María Esperanza

Reunión de Artepolítica

Reiteramos (y pensamos darle a la matraca hasta el viernes), se viene la primera reunión de AP.

Nos econtramos con los que quieran a charlar y tomar unos mates este viernes a las 18.30hs en la sede de la CONADU, Pasco 255, 3er. piso. (Corrección: es el tercero, no el segundo.)

Nos gustaría conversar del pasado, presente y futuro del blog, y del pasado, presente y futuro del país. No necesariamente en ese orden.

Nos vemos. Y los que no puedan ir, ya habrá otras

Reunión de Artepolítica

Tardó, pero llegó.  Está en marcha la primera (no la última) reunión de Artepolítica.

Nos econtramos con los que quieran a charlar y tomar unos mates este viernes a las 18.30hs en la sede de la CONADU, Pasco 255, 2do. piso.

Nos gustaría conversar del pasado, presente y futuro del blog, y del pasado, presente y futuro del país. No necesariamente en ese orden.

Nos vemos. Y los que no puedan ir, ya habrá otras.

Aviones

No sé si la iniciativa de reestatización que que votó hoy la Cámara de Diputados es buena; ni siquiera sé si es el menor de los males posibles. No me estuve empapando de la letra fina de esos debates, y realmente no sé cuáles son los números reales. Ayer escuchaba a un economista, con mucho laburo en agencias de control del estado, simpatizante con este gobierno, que decía “la verdad, no tengo la menor idea de si esto es un curro, o no”. My feelings exactly.

Tal vez fuera mejor el proyecto opositor, o no. No lo sé.

Estas líneas, entonces, son para expresar mi desagrado hacia una línea relativamente menor pero sin embargo omnipresente en el debate por la reestatización de Aerolíneas. Esta es la línea “si los pobres no viajan en avión, por qué debería el Estado poner plata en ese tema”.

Esta idea, patentemente es falsa de toda falsedad, y sólo puede haber salido de las calenturienteas mentes de alguien que imagina que un viaje de larga distancia son cuatro horas por la ruta 2 hasta Mar del Plata.

Ya lo dije varias veces: en las provincias alejadas de la ciudad capital, el transporte es algo vital, no es un lujo ni algo natural. El tranporte es estratégico, es soberanía, es lo que te conecta con un montón de actividades. Inclusive, del transporte dependen decisiones que involucran la vida misma, a veces.

Imaginemos una provincia patagónica que queda a mil quinientos kilómetros de Buenos Aires. Neuquén o Río Negro, digamos, Imaginemos que esta provincia se queda de repente sin avión.

Automáticamente, los pasajes de ómnibus (los que toman los pobres) aumentan aún más.

Las ciudades que depeden del turismo, como San Martín de los Andes, Bariloche, Villa La Angostura, saben que se tienen que despedir de los brasileros que, recordemos, les dan de comer a toda la ciudad, inclusive a los mozos, cocineros, mucamas de hotel.

Las empresas petroleras deben computar que, por ejemplo, los geólogos que hacen exploración no van a poder viajar en avión.

Los médicos deben saber que no van a contar con la posibilidad de derivar pacientes vía avión de línea, lo cual saturará los vuelos sanitarios, o obligará a pacientes que podrían volar a viajar en micro o ambulancia.

A Neuquén Capital hay 14 horas de micro, a Bariloche 20, a Comodoro Rivadavia hay 26, a Los Antiguos, Santa Cruz, 30. Con estas distancias, el avión no es una alternativa de lujo, es un servicio básico e irremplazable.

Cuestión de habitus

En esta nota, Mario Wainfeld cita un artículo de Martín Plot que relaciona el modo de darse de las crisis políticas en el país con un particular habitus de la clase política:

“Tanto las acciones del gobierno como las de la oposición política y las organizaciones agropecuarias estuvieron ampliamente sobredeterminadas por el habitus de la aceleración de los tiempos institucionales. En una frase: el fantasma de unos era la esperanza secreta de otros. Ocurre que el comportamiento de los actores políticos y sociales luego de las experiencias de las transiciones gubernamentales entre Alfonsín y Menem primero, y entre De la Rúa y Duhalde, luego, han encarnado prácticas que generan expectativas de transición que no se condicen con la realidad institucional –y esta expectativa de transición opera tanto en la forma de actuar del gobierno como de la oposición.”

Si entiendo bien, lo que aquí se está diciendo es que las experiencias de las transiciones del alfonsinismo y el delaruismo ha creado en los actores sociales y políticos la idea de que las circunstancias de puja de intereses objetivos deben ser resueltas o van a ser resueltas mediante la caída de un gobierno constitucional y su reemplazo por otro gobierno, también institucionalmente legítimo.

Si miramos a Latinoamérica, esta nueva dinámica política no es una originalidad argentina. Varios politólogos han escrito sobre una característica de la política latinoamericana que se inauguró luego de las transiciones: en el subcontinente parecen haber desaparecido los golpes de estado militares, pero se multiplican las crisis políticas que culminan en renuncia presidencial y reemplazo de gobierno. Tales crisis han sucedido en Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil (con el impeachment de Collor de Mello), Perú, y Paraguay. Estas crisis presidenciales tienen la peculiaridad, sin embargo, de que en general se ha podido reconstituir rápidamente la institucionalidad política, vía nuevas elecciones y han culminado en nuevos gobiernos razonablemente legítimos.

(Muchas veces, la nueva institucionalidad es negociada y consensuada en los poderes legislativos. Así, algunos politólogos hablan de que en América Latina estaría creándose un híbrido, algo así como una especie de “semiparlamentarismo de facto”, con rebeliones sociales que reemplazan a los votos de no confianza, y el poder legislativo constituyéndose en el foro en donde se negocia la salida a las crisis de gobernabilidad.)

Entonces, volviendo a la cita del primer párrafo, el problema es que esta habitualidad ofrece a los actores sociales y políticos opositores muy pocos incentivos para construir salidas negociadas a la crisis. Antes que construir coaliciones y planificar alternativas para la alternancia en el mediano plazo, en todos los casos para las oposiciones parece mejor movida “empujar” un poco más con la esperanza de hacer caer el gobierno y reemplazarlo por otro más afín.

Este habitus, además, permea también a los propios gobiernos, ya que la posibilidad de un proceso de erosión rápida de la gobernabilidad está siempre presente, sin importar de ninguna manera cuál sea su legitimidad electoral, es decir, por cuánto haya ganado en las últimas elecciones. Así, los gobiernos electos tienen también pocos incentivos para concentrarse en el mediano o largo plazo y para generar compromisos.

Entonces, con las posibles excepciones de Chile, Brasil y Uruguay, en los demás países se genera una política “descentrada” que se juega tanto, o más, en la sociedad civil que en las instituciones, y en donde las movidas de los partidos o actores sociales de oposición apuestan a hacer caer el gobierno, mediante medios muchas veces no institucionales (pero perfectamente legales), y en muchos casos con un fuerte discurso antipolítico.

Un corolario de esta forma de hacer política en la no política es que en la mayoría de los casos que estamos viendo en este mismo momento las rebeliones no están motorizadas por los sectores obreros o campesinos, sino por las elites económicas y culturales, tal como se ha visto en Bolivia, Venezuela y Argentina. Estos actores tienen una gran capacidad erosiva, dada su posición dominante tanto económica como cultural. En sus manos están muchos resortes de la política, el mercado, y los medios de comunicación, y pueden entonces ser actores con altísima capacidad de veto (no sólo política, sino también económica y cultural.)

El segundo corolario es que el el riesgo de esta política descentrada es legitimar un sistema en donde éxito de hoy es el germen del fracaso de mañana. En un contexto en que los actores políticos y sociales ignoran o minimizan la legitimidad que otorgan las elecciones (ver las reacciones de los sectores cruceños a la victoria de Evo Morales ayer, por ejemplo), en donde todos validan con sus actos la idea de que el fin de la política debe ser forzar el reemplazo de un gobierno electo y en donde hay múltiples actores con poder de veto, las victorias son pírricas. Ya se han visto gobiernos que, surgidos de una exitosa rebelión anti-política, han sido también rápidamente erosionados luego de haber llegado al poder, por alguna otra coalición de actores sociales movilizados. El problema es que entonces no hay, por supuesto, derecho al pataleo.

La lucha por el peronismo

Hubo una vez en que el peronismo fue el hecho maldito del país burgués. En esa época, sus políticas populistas y distribucionistas y la entrega de derechos sociales y políticos a las clases trabajadoras (sobre todo el derecho a la actividad gremial, la madre pecadora de todo mal), sumados a un discurso anti-sistema, hicieron del peronismo la bestia hereje, el demonio que debía ser exorcizado a toda costa.

Hablamos de un momento histórico en el cual las clases propietarias veían en el peronismo el mecanismo que había permitido que las clases populares se soliviantaran y los miraran de frente, que se resquebrajara el orden social en donde unos mandan y otros obedecen; veían en él, en fin, a un movimiento que quiso alterar el orden natural de las cosas, como diría Claudio Escribano.

(Lo curioso, lo que no se alcanza a explicar, es que Perón se veía a sí mismo como garante de un orden social, tal vez más justo, pero no menos jerárquico. Nunca pudo explicarle a la UIA o la SRA que él se veía como su socio, no su enemigo. Porque en último término, el peronismo fue una fuerza conservadora, no revolucionaria. Sobre esto, una hipótesis: en el capitalismo periférico, importa más la mantención de un sistema de jerarquías sociales materiales y simbólicas que la pura tasa de ganancia.)

Así, durante treinta años la principal preocupación de los grupos propietarios (rurales y empresarios por igual) fue desarmar el dispositivo de poder populista, minar o prohibir su base electoral y, sobre todo, desarmar su “columna vertebral” sindical.

Lo fascinante es que en los noventa, y gracias a Carlos Menem, esto cambió. Menem, luego de ganar una elección con toda la retórica y el mensaje populista, tomó el dispositivo de poder peronista (la capacidad de ganar elecciones, la maquinaria “clientelar”, las roscas con los gobernadores, la disciplina legislativa, la verticalidad sindical) y las puso al servicio de la acumulación capitalista.

Es decir, el peronismo neoliberal (llamado por algunos neopopulismo) dejó de ser el hereje para ser el garante del orden, hoy lo que hoy la literatura llama eufemísticamente “la gobernabilidad.”

Hoy por hoy, podemos ver que los noventa fue en un sentido la edad de oro de la acumulación económica: una época en que un partido de masas, movilizante, fuerte, disciplinante, no actuaba en contra sino a favor de los negocios.

Y hoy vemos que hay muchos que sienten nostalgia de esta matriz económico-política.

Los representantes de los negocios hoy no quieren eliminar el peronismo, quieren volver a tenerlo como herramienta.

(Lo cual nos deja una pregunta acuciante. Si el gobierno kirchnerista no ha alterado las relaciones de fuerzas, ha redistribuido de manera limitada, y ha gobernado en alianza con grupos concentrados, si es, de hecho, es un que no plantea ninguna alternativa a la acumulación capitalista, ¿por qué, entonces, ha sido tan frontal y duramente atacado por esos mismos factores de poder? ¿Qué es lo hereje del kirchnerismo?)

Por eso, la crisis política hoy es, en el fondo, una pelea por el control de esa herramienta que es el PJ. No es el intento de superar ni de destruir al PJ, sino el intento de volver a armar la fórmula neoliberal que tan bien funcionó.

Por esto, la salida a la crisis no será nunca a través del republicanismo de Carrió o la socialdemocracia binnerista. Será a través de una nueva reconfiguración pejotista, encabezada por alguno de los delfines del duhaldismo renacido: De La Sota, Reutemann, Schiaretti. Gente que puede gobernar, que entiende cómo son las cosas, que se presentan como pragmáticos antes que ideológicos. Gente que es activamente impulsada por empresarios, ruralista, y medios.

En definitiva, esta lucha es una lucha por ver quién se queda con el peronismo, ese que, en otro momento, fue el hecho maldito del país burgués.

Forwardeo invitación

(Me llegó esta invitación que cumplo en compartir. Desembarca el sabatelismo en la CABA.)

Tenemos la satisfacción de convocarlos/as a la Asamblea Fundacional del Encuentro por la Democracia y la Equidad en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La Asamblea se llevará a cabo el sábado 26 de julio a las 14 hrs en el Teatro La Máscara, Piedras 736, con la presencia de Martín Sabbatella.

ORDEN DEL DÍA

1400 hrs Acreditaciones
1430 hrs Apertura y presentación de la jornada
1500 hrs Debate en plenario
1630 hrs Votación de documentos y Junta Promotora
1700 hrs Cierre

Esperamos contar con su presencia. Por cuestiones de logística le solicitamos nos confirmen su asistencia.

Cordialmente,

Encuentro por la Democracia y la Equidad
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Cosas que no quiero escuchar más

Si uno de los resultados del conflicto es que yo no deba escuchar más las frases siguientes, podremos decir, no sólo que la República ha salido fortalecida, sino que mi pisque operará con muchos menos estrés. Así que, espero no escuchar más, pero nunca más, never, ever, ninguna de las frases que siguen:

- Que este gobierno es hegemónico.

- Que las instituciones en este país no funcionan.

- Que el Congreso está pintado.

- Que los diputados/senadores son todos corruptos y levantamanos.

- Que los partidos de oposición no pueden ganar elecciones porque los totalitarizan, los cooptan, o los hegemonizan.

- Que existe la Concertación Plural.

- Que existe el partido peronista.

- Que nos espera un apocalipsis, un parto doloroso, un becerro de oro.

- Que Dios opera directamente en la política argentina, vía (entre otros) Julio Cleto Cobos.

- Que los gremialistas son todos chorros y mafiosos.

- Que la razón de ser del conflicto fueron los pequeños productores.

- Que Macri quiere hacer política nacional.

- Que Duhalde está retirado de la política.

- Que Nosiglia está retirado de la política.

- Qué D’Elia asusta a alguien.

- Que los medios de comunicación están presionados, apretados, o comprados.

- Que cuando un político se pasa de bando es inmoral, corrupto, o borocotizado.

¿Se les ocurren más? Déjenlas en los comentarios.

El papel de América Latina en la resolución del conflicto colombiano

(Quería invitar a la Comunidad a esta actividad que estamos co-organizando. El profesor Marc Chernick es un experto en Colombia que ha participado activamente en el proceso de paz en el país. La actividad es abierta. MEC)

El Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella y la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad de San Martín invitan a la conferencia “El papel de América Latina en la resolución del conflicto colombiano”. El evento tendrá lugar el jueves 24 de julio, a las 18h, en el Auditorio de la Sede Miñones de la Universidad Torcuato Di Tella (Miñones 2177, Belgrano).

Abstract
En los últimos meses, el conflicto armado, que desde hace más de seis décadas conmueve a Colombia, produjo una serie de acontecimientos que lo ubicaron en el centro de la política regional. La negociación por la liberación de rehenes encabezada por Hugo Chávez y apoyada por diversos países latinoamericanos, la incursión militar colombiana en Ecuador, el virtual descabezamiento de las FARC y la reciente liberación de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, nos llaman a pensar sobre la dinámica del conflicto en Colombia y el papel que deberá tener América Latina en su solución definitiva.

Disertantes:
Marcelo Cavarozzi (UNSAM).
· Jorge Battaglino (UTDT).
· Juan Gabriel Tokatlián (UdeSA).
· Marc Chernick (Georgetown University ; Profesor invitado de la Maestría en Políticas Públicas y Gerenciamiento del Desarrollo UNSAM / GU.)

Más información, acá.

La sombra autoritaria del liberalismo

Desde hace algún tiempo estoy rumiando sobre un tema que me preocupa. Vamos a ver si ahora puedo dejar algunas notas, a manera preliminar.

El tema son las tendencias autoritarias del pensamiento liberal. ¿Cómo–me dirán–va a ser autoritario el liberalismo, el pensamiento esclarecedor de John Stuart Mill, de Locke y de Hannah Arendt? Paso a explicarme.

Me gustaría circunscribirme a variantes del liberalismo más racionalista y abstracto, como la encarnada, justamente, por Hannah Arendt. Más precisamente, voy a circunscribirme a las variantes del liberalismo que presuponen que las decisiones políticas deben estar orientadas por una orientación puramente virtuosa del hombre político, o, para ser más clara, que la política debe estar basada en el supuesto de quien decide (ya sea legislador o votante) debería tomar su decisión orientado pura y exclusivamente en consideraciones sobre el bien común, la virtud, y el interés general, entendidos de la manera más asbtracta posible.

Hannah Arendt dice, en La Condición Humana, que hay que separar la política de la necesidad, es decir, de la discusión de aquellas cosas que nacen del orden de lo económico. Las discusiones sobre temas nacidos de la esfera de la necesidad (cuestiones de justicia distributiva, de dinero, de recursos, de guita, digamos) pertenecen a la administración, no a la política. La política debe ocuparse de la libertad, no de la necesidad. Y quienes hacen política deben también orientarse exclusivamente hacia su propia libertad. (Otros pensamientos liberales, como la de Tocqueville, son menos abstractas y tienen más empatía con el carácter encarnado de la acción política.)

Dejando de lado las preguntas que siempre se me aparece cuando leo esta formulación (¿de qué tratará la política si no trata cuestiones de justicia distributiva? ¿cuál es el campo de cuestiones que no tienen que ver con la necesidad? ¿es ésta una formulación adecuada a un país y un mundo en donde la necesidad no está, por así decirlo, ni remotamente solucionada?), me parece que en esta idea, aparentemente tan atractiva, hay un peligro: el peligro de un desencantamiento con la política que lleve necesariamente a una tecnocracia autoritaria.

Es decir, encuentro que muchos liberales racionalistas (no, hay que decirlo, en Hannah Arendt) se enojan y se desencantan muy rápidamente con el carácter poco virtuoso, ramplón, calculador, interesado y particularista de la política realmente existente (y ni que decir de los políticos realmente existentes). Al fin y al cabo, dicen, los políticos no operan orientados al bien común, no buscan la libertad, se guían por consideraciones que tienen que ver con la búsqueda de poder, están dispuestos a negociar, y de hecho negocian.

Entonces, los mismos liberales que presentan ofrendas al altar de la libertad y el respeto más elevados se desencantan con la política y pasan a pedir su reemplazo por la administración tecnocrática.

Piden reemplazar al político por el científico social, el constitucionalista o el economista, piden (como leí hace poco en un diario) reemplazar las elecciones por pruebas de oposición para elegir a los representantes según sus “méritos intelectuales”, piden que se reemplace la lucha política por el consenso de las razones; en definitiva, piden que se elimine la política.

Lo interesante es que este autoritarismo, que ya no es militar sino tecnocrático, no aparece en oposición a un pensamiento liberal, sino como su conclusión y corolario necesario. Un liberalismo que suponga que la política será virtuosa o no será, es un liberalismo que va a terminar necesariamente (aunque tal vez no intencionadamente) en una justificación del autoritarismo. Autoritarismo bien intencionado y platónico, pero autoritarismo al fin.

Si la política la hacen los hombres, y no los filósofos, entonces la pregunta no puede ser cómo lograr una política perfecta, sino, apenas, como lograr una política un poco mejor.

El jardín de los senderos (progresistas) que se bifurcan

Los excelentes posts de mis colegas y amigos Hal y Escriba apuntan, creo, a una pregunta básica, estructural, ¿qué debe hacer el progresismo argentino con la actual experiencia kirchnerista? Por favor, no nos engañemos: es ésta la cuestión más urgente que el progresismo argentino tiene frente a sí en estos momentos.

Empecemos, como es lo correcto, por el principio. Cuando digo “progresista” me refiero a ese campo difuso pero extendido de gente que coincide en ciertos objetivos básicos. Los principales entre ellos son:

- Defensa irrestricta de la agenda de derechos humanos, que incluye, pero no se limita, a la consigna de juicio y castigo a los responsables de los crímenes de la última dictadura.
- Sostenimiento de un estado de derecho.
- Apoyo de la intervención del estado en la economía, no sólo como regulador “de base” sino como actor central en la distribución de recursos e ingreso, con vistas a estabilizar y contener las tendencias destructivas de la economía capitalista.
- Avance hacia una mayor equidad económica y social, articulada primariamente alrededor de un sistema tributario más progresivo.
- Puesta en funcionamiento de mecanismos amplios y efectivos de ciudadanía social, incluyendo, entre otros, políticas universales (es decir, políticas financiadas por rentas generales y accesibles a todos los ciudadanos) de salud, educación y ayuda social.
- Avance en la democratización de los medios de toma de decisión política.

Podemos decir que una cantidad importante de gente comparte y está de acuerdo con que estos objetivos constituyen los fines de una política progresista. El problema es que, como en el misterioso jardín, los senderos se bifurcan cuando se discuten cuáles son los medios necesarios para llegar a ellos.

Los senderos se bifurcan como se bifurca un arroyito si encuentra una piedra. En este caso, la piedra es el kirchnerismo. (En realidad, como relata Carlos Altamirano, nuestro arroyito progresista lleva sesenta años dividiéndose en la misma piedra, que es el peronismo. Pero eso sería material para otro post, o más bien sesenta.)

En la circunstancia actual, el campo progresista se bifurca de la siguiente manera (y recordemos siempre que estamos hablando de personas que comparten objetivos políticos, sensibilidades culturales y, en muchos casos, inclusive espacios presentes o pasados de militancia):

Una parte del progresismo, creo, entiende que el actual régimen kircherista, sin ser perfecto ni muchísimo menos, ha planteado algunas aperturas en la dirección deseada y por lo tanto puede operar como un primer paso o primer avance tentativo hacia una dirección “verdaderamente” progresista. Esa parte entiende, entonces, que la experiencia kirchnerista debe ser sostenida en este momento. A largo plazo, obviamente, los esfuerzos se deben poner en superar y dejar atrás la experiencia kircherista, pero el kirchnerismo se entiende como un “estadio posible” en el avance hacia el progresismo.

En este campo están, entre otros, gente como Martín Sabbatella, algunos socialistas, Hugo Yasky y parte de la CTA; la idea básica, como planteó un amigo, furibundo crítico del kirchnerismo que sin embargo está hoy sólidamente plantado en este campo: “hoy tenemos que bancar porque si se llevan puesto al gobierno nos llevan puestos a todos nosotros. El fin del kirchnerismo hoy implicaría la liquidación de la posibilidad del progresismo en Argentina, por lo menos por varias décadas.”

La otra mitad del progresismo, por su parte, entiende que el kirchnerismo tapona la posibilidad de una consolidación progresista en el país. Es decir, que el kirchnerismo, por la manera en que manipula consignas progresistas para su propia conveniencia opera en contra del avance del campo progresista, ya que coopta y manipula a las bases populares y confunde y diluye a las organizaciones progresistas. Este campo, entonces, entiende, no sólo que debe evitarse cualquier negociación, sino que, en último término, la caída de la experiencia kirchnerista es un paso necesario y positivo para la consolidación de una alternativa progresista. Este campo supone también que una eventual victoria puntual de una alternativa de derecha en este momento sería en verdad una apertura estratégica para el progresismo, al dejar en blanco sobre negro las alternativas de una “verdadera” derecha y una “verdadera” centroizquierda.

En este lado del campo progresista están entre otros Pino Solanas, Claudio Lozano, Victor De Gennaro, otra parte del socialismo y la mayoría de los partidos de izquierda.

¿Qué resultará de esta bifurcación de los senderos? ¿Cuál es la vía adecuada? El debate queda abierto.

Planes para la plaza

Nos encontramos a la una enfrente de la confitería London, en Perú y Avenida de Mayo. Estaremos ahí por un rato, hasta que se arme la cosa. Si alguien llega más tarde, nos puede buscar, vamos a estar identificados como Artepolítica, gracias a Mendieta.

Hoy, en la plaza, la Comunidad

Hoy, siguiendo la consigna de “A la plaza, con posición propia“, nos juntamos a las 13 en Perú y Avenida de Mayo, frente a la confitería London. Ahí estaremos con algún cartel que nos identifique como Comunidad Artepolítica, para los que quieran encontrarse. De paso, nos conocemos.

¿Y ahora qué?

La llamada crisis del campo no da pautas de resolverse, mientras todo se va transformando en una especie de lodazal en el cual es imposible entender nada, mucho menos visualizar una salida.

Para aclarar mi cabeza, decidí hacer una breve síntesis de lo que se sabe hasta ahora.

- El gobierno anunció un plan social, o más precisamente, un plan de construcción de obra pública social (hospitales, caminos y otras obras) a financiarse con el dinero de las retenciones. La buena noticia es que si esto avanza se construirán al menos 30 hospitales, lo cual daría un aumento en la cantidad de camas inaudito desde 1983 hasta la fecha. La mala noticia es que no parece lo más inteligente del mundo atar la financiación del aumento de la infraestructrura de salud del país al precio variable de una commodity.

- La modalidad de ejecución del plan, que será “descentralizado y consensuado con cada una de las provincias” lleva a una lectura: el plan es, al menos en una dimensión, el resultado de un cierre con los gobernadores. Malas noticias para las entidades agrarias, que tenían como uno de los puntales de su estrategia quebrar el frente interno del PJ haciendo palanca en los gobernadores.

- Las entidades del campo suspendieron el paro el domingo pasado pero, según dicen algunos, “las bases” continúan con los cortes de ruta en algunos lados y, además, no comercializan granos. Los jefes de las entidades se reúnes en locaciones secretas a deliberar, aunque, según parecen, no tienen mucho poder de contener a nadie.

- La cámara de transportistas ahora hacen contrapiquetes a los piquetes, reclamando que se vuelvan a comercializar granos ya que si no hay granos para transportar ellos se funden. El contrapiquete no deja pasar a nadie, con la consigna “si no trabajamos nosotros, no trabaja nadie.” (Los transportistas no son los camioneros de Moyano. Los transportistas son los dueños de los camiones, que en su mayoría son cuentapropistas y también, por lo tanto, sus propios choferes. Los camioneros es el gremio de choferes, y la CATAC la cámara de los dueños.)

- Parece que aunque teóricamente la mesa de enlace levantó el lockout, los empresarios agrícolas no están vendiendo granos. Las entidades agrarias dicen que ellos no pueden forzar a los empresarios agrícolas a vender. Dicen también que así buscan forzar al gobierno a elminar las retenciones. También, claro está, podrían estar intentando aprovechar los precios más altos que una medida de este tipo seguramente traerá.

- Se arma bardo en algunos piquetes, con un herido de arma blanca y un camión cisterna atacado.

- Según dicen los medios, comienza a notarse el desabastecimiento de carne, combustibles lácteos en las ciudades. A pesar de eso, un corresponsal que estuvo parado en un micro por cuatro horas en un piquete de transportistas en Roque Pérez me comentó que el susodicho piquete estaba a las diez de la mañana preparando un cordero al asador y por lo menos cuatro costillares. La gente que venía en el micro, sin embargo, no tenía agua ni comida. Nuestro corresponsal se bajó a discutir con el contrapiquete y los dejaron pasar. (En realidad, el corresponsal es mi mamá. Me gustaría conocer al piquete que se resista a mi mamá en modo discutidor.)

- Clarín titula “Ya están tirando 4.000.000 de litros de leche por día.”

- Las entidades de la mesa de enlace se reúnen durante siete horas y no llegan a un acuerdo. De cualquier manera, hay dudas acerca de si alguien les daría bola si eventualmente llegarana un acuerdo, ya que parece que “las bases” se han soliviantado.

- Moyano se ofrece a mediar entre las partes y la Corriente Clasista y Combativa hace marchar a desocupados junto con los productores bajo el cartel de “Todos somos chacareros.” Alderete, dirigente de la CCC, explica que los problemas de propietarios rurales y de desocupados son iguales, ya que los desocupados y pobres urbanos de La Matanza tienen “chicos que se acuestan con hambre” y los chacareros “tienen miedo de endeudarse y que les rematen los campos.”

- Radio Mitre llamaba hoy al gobierno a utilizar la fuerza pública para despejar las rutas, cuando hace tres meses llamaba enfáticamente a empuñar la cacerola. Rosa, de Caballito, insultaba hoy al campo al aire, cuando hace tres meses decía “el campo es la patria.”

- Según un análisis de Página 12, la idea de los cortes es desabastecer Buenos Aries y el conurbano. Ruralistas y empresarios camioneros autoconvocados estarían buscando que salga la gente a la calle y, probablemente, haya saqueos. Sólo así, dicen, “cambiarián las cosas.”

- El Banco Central paró una corrida contra el peso y dejó caer el dólar a los valores más bajos desde el 2006. Nadie discute mucho esto, pero me pregunto, ¿hubo una demostración de poder de fuego finaciero semejante desde 1983 a la fecha? ¿En qué otro momento se pudo frenar tan eficazmente una corrida finaciera?

Entrevista a Ricardo Forster

Si algo tiene de positivo el actual clima político es el pase al frente de los intelectuales. En las últimas semanas, se han leído apasionadas opiniones, a favor y en contra de el gobierno, los sectores empresarios y varios etcéteras, de Horacio González, Eduardo Grüner, Marcos Novaro, Beatriz Sarlo, y Nicolás Casullo o entre otros.

Este reverdecer de la polémica es una buena cosa. Que gente que se dedica a pensar para vivir se diga en la cara, de repente, “no estoy de acuerdo con vos y lo que decís me parece una gansada” me parece una buena cosa. Que descubramos que (¡oh!) las diferencias teóricas encubren diferencias ideológicas es una buena cosa.

Venimos de una década y media de insoportable levedad del discurso intelectual. Durante los noventas, la cuestión era fácil: casi todos eran antimenemistas y admiradores de variantes rosáceas de la socialdemocracia, el institucionalismo y la tercera vía (salvo honrosas excepciones, Escudé y algunos más.) Estar en desacuerdo con el gobierno de Carlos Menem era fácil. Admirar al laborismo inglés o a la socialdemocracia francesa. Despotricar contra el desequilibrio de poder en la esfera internacional también.

Ahora, sin embargo, las opciones son más dificíles. ¿Es este de gobierno de izquiera o de espantosa derecha? ¿Es el kirchnerismo conservador y provinciano o totalitario y movilizante? ¿Es Chávez la esperanza latinoamericana o un loco populista? ¿Son los empresarios agrícolas la esperanza de la república o un grupo de exacerbados capitalistas? Las respuestas no son fáciles. Ahora hay que pensar.

Y es, entre otras cosas, gracias a la revalorización de la política que hemos vivido en los últimos años, que los debates académicos se han movido hacia la esfera pública.

Y también marca una redescubierta vocación de los intelectuales de abandonar aunque más no sea por un rato la academica para meterse en el barro. Esto es doblemente bienvenido en el caso de las generaciones más jóvenes, que se suman, y muchas veces polemizan, con el coro de voces ya consagradas.

En este marco, Artepolítica tiene la intención de salir a entrevistar a algunas de las voces más interesantes que están participando de los debates públicos en estos momentos.

Comenzamos con una entrevista que realizamos hace algunas semanas a Ricardo Forster. Ricardo Forster nació en Buenos Aires en 1957. Es investigador y profesor de Historia de las Ideas en la Universidad de Buenos Aires, escritor y ensayista.

A Ricardo Forster lo conocíamos varios de Artepolítica como un buen profesor de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, especialista en Walter Benjamin y en la escuela de Frankfurt, pero no lo teníamos como un pensador interesado en la política argentina actual. Esto cambió cuando vimos su participación en “A Dos Voces”, en la cual arrinconó a Silvestre y Bonelli a puro argumento. Ahí se ns ocurrió entrevistarlo.

Acá va entonces una nueva entrega.

Basta con los votantes blancos

En las elecciones norteamericanas, mucho se ha hablado últimamente de la dificultad (por no decir incapacidad) de Barack Obama de conseguir que lo voten los votantes blancos sin educación universitaria (los antiguamente llamados “blue collar” o “white working class.”) La victoria de Hillary Clinton por 66% a 27% en el estado de West Virginia) así parece confirmarlo. El sentido común indica que un candidato a presidente demócrata no puede ganar sin el apoyo de este crucial grupo de votantes.

El consenso parece ser que, efectivamente, los votantes blancos sin educación universitaria parecen reacios a votar por Obama, y que seguramente continuarán reacios a hacerlo en la general. ¿Indica esto entonces que Obama está condenado a perder la elección presidencial?

No necesariamente, ya que:

- Los votantes blancos de clase trabajadora son de por sí reacios a votar al partido demócrata, y hace décadas que se vuelcan a los republicanos. De hecho, la transformación reaganista del partido republicano, (la llamada “Southern Strategy“) consolidó el dominio republicano en este grupo demográfico. En las últimas décadas, ningún presidente demócrata ha ganado en este grupo particular de votantes, ni siquiera aquellos que resultaron electos.

- Un estado como West Virginia no interesa a nadie porque West Virgina no es un swing state, sino que es un estado sólidamente republicano. Desde el año 2000, los republicanos ganan allí de manera consuetudinaria, y en 2004 Bush ganó por 13 puntos de diferencia. Ni Obama, ni Hillary, ni Edwards podrían ganar este estado.

- Mientras que ningún demócrata ha ganado las generales sin ganar West Virginia desde 1919, pero en 1912 USA era otro país. Como dice Matt Yglesias:

What’s even more interesting is that no Democrat has won the White House without carrying Minnesota since 1912 (it went for Teddy Roosevelt’s Bull Moose party) so given that Obama won Minnesota and Clinton won West Virginia, McCain is guaranteed to win the general election unless the eventual nominee can somehow completely replicate the social and political conditions prevailing in pre-WWI America. The outlook, in short, is very grim.

Y Obama ganó otros estados considerados buenos predictores para la elección general, como Minnesota.

En síntesis, lo que algunos analistas están viendo es que esta elección va a romper los viejos marcos. Esta elección parece ser una de esas que demuestran los límites de la inducción practicada por la ciencia política: es decir, que demuestran que no se puede hacer ciencia de la política porque el pasado no necesariamente se repite. Así, cosas novedosas están pasando en esta campaña:

1. El aumento de turn out para los demócratas. En todas las primarias demócratas están yendo a votar números absolutamente récords. Esto habla de un gran interés general en la elección demócrata, y es un signo preocupante para los republicanos.

2. El aumento de turn out entre la población afroamericana. El bloque de votantes más fiel para los demócratas, la piedra fundamental de su coalición, son los votantes de raza negra, de cualquier clase social. En las últimas semanas, y de manera concurrente a sus poco veladas referencias raciales, Hillary Clinton ha perdido más votos negros que ganado votos blancos, lo cual explica en gran medida el casi seguro fracaso de su candidatura. Asimismo, una gran parte de los nuevos votantes a las internas son votantes negros, energizados por la candidatura de Obama. Es probable que Obama pueda movilizar nuevos votantes negros en un número tal que que más que compensen la tambíen probable pérdida de votantes blancos.

3. El aumento de turn out entre la “Millenial Generation”. Otro fenómeno novedoso es la masiva movilización de votantes jóvenes para votar por Obama. Según una encuesta de Harvard, el 70% de los votantes de entre 18 y 24 años prefieren Obama. Según la misma fuenta, Obama le ganaría a McCain por 20 puntos. Una masa importante de jóvenes que vayan a votar por primera vez podría también compensar la pérdida de votantes blancos de mediana edad y clase trabajadora.

4. Finalmente, la gente no soporta al GOP. Como dato, basta señalar que los demócratas ganaron elecciones legislativas el mes pasado en Louisiana y Mississipi, dos estados rojísimos, en una debacle impensable dos años atrás. Como dice el DailyKos:

This district (en Mississipi) has a PVI of R+10. It voted for Bush 62-37 in the last election. Only seven Democrats sit in comparably red seats - and not a single Republican sits in a seat as blue as this one is red. And almost every major prognosticator (at least at the start) treated this as a safe seat.

Y también:

The Democrats have now officially pushed Republicans under the 200 mark in the House — 236-199.

Republicans haven’t won that many seats since 1946. Not even during the heralded “Republican Revolution” of 1994 did Republicans hold that many seats.

And this is just the beginning. Dozens more Republicans are at grave risk this November.

Como dice Frank Rich:

But this isn’t 2004, and the fixation on that one demographic in the Clinton-Obama contest has obscured the big picture. The rise in black voters and young voters of all races in Democratic primaries is re-weighting the electorate. Look, for instance, at Ohio, the crucial swing state that Mr. Kerry lost by 119,000 votes four years ago. This year black voters accounted for 18 percent of the state’s Democratic primary voters, up from 14 percent in 2004, an increase of some 230,000 voters out of an overall turnout leap of roughly a million. Voters under 30 (up by some 245,000 voters) accounted for 16 percent, up from 9 in 2004. Those younger Ohio voters even showed up in larger numbers than the perennially reliable over-65 crowd.

Obviamente, Obama puede perder. Pero, en todo caso, no será solamente por los votantes blancos.

La izquierda sentada arriba de la pared

En Página 12, leemos un instructivo debate entre tres intelectuales de izquierda sobre si es correcto apoyar o no ciertas políticas del gobierno. Eduardo Grüner, en este debate, sintetiza de manera admirable la posición de cierta izquierda argentina que simpatiza con algunos aspectos del actual proyecto de gobierno, no con otros, detesta sin embargo a quienes conforman la oposición, le da cosita comprometerse, y queda por lo tanto perpetuamente oscilando, sentado con una pata de cada lado de la pared … (leer acá.)

El que pega primero, pierde

Ayer me decían en una conversa política, “estos van a pudrir”. Y es cierto, fueron a pudrir nomás.

Me refiero, obviamente, al conflicto gobierno-campo. No hay fumata blanca, no hay pipa de la paz, ni siquiera hay una apretoncito de manos con poca onda.

La apuesta del gobierno es alta y, obviamente, puede salir el tiro por la culata. No es tan claro, sin embargo, que hubiera otra jugada superadora en este momento del partido de ajedrez. (En este momento, no hace tres meses. Hace un mes había más opciones, pero ahora las cosas están como están.)

Retroceder abiertamente en este momento es una movida que el gobierno no puede permitirse, cuando hace menos de seis meses que asumió este gobierno y cuando faltan cuatro años para gobernar. En Argentina, el poder es volátil, y la percepción de debilidad es debilidad. Los grupos económicos concentrados son como las pirañas: cuando huelen sangre, no paran hasta hacer saltar todo por el aire (ejemplos, ver: Alfonsín, Raúl Ricardo y De La Rua, Fernando.) En este sentido, no arreglar es una mala opción y aparecer como arreglando es otra mala opción. Lose-lose situation si las hay.

La mejor salida posible (énfasis en “posible”) sería arreglar sin que parezca que arreglan. Esto se intentó, creo, con la propuesta de reintegros a los pequeños productores. Pero los muchachos de De Angelis están sacados y una salida así tal vez no sea posible.

En esta situación, con los dos sectores metidos en sus trincheras sin poder avanzar ni retroceder y con relativa paridad de fuerzas, cual franceses y alemanes en el frente occidental de la Primera Guerra Mundia, el resultado final de la pelea la decidirá el tribunal de la opinión pública. Y quien inclinará la batalla será la clase media urbana.

Es decir, está quedando cada vez más claro que este conflicto se está transformando en una lucha en la que los dos sectores tratan de construir cadenas equivalenciales de significantes que incluyan “de su lado” a la clase media.

Hasta ahora, queda claro, venía ganando el campo, con su candena equivalencial para la clase media, que era más o menos así:

Pequeños productores = clase media
Ganancias = salarios
Retenciones = impuestos
Campo = todos

Resultado: Rosa, agarre la cacerola que salimos.

Esta cadena, sin embargo, resultó debilitada en los días final deles de los anteriores piquetes. (No, por cierto, por mérito del gobierno.) La debilitaron las imágenes de leche derramándose y de alimentos pudriéndose en las rutas superpuestas a las imágenes de las góndolas vacías de los supermercados. Esto abrió una grieta entre el campo y las clases medias. Un amigo decía “para la clase media, la comida es sagrada. La comida es un valor absoluto.” (Cierto: mi abuelito decía “al pan que sobra antes de tirarlo hay pedirle perdón.”) El campo metió la pata: si tiran la leche que yo necesito, entonces no es cierto que yo les importo. No son yo, son otra cosa. Rosa, guarde la cacerola.

Da la sensación (sólo una sensación) de que el conflicto simbólico está más abierto que hace un mes y que hoy los términos están planteados de manera un tanto diferente (después de todo, la clase media no gusta mucho del lío en la vía pública). Los elogios al campo siguen llenando la pantalla, pero los piquetes tienen un poco peor prensa. Clarín titula “Pequeños campesinos se reunieron con Alberto Fernández y criticaron la huelga.” Los términos en disputa parecen haber virado un tanto, y el significante clave en disputa parece haber pasado a ser “moderación.” El campo dice a la opinión pública que ellos quieren arreglar y el gobierno no. El gobierno quiere convencer a la opinión pública de que ellos están abiertos a negociar y el campo no.

Si esta lectura es correcta (y nada garantiza que lo sea) una estrategia abiertamente polarizante es una jugada perdedora para ambos jugadores. Esto ya no es un match de boxeo, sino ajedrez. Y habrá que ver quien tiene más paciencia y muñeca. Algo que hasta ahora no le ha sobrado a ninguno de los dos.

Nombrar lo que no debe ser nombrado

En la línea de lo planteado acá, me parece que hay que volver una vez más sobre las declaraciones de Elisa Carrió en el tradicional programa de Mirta Legrand.

En estas declaraciones, Carrió volvió a repetir  que Néstor Kirchner y Cristina de Kirchner son como Nicolás Ceausescu y su señora, y que por lo tanto tendrán igual o similar fin.  Como queda aquí demostrado Carrió había enunciado el mismo paralelo hace un tiempo, lo que demuestra que no es una boutade o un lapsus, sino una posición bien pensada.

Al escuchar esto, una vez más, sentí algo.  Un malestar cuya causa no podía precisar, pero había algo que me resultaba intolerable más allá del ya usual rechazo que me causan las profecías de la ex-diputada.

Recién ahora caí: el falso exabrupto de Carrió me resulta intolerable porque nombra, es decir, hace ingresar al juego político, por el solo acto de nombrarla,  lo que debería permanecer innombrado, que es la muerte. Y esto, mentar a la muerte en el  del discurso político, no debe ser hecho.

La muerte en la democracia liberal opera cómo la última frontera: la democracia liberal en su conjunto es un sistema de aparatos diseñados para evitar que la muerte (y sus asociados, la tortura, el dolor y la amenaza) no contaminen la política. En una democracia liberal, es posible ser derrotado en las urnas, ser vencido en en una votación parlamentaria, ser enviado a juicio político, ser desacreditado, pero no muerto, ni torturado, ni amenazado de muerte por causas políticas.  (Y aclaro: la frontera es el cuerpo. La democracia liberal protege la integridad y la libertad del cuerpo físico,: ni la propiedad inmueble ni ninguna otra propiedad gozan de la protección que se establece para el cuerpo.)

Que yo recuerde, desde 1983 hasta aquí nadie ha profetizado o invocado la muerte (real, empírica, física) de un adversario de manera directa y repetida, como lo ha hecho y continúa haciendo Elisa Carrió.

Porque la muerte había estado presente en la historia política argentina desde siempre. Invocada, aceptada, legitimada. Por Sarmiento, que escribió que la pampa debía ser regada de sangre de indio. Por Lugones, que clamó por la hora de la espada. Por los que escribieron “viva el cáncer”. Por los que bombardearon Plaza de Mayo un día de oficina. Por los que entendían que negociar era “tirar un muerto sobre la mesa”. Por los que dijeron “primero los agarreremos a los sospechosos, luego a sus familiares, luego a sus amigos y luego a los amigos de los amigos.” (Y en un comment a un post en otro lado, alguien escribió: “los Kirchner deben ser fusilados.” Porque así opera, el discurs político, lentamente produce la operación fundamental del orden social, que es la naturalización de lo que no debe ser naturalizado.)

En 1983 la vuelta de la democracia significó el destierro (hasta ahora) de los tropos asociados con la muerte del discurso político. Ni Alfonsín, ni Menem, ni Chacho Alvarez desearon o mencionaron nunca la muerte de ninguno de sus adversarios políticos. En este sentido, resultó imprescindible la iluminada acción de los organismos de derechos humanos que ni una sola vez, ni una sola, mencionaron siquiera la posibilidad o el mero deseo de dar muerte a aquellos culpables de los más horrendos crímenes. Yo escuché una vez a Juan Gelman contestar una pregunta diciendo “yo no quiero que el asesino de mi hijo muera, lo quiero ver en la cárcel”; una muestra de sabiduría que fue replicada en otras movilizaciones sociales, por, ejemplo las que siguieron a la muerte de María Soledad Morales.

Y este apartamiento de la muerte, este destierro del tema de la muerte hacia afuera de lo político, es (o era) sin ninguna duda unas de las victorias más grandes de la consolidación democrática argentina.

La única excepción que se me ocurre al destierro de la muerte fue la metafórica referencia que a ella hizo Herminio Iglesias en la campaña de 1983 quemando el ataud con las siglas de la UCR. Tal vez se vean bien las diferencias entre este momento histórico y aquel si se recuerda el castigo electoral ejemplar que la sociedad bonaerense le ofreció al peronismo en esa elección.

Queda por ver, en cambio, si la sociedad argentina rechazará en este momento de forma igualmente decidida esta nuevo, y terrible, entrometimiento de la muerte en el discurso político. (Tal vez el primer quiebre en el tabú de la muerte haya sido la reacción de algunos de los padres de las víctimas de Cromañón, que eligieron un discurso más directamente vindicatorio y amenazante contra Chabán, jueces y fiscales.)

Y, hay que ser claro: no importa cuántas volteretas discursivas se den: que se diga que la comparación entre Rumania y Argentina es metafórica, que los Kirchner tienen un “carácter” parecido a los Ceaucescu, ni nada. Se menta a los Ceaucescu porque ellos murieron fusilados, y, al hacerlo, se nombra a lo que no debería ser nombrado. No importa ni los méritos ni los deméritos de ninguna de las personas que han sido elegidas para gobernar el país hoy: la posibilidad de su muerte no es nin debe ser parte del discurso político.

¿Qué decimos cuándo decimos derecha?

Tal vez porque conocerse a uno mismo es la más difícil de las tareas, el vocabulario analítico de las ciencias sociales para comprender a ese fenómeno que por ahora llamaré taquigráficamente “la derecha” es notoriamente escaso. Mucho más se ha escrito para comprender a los actores sociales usualmente identificados como izquierda (movimientos sociales, clases trabajadoras, campesinados, grupos subordinados) que a aquellos que forman a la derecha.

El término en sí apareció durante la Revolución Francesa, cuando los girondinos se ubicaban en los bancos de la derecha de la Asamblea y los jacobinos a la izquierds.

Justamente, la Revolución Francesa incitó a Edmund Burke a realizar la que aún es una de las reflexiones (y reivindicaciones) más sistemáticas sobre el pensamiento de derecha. Edmund Burke, claro está, no habla de derecha sino de ideología conservadora. El conservadurismo, según Burke, se define antes que nada por tres cosas: un decidido elitismo, la defensa de los modos de vida tradicionales y el rechazo a la obsesión moderna por la innovación, y su acérrima prudencia y limitación en cuestiones sociales y políticas (prudencia que algunos definen hoy como “realismo”).

Así, Burke entregó una primera definición de derecha, que sería identificada a partir de ese momento como aquella fuerza política comprometida con la conservación de las relaciones de poder (político, social, económico y cultural) que han sido heredadas en un momento determinado, y preocupadas también por el mantenimiento de un módico de orden, prolijidad y prudencia en las cuestiones políticas. (Esta acepción del término se asemeja la de “derecha liberal” citada en esta nota de Ricardo Forster Página 12.) Que todo cambie lo menos posible, que las jerarquías sociales se mantengan a rajatabla, y que nada se dé de manera abrupta o radical, sino ante todo manteniendo las formas.

Por supuesto, esta acepción sin embargo no agota los sentidos del término derecha. En las últimas décadas del siglo XX hemos visto que es posible que la derecha sea radical antes que conservadora. Así, por ejemplo, la derecha neo-conservadora estadounidense proclamó la necesidad, ya no de mantener, sino de crear ex-nihilo la realidad. (En un famoso reportaje de Seymour Hersh en el New Yorker, Hersh cita a un neo-con que explica que “nosotros ya no necesitamos guiarnos por la realidad, sino que creamos la realidad. Eso es lo que hace un imperio.”) También, o especialmente, América Latina vivió durante los años noventa una ola de regímenes, no casualmente llamados neo-liberales, en los cuáles el estado fue puesto al servicio de reformas profundas y radicales de las relaciones políticas, sociales y económicas. Esta derecha ya no se identifica con la conservación de nada (ni siquiera es una derecha especialmente preocupada por cuestiones religiosas, morales o culturales) sino que es, antes que nada, una derecha exclusivamente preocupada por la creación de de condiciones óptimas para la máxima acumulación capitalista.

La derecha neoliberal y la derecha conservadora conviven y son a menudo aliadas, pero también viven a menudo en tensión. Es posible realizar una crítica conservadora al neoliberalismo, acusándolo de rapaz, antirepublicano, destructor de las solidaridades y jearquías sociales. Y viceversa, para la derecha neoliberal, las formas republicanas son necesarias sólo cuando son funcionales a la acumulación; si no lo son, son prontamente acusadas de ser atavismos regulatorios que sofocan la innovación capitalista.)

En el caso argentino, la situación es y ha sido históricamente complicada. Pensaba yo en todo eso leyendo el post de ayer de Tavos en dónde se describe de qué manera los actores empresarios se han dinamizado, cambiado y adaptado en los últimos años, pero en dónde, como dice un comentarista, estos actores parecen modernizase en lo económico, pero no así en lo político.

Esto por supuesto, no es nuevo, de hecho, bien podría resumirse así la historia de los últimos 130 años del país: un país con elites diversificadas, innovadoras y modernas en lo económico que son y han sido profundamente conservadoras y antidemocráticas en lo político. Elites acostumbradas a gobernar bajo el sino de un régimen oligárquico regido por acuerdos de caballeros que ya frente a de las primeras demandas democráticas (pongamos, en 1890, o con la ley Saénz Peña, o en 1945) no pudieron o no quisieron darse la tarea de construir una alternativa política propia, asumidamente “de derecha” (al estilo del partido conservador inglés, o el PP español, o las variantes francesa o alemana), capaz de persuadir y obtener apoyos sociales, ganar elecciones, y gobernar.

Así, se llegó a la paradoja de que la mejor gestión que hizo la derecha vernácula pudo darse cuando una fracción de las elites neoliberales pudieron simbiotizarse con su anterior enemigo, el peronismo. Esta fue casi la fórmula perfecta: el peronismo menemista ofrecía capacidad electoral, disciplinamiento no violento de los sectores populares y gobernabilidad, y los ponía al servicio (en retorno de pingües beneficios) de la innovación y la acumulación financiera.

Hoy, las cosas no están tan claras. Dejando de lado al gobierno (al cual algunos consideran “centroizquierda” y al cual Hal llama “la variante más inteligente del conservadurismo), la derecha en Argentina podría tomar dos variantes polares, o constituirse como una forma híbrida entre ellas. Una derecha conservadora republicana, más moderada, preocupada por la mantención de las formas, o una derecha neoliberal.

La pregunta clave aquí (además de la trayectoria futura del gobierno) será la relación que la derecha intente establecer con el PJ. Si una alternativa republicana se constituye sin el PJ, sería una innovación importante que podría, tal vez, clarificar el sistema político. Si, en cambio, se solidifica una nueva alternativa neoliberal que nuclee a parte, o todo, el PJ (como bien puede intentar hacerlo Macri), estaríamos viendo la actualización de la fórmula de los noventa.

Polarización y creación de hegemonía

En este post previo, el amigo Escriba desarrolla una lectura “mouffiana” de la situación política actual, que puede resumirse en lo siguiente: “estamos divididos, lo estábamos desde antes, y de hecho es una buena cosa.”

Creo que no es novedad decir que que comparto la lectura sobre la irreductibilidad del clivaje amigo/enemigo como estructura básica fundamental no de ésta, sino de toda política; puede ser un poco más novedoso, aunque no mucho, afirmar que la primacía de la estructura política nosotros/ellos no ha sido descubierta ni inventada por Mouffe, por Laclau o por Ranciere, sino que ya estaba en Maquiavelo, o inclusive antes.

Pero me gustaría en este post enfocarme en la otra fase del movimiento populista, en la otra cara de esa moneda que tiene, en uno de sus lados, la profundización de los clivajes. Estoy hablando de la creación de hegemonía.

Para decirlo mal y pronto, la creación, o asunción, o profundización del clivaje entre un nosotros y un ellos definidos adversarialmente sólo es eficaz si tiene éxito. Es decir, profundizar en la marcación de este clivaje sólo tiene sentido cuando y si estamos seguros de que el nosotros es más grande que el ellos. Si no, ir a la polarización de las posiciones es equivalente al suicidio político.

La cuestión estratégica entonces es cómo asegurarse de que el campo definido como nosotros sea mayor (contenga más actores, sea más denso en alianzas, haya acumulado más poder político, tenga más y mejor organización, tenga más sólidos basamentos ideológicos) que el campo de ellos; si no es así, ellos nos ganarán por goleada. (Esto que digo corre para cualquiera de los campos en cuestion, y sin que importe como se nombre el clivaje en cada momento histórico; esto vale para la izquierda y la derecha, para el campo popular y el campo progresista, para peronistas y radicales. La cuestión es agrandar el campo de uno y achicar el del otro.)

La respuesta a esto está en el título de un clásico previo de Laclau y Mouffe: “Estrategia y Hegemonía Socialista”. La respuesta es la creación de hegemonía.

Y la creación de hegemonía supone (como ya se ha dicho) la creación de cadenas equivalenciales de significación que vayan uniendo, gracias al acto y al discurso, las posiciones e intereses de diversos actores. Para decirlo de una manera simple: hay que ir creando solidaridades entre actores que, de otra manera, podrían pasarse al campo de “los otros”. Esta creación de cadenas equivalenciales supone dar una continua pelea para ir definiendo, explicando y poniendo en acto ideas que puedan ir creando estas solidaridades entre grupos y actores diversos. Esto es la hegemonía, y la pelea por la creación de hegemonía es ante todo la pelea por la creación discursiva de un sentido común. Por eso, la pelea por la creación de hegemonía es ante todo cultural, discursiva y mediatizada.

Agudizar clivajes sin preocuparse por crear hegemonía, no va. Y en las últimas semanas, el kirchnerismo viene perdiendo la pelea estratégica por la formación del sentido común hegemónico más o menos 5 a 0.

El otro del kirchenrismo ha logrado articular convincentemente al nivel del sentido común alrededor del significante flotante “campo” cadenas equivalenciales que unifican las posiciones de un conjunto de actores que no tienen, objetivamente, intereses en común. Del otro lado, las estrategias del gobierno para terciar en la pelea por el sentido común, para articular posiciones técnico políticas que expliciten las solidaridades “hundidas”, para armar las cadenas equivalenciales necesarias (las retenciones como herramienta de control de precios internos, las diferencias entre propietarios y asalariados, y otras posibles) y diseminarlas a las redes de militantes y grupos políticos no estuvieron a la altura de las circunstancias.

La tarea (aún con la mayoría de los medios de comunicación jugando decididamente en contra) no es imposible. De hecho, el kirchnerismo puede demostrar un caso exitoso de creación de sentido común en el tema de derechos humanos. Entre otras cosas, se articuló la relación entre el proceso y los cambios regresivos en la distribución del ingreso, se les dio voz a los hijos de desaparecidos, se comprometió al Congreso en la anulación de las leyes, se dieron argumentos para el sostén de la Corte suprema a esta política. Así, en base a distintas estrategias, se logró sentar un nuevo sentido común tal que la legitimidad de los juicios ya no es disputada por nadie salvo los ultras de Cecilia Pando. De hecho, varios amigos han criticado la política de derechos humanos del kirchnerismo con el argumento de que “era demasiado fácil hacerlo, todo el mundo estaba de acuerdo”. Yo creo que, en este caso, es al revés: ahora parece fácil, porque fue una política exitosa en la creación de hegemonía.

Central para la creación de un nuevo sentido común sería una idea: el estado se apropia de recursos para distribuir ingresos luego de décadas de desinversión social y humana (leer acá para ver de qué estoy hablando.) También central para eso sería articular redes que vayan de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba de tal manera que cuadros técnicos y políticos dialoguen formal e informalmente con los distintos actores, conozcan sus demandas y expliquen las soluciones.

Si este esfuerzo por pelear cotidianamente las definiciones del sentido común no se genera, conduce y alimenta, el resto del partido continuará como esta semana: con el gobierno colgado del travesaño y rezando para que no metan el sexto.