficie de la unidad productiva, y otros parámetros que aparentemente permitirían dotar de justicia al aumento indiscriminado originariamente dispuesto por el gobierno. De ahí deriva el ya infinito debate sobre quienes encarnan la simpática categoría de “pequeños productores”, que vendría a ser la beneficiada por los retoques a la resolución de marzo.
La proliferación del cálculo como eje central del conflicto y de su eventual solución indica que la administración de las cosas no sólo provocó todo este asunto sino que sigue siendo el enfoque con que se está intentando resolverlo. Pero este no es un debate sobre la rentabilidad del agro fundado en datos duros. Esta ni siquiera es una discusión sobre la redistribución del ingreso, para la cuál el fortalecimiento del Estado a través de la suba de las retenciones es una condición necesaria pero no suficiente. Este es un conflicto por cuáles van a ser los límites de la capacidad estatal para intervenir en el mercado. Y para eso no hace falta andar haciendo tantas cuentas.
¿Acaso se discutió tanto de números para sacar las leyes de emergencia económica que desguazaron al Estado? ¿Acaso se hicieron tantas cuentas para recortar el 13%? Incluso si tomamos en cuenta la suposición extrema e inverosímil de que esta medida, a la vez que ayuda a fortalecer al Estado, podría destruir a un conjunto de “pequeños productores”, ¿se hizo tanta historia para determinar la apertura a las importaciones que destruyeron toda una capa de la industria local? La respuesta es no. Y es no porque el ajuste estructural y la reforma del Estado se hizo con política. Se hizo con la pedagogía Neustandtiana, se hizo arreglando con los sindicatos, se hizo negociando con las provincias, rosqueando con los empresarios.
Hizo falta mucha política para destruir el Estado. Hace falta mucha política para reconstruirlo. La pax kirchnerista se terminó el mismo día que para consolidar el proyecto político, para estabilizar el modelo de acumulación económica, en fin, para cristinizar el escenario, hizo falta ir más allá. Pero cuando esto ocurrió, cuando se hizo evidente que para conservar lo realizado hasta ahora había que bajar de nuevo a la cancha, donde además hay jugadores que salieron de las “inferiores” de este modelo, ya era tarde para preparar el terreno.
La situación no es para desesperarse. Todavía queda mucho margen para jugar. Pero tiene que volver la política. Hay que dejar de pegar-y-negociar para empezar a gobernar. Porque hace falta mucha pila: lo que sigue es mucho más complicado que el agro. Algunos ejemplos:
- Retenciones a la minería: la Ley de Inversiones Mineras garantiza a las empresas estabilidad fiscal por 30 (treinta) años.
- Juicios en el CIADI: hay pendientes por US$ 9.000.000.000. A eso hay que sumar otros juicios por más de US$ 2.500 en la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional y los eventuales nuevos juicios que surjan de un avance contra, por ejemplo, la minería.
- Reacomodamiento de las tarifas de servicios domiciliarios: el gas tiene que dejar de salir más barato en Coronel Díaz y Santa Fe que en Villa Carlos Gardel. Pero para eso hay que tocar a los mismos que bancaron al “campo” con sus cacerolas.
- Energía: las alzas mundiales en el precio del combustible van a terminar complicando el esquema de subsidios que beneficia sustancialmente a los sectores que se enojaron por la “soberbia de Kristina”.
Esos son sólo algunos de los problemas a los que se enfrenta la reconstitución del
Estado realmente existente. El problema tan mentado de la redistribución del ingreso, que es mucho más complejo que la mera distribución funcional entre salario y ganancia, no existe en el vacío sino que está inserto en éstas y muchas otras cuestiones.
Entonces, para salir del purgatorio necesitamos mucha, pero mucha más política. Independientemente de cómo salga este partido, hay que ir preparando la cancha para los próximos. Las articulaciones políticas no son de piedra. No digo que el gobierno pueda hacer en modo que lo aplaudan en los Palermos. Pero sí puede lograr que los sectores populares, en nombre de los cuales se fundamentan medidas como el aumento de las retenciones a la exportación de soja, aumenten su identificación política con la reconstrucción del Estado. Para eso hay que subvertir la previsión engelsiana. No se puede administrar las cosas sin gobernar a los hombres.
$ 1,50 sale en la capital cordobesa el boleto de colectivo. En Buenos Aires $1. Los subsidios para mantenerlo a ese precio los paga la Nación. Ahora bien, o agregamos más guita para mantener un valor homogéneo en todo el país del precio promedio por kilómetro de traslado o lo que hay lo distribuimos entre todos.
Federación o Aumentos regionales!
Durante casi cinco años, cada vez que tuve la oportunidad, intenté rebatir las acusaciones de que “Kirchner acumulaba mucho poder“, diciendo que lo único que estaba haciendo era reconstituir la autoridad presidencial. Y siempre terminaba “fijate qué poco poder tenía el presidente durante la crisis que hasta le cortaron la luz durante un encuentro en una dependencia presidencial”. Esa dependencia era la residencia de Chapadmalal. El encuentro, la fallida cumbre en la que los gobernadores peronistas (por acción u omisión) pusieron fin al efímero gobierno de su compañero Adolfo Rodríguez Saa.
El episodio de Chapadmalal es algo más que una anécdota sobre el backstage del poder. A través de Chapadmalal se puede pensar las turbulencias que atraviesa hoy el kirchnerismo. Sobre todo cuando esa turbulencia vuelve a meter en la cancha de la política nacional a los gobernadores.
Yendo directo al grano:
I) Chapadmalal es la clave para comprender el modelo de acumulación política del kirchnerismo.
El intento de Rodríguez Saa de obtener el apoyo de los gobernadores revela una de las claves del sistema político argentino: los que tienen la papa son los que tienen autoridad en el territorio. La convocatoria, y las consecuencias de su fracaso, muestran que catorce gobernadores pesan más que el Senado y la Cámara de Diputados reunidos en Asamblea Legislativa.
Néstor Kirchner sabe esto muy bien. Él mismo, por entonces gobernador de una provincia con nulo peso electoral, le pidió al presidente que trasladara la convocatoria de Olivos a Chapadmalal. Y no fue. (esto está en una imperdible entrevista hecha por Perfil). Kirchner, asume una presidencia todavía afectada por ese deterioro de la autoridad sabiendo que la línea de suceción no la determina la ley de acefalía sino el poder territorial. Ese mismo deterioro había determinado que, con dos masacrados, Duhalde adelantara el llamado a elecciones, cuando dos años y medio antes, dos muertos por Gendarmería en Corrientes no habían provocado la renuncia ni del mismísimo Storani. En esa situación, ¿no es lógico que Kirchner durante todo su mandato tratara de mantener a raya a quienes tenían en sus manos la “mayoría accionaria” del poder político nacional?
Pero antes de seguir veamos cómo estaba, entonces, constituído el escenario. A Chapadmalal fueron el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf, el misionero Carlos Rovira, el riojano Angel Maza, el formoseño Gildo Insfrán, la puntana María Alicia Lemme y el salteño Juan Carlos Romero. Faltaron: el cordobés De la Sota, el santafecino Reutemann, el fueguino Manfredotti, el pampeano Marín, el jujeño Fellner, el tucumano Miranda y el santiagueño Díaz. De ellos, de los que habían sacado un Presidente de la Nación de su propio signo político, seis fueron reelectos dos años después: Fellner, Insfrán, De la Sota, Maza, Rovira y Romero ganaron en el 2003. En las ocho provincias restantes volvió a ganar el peronismo, que además conquistó Entre Ríos.
Para cualquiera que quisiera ser presidente, entonces, era imperativo limitar el poder de los gobernadores. Y Kirchner lo hizo. Recostándose en una parte de los movimientos sociales y jugando directamente con los intendentes (sobre todo con los chicos). ¿Por qué? Porque eran los únicos que podían disputarle el territorio a sus competidores. Néstor Kirchner construyó poder radialmente, estando en el centro de todo, porque cualquier estructura política que tratara de armar corría el riesgo de caer en manos de los que habían cortado el bacalao en 2001 y no iban a soltar el cuchillo así nomás. Y algo de razón tenían, puesto que en varias provincias la moneda más importante era un bono provincial y no el peso nacional que desapareció del bolsillo de los sectores populares y medios para aparecer devaluado en un 300%.
Kirchner no estuvo pero aprendió de Chapadmalal: para reconstituir la autoridad del presidente había que pisarle la cabeza a los gobernadores y armarles por el costado.
II) Chapadmalal es, por lo tanto, la clave para comprender la crisis de ese modelo.
Durante cuatro años, Kirchner gobernó con un particular modelo de acumulación política: disputar el territorio con los movimientos sociales y los intendentes pequeños, tratar de disciplinar a los gobernadores todo lo posible y armarles redes políticas paralelas (no sólo con los movimientos sino aproximándose a otros sectores políticos incluso donde gobernaba el peronismo). También trató de sumar a gobernadores radicales. Eso era más fácil que tratar de hegemonizar los peronismos provinciales y luego ganarle a los “radicales que gobiernan”. Las elecciones de 2007 demostraron el éxito de ese modelo. El único sobreviviente de Chapadmalal era Insfrán. Y ninguno de los gobernadores electos era, al asumir, abiertamente opositor. Ni siquiera Fabiana Ríos. Ni Sapag. Tampoco Binner (y Macri es un simple Jefe de Gobierno o sea que no lo cuento). En varias provincias el resultado electoral había estado fuertemente influenciado por el armado kirchnerista. Claro que eso se notó más en los municipios. Pero no puede negarse que 2007 es el año donde se produce la renovación política a nivel provincial.
A pesar de que, de alguna manera, el escenario provincial de 2007 estaba moldeado a su imagen y semejanza, Kirchner siguió usando el manual de Chapadmalal. Fue como si no hubiera entendido el mundo político que él mismo había contribuído a crear. Una cosa era no abrirle el juego a De la Sota y Reutemann. Otra es hacer lo mismo con Schiaretti o con el mismo Binner (a quien Néstor le dió una mano importante). Argentina salió de la crisis política, pero el modo de acumulación permaneció constante. Algunos creímos que Cristina era la institucionalización de lo obtenido en 2007, que venía a blindar eso para después, si la relación de fuerzas lo permitía, ir para adelante. Si las retenciones se hubiesen consensuado, no digo en el Congreso, pero sí con los gobernadores, abriéndoles un espacio para que plantearan las distintas situaciones provinciales, muy probablemente la historia del conflicto hubiera sido diferente. No estaríamos hoy especulando a ver para que lado cae cada gobernador o viendo como un diputado nacional se erige en comisario político de un mandatario provincial.
III) Chapadmalal es, también, un punto a partir del cual pensar el federalismo democrático post noventista.
La reforma constitucional de 1994 implicó una transformación de la matriz política cuyos efectos se empiezan a ver recién ahora. Una cosa era ceder a las provincias el control de los recursos naturales y descentralizarles los servicios cuando esas provincias dependían de los Aportes del Tesoro Nacional no sólo para atender a sus desequilibrios financieros sino para mantener la paz social en un contexto de profundización de las desigualdades. Otra cosa es hoy, cuando una distribución balanceada de los recursos fiscales que recauda la Nación permitiría a las provincias hacer frente a sus propios gastos. Sacarle a los enemigos es tan útil como darle a los amigos. Excepto por Santa Fe (y hasta por ahi nomás) el gobierno nacional no podría tener un escenario provincial más favorable para consolidar su proyecto político a través del fortalecimiento de sus aliados subnacionales. Si hasta en Neuquén la interna la ganó “el kirchnerismo sin kirchner”.
Darle más espacio político y económico a las provincias hubiese sido una de las mejores maneras de fortificar los logros del primer kirchnerismo: en 2011, ayudada eventualmente por el desgaste de ocho años en la gestión, una fórmula Macri-Reutemann tal vez podría hacer un buen papel pero nunca ganar en las provincias a las que el kirchnerismo les hubiera dado un fuerte empujón presupuestario. Claro que esto no es lo único que hubiese asegurado políticamente los avances de cuatro años, pero ciertamente es una de las alternativas más interesantes.
La lección de Chapadmalal dice que cuando las papas queman, los que tienen las pinzas para sacarlas del fuego son los gobernadores. Qué mejor, entonces, que fortalecer el proyecto nacionala través de las provincias. Si llegado el momento, de todas formas, van a ser los gobernadores los que definan la suerte del proyecto presidencial…
Los gobernadores se sientan con las entidades del campo porque no se sentaron antes con la Presidenta. No es tarde todavía para abrirles el juego y dejarlos ejercer un poder que, a pesar de la continuidad del modelo de acumulación política del kirchnerismo primigenio, todavía mantienen o pueden recuperar rápidamente. Aún sigue abierta la posibilidad de reforzar el proyecto nacional con una dimensión federal, incluso con los gobernadores que no fueron con Cristina en la boleta. Después no hay que llorar si De la Sota y Reutemann se toman revancha del 2003.
¿Por qué publicar lo que sigue acá abajo? Si ni siquiera cuenta con las palabras ministro o economía. ¿Por qué hablar de la construcción de hegemonía -que de eso hablan las palabras que siguen- cuando existen cuestiones más inmediatas? Justo cuando desde acá se pedía parar la pelota, alguien pidió el cambio y el DT (o el manager) metió un jugador de su confianza. Tal vez ya nadie en este gobierno esté abocado a cuestiones como la hegemonía. Por suerte. El kirchnerismo no puede gobernar pensando en el poskirchnerismo. Todavía tiene tareas que cumplir. Tampoco se puede escribir desde el minuto a minuto de Clarín. Por eso, acá abajo, van unas reflexiones sobre la lucha por el sentido del orden en la política argentina. Porque cuando logremos parar la pelota, tenemos que saber para qué lado tirarla…
Argentina: de pie y en paz. Tal fue el lema del gobierno de Duhalde. Digno heredero de la tradición positivista (el lema, claro), en la que destacan el paz y administración roquista y el orden y progreso de Comte bordado en la bandera de Brasil. Y precisamente al orden quería dedicarme. Por recomendación de Mendieta, quien en su insaciable ambición, anota que no basta luchar por el significado de la seguridad sino que también hay que saldar cuentas con el orden, así, en estado puro. No voy a recorrer la discusión teórica sobre el tema. Baste entonces una anotación que hace Eduardo Rinesi sobre la situación en los ochenta (la fuente no especifica el siglo pero creo que, de modos diversos, vale para el XIX y el XX):
“La cuestión social no tenía que tener politizada. La política, entendida como sistema de reglas de juego institucional, se definía por su separación, por su distanciamiento respecto a lo social. Lo social era una amenaza para la política, una sede de problemas para la tarea de consolidar un orden político. La pobreza debía ser despolitizada”.
Según esta tradición, cuando la política se encuentra con lo social, el resultado es la anarquía. La misma anarquía cuyo triunfo blande Abel Posse, comprobado en una graciosa licencia poética que le permite unir “piqueterismo, escraches e intimidación de los ciudadanos indefensos. Desde el ataque a la Legislatura hasta los desmanes en Mar del Plata durante la conferencia cumbre, la destrucción de la estación de Haedo, los destrozos en la de Constitución, el grotesco corte de rutas y puentes internacionales”. El resto de la nota de este dilettante pago por el pueblo argentino no necesita ser glosado: es una iteración del argumento sobre el reinado del caos apocalíptico en todas las esferas de la vida pública. Una buena parte de lo maldito del peronismo, está sin duda en su capacidad de atar la conflictividad social a la política. En su capacidad de conjurar la fuerza política de las masas y a la vez conducirla. En palabras de Rinesi
“La cuestión social encuentra un salto cualitativo en su modo de formularse, en relación con la política en Argentina, por supuesto, en la década peronista. La cuestión social se volvió, claramente, una cuestión política. La vieja pregunta que la elite argentina viene formulándose desde 1900, cómo liderar a las masas, finalmente encuentra su resolución”.
El peronismo no niega el conflicto sino que lo asume, incorporándolo dentro de si para poder expresarlo en términos políticos. Esa capacidad de desordenar ordenando y de ordenar desordenando es lo que le permitió al peronismo tener éxito no sólo como proyecto de poder sino en la creación de una sociedad en la cuál las masas estaban plenamente incorporadas social, política y económicamente. Hoy el desafío es el mismo. Para el peronismo o para quien sea. El desafío es generar un orden nuevo, que asuma el conflicto como una dimensión propia de si. Hoy las masas no son sólo trabajadoras, sino también desocupadas. Hoy el capital nacional y el internacional son una misma moneda cuyas caras a veces se parecen mucho. Entonces es necesaria una habilidad política fenomenal, una creatividad fuera de serie, para imaginar un orden posible, para imaginar la justicia de ese orden. Es por eso que, desde el lugar que sea, hay que recuperar la iniciativa. Hay que seguir hasta encontrar las palabras que permitan expresar el orden del mundo que queremos construir. Para que cada vez que luchemos con los apólogos del orden oligárquico-autoritario, podamos oponerles el orden popular-democrático.
Hace ya más de cinco años que el análisis político con difusión masiva naufraga en el mismo escollo: el kirchnerismo. Parece existir cierta dificultad para comprender que el kirchnerismo no es la corriente política que reconoce como líder al último presidente de la Nación sino que es el nombre de un proceso social y político determinado. Este naufragio reiterado no es sorprendente para un análisis que es especialmente hábil para confundir los efectos con las causas, la parte con el todo, la forma con la sustancia y la materia con su accidente… Así, el “tono” de un discurso, la “violencia” de un dirigente o la “actitud” de un ministro, son la muestra a partir de la cual los más difundidos columnistas realizan generalizaciones sobre la vida política argentina.
Sin embargo, en estos últimos días ha quedado demostrado que esta confusión no es privativa del análisis político. Tal vez sobrepasados por la arrolladora dinámica del conflicto, algunos sectores de la corriente política liderada por Néstor Kirchner, han quedado subsumidos en ella. Un ejemplo claro son los carteles con la leyenda “Clarín miente” portados por una agrupación durante un acto de la semana pasada. Clarín mintió cuando, sabiendo que un comisario de la bonaerense había fusilado a dos militantes sociales, tituló “La crisis causó dos nuevas muertes“. Clarín “miente” todo el tiempo y va a seguir haciéndolo porque su negocio es vender una versión de la realidad. Pero lo que debería estar en discusión acá, no es si Clarín (que muy probablemente sea el diario que lee la mayoría de los votantes de Cristina) refleja bien o mal la realidad del proceso político llamado kirchnerismo. Lo que debería estar en discusión es la producción política de la realidad misma a partir de la cual la verdad y la mentira se hacen posibles. En otras palabras, lo que importan no son las mentiras de Clarin sino la única verdad…
Si el menemismo es el nombre que toma la forma concreta en la cual se llevó adelante el proceso de ajuste estructural y reforma del estado, el kirchnerismo es el nombre que tiene la forma concreta en la que se está llevando a cabo la recuperación de la mediación del estado y la reconstitución de la matriz económica (principalmente a través del crecimiento del empleo y de la protección de la producción). Esa forma concreta tiene (incluso serios) defectos. Pero es claro que si la salida de la crisis se llamara delasotismo o reutemismo ni siquiera estaríamos discutiendo acerca de los argumentos de Hal. El kirchnerismo es la encarnación determinada de un proceso de cambio diferente del que hubiera tenido lugar con otros dirigentes. En los conflictos que genera este proceso son menos importantes los golpes de D’Elía o las mentiras de los medios que la manera en que se construye la relación de fuerzas para llevar adelante la reconstrucción del país. Claramente, un componente principal de esa construcción es la creación de una narrativa que pueda dar cuenta del proceso. Pero, aunque parte de esa narrativa tenga que hablar sobre el rol de los medios en la política, decir que Clarín miente, no es la mejor forma de empezar. Si el lock out patronal reveló que los multimedios que existen son un obstáculo para un proyecto de justicia social, ¿por qué no actuar convirtiendo al brillante Encuentro en un canal de aire? ¿por qué no multiplicar la pauta oficial en esas pymes de la información que son los períodicos y las fm de cada pueblo y ciudad del país?
Lo mismo puede decirse de los índices del INDEC. Una cosa es la necesidad de mantener bajo el índice de inflación por los efectos que puede tener sobre los bonos de la deuda y otras cuestiones económicas. Otra cosa es pretender, como vienen haciendo algunos funcionarios, que ese índice es la verdad que refleja la realidad de la suba de precios. Discutir sobre el 1.1% de marzo es como discutir sobre el riesgo país en 2001. En ese sentido, llama la atención el énfasis que se pone en defender la veracidad del índice de inflación, en relación a la que se pone en decir que el aumento de los salarios blanco le permite a los trabajadores mantener el poder adquisitivo de sus salarios. ¿Por qué no decir que lo que hay que hacer es profundizar la lucha contra el trabajo en negro para que, sea cual fuere el porcentaje en el que suben los precios, la negociación salarial mediada por el Estado permita la persistencia de los niveles de consumo de los asalariados? Defender al kirchnerismo es defender la regulación estatal del mercado laboral. Defender al kirchnerismo no es encuadrarse detrás de este o aquel secretario sino extender la realidad de la protección estatal de los trabajadores a todos los ocupados. La mejor manera de contestarle a los estanflacionadores no es insistir con el 1.1% sino lograr que la única verdad de los sectores populares sea la realidad del trabajo en blanco y todos sus beneficios.
La verdad del kirchnerismo, como proceso político, la construye la realidad de su acción y no Joaquín Morales Solá. Parte de esa acción es crear un relato lo suficientemente vigoroso como para que la recuperación de la mediación estatal en la economía pueda ser discutida como conjunto de políticas públicas y no como las siete plagas. Lo que está en juego (y eso lo entiende, por ejemplo, Sabattella) no es la imagen de Cristina (que probablemente la determinen, sí, las notas de Clarín), sino el proceso de construcción de una realidad distinta a la creada por el menemismo. Esa realidad, y su correspondiente verdad, se construye con política y con políticas, ni con columnas de opinión, ni con cartelitos.