ContactoMás allá de la traición de Cobos, más allá de no haber cumplido una regla popular pero cuestionable si las hay (“el que avisa no traiciona”), es hora de dar un golpe de timón: tomar la iniciativa, seguir gobernando para los que menos tienen con convicción y responsabilidad. Ambas éticas pueden presentarse antagónicas con el fin de preservar regímenes conservadores en discursos que pretenden sostener políticas que apunten al discurso único, pero ambas también pueden ir de la mano.
“A veces duele mentirte la verdad, es que te veo acovachada, como una fiera enjaulada que sólo a mí quiere atacar”, dirá melancólico por estos días algún desleal de turno con razón. Y sí…¿qué querés que te diga?, ¿qué pretendés?, ¿la otra mejilla?
Esto es política, ni más ni menos. Y en política siempre existen antagonismos. Se escuchaba mucho por estos días de consensos, de diálogos. Se decía, desde los medios sobre todo, que el Gobierno tenía que dar marcha atrás, que ésta era una oportunidad histórica, que habían ganado los que se manifestaron en las afueras del zoológico. Ganaba la clase media, ganaba el establishment. Ganaban los grandes medios de comunicación.
¿Quiénes perdieron? Algunos dicen que perdió el Gobierno. Pocos recuerdan que perdieron aquellos que iban a beneficiarse de la redistribución de este ingreso extraordinario que obtienen los ruralistas, oligarcas o no. Y perdió sí la política, a pesar de que el debate se impuso en la calle. Sí, una vez más, hacen creer que ganaron los intereses económicos, que ganó un modelo de país que, lo único que pretende, es que no le toquen los bolsillos. Ganó la (no)política de los ’90. Más claro, echale agua.
Ahora vamos al meollo de lo que acá nos interesa: el humano. La angustia existencial en las que nos toca sumergirnos por estos días puede tener dos consecuencias: ahogarnos en un vaso de agua y seguir puteando al Cleto (cosa nada desdeñable y casi imprescindible para descargar broncas) o, de ahora en más, profundizar la avanzada de este Gobierno: o sea, ir por más. “Sencillamente”, ir por más.
Ir por más es, por un lado, retener la iniciativa, es no delegar para comerse otra vez el sapo, es abroquelar y contener a los propios (y sumar ajenos) para no generar ni atisbos de deslealtades. Es mantener los trazos esenciales del proyecto que viene llevando adelante el Gobierno y, sobre todo, profundizarlos. Con más política, se logra.
Y, por otro lado, ir por más es hacer feliz al pueblo, comprometerlo, politizarlo con discursos que marquen bien quiénes son los que tienen que ganar y quiénes son los que tienen que perder (no se preocupen, no van a perder mucho). Ahondar en la humanización del relato y deseconomizar las bases de pensamiento de la sociedad.
Y aquí me voy a tirar un lance: las mujeres tenemos una mayor capacidad de sentir la “existencia”, con sus angustias y sus alegrías. Somos mucho más sensibles, más tranparentes aunque, valga la paradoja, más complicadas de entender. Hacemos vida y hacemos política desde otro lado: un lado menos racional, más extraño para quienes se despojan de todo tipo de femineidad, de todo tipo de racionalismo puro. No hay ni puede haber manuales. Freud no lo pudo entender. Así que es un poco raro explicarlo o traducirlo acá. Piensen ustedes qué mujeres de la política son más arraigadas a su esencia. Yo, creo, lo tengo claro.
“El kirchnerismo consiguió los votos y aprobó las retenciones en Diputados”, tituló el Gran Diario Argentino en su página de Internet el sábado. Otra barceloneada más y van…
“La pusieron: las retenciones ya tienen media sanción“, tituló Perfil, para más tarde remarcar: “Cristina y Néstor felicitaron a Rossi por ‘ponerla’”.
No sé si mañana domingo tengo ganas de leer las editoriales de los diarios. Capaz me quedo con este patetismo, con esta vergüenza ajena que, más que indignación, me provocan carcajadas incontrolables.
Parece que los muchachos (dejo afuera a los trabajadores periodistas) no saben ya qué carajo hacer para que la torta no se reparta. Y vuelvo a preguntarme como lo hice en post anteriores: si esta media sanción se convierte en Ley y, ponele, la Corte Suprema rechaza algún reclamo rural para declarar anticonstitucional la norma, ¿qué van a hacer y decir los sectores de poder más concentrados? Vayamos imaginando títulos como “Con una nueva forma de Banelco, los Kirchner sacaron su ley más preciada”, o “Ahora dicen que la Corte es kirchnerista y no es más independiente”. “¡Volvamos a cortar las rutas!”, “Las cacerolas se hacen sentir en toda la Capital y D´ Elía se apresta para dar batalla”.
¿Y qué vamos a hacer nosotros? ¿Cómo vamos a bancar los trapos? ¿Tenemos algún tipo de poder en nuestras manos? Yo creo que sí: algún granito de arena aportamos. Opinamos, no censuramos, nos ponemos serios y nos divertimos con algunos post. Pero más que eso, no hay. La construcción política está en pañales. Y se viene la maroma.
La Nación tituló: “Diputados dio media sanción al proyecto oficial de retenciones móviles”. Más serio, ¿no?
¿El acuerdo de quién o quiénes debe tener la ley de retenciones? ¿De los delegados de las entidades rurales que tuvieron el año pasado el derecho de votar en elecciones democráticas? ¿El acuerdo con el millón y pico de firmas que juntaron para derogar la 125? ¿El acuerdo del Gobierno? ¿El acuerdo de otros bloques que conforman la Cámara de Diputados?
¿El acuerdo de los intendentes que se reunieron ayer en un ámbito bizarro, sofovichezco o artazaresto por demás, donde se presenta “Cristina en el País de las Maravillas”?
¿Qué más quieren? ¿Corte Suprema, democracia deliberativa, cortes de rutas hasta el infinito y más allá?
¿Y qué quiere Clarín con esta excelente tapa? ¿Qué quería Buzzi ayer en su maratónica recorrida por programas de cable opinando sin conocer el proyecto oficialista que se anunció en conferencia de prensa mientras andaba por Canal 26 no sé con quién? ¿Qué carajo quiere Llambías? ¿Quieren un jaque mate carriosista al Gobierno?
Ya no saben lo que quieren, no saben cómo explicar que sólo quieren decir que no quieren nada salvo lo que ellos quieren. No conocen la Constitución cuando hablan de retenciones como “impuestos”. No saben o no se acuerdan cómo nos afanaron el 13 % del salario, no se acuerdan de la ley de flexibilización laboral, no se acuerdan del corralito. No se acuerdan de nada.
Con esto no defiendo al Gobierno (nefasta política comunicacional mediante). Con esto quiero mostrar mi desazón ante la explicación del titular de la FAA cuando dijo ayer que tenía un pacto con los popes de las entidades de los grandes productores para defenderles unas cosas a ellos y que ellos le defiendan algunas cosas a su federación.
Y con esto quiero también contar que me morí de risa hoy a la mañana cuando vi la tapa de Clarín. Falta de acuerdos y teatro de revistas: todo mezclado. Un país “parado”. Un sector de propietarios que pide suspender una resolución durante unos meses para llenar a lo bestia sus bolsillos y “después hablamos…”. Una oposición que propone entre líneas o de una voltear al Gobierno, que no respeta ni siquiera la Constitución Nacional, la división de poderes, las mayorías y minorías. Que da entidad a cajas llenas de firmas pero no da la misma entidad al parlamento que ellos mismos conforman.
“Ahora dicen que van a la Justicia”, titulará Clarín en unos días. Si salen bien parados, si les gusta el fallo en cuestión, veremos qué hacen. Pero ¿si no les gusta?, ¿queda algo después si no les gusta?
Propuesta: los bloques minoritarios que componen el Congreso deberían, así como estamos, proponer directamente una reforma integral de la Constitución. Reformar el sistema democrático: que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial dejen de cumplir sus funciones específicas e inventen otro sistema de democracia, si lo hay.
Basta che, paren la mano. Otra vez estamos en manos de las grandes corporaciones. Estamos atados de pies y manos. Parecemos perejiles. Y, otra vez, repito: si cae este Gobierno, ¿hacia qué proyecto vamos? Nos hundimos todos.
Que un pueblo, que las personas no puedan ser felices, es una imposición cultural conservadora. Desde que nacemos y a lo largo de nuestras vidas instituciones como la familia, la escuela, la religión, los medios de comunicación, la sociedad en general, nos van diciendo “esto está bien” y “esto está mal”. Y de ahí, parece, no nos podemos mover.
Quizá es la adolescencia el momento en el que podemos cuestionar algunos de esos valores impuestos. En esa etapa de nuestras vidas adolecemos de reglas; pero pasados esos años, con sus más o con sus menos, volvemos a acomodarnos en un conservadurismo que muchas veces nos impide ser felices. Lo peor de todo es cuando esas mismas reglas se las transmitimos a nuestros hijos: vamos moldeándolos a nuestro antojo sin respetar que son personas distintas a nosotros. Quizá algunos pongamos mucha voluntad, mucho esfuerzo, para que no sigan los preceptos heredados al pie de la letra. Pero las reglas básicas siempre son las mismas. Y, así, impedimos sin darnos cuenta las revoluciones.
A los pueblos les pasa lo mismo. Pueden ser felices, pero siempre dentro de los límites de un estado de cosas establecido. Puede haber blancos, negros, grises, pero no puede haber verdes, celestes, violetas, rosas. Hubo intentos en la historia que marcaron hitos, hubo revoluciones que dieron vuelta muchas páginas. Pero esas mismas revoluciones establecieron también sus propias reglas en cada sociedad: ésa es la base la convivencia, de los consensos ineludibles. Llega un punto en la historia, que vivir bajo la presión de tantos preceptos morales puede traer consecuencias negativas.
Cuando un pueblo decide que se doble, pero que no se rompa, apuesta a color. Cuando un pueblo decide que se rompa, aunque sea un poco, apuesta a plenos. Los plenos son los cambios. Y, quiero decir, cuando es la mayoría del pueblo la que decide ser feliz, es el Gobierno, son las mismas instituciones que impusieron las reglas las que se tienen que acomodar. Son ellas las que tienen que poner la mesa.
Siempre el objetivo del Estado es buscar la felicidad del pueblo. El pueblo somos todos, pero también siempre hay quienes pierden: hay una nosotros y hay un ellos. Pero no tenemos que caer en los discursos autoritarios y machacadores que nos dicen “esto está bien” y “esto está mal”. La felicidad de un pueblo también reside en buscar pequeñas revoluciones que cambien y mejoren su vida diaria. Porque cuando el pueblo está triste, las cabezas están bajas; cuando se impone el gris, aparece la indiferencia, la abulia.
Hoy estoy sensible, pero al escribir estas líneas desahogo, desato nudos estomacales y me pongo las pilas con la vida.
Mi papá nació en un conventillo de La Boca. Eran épocas en las que el barrio se dividía en dos: mitad hinchas de River, mitad hinchas de Boca. Siempre se mantuvo esa tradición en mi familia. Abuelo hincha de Boca, dos hijos hinchar de River, un tío hincha de Boca, otro tío hincha de River. Pero, cosas de la vida, los bosteros eran “simpatizantes” y los riverplatenses fueron siempre “fanáticos”. No hay ni hubo nunca patrones establecidos.
Una anécdota al respecto: cuando nació mi hermano, mi papá lo fue a hacer socio de River y, de ahí, viajó al Registro Civil para anotarlo como “persona”. Fuimos siempre todos socios. El tío riverplatense, hasta que pudo por su edad, todos, pero todos los partidos que jugaba nuestro equipo, iba en precesión al ya Monumental de Nuñez. En cambio, su hermano bostero dice hasta hoy que el Charro Moreno fue el mejor jugador de la historia mundial, mejor que Maradona.
Creo que no vale aclarar que soy de River, iba siempre a la tribuna de socias (cuya jefa natural era la Gorda Matozas). Pero me tocó formar con los años una familia de Racing: ya embarazada de unos meses me llevó mi marido a la marcha contra la quiebra del club y a todos mostraba mi panza incipiente: “acá tenemos una hincha de Racing”, decía a la masa. En el 2001, mi marido, a sus 32 años, no había nunca visto campeón a la Academia. Nuestra hija pudo verlo (y aún se acuerda, lo juro) apenas sin llegar a los dos. La fiesta fue en medio de la crisis terminal: no se pudo festejar del todo, pero con el tiempo fueron cayendo las fichas.
Fui muchas veces a la popular de Racing. Fuimos el domingo en el que la gloriosa Academia le ganó a Huracán la última vez que jugaron. Al día siguiente River salió campeón, una vez más, del campeonato local. Sentí culpa, no podía festejar del todo porque Estudiantes tenía que ganarle a Colón para que Racing pueda zafar de la promoción.
Con toda esta historia, quiero expresar acá que, en mi vida, vi una hinchada como la de Racing. El aguante, el fanatismo y, sobre todo, el hecho de seguir al equipo en las buenas y –sobre todo- en las malas. Familias enteras marchaban al estadio ya desde la 9 de Julio. Fue una verdadera fiesta. Hijos, papás, mamás, abuelos, tíos, tías, amigos, desconocidos. Todos mancomunados por una causa nacional y popular.
Minutos antes de que Racing se juegue una patriada contra Colón, dedico a mi familia estas líneas. Con todo el amor del mundo, porque Racing se lo merece. Como dicen por acá: “primero Racing, después la patria, y después todo lo demás”. O como dice Balvanera: “Racing Es la Patria”. Por todo eso, ¡aguante la Acade…!
Alguna vez el Néstor imaginó el salvavidas cristinista para obviar lo que a muchos gobernantes les sucede en su segundo período de mandato: el desgaste acompañado de una salida poco elegante y sin solución de continuidad. Según dicen, el proyecto político se hunde en la lontananza y, como consecuencia, la estrategia a mediano y largo plazo queda aplazada. Y eso es, quizá, una de las peores cosas que le puede pasar a la Argentina que queremos, y estoy convencida de no estar exagerando.
Cristina fue siempre un cuadro de la ostia: bastaba verla en la Cámara de Senadores o de Diputados para saber que la mina tenía futuro. Nunca fue una oradora más, y eso se nota estando adentro, observando la atención de pares y público presentes, y sintiendo el silencio que se rinde ante los que la saben lunga. Pocos lo logran. Quizá algún día los enumeremos: sí, son pocos.
El Néstor fantaseó (cosas del amor, ¿vio?) con la continuidad y –supongo- la vuelta triunfante en el 2011, y muchos también apostaban a que le heredaba a su jermu un paquete de bodrios bien comunicados. El voto popular acompañó en las elecciones. Las ganaron los dos, mesa chica mediante.
¿Y a qué viene todo este derrotero? Sí, Cristina heredó cosas pesadas, no somos ciegos. Néstor vaya si heredó cosas pesadas en el 2003, pero remó en el dulce de leche.
Sin embargo muchach@s, si seguimos así, sin poner un poco de onda, sin bancar al Gobierno desde el campo nacional y popular, esto sale por derecha, nos gusten a veces o no nos gusten otras los discursos de la Cristina como Presidenta. Y sabemos lo que eso significa, por eso no vamos a abundar.
Es así de simple y por eso lo repito: esto sale por derecha. Y eso parece que no lo entienden los progres, ni los semiprogres, ni los gorilas buenos, ni los peronistas K, ni la mar en coche. Siempre hay una queja, un sí pero…, un pelo en el huevo. Y lo digo así, de una, sin eufemismos. O se banca el proyecto (con sus grises) o se es funcional a la derecha: a Macri, a Carrió, al que se les venga en mente.
Y todo, absolutamente todo va a cambiar. Entonces muchos nos lamentaremos de no haber dicho ni hecho algo que sostenga un corto, mediano o largo plazo; muchos nos dedicaremos a ser -otra vez cómodos- oposición; muchos haremos blogs infantiles o de modas; qué sé yo, muchos nos iremos a nuestras casas otra vez, sin creer en nada ni en nadie. Todos, para variar en la historia del centroizquierda argentino, nos autoboicotearemos porque no podemos dejar de cuestionar.
Por eso, ahora tiene que venir la etapa de la construcción política, del armado de cuadros, de la inteligencia de sumar dirigentes continuadores. De un recambio.
Si no es así, el Pato Rengo se habrá impuesto una vez más en nuestra historia; habrán triunfado, una vez más, los “otros”; y “nosotros” volveremos -con la inercia que nos caracteriza- a perder, a ver frustrados nuestros sueños. Y el Pato Rengo, más que del kirchnerismo, será de los que amamos la política más que el bolsillo de turno. De los que queremos un país con justicia social para todos. Hoy es, más que nunca, el momento de bancar.
La búsqueda desesperada del campo en su recorrido por encontrar un mediador en su conflicto con el Gobierno de Cristina K hace que la mayoría de la población mire desde afuera un conflicto que, en forma directa, afecta los bolsillos y el abastecimiento de determinados alimentos. Hoy, por ejemplo, salí corriendo a comprar leche gracias al gerente de La Serenísima: los chinos sólo me vendieron dos.
Cuando un gremio realiza un paro de actividades, su status legal permite que el Ministerio de Trabajo intervenga en la conciliación con la patronal o la repartición del Estado afectada. Algunas veces hay soluciones, otras no.
La falta de legislación sobre lockouts patronales impide que el Gobierno intervenga como mediador. Lo único que puede hacerse es dialogar, escuchar propuestas y tomar decisiones unilaterales y directas, o con la intervención del Parlamento o la Justicia, propuestas que pueden gustar o no. Según la Organización Internacional del Trabajo, el paro patronal es una decisión del empleador y no está considerado como un derecho. Sí es un derecho internacional la huelga de los trabajadores.
Entonces, en esta coyuntura, ¿quién media en el conflicto de “El Campo” con el Gobierno? ¿La Iglesia, Mondino, la oposición, la minoría del Congreso, algunos Intendentes o Gobernadores? No: esas son meras intenciones y búsquedas de apoyos políticos restringidos. Los verdaderos mediadores en este caso son los Medios de Comunicación y sus agendas.
Formadores de opinión y censores de opiniones diferentes a sus intereses, los oligopolios mediáticos se han creído el papel de mediadores entre dos partes: un Gobierno que toma una medida económica redistributiva y un sector patronal que quiere engordar cual ganado sus bolsillos con aprietes y amenazas, arengado desde esos mismos Medios.
El poder que han desarrollado durante los últimos 90 días canales de TV, radios, diarios, etc. no ha llevado todavía a desempolvar la teoría de McLuhan que rezaba que “el Medio es el mensaje”. Pero puede que estemos en una etapa coyuntural donde se trató evidente y claramente de excluir el pensamiento crítico del público respecto a los relatos simbólicos.
Sería una muestra total de debilidad volver al 10 de marzo: ésa es una quimera imposible si los ruralistas mantienen aún la esperanza. Y cualquier propuesta que se haga desde el Ejecutivo va a ser rechazada porque sí, ya que existe una inercia de oídos sordos –casi un caprichito- en ese sentido. Se pide diálogo cuando no hay dos para dialogar.
Igualmente, para los emisores, el conflicto del campo tuvo que pasar de ser “legítimo” o “histórico” a “absurdo” o “agotador”: el público así lo exigió. El cansancio de la gente va mutando a bronca a la hora de pasear por las góndolas y a la hora de ver alimentos derramados en las rutas. Y a eso apuesta Néstor Kirchner cuando habla de “paciencia oriental”: el objetivo es desgastar a las entidades patronales del campo y sus reclamos. La pérdida de aparición mediática, de apoyos varios y el quiebre que va asomando en la “Mesa de Enlace” es una conclusión mediata –quizás inminente- del conflicto.
Pero ojo: cuando llegue ese momento –o mejor antes- el Ejecutivo tiene que tener preparada una batería de medidas progresistas que apunten directamente a la restitución de la Justicia Social: el as de espada tiene que estar bajo la manga para el “vale cuatro”.
Escucho en Radio Mitre, 14.48 horas, un comentario sobre la nota central de Crítica: la descripción de un acto de NK en la sede del PJ. Diego Genoud se coló –dicen, pero no lo creo- en el cónclave y, según su crónica, apareció un Néstor Verdadero. Leo la nota (que puede interpretarse oficialista u opositora) y me gustan los entrecomillados del Néstor Verdadero. Al columnista de Mitre y a sus contertulios no les gustan y piden, exigen que algún vocero o el ex Presidente mismo salgan “ya mismo” a desmentir la transcripción de Dieguito. Sobre todo piden en la radio -parte del monopolio Clarín- que se desdiga el tema de los “fierros mediáticos” y de la “paciencia oriental” para afrontar el conflicto con el campo.
Cada vez me siento más perdida. Me pasó lo mismo con el primer discurso de Cristina cuando “El Campo” llamó a un paro por tiempo indeterminado. “Planteó una lucha ideológica”, dije entusiasmada en mi trabajo al día siguiente. “¡Pero no ‘Isa’, mirá lo que dicen los diarios!”, me retaron (para variar). “¿Vos escuchaste todo el discurso o solamente leés los extractos de los diarios, escuchás la radio y mirás la tele? Te digo que estuvo buenísimo, creéme. ¡Busquemos la transcripción!”, desafié enojada (para variar). “Bué, puede ser… ” Días más tarde, me dicen: “Acá el tema central es la lucha cuerpo a cuerpo con Clarín por la Ley de Medios”. Ahora nos entendemos. Hay tiempos políticos y tiempos políticos. Pero algunos vivimos perdidos.
Me acordé de cuando El Néstor dijo por cadena nacional, apenas asumido en el 2003, que iba a por la Corte. Todos aplaudimos. ¿Por qué ahora no podemos? ¿Por qué no nos dejan? Ufa.
Sí. Dios no lo quiera por su familia, pero ponele que Tinelli se muere en un accidente de auto. Se estrola en la Panamericana contra un poste y, de paso, se lleva puesto a un Renault 12. No, mejor se estrola y después lo trasladan al hospital Austral o a Fleni y estamos tres días pendientes del pronóstico reservado. Pero al final se muere.
Chau campo, chau D´Elía, chau De Ángelli, chau Miguens. Gana el Gobierno. Gana por lejos. La tortuga le gana a la liebre. Gana Kirchner, gana Cristina. Ganamos la pelea mediática.
Ganan Clarín, TN, Canal 13, gana Radio 10, Rial, la pelirroja de Canal 9, gana Chiche Gelblung. Pierde La Nación, pierde Página (poco). Pierde Telefé. Gana Crónica TV. Si somos piolas, empata Artepolitica. El viernes pasado ganó Barreda, hoy gana “el campo” y pierde el Gobierno porque se suspendió la reunión. Pero si mañana llega el humo a Buenos Aires, perdemos todos. Pierde Picolotti pero gana Clarín con su obsesión. (¿Qué fue de los asambleístas de Gualeguaychú, pero por el tema de Botnia?). La agenda de los Medios de Comunicación Masiva se va diversificando, va mutando.
Así como en otras épocas hablábamos de agendas informativas relacionando esto a los contenidos que los medio gráficos imponían en radios y televisión, hoy asistimos a una agenda cultural del entretenimiento que abarca gran parte del espectro. Se debate en la población sobre problemáticas políticas, económicas y sociales cuando los grandes conglomerados deciden que se debata. Y se debate sobre la agenda más habitual -fútbol, espectáculos, policiales, clima- cuando los conglomerados deciden no debatir sobre la vida de la gente y así entretener para sumar rating. No son salames, obvio. La industria cultural apunta al consumidor, y el consumidor pide entretenimiento.
Según periodistas y analistas, Moyano y Cavallieri son lo mismo, ergo para la “opinión pública” Moyano y Cavallieri son lo mismo. Ergo, Piumato y Barrionuevo son lo mismo.
Para los Medios, D’Elía y Castells son lo mismo, ergo para el “ciudadano común” ambos piqueteros son lo mismo. No hay memoria. Se borra. Desaparece difuminándose a la hora de opinar bajo un manto de ignorancia rancia.
Y Alfredo De Ángelis y Eduardo Buzzi se conjugan y fusionan con la Sociedad Rural, con la golpista Confederaciones Rurales Argentinas a la hora del reclamo, y entonces todo lo confunden, y fundan “El Campo”, nuevo conglomerado y nueva fuerza de choque de los productores rurales. No se deslizan disidencias entre ellos. Sólo se concentran en rejuntar porque, piensan, así los reclamos son más legítimos.
¿No se confunden, muchachos? ¿No confunden a los receptores? Si mañana Tinelli se estrola, los “progres combativos” de la Federación Agraria van a quedar pegados a la oligarquía rural. Prevalecieron los bolsillos a la ideología, al sistema de valores. Ganó el discurso de la alianza de conductas que de conductas no tiene nada.
Cristina y Néstor van al velorio, saludan a la familia, al dinosaurio Bernardo y se retiran por la puerta correcta. Los patrones del campo ni aparecen. Pero se matan mandando gacetillas a los Medios que nadie lee. Los piquetes se desarman porque los pibes, las mujeres y los tipos -cansados- se van a la casa a ver la tele. Y todo termina ahí. La agenda viró 180 grados.