Macri, ¿liberal o populista?
Asumamos, por el momento, que Mauricio Macri expresa un proyecto político autónomo de la derecha argentina, en el sentido de que representa políticamente al sector de la sociedad argentina que quiere limitar la intervención del Estado en la economía y recortar las políticas de distribución del ingreso, y que es el líder de un proyecto encabezado por representantes de las clases que solían llamarse propietarias. Asumamos que Macri tiene, no sólo la intención, sino un proyecto real para construir un partido nacional con perspectivas concretas de ganar las elecciones nacionales de 2015. Asumamos que Macri encabeza un proyecto autónomo de derecha en la Argentina. Aun así, no queda claro qué clase de derecha es.
Porque así como en la Argentina existen y existieron durante el Siglo XX (al menos) dos izquierdas, la izquierda liberal y la izquierda populista, también existen y existieron al menos dos derechas. Hasta la década del setenta, dentro de la derecha argentina coexistían, no sin conflicto, dos variantes: la derecha nacionalista y la derecha liberal. La derecha nacionalista estaba asociada con sectores ligados fuertemente a la Iglesia Católica y a los sectores terratenientes: históricamente, esta derecha expresaba un proyecto centrado en un relativo cierre de los intercambios con el resto del mundo y en la implementación de agendas cultural y socialmente conservadoras: educación católica, fuerte énfasis en la naturalización de las jerarquías sociales, promoción de un mitológico pasado gauchesco y campero, etcétera.
La derecha liberal, mientras tanto, expresaba a sectores económicos ligados al capital extranjero y tenía la característica de promover el proyecto de una Argentina “integrada al mundo” como productora de materias primas y asociada de las potencias centrales. La derecha liberal tuvo la característica de centrarse en temas económicos, y ser más flexible en temas religiosos y culturales. De hecho, la derecha liberal argentina era una derecha cosmopolita, viajera, admiradora de las grandes capitales y que coqueteaba, incluso, con el laicismo. Esta situación cambió, sin embargo, luego de la década del setenta, con la derrota del sector nacionalista de la derecha a manos de los liberales. Victoria expresada por el protagonismo de los sectores liberales ligados a Martínez de Hoz en el Proceso.
El derrumbe de la dictadura, la apertura democrática de los ochenta y la derrota de los últimos vestigios nacionalistas expresados por figuras como Seineldín, volvieron irrelevante a la derecha nacionalista. La situación cambió durante los noventa. En esa década sucedió un hecho de revolucionario impacto: la derecha argentina, como la colombiana o la peruana, abrazó al populismo. Tanto la derecha liberal como la derecha nacionalista de antaño tenían un enemigo en común: el populismo, encarnado, por supuesto, en la tradición peronista. Toda la derecha argentina era furiosamente antipopulista y compartía el ímpetu en reprimir y eliminar cualquier atisbo de movilización popular, ya fuese por la vía de una rígida jerarquía sostenida en valores religiosos y tradicionales o bien por la vía de la disolución individualista de las solidaridades colectivas.
La clave, sin embargo, es que este rechazo del populismo dejó a la derecha sin posibilidad de ganar elecciones nacionales libres y abiertas desde 1945 a 1983, dada la evidencia de que en nuestro país es muy difícil, sino imposible, ser electo a nivel nacional sin al menos un componente populista. Pero todo esto cambió con el advenimiento de las derechas neoliberales (o “neopopulistas,” al decir de Kurt Weyland). Súbitamente, con Carlos Menem la derecha descubrió que, mucho mejor que eliminar a su histórico enemigo, era abrazarlo. Esto no significa que la antigua derecha liberal haya desaparecido, ni mucho menos.
Antes bien, el instinto primario de la derecha vernácula y su impulso atávico es hacia el antipopulismo, expresado en el rechazo hacia el sindicalismo y todo lo que conlleve a la politización de las clases populares. El ímpetu antipopulista sigue siendo la identidad principal, sobre todo, de aquellas personas que advinieron a la vida política antes de la consolidación democrática. Sin embargo, un sector (generalmente más joven) de la derecha comprende que la aceptación de las reglas de juego electorales implica que a las elecciones hay que ganarlas, y esto requiere la capacidad de atraer al menos a una fracción de las clases populares.
En ningún partido actual es esta ambivalencia tan fuerte como en el PRO, ya que ambas tendencias conviven dentro de él y en el discurso de su principal líder, Mauricio Macri.
Por un lado, en este partido han recalado con naturalidad representantes de liberalismo antipopulista más clásico (como el del efímero funcionario Abel Posse o Federico Pinedo). Por el otro, el mismo Macri llegó a la política mediante un uso virtuoso de tácticas claramente neopopulistas como el uso de la presidencia de Boca o su participación en programas de exitosos de televisión (el reclutamiento de Miguel de Sel para competir en la provincia de Santa Fe da cuenta también de este fenómeno). Por momentos el PRO parece oscilar en su discurso público entre una visión más jerárquica y represiva de la diferencia y una visión más capaz de acomodar las demandas populares.
Esta semana fue muy evidente esta tensión con la reacción de Macri a la noticia de la expropiación de YPF. Su cerrada y automática defensa de los intereses de Repsol está en línea, por supuesto, con una identidad política basada en una alianza estratégica con los sectores económicos más concentrados. Sin embargo, dado el abrumador apoyo popular a la medida, expresado en encuestas muy favorables, asumir una posición de vocero político de Repsol y el Gobierno español no deja de ser una posición riesgosa (como quedó claro en lo rápidamente que la UCR y el FAP aceptaron, si no la virtud, al menos la legitimidad de la medida). También los comentarios luego de los sucesos del Parque Indoamericanos llamaron la atención, cuando el PRO salió a culpar públicamente a los inmigrantes, es decir, a parte de la población que Macri había logrado interpelar exitosamente con su imagen ligada al fútbol.
El avance hacia la política nacional de Macri hace más urgente responder a esta pregunta, ya que de la respuesta a la duda entre liberal y populista dependerá la política de alianzas y de coaliciones del PRO, así como la agenda de políticas públicas de un (posible) futuro gobierno. Por ahora, pareciera que la cabeza le dicta a Macri la necesidad de popularizarse pero el corazón, en momentos de crisis, lo liga a las raíces antipopulistas de la derecha argentina.
(Columna publicada en Revista El Estadista.)
La militancia juvenil
(Esta columna fue publicada originalmente en la revista El Estadista.)
Mucho se ha escrito en estos días, y seguramente mucho más se escribirá, sobre la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora. Se ha dicho, entre otras cosas, que son militantes más interesados en los cargos que en la militancia de base; que sólo responden a Máximo Kirchner, un líder oscuro y misterioso; que tienen relaciones tirantes con otras agrupaciones políticas y con los intendentes y gobernadores peronistas y que constituyen un grupo de choque dentro del movimiento peronista.
Ahora bien, ¿es realmente novedoso el fenómeno de La Cámpora? Desde un cierto punto, podemos decir que el fenómeno de La Cámpora no es en absoluto tan novedoso, ya que es comparable (no idéntico, pero sí lo suficientemente similar) con la consolidación de una corriente de militancia juvenil, nucleada en la Junta Coordinadora de la Juventud Radical en el momento de mayor auge del Gobierno de Raúl Alfonsín. Los que ahora critican el rápido ascenso de dirigentes de La Cámpora como Andrés Larroque o Eduardo De Pedro a posiciones de poder deberían recordar que críticas parecidas se hicieron en su momento a los dirigentes que ascendieron desde la Coordinadora a posiciones similares dentro del Gobierno de Alfonsín.
Como los dirigentes de La Cámpora, los dirigentes provenientes de la Juventud Radical fueron acusados de “buscar sólo cargos”, de no contar con suficientes pergaminos partidarios y de escalar posiciones demasiado rápidamente, trastrocando las tradicionales jerarquías partidarias. Como Cristina Fernández de Kirchner, Raúl Alfonsín también fue acusado de recostarse con demasiado énfasis en un sector cuyo único mérito era la lealtad personal con el líder; también, como recuerda María Soledad Delgado en su paper “El otro partido: algunas consideraciones con respecto al radicalismo (1983-1989)”, se acusó a Raúl Alfonsín de privilegiar criterios “tecnocráticos” y de lealtad personal por sobre criterios de representatividad política en su selección de funcionarios.
En este sentido, es claro que la acción de “recostarse” de Raúl Alfonsín y Cristina Fernández de Kirchner en los grupos de militancia juvenil cumple un objetivo similar: ambos buscaron de esta manera consolidar un liderazgo personal, disciplinando a estructuras partidarias díscolas mediante el “uso” de una agrupación que responde directamente al Presidente, y que no le debe lealtad a ningún otro sector del partido.De hecho, puede argumentarse que la consolidación del liderazgo personal de Cristina Fernández de Kirchner dentro del Partido Justicialista (y el rol de La Cámpora en este proyecto) no llega a ser comparable a la fortaleza del liderazgo personal de Raúl Alfonsín en el momento más fuerte de su hegemonía.
Entre 1983 y 1987 Raúl Alfonsín fue el único líder reconocido de la UCR y el elector de los candidatos a cargos subnacionales. Es cierto que Cristina Fernández de Kirchner intenta constituirse como la única líder del Partido Justicialista, sin embargo, miembros de su propia coalición (por caso, Hugo Moyano en la CGT o Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires) plantean desafíos muchos más abiertos que cualquiera de los que se enfrentaron a Alfonsín durante su gobierno.
¿Es negativo este proceso de ascendencia de una corriente juvenil? No necesariamente. Para comenzar, hay que señalar que tanto La Cámpora como la Juventud Radical sólo son posibles por la existencia previa de un genuino y autónomo proceso de politización de sectores amplios (no universales, por supuesto) de la juventud en general. La irrupción de estos sectores en la vida política es claramente un capital político importante a largo plazo, más allá de las limitaciones de su acción presente. La formación Juventud Radical permitió al alfonsinismo apropiarse, por así decirlo, de una generación entera, insuflando vida y energía al partido más allá de 1989, aún en la derrota. Lo mismo sucederá seguramente con la mayoría de los adherentes de La Cámpora, que seguirán siendo kirchneristas/peronistas en su vida adulta, aun cuando su fuerza no esté más en el poder. Es interesante contrastar ambas experiencias con la experiencia menemista, que tuvo casi nulo éxito en la formación de una corriente militante juvenil propia, más allá de los cuadros juveniles que supo captar brevemente la Ucedé.
Sobre todo, queda un saldo positivo cuando las agrupaciones juveniles tienen la capacidad de imponer temas de agenda, dando así el salto de la “militancia juvenil” entendida como militancia “de” jóvenes a la “militancia juvenil” entendida como militancia “para” los jóvenes. La Juventud Radical pudo imponer al menos una reivindicación propia: el acceso irrestricto a la educación universitaria. La Cámpora debe aún definir una agenda propia, nucleada tal vez alrededor de un proyecto de ley sobre un tema como primer empleo, subsidios a la primera vivienda, derecho al acceso al aborto, o algo similar. Nada mejor que un proceso de militancia legislativa sobre un tema candente de actualidad para romper con las acusaciones de ser militantes de Blackberry.
Macri: crecer o defenderse
(Esta columna fue publicada en la revista El Estadista nro. 52.)
El PRO exhibe una curiosa ambivalencia entre sus aspiraciones de partido nacional y sus instintos de partido vecinalista.
La relación entre el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y el Gobierno Nacional está signada por el antagonismo. Este nace de datos estructurales, que tienen que ver con la distribución de recursos entre la Nación y la CABA, pero también de decisiones de estrategia política. Claramente, Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri se han elegido mutuamente como las figuras para polarizar el campo político, y están actuando en consecuencia.
La instancia más reciente de este enfrentamiento se despliega a partir de la decisión del Gobierno Nacional de transferir al Gobierno de la ciudad la propiedad y el manejo de los subterráneos (más el Premetro más las líneas de colectivos cuyo recorrido no sale de la CABA.) El tira y afloje sobre el traspaso lleva ya dos meses: una vez anunciada la transferencia por el Gobierno Nacional, ambas jurisdicciones firmaron un acuerdo el 3 de enero de 2012. Sin embargo, hace tres semanas, el Gobierno Nacional decidió apurar el cambio luego del choque del Sarmiento. Frente a esta aceleración de los tiempos, Mauricio Macri anunció que rechazaba el acuerdo y decidía devolver los subtes a la Nación. Por su parte, la respuesta de la presidenta Fernández de Kirchner fue enviar una ley al Congreso para que el mismo ratifique el acuerdo ya firmado. En el día de ayer el Congreso sancionó el traspaso. Ante la resistencia del gobierno del PRO, es seguro que el tema se dirimirá en la justicia.
No es el objetivo de esta nota determinar la validez de las razones legales de uno u otro lado, sino analizar el impacto que este enfrentamiento puede tener en la conformación de la estrategia nacional del PRO a mediano plazo.
La disputa en relación al traspaso de los subtes pone a Mauricio Macri en una disyuntiva en relación al difícil equilibrio que debe alcanzar entre defender su territorio y avanzar hacia la política nacional. Por un lado, el PRO desea aparecer como un defensor de su territorio frente a las intrusiones del Ejecutivo Nacional, y, además, hace tiempo que la estrategia del PRO es “no hacer olas” en la ciudad. El PRO busca implantar un cierto orden de gestión, confrontar lo menos posible (salvo con el Gobierno Nacional), y dar una imagen de buena onda y nueva política. ¿Quién, en su lugar, no querría que otro se haga cargo de la problemática del transporte, una de las más difíciles y conflictivas de toda la agenda de política pública nacional? Es comprensible. Sin embargo, existen riesgos en esta estrategia.
Mauricio Macri ya anunció su voluntad de disputar la presidencia en el 2015. Tiene varios factores a favor: ha ganado de manera contundente no una sino dos elecciones en su territorio; el año pasado su primo y aliado llegó a la intendencia de Vicente López; puede contar con bloques razonablemente orgánicos no sólo en la Legislatura porteña (en donde el PRO es mayoría) sino también en el Congreso y, por último, Macri goza de un conocimiento personal alto a nivel nacional, por su paso en Boca. Sin embargo, así como tiene factores a favor, Macri tiene un problema bastante importante: con la excepción de Vicente López (que es demográfica y socio-econónomicamente más una extensión geográfica del núcleo duro de apoyo al PRO, o sea, la zona norte de la CABA que una parte de la provincia de Buenos Aires), el PRO no ha podido construir un perfil político nacional. No tiene implantación territorial en el interior del país (ni mediante gobiernos locales ni gracias a una estructura de locales partidarios), tampoco tiene en la mayoría de las provincias figuras de peso propio (salvo las posibles excepciones de Salta y Santa Fe) y, lo más importante, no tiene ni un discurso ni una agenda programática nacionales, más allá de la oposición al kirchnerismo y algunos slogans genéricamente libremercadistas.
El problema es que los votos de la CABA, aún así Macri logre captar para las presidenciales la totalidad del excelente 65% que sacó en el 2011 en la segunda vuelta de la elección a jefe de Gobierno, no alcanzan para ganar una elección presidencial. Para ser presidente, Macri va a necesitar al menos algunos votos del interior: en el 2015, va a tener que explicar a los votantes de todo el país por qué deberían votarlo y qué mejoras representaría un gobierno suyo en relación a las economías de su regiones y su vida cotidiana. Sobre todo teniendo en cuenta que es probable que Macri enfrente a Binner y a Scioli, es decir, a dos candidatos “del interior” que además pueden articular un relato con experiencia de gestión.
El Gobierno Nacional envió este tema al Congreso porque sabe que muchos habitantes de las provincias viven como una injusticia que la Nación subsidie el transporte de la zona metropolitana, cuando en casi todas las ciudades del interior los habitantes pagan más para viajar igual o peor. También viven como una imposición los recursos que la Nación transfiere a la CABA para sus servicios de salud y seguridad pública, aún cuando la CABA es el distrito con el ingreso per capita más alto del país, por lejos. En síntesis, el Gobierno Nacional calculó acertadamente que sería imposible para el PRO sostener en el Congreso la postura de que la Nación debía continuar solventando gran parte de su infraestructura de transporte. Seguramente esto lo saben, y es por esto que anuncian que se recurrirá a la Corte Suprema.
En términos políticos, Macri debe sopesar cuidadosamente el tono que debe mantener: si tener su territorio “en paz” hasta el 2015 es condición de posibilidad de su candidatura, no es menos cierto que no le conviene quedar reducido a la figura de un alcalde protestón, defendiendo privilegios y peleado no ya con la Nación sino con “las provincias” en general.
¿No le convendría al PRO hacerse cargo del transporte de la CABA, motorizando además la conformación de una autoridad conjunta del tema con los municipios del Conurbano y la Provincia de Buenos Aires? (Sería una manera de poner un pie en la política de la provincia.) ¿No sería una mejora sustantiva del sistema de transporte metropolitano un gran logro de gestión para una campaña nacional? ¿No sería quitarle estos temas al poder ejecutivo nacional otra manera de empequeñecerlo? ¿No sería mejor esto que verse arrastrado a una confrontación, aunque más no sea simbólica, no ya con el kirchernismo, sino con todas las provincias?
En este y en otros temas se atisba una curiosa ambivalencia en el PRO entre sus aspiraciones de partido nacional y sus instintos de partido vecinalista. Por supuesto, todavía hay tiempo hasta el 2015, pero la realidad política argentina del día a día no es complaciente con los que dudan demasiado.
Ruidos a la izquierda
(Nota: Esta nota fue publicada en la edición pasada de la revista El Estadista, antes de la renuncia de Juan Pablo Schiavi.)
El choque de un tren de la línea Sarmiento en la estación de Once dejó al descubierto el colapso del sistema metropolitano de transporte (de todo el sistema, no sólo el ferroviario, ya que la red de colectivos y también la estructura vial están trabajando a una capacidad para la que no fueron diseñadas, hace por lo menos 40 años). Con 51 víctimas mortales, varias personas desaparecidas por días, y centenares de heridos, este choque se transformó rápidamente en el principal hecho político del mes.
Frente a él, el Gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reaccionó con una parquedad comunicacional infrecuente. En las horas que siguieron a la tragedia, sólo dieron breves conferencias de prensa (en las que, en rigor, no se admitieron preguntas) primero el secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi (cuyas declaraciones sólo pueden calificarse de desafortunadas) y, luego, el ministro de Planificación, Julio De Vido. Sin embargo, ninguno de ellos anunció cambios en la política de transporte ni renuncias entre los funcionarios responsables. Los primeros anuncios concretos sólo se produjeron seis días después, cuando el ministro De Vido anunció la intervención administrativa del concesionario privado del servicio, TBA.
La Presidenta aludió al choque en su discurso del día anterior, pero no hizo anuncios puntuales. La reacción de las figuras de la coalición kirchnerista, entonces, estuvo marcada por el silencio. Prácticamente ningún político de primera línea habló públicamente sobre el accidente, con las excepciones de un breve comunicado de Nilda Garré sobre el accionar policial durante las acciones que culminaron con el descubrimiento del cadáver de Lucas Menghini, y una aparición del jefe de Gabinete de ministros, Juan Manuel Abal Medina, en el progrma de TV “678” el día domingo. Ninguno de ellos, por su parte, realizó anuncios. Una excepción a esto estuvo dada por las fuertes declaraciones de Martín Sabatella, Luis D’Elía y Hebe de Bonafini.
El diputado del EDE reclamó públicamente la rescisión de la concesión a TBA y la formación de un Ministerio de Transporte; lo mismo pidió D’Elía. Bonafini fue más allá y apostrofó personalmente al secretario de Transporte, en duros términos.
LOS ANTECEDENTES
No es la primera vez que algo así sucede. En otros momentos de crisis (como en la represión a los ocupantes del Parque Iberoamericano), y rompiendo lo que pareció ser una política diseñada, estas figuras u otras similares solicitaron al Gobierno acciones rápidas y contundentes, muchas veces criticando con nombre y apellido a los responsables de la inacción en ciertas áreas.
Estas figuras, estas pequeñas islas dentro del archipiélago de la coalición kirchnerista, funcionan como una especie de vanguardia o ala izquierda (o progresista, como uno guste) que por momentos “corre” a actores más mayoritarios dentro del Frente para la Victoria, empujando (o pinchando) al movimiento en una dirección determinada. Esta dinámica (que algunos llaman “apoyo crítico”), en la cual un socio menor de la coalición gobernante aprovecha su autonomía relativa para empujar en una dirección un tanto más radical, es bastante frecuente de ver en fuerzas minoritarias dentro de las coaliciones partidarias gobernantes de sistemas parlamentarios. No se dan frecuentemente dentro de los partidos más orgánicos de los presidencialismos.
Sin embargo, el tipo de estructura partidaria movimientista y fluida de las coaliciones populistas, como el FPV, hace posible la existencia de socios menores, que se ven a sí mismos como alas externas del movimiento. Como pasa, por ejemplo, en Bolivia, en donde Evo Morales tiene una relación de tire y afloje con algunos de los movimientos sociales más radicales que lo apoyan. La tesis de la “autonomía relativa” del kirchernismo progresista no goza, por supuesto, del afecto de los sectores más mainstream del kirchnerismo, como los líderes territoriales o los sectores que se encuentran más a la derecha en términos culturales y sociales.
Sin embargo, debe quedar claro que esta dinámica ha sido positiva para el kirchnerismo en general. Por un lado, la existencia de un ala izquierda y un ala derecha ha fortalecido la autoridad de la Presidenta, al permitirle laudar por uno o por otro sector según la ocasión. Por otra parte, muchas de las iniciativas que hoy conforman el catálogo de éxitos del kirchnerismo (ley de Medios, estatización de las AFJP, matrimonio igualitario y Asignación Universal por Hijo, entre otras) fueron impulsadas en su inicio por actores del sector progresista, y sólo mucho más tardíamente abrazadas por el movimiento todo. De hecho, no cabe duda de que las críticas de Sabbatella y Bonafini, aunque no deben haber sonado bien en todos los oídos, ayudaron a romper la inercia de un Gobierno que, por lo menos al principio, parecía haber apostado a dejar que la situación se disolviera sola.
Claramente, la sociedad no iba a admitir esto, y es positivo que el Gobierno haya comprendido que debía retomar la iniciativa. Sin embargo, deben quedar claros dos límites a la dinámica. Por un lado, actores como Sabbatella pueden aparecer como criticando (lateralmente) a su propio Gobierno porque tienen aún capital político acumulado, sobre todo por su apoyo durante la 125. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto podrán seguir tensando la cuerda si las crisis se multiplican o si el deseo de continuidad del Gobierno prima por sobre el de transformación. Por otra parte, el EDE y otras fuerzas similares deben saber que elegir este camino, el de ser el ala izquierda o vanguardia de un movimiento mayor, es elegir ser siempre una fuerza minoritaria.
El problema es que hemos visto en los últimos años las dificultades de los partidos minoritarios para sostenerse sólo como fuerzas parlamentarias, sin inserción en cargos ejecutivos. Aún aceptando ser miembros minoritarios, estas fuerzas deben sacar un número de votos suficiente para subsistir. Por supuesto, visto desde afuera, tener la capacidad de imponer ciertos temas en la agenda con un cinco o diez por ciento de los votos no es poca cosa.
Una entrada hacia el mundo de las ONGs
Dentro de los temas más relevantes de la política norteamericana en la última semana (Siria, la interna del Partido Republicano, el Super Bowl) hubo uno que, si bien no es tan relevante a primera vista, tiene ciertas aristas de interés para aquellas personas que, como a mí, les interesan los temas relacionados con las organizaciones de la sociedad civil. Hablo del escándalo protagonizado por la Fundación “Susan G. Komen para la Cura (TM)” (del cáncer de mama.)
Susan G. Komen fue una mujer que enfermó y murió de cáncer de mama. Su hermana, Nancy Brinker, le prometió que lucharía contra la enfermedad y en 1982 fundó la Fundación Susan G. Komen, que tenía por objetivos recaudar fondos para apoyar la lucha contra el cáncer y también contribuir a una mayor conciencia y solidaridad sobre la enfermedad. Hoy resulta difícil recordarlo, pero el cáncer de mama fue en los sesentas y setentas una bandera feminista, ya que era una enfermedad negada, que conllevaba un gran estigma social (por ser una enfermedad femenina, era vista como vergonzante y en general se mantenía en secreto; (Betty Ford causó un gran revuelo cuando dijo públicamente que sufría de la enfermedad), y cuyo tratamiento era visto como extremadamente medicalizado y paternalista (obviamente, para estos temas hay que leer este libro.)
Pues bien, en este contexto la Fundación Komen fue muy exitosa. Recaudó mucha plata, y creció mucho, hasta transformarse, según dice su sitio web en “the global leader of the breast cancer movement,” recaudando decenas de millones de dólares por año.
Para lograr este éxito, Komen realizó varias elecciones estratégicas: primero, se concentraron en el marketing, y desarrollaron toda una imagen centrada alrededor de la idea de una visión positiva y celebratoria de la experiencia de sobrevivir al cáncer, articulada alrededor del color rosa (sobre todo en las cintas color rosa que son el emblema) y de megaeventos como las Maratones por la Cura, en la que miles de mujeres participan, todas vestidas de rosa. Segundo, desarrollaron una política muy eficaz de asociarse a grandes corporaciones para conseguir recursos, mediante la venta de productos masivos (desde yogures hasta zapatillas.) de color rosa o adornados con la cinta rosa. Y, finalmente, se convirtieron en una organización bastante burocratizada, que registró la marca comercial “Para la Cura,” cuya retórica promocional no se pelea con nadie y está escrita en ese idiolecto particular que es la jerga consultoril (“global leader,” “community outreach,” “empowering people”), y que paga a sus ejectuvos cientos de miles de dólares.
Gracias a esto, Komen creció hasta ser una organización muy conocida y respetada, el tipo de fundación que puede llevar a decenas de celebrities a cualquiera de sus cenas de gala. Con sus recursos, Komen se comprometía a financiar investigación de vanguardia sobre terapias del cáncer, y ayudar a financiar programas de detección temprana para mujeres sin cobertura de salud (había más, pero estas eran las actividades principales.) Esto hasta la semana pasada.
La semana pasada, la Fundación Susan Komen anunció que cortaría su línea de subsidios a otra organización sin fines de que se llama Planned Parenthood. Como su nombre lo indica (“Maternidad Planificada”), Planned Parenthood es una ONG que tiene como foco ofrecer a las mujeres, sobre todo las más pobres y sin cobertura de salud, servicios de salud reproductiva. Planned Parenthood tiene más de 90 años de existencia, y es una de las principales proveedoras de servicios de salud reproductiva en áreas pobres, barrios habitados mayoritariamente por minorías étnicas, o áreas rurales. En un país como USA, que no tiene ningún tipo de sistema de salud pública y en donde hay 47 millones sin cobertura prepaga, en muchos casos Planned Parenthood es el único recurso disponible para mujeres de pocos recursos para, entre otras cosas, tener acceso a una mamografía.
El problema, por supuesto, es que Planned Parenthood, además de hacer análisis ginecológicos, entregar anticonceptivos y hacer análisis para detectar cánceres cervicales o de mama, realiza abortos. Y por esto Planned Parenthood (aunque el aborto es perfectamente legal en los EEUU) es un enemigo jurado de la derecha.
No voy a dar todos los detalles del escándalo que se armó cuando Komen anunció que retiraba sus subsidios a PP, sólo decir que la decisión les explotó espectacularmente en la cara. La reacción fue muy grande, sobre todo vía redes sociales. Planned Parenthood recaudó donaciones por 3 millones de dólares en tres días. El alcalde de Nueva York donó 250.000 dólares. Varios senadores pidieron explicaciones. Y, al final, Komen tuvo que tirarse para atrás (más o menos) y echar a la ejecutiva que, según parece, fue responsable de la decisión.
Pero lo que me interesa es esto. Por un lado, tenemos una ONG tremendamente respetada, y (teóricamente) dedicada a un trabajo solidario y para nada político. Sin embargo, cuando periodistas y blogueras comenzaron a excavar, esto es lo que encontraron:
- La Fundación Komen gastó en 2009 140.8 millones de dólares. Sin embargo, el total dedicado a investigación fue sólo del 20.9%, y un 13% para detección del cáncer, mientras que entre gastos administrativos y “gastos de rundraising” se gastó un 21%. El mayor item de su presupuesto es “educación,” con 39%. (Lo cual puede ser bueno, pero cualquier persona sabe que es en rubros como “educación” donde se mimetiza el gasto en consultores y otros overheads)
- Nancy Brinker, la CEO de Komen, cobra un sueldo de casi medio millón de dólares, más alto que el presidente de los Estados Unidos.
- Nancy Brinker es una conocida donante al Partido Republicano, que fue nombrada embajadora en Hungría por George W. Bush.
- La ejecutiva, ayer reunciada, que estuvo involucrada en la decisión de eliminar los fondos para PP es una conocida activista republicana, que fue candidata republicana a gobernadora de Georgia, y tiene una larga historia de militancia contra los derechos reproductivos en general y Planned Parenthood en particular.
- Ari Fleischer, ex vocero de George W. Bush, admitió haber asesorado a Komen en la estrategia comunicacional sobre la decisión de Planned Parenthood.
Lo que me interesaba marcar, y aquí me detengo, es cómo la imagen de una ONG admirada y respetada por su espíritu (teóricamente) solidario, horizontal y apolítico se transforma, al poco que uno rasque, en otra organización burocratizada, politizada, y sujeta a la búsqueda de maximizar el poder, tanto político como económico.
Lo cual no está mal, para nada. El poder y la política son cosas de la vida, están ahí y hay que convivir. Pero la idea de que la sociedad civil y sus organizaciones funcionan, por un milagro, fuera de esas dimensiones sucias de la vida, no resiste casi ningún análisis.
Rio Negro sin Carlos Soria
El 1º de enero, en un día en el que generalmente pasa muy poca cosa, en el que ni siquiera salen los diarios, fue para la provincia de Río Negro un día cataclísmico. En la madrugada de ese día, Carlos Soria, el primer gobernador peronista de una provincia que desde 1983 fue siempre gobernada por el radicalismo, murió en su chacra de Paso Córdoba, en las afueras de General Roca. La hipótesis más fuerte es que recibió un disparo de arma de fuego de su mujer, Susana Freydoz. Llevaba en el gobierno sólo 22 días.
Como siempre sucede, la cobertura de las implicancias políticas del “Caso Soria” en los medios nacionales estuvo dominada por preocupaciones que no se corresponden con las cuestiones centrales del escenario que se observa desde el punto de vista de la política local.
Por caso, es importante comprender que, para la mayoría de la población de Río Negro, la trayectoria de Soria en el escenario político nacional (su paso por la SIDE durante el gobierno de Duhalde, su relación con los Kirchner y, sí, inclusive su responsabilidad en los asesinatos de Kosteki y Santillán) resultó un factor secundario a la hora de determinar el voto. A pesar de que los medios y analistas basados en Buenos Aires entienden la política en términos sólo nacionales, la política provincial se rige por sentidos propios, y con opiniones formadas en otras esferas públicas, estrictamente locales (en el caso de Río Negro, para comprender la política provincial no es de ayuda leer Clarín o La Nación, si no se lee antes el diario regional “Río Negro,” publicado en Roca.) Como ejemplo de que la conexión entre la actuación nacional de una figura política y su posición en los liderazgos locales no es automática, no hay que ir más lejos que la figura del otro rionegrino, el senador Miguel Angel Pichetto. El rol principal que tiene el senador Pichetto en el Senado y su centralidad para el ciclo político kirchneristas no se ha traducido en un liderazgo territorial comparable. En los últimos años, quedó claro que el líder del peronismo rionegrino, el único capaz de unificar un partido que llevaba décadas funcionando como un archipiélago de políticos de alcance municipal, era Carlos Soria, por dos razones; primero, su carácter enérgico (si bien es conocido su apodo de “Gringo,” no todos saben que en la provincia muchos lo conocían también como “el loco Soria,”) y segundo, la fama de buena gestión que revistió sus períodos al frente de la intendencia de General Roca, ciudad que es el corazón de la zona frutícola del Alto Valle del Río Negro.
Este dato no es menor. Soria llevó adelante una campaña a gobernador basada en la idea de buena gestión y resaltando los logros (sobre todo de inversión en obra pública) de su intendencia. Esto resultó ser central en una provincia en la que existía ya desde algunos años una mirada muy crítica sobre la eficacia de gestión del partido radical. Por diversas razones que sería demasiado extenso analizar en este artículo, el Estado rionegrino ha sido históricamente menos desarrollista que el de las provincias vecinas de Neuquén, Cubut y Santa Cruz. La inversión estatal provincial en caminos, viviendas, hospitales y saneamiento, entre otros, se ha percibido siempre como menor a las otras provincias patagónicas (como ejemplo, puede señalarse la histórica incapacidad provincial de asfaltar la ruta 23, obra que sólo se comenzó en los últimos años, con fondos nacionales.) La salud pública y la educación rionegrina no gozan del aprecio que aún tienen los sistemas públicos de Neuquén o Santa Cruz, por ejemplo. Y el gobierno del radical Miguel Saiz sumó a esta dinámica inercial un problema propio: la percepción de ser un gobierno, además, de poco eficaz, poco transparente en el uso de los fondos públicos. Dos datos sirven para comprender esta sensación: por una parte, desde el 2003 a la fecha, su administración multiplicó la masa salarial del Estado por diez, pasando de 384 millones de pesos en el 2003 a casi 3.800 millones en el 2011; por otra, el gobierno de Miguel Saiz se vio sacudido por la revelación de que gobernador y ministros cobraron rutinariamente desde 2004 sobresueldos que equivalían a 30 veces su salario (por ejemplo, el ministro de Gobierno cobraba un sobresueldo mensual de 81.550 pesos mensuales cuando su sueldo de planilla era de poco más de 7.000 pesos)
Soria ofrecía, para el votante rionegrino, la imagen de alguien que podía hacer dos cosas: unificar al PJ provincial detrás de un liderazgo claro e imprimir otra dinámica de gestión al Estado provincial.
El escenario político a futuro es una gran incógnita. Muchos dudan de que las batallas abiertas (con razón o sin ella) por Soria, como la drástica puesta en disponibilidad de todos los contratados todos los empleados de planta y la caída de los contratos del Estado provincial, puedan ser libradas (mucho menos ganadas) por otra persona, sin sus espaldas políticas. Alberto Weretilneck, el vicegobernador que asumió la gobernación, no es un hombre del PJ, sino del Frente Grante. Había llegado a la fórmula de gobierno como prenda de acuerdo, y porque él también tenía la fama de haber sido un buen intendente de su ciudad, Cipolletti. Sin embargo, de ninguna manera el nuevo gobernador puede presumir de tener la lealtad automática del peronismo rionegrino, que estuvo en un tris (según dicen) de pedirle que renunciara para llamar a elecciones anticipadas, hasta que un llamado de la Presidenta cortó la embrionaria rebelión. El único hombre que podría apuntar a construir para sí la legitimidad que tenía Carlos Soria, Miguel Angel Pichetto, no tiene manera instiucionalmente válida de asumir el gobierno. Sin embargo, el nuevo gabinete incoporó a su hijo, Juan Manuel Pichetto, como ministro de Producción, y a un hombre de su confianza, Hugo Lastra, como ministro de Gobierno, aunque el senador Pichetto asegura en todas las notas que “el gobernador es Weretilneck.”
Por supuesto, existe un factor aglutinante para el PJ rionegrino: un fracaso de este gobierno clausuraría sus chances de imponer una hegemonía peronista duradera. Si bien podría decirse que a este gobierno no lo une (hoy) el amor sino el miedo, también es cierto que, en política, nada enfoca la voluntad más que la visión del abismo.
(Esta nota fue publicada originalmente en la revista El Estadista.)
Una estrategia política eficaz de regionalización del conflicto
(Reproducimos una nota de Jorge Battaglino, profesor de Universidad Di Tella y Conicet, especialista en política internacional y seguridad, publicada hoy en Tiempo Argentino.)
Por el buen camino. Quizás como nunca antes en la historia reciente la estrategia argentina hacia Malvinas ha rendido sus frutos. Las reacciones desmesuradas, anacrónicas, coronadas por la acusación ignorante, alejada de cualquier registro histórico o teórico, de la Argentina como país colonialista, revelan que los ingleses han perdido su clásica flema y, peor aun, que su prolongada y refinada tradición diplomática carece de respuestas frente a una política exterior novedosa y coherente.
No es casual que ello suceda. La Argentina ha desarrollado una eficaz política de regionalización de la cuestión Malvinas que ha colocado al Reino Unido en una postura defensiva que se reduce al insostenible rechazo a negociar la cuestión de la soberanía.
Este apoyo regional tiene un significado distinto en esta nueva etapa histórica. Sudamérica se ha transformado en una región con creciente peso internacional, que ha crecido a tasas chinas y se ha mostrado inmune a una crisis económica que ha puesto en jaque a las economías de los países más “desarrollados”.
Asimismo, el crecimiento económico y la estabilidad política han favorecido el lanzamiento de un proceso de construcción de una identidad sudamericana que es inédito en nuestra historia.
Los países sudamericanos se han comprometido a construir un pensamiento regional en una amplia variedad de temas, los distintos consejos que forman parte de la Unasur se encuentran trabajando en esa agenda común que abarca desde la energía, la salud, la cultura o la defensa.
Es en este contexto, de creciente fortaleza material y de emergente construcción identitaria, que la región se ha comprometido con la Argentina en la causa Malvinas.
Gran Bretaña, en cambio, transcurre en el camino inverso: el de la crisis económica y social, cuya solución, propuesta por el primer ministro David Cameron, sólo parece presagiar una nueva debacle.
A ello se agrega su creciente aislamiento regional y la pérdida de respaldo de los Estados Unidos, su principal aliado, que reclamó el restablecimiento de negociaciones por la soberanía de las islas. La otrora potencia colonial se encuentra desorientada, excepto por la voz de distintos sectores de su sociedad que comparten la posición argentina, como lo demuestra la reciente nota del periodista Simon Winchester publicada en el prestigioso y conservador The Times.
Cabe destacar que la limitada estrategia británica (la obcecada negación a cualquier negociación por el tema soberanía), no puede divorciarse del lobby militar y de sectores del Partido Conservador que han encontrado en la cuestión Malvinas la excusa para frenar la reducción del presupuesto militar, la más importante desde la década del ’50.
La Armada británica ha sido especialmente afectada por los recortes, su flota se ha reducido considerablemente en los últimos años y además ha perdido, por primera vez desde la década del ’20, su capacidad aeronaval.
El peso del lobby naval no debería despreciarse en un país que dominó los mares y controló su imperio colonial durante siglos gracias al poder de su armada. La retórica militarizada que adoptó el discurso británico en los últimos meses es la mejor muestra del peso que tiene este sector en la política del país.
Por ello, la combinación de una legítima y sólida posición argentina, que recibe el apoyo de toda región, y el creciente anacronismo, aislamiento y apelación al militarismo del Reino Unido es el mejor escenario para un país comprometido con la recuperación pacífica de las islas.
Depende de la Argentina, entonces, fortalecer este camino y evitar contribuir al fortalecimiento de aquellos sectores de la política británica que más se oponen a la negociación por la soberanía de nuestras islas.
El dilema de la representación
(Columna publicada en El Estadista.)
Mucho se ha dicho sobre el alto porcentaje de votos que obtuvo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que la transformó en la presidenta más votada desde el restablecimiento de la democracia. Sin embargo, hay que detenerse en el segundo dato relevante, que es la amplísima diferencia entre la fórmula del FPV y su segundo. Este dato es más original que el 54% de votos en sí.
Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales de 1983 con casi el 52%; sin embargo, en esas elecciones el PJ sacó un 40%. En 1995, Carlos Menem arañó el 50% de los votos, pero fue seguido por la Alianza Frente Grande con un 28%, y en 1999 la Alianza obtuvo 48% de los votos, seguido por el PJ que, aún en una mala elección, retuvo el 38% de los sufragios. Entonces, podría decirse que lo más llamativo de esta elección no fue tanto el elevado porcentaje de la fórmula encabezada por Cristina Kirchner (o, al menos, no es un dato inusitado, ya que desde el ‘83 hasta aquí el electorado ha demostrado que, con la excepción de la elección del 2003, gusta de elegir a sus presidentes con mayorías claras), sino el desplome total y absoluto de las fuerzas de la oposición. En 1983, 1995 y 1999 las segundas fuerzas sacaron más o menos entre un 30% o 40% de los votos.
Sin embargo, en esta elección no son 10 o aún 20 puntos los que separan al primero del segundo, sino una inédita diferencia de 38 puntos. La debilidad opositora queda más en evidencia al notarse que la segunda fuerza es una coalición relativamente nueva de partidos, con poco tiempo de convivencia, con bajo anclaje nacional por fuera de Santa Fe, de la que no participa la Unión Cívica Radical, y que no pudo resultar ganadora ni siquiera en su propia provincia.
Es imperativo que los partidos de la oposición se reconstruyan; un sistema presidencialista como el de la Argentina no está diseñado para funcionar con tan alta fragmentación partidaria. Cabe entonces la pregunta de cómo habrá de darse esta reconstrucción. Sin querer caer en el hoy popular deporte de castigar a los partidos opositores por sus opciones, utilizando para ello el diario del lunes, hay que señalar que los partidos opositores deben concentrarse en fortalecer (o recrear, inclusive) la dimensión representativa de su accionar, por sobre la dimensión puramente electoral.
Se ha hablado mucho de las fortalezas o debilidades de los partidos opositores en términos de su oferta electoral. Sin embargo, me gustaría postular que el principal problema de los partidos opositores hoy (sobre todo de la Ucr y con la excepción notable del Pro) no se encuentra tanto a nivel de oferta electoral, sino en un nivel más profundo: el de su relación con la sociedad. En una democracia de partidos, estos tienen el cometido de representar.
Un partido político es antes que nada un dispositivo que existe para representar las preferencias, la ideología, la Weltanshchauung inclusive, de un sector social determinado, que puede ser más o menos amplio. Esta función representativa de los partidos se cumple, por supuesto, en la victoria; pero también debe seguirse cumpliendo en la derrota, y es esta relación de ida y vuelta entre sociedad y partido lo que le otorga vitalidad a lo que, sin ella, se transforma en una cáscara vacía. La Unión Cívica Radical llegó a cumplir 100 años de historia porque, con sus más y sus menos, con aciertos y errores, representó durante todo el Siglo XX a un sector amplio, si bien ya no automáticamente mayoritario luego de 1945, de la sociedad argentina: las clases medias, urbanas, de profesionales o empleados, articulados identitariamente alrededor de ciertos símbolos, como la educación pública o la admiración a la socialdemocracia europea, y del rechazo a la identidad peronista. Esta representación se enraizaba en la fuerte implantación de la UCR en ámbitos cruciales, como la militancia universitaria o la vida política de las ciudades medias de la provincia de Buenos Aires. En el caso de la UCR, es esta implementación lo que se ha roto, mucho más que su capacidad de presentar tal o cual candidato en una lista.
Como dijo Juan Carlos Torre recientemente, para comenzar a ser radical hoy hay que haber sido radical; no es casualidad que, con muy pocas excepciones, los nombres relevantes de la primera plana radical sean hoy los mismos que hace veinte años, o que la participación radical en el voto juvenil sea exigua. Esta pérdida de la capacidad representativa es grave, ya que la implantación partidaria permite que, por un lado, bajen del partido a sus representados cosas (mensajes, ofertas electorales, pedidos de apoyo) pero también, y más importante aún, permiten que suban elementos de la sociedad al partido (ideas, demandas, señalamientos de adonde están los problemas que estallarán en el futuro reciente y jóvenes militantes que se convertirán, el día de mañana, en dirigentes). Un partido que no representa a alguien es un partido que no es relevante para nadie.
El Frente Amplio Progresista pareciera estar en mejor situación que la Ucr en este sentido, por cuanto participan en él fuerzas con entramado en lo territorial, como el socialismo santafecino, y con cierta presencia de movimientos sociales, como Libres del Sur. Sin embargo, hay que señalar que si la aspiración del FAP es representar a los mismos sectores de clase media urbanos con una identidad antipopulista, esto implicará entrar en una disputa cuerpo a cuerpo con la Ucr, que imagina representar a los mismos sectores e inclusive con el EDE, de Martín Sabbatella, que abreva de la misma fuente.
Esto deja, además, a un sector importante del electorado sin representación. Alguien deberá representar a los sectores de centroderecha y derecha, ideológicamente neoliberales. El colapso del peronismo federal deja el campo libre al Pro para hacerlo. Veremos cuán rápido puede expandirse la fuerza vecinal del área metropolitana de la CABA a todo el país.
Todas estas fuerzas deberían concentrarse en fortalecer su capacidad representativa, expandiendo su imbricación territorial, desarrollando redes de militantes, fortaleciendo sus bloques legislativos (no tanto como “control” del Poder Ejecutivo sino presentando sus propios proyectos y desarrollando acción legislativa propia), discutiendo su identidad ideológica, antes que obsesionarse con encontrar “el” candidato que les permitirá ganar la próxima elección presidencial, o sentarse a esperar un colapso causado externamente del PJ. Pues la experiencia muestra que, dado lo primero, se sigue lo segundo; a la inversa, sin embargo, no sucede lo mismo.
Los discursos de la noche electoral
(Artìculo publicado en la revista El Estadista.)
Comparados con los de la noche del 14 de agosto, los discursos del domingo 23 de octubre fueron anticlimáticos. La amplitud y lo anunciado del resultado, restaron urgencia a las reacciones de los candidatos. Sin embargo, dejaron algunos argumentos para el análisis. Toda la atención estuvo puesta en lo que diría la Presidenta reelecta. Cristina Fernández de Kirchner dio dos discursos: uno en su comando electoral y otro en la Plaza de Mayo. Ambos fueron moderados en su contenido pero personales y emotivos en su tono. En su contenido, siguieron las líneas marcadas en campaña: moderación, apelaciones a la unidad nacional, ningún rastro de agresividad para con las otras fuerzas políticas.
No fueron, sin embargo, aburridos. Cristina Fernández ha crecido mucho como oradora política (siempre lo fue en lo que era su ámbito de acción, el Senado). Y lo ha hecho, sobre todo, porque aprendió a decir menos en sus discursos. Ahora son más simples, más personales, establecen con más facilidad un ida y vuelta afectivo con su público, usan más el humor y se mueven en un registro más intimista. Lo que sus discursos han perdido en tono épico han ganado en cercanía y personalidad. En el Hotel Intercontinental, Cristina Fernández tuvo dos momentos notables: cuando se emocionó al evocar la figura de Néstor Kirchner (“no como marido, sino como cuadro militante”) y cuando calló a su público, que rechiflaba sus menciones a los candidatos opositores. La frase “no seamos chiquititos, en la victoria hay que ser mas grandes”, fue una de las más memorables de la noche. En este discurso, además, pareció dejar a un lado rumores sobre una posible rerelección (dijo “yo ya no deseo más nada”). En síntesis, Cristina continuó con la línea de los últimos tiempos: tranquilo, afectivo, centrado en construir un vínculo con los que escuchan y en enfatizar su rol de Presidenta y garante de la institucionalidad.
Su discurso en la Plaza de Mayo, dirigido a los jóvenes, fue un poco más encendido en su tono y contenido. El núcleo de sus palabras fue una comparación entre esa plaza kirchnerista y las plazas de las juventudes peronistas. En esa comparación se marcaron continuidades pero también diferencias. “Ahora nadie los echa de la Plaza”, dijo Cristina. Esto marca uno de los núcleos del discurso kirchnerista, no sólo de esta Presidenta, sino de Néstor Kirchner: ambos hicieron hincapié, una y otra vez, en lo que podríamos llamar la presentación épica de la normalidad. Si bien el discurso kirchnerista se nutre de lo épico y lo pasional (ya sea por su contenido, ya sea por su tono afectivo), esta carga emotiva no se pone al servicio de grandes utopías revolucionarias, sino de una épica de “un país normal”. Es una inversión muy interesante.
La forma de los discursos de Cristina, más típicamente populista, se pone al servicio de valores como la normalidad, la institucionalidad, la pluralidad, y la unidad. Lo “revolucionario” del kirchnerismo sería entonces lograr implantar la normalidad y romper la “normalidad anormal” de un país signado por las crisis. A menudo se señala que el Gobierno de Cristina Kirchner es “setentista”. Y es cierto que, en cada discurso, Cristina Kirchner enraiza su genealogía ideológica en la militancia juvenil de esa época. Sin embargo, en esta recuperación hay tanto una recuperación como una crítica. No sólo se marca un rechazo a la lucha armada, sino que se sostienen valores como el pluralismo, la tolerancia y la paz, que no estaban en la agenda de esa época. Es una evocación transformativa antes que nostálgica.
Con respecto a los discurso de los candidatos perdedores, no dejaron demasiado para el análisis. En general, dijeron poco.Hermes Binner, el único que tenía algo para festejar, dio un discurso poco memorable, aunque esto forma parte, a esta altura, de las características del candidato. Su discurso puede resumirse en una frase: “Seremos una oposición racional pero implacable”, y su estilo podría condensarse en “Hermes Binner, antipopulista”. No se le pedía, sin embargo, que dijera mucho más, ya que esta no era su noche, y cumplió su rol adecuadamente.
Los discursos de Eduardo Duhalde y Ricardo Alfonsín estuvieron marcados por una idea común: marcar que no piensan retirarse de la política argentina (“No cometeremos los mismos errores”, dijo Alfonsín; “Seguiré participando”, dijo Duhalde). El tiempo juzgará la verdad de estos dichos. Rodríguez Saá, por su parte, hizo una nueva demostración de su nuevo estilo oratorio, que roza la comedia de stand up.
Párrafo final para el discurso de Elisa Carrió, tal vez la figura política más castigada de las últimas elecciones. Enfrentada a un verdadero castigo electoral a su fuerza (tal vez no haya paralelo mundial para una figura que pasó de segunda en 2007 a sacar el 1,8% cuatro años después) Carrió decidió redoblar la apuesta. Anunció calamidades inminentes (“el dólar y el super”), responsabilizó a la mayoría de su propia estupidez (“de esto se tendráç que hacer cargo el 53% que la votó”) y anunció su pase de la política electoral a serla líder a una “resistencia al régimen” que llevarán a cabo ella y “un grupo”. No vale la pena decir más sobre estas aseveraciones, que no pertenecen, strictu sensu, al discurso público-político. Sin embargo, el aviso de Carrió de que seguiría liderando el bloque de diputados de la CC da la pauta de que Carrió no piensa democratizar internamente su partido, el cual se reducirá, sin duda, al núcleo mínimo de seguidores de una líder cuasi mesiánica.
Así visto, el electorado argentino premió a los candidatos que privilegiaron en sus discursos elementos de racionalidad política, moderación y tolerancia (Cristina Fernández de Kirchner, Hermes Binner, Rodríguez Saá) y castigó a aquellos que construyeron discursos apocalípticos e intolerantes (Duhalde y Elisa Carrió). Esto habla muy bien de la salud del discurso político en nuestra democracia.
Clientelismo y partidos políticos
Artículo publicado en El Estadista.
El abuso del clientelismo como variable explicativa del devenir político conlleva sus riesgos.
Pocas ideas tienen una vida más tenaz y resiliente en la historia del análisis político de nuestro país que el clientelismo. Sobre todo, el clientelismo se ha transformado en una variable todo terreno para explicar todo lo que está mal en nuestro sistema político. Sin embargo, la débil evidencia acerca de su existencia o sus efectos obliga a pensarlo desde otro lugar, no tanto como una variable sino como una metáfora o dispositivo generador de sentidos políticos.
El renacer del uso del clientelismo es una operación conceptual que tiene su sutileza. Hasta hace unos años, no se hablaba tanto del mismo, ya que los problemas de la Argentina en particular y Latinoamérica en general eran mucho más claros y evidentes: golpes de Estado, dictaduas e inestabilidad democrática. Sin embargo, en estos momentos los sistemas políticos de la mayoría de las democracias de la región se encuentran razonablemente consolidados.
En nuestro país, las elecciones son limpias, rigen las libertades civiles y políticas, se han producido alternancias en el poder a nivel provincial y nacional y el Congreso funciona de manera aceptable. Pero por alguna razón existe una tentación teórica de reducir los problemas que aún existen a un solo concepto o variable explicativa. Entonces, reaparece el clientelismo (que suele describirse como la relación personalizada asimétrica entre patrón y cliente, en el cual el último entrega su voto a cambio de ciertos bienes o favores) como aquella patología que permitiría explicar casi todos los males. El clientelismo se transforma así en una megavariable explicativa: no sólo se utiliza para explicar fenómenos como la debilidad institucional o la ascendencia de partidos populistas, sino que es usado para explicar fallas económicas, en especial la pobreza y la desigualdad.
Por dar solo un ejemplo, el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD del 2010 sostiene que en toda Latinoamérica las relaciones clientelares son al mismo tiempo consecuencia y causa de la pobreza y la desigualdad; consecuencia, porque los estados de privación hacen posible que un bien material modesto compre un voto; causa, porque las élites políticas no tienen motivos para luchar contra la pobreza, que les asegura una clientela disponible que no amenaza su preeminecia.
Este uso del concepto no es nuevo. Ya Sarmiento acusaba a Facundo Quiroga de reclutar a sus seguidores entre aquellos que necesitaban del botín para vivir, y los críticos de Rosas acusaban a su esposa, Encarnación Ezcurra, de mobilizar a los pobres y afrodescendientes con repartos de bienes. En la Argentina ya constitucional de fines del Siglo XIX, el partido radical acusaba (entre otras cosas) de clientelares a las fuerzas conservadoras.
Sin embargo, una vez que el radicalismo ascendió al gobierno, fue asimismo acusado de clientelista por las demás fuerzas, que explicaban su ascendencia por el (supuesto) patronazgo y clientelismo yrigoyenista. Por supuesto, esto no obstará que los propios radicales acusen al peronismo de clientelar luego del ascenso de Perón al poder, y así sucesivamente, hasta el día de hoy. Es decir, el clientelismo es una idea-fuerza que es esgrimida contra los gobierrnos de turno por las fuerzas opositoras, quienes serán a su vez acusadas de lo mismo si llegan al poder. Menos que una acusación cierta es una forma de deslegitimar el mandato de las urnas.
Lo más interesante del análisis, sin embargo, es que la ubicuidad del uso del concepto se sigue produciendo a pesar de una dificultad cierta para determinar y cuantificar su existencia y sus efectos. Dado el casi total acuerdo de que el clientelismo es uno de los principales problemas de nuestro país, debería haber pilas de datos incontrastables que den cuenta de su existencia. Y, sin embargo, la evidencia es fragementaria. Los intentos de cuantificar la prevalencia del clientelismo y sus efectos electorales ofrencen resultados ambiguos. Intentos de cuantificar el problema, como una ponencia de Marcelo Nazareno y Valeria Brusco en el V Congreso Nacional de Ciencia Política, concluyen que “hay una curiosa desconexión entre la intensidad de las descripciones de la movilización clientelista por parte de los partidos, y la relativa impotencia de esos esfuerzos para lograr afectar las elecciones de los votantes”.
Aun en el campo de la etnografía política encontramos que las conclusiones no son claras. En especial, no termina de quedar claro en estas descripciones si el clientelismo es un fenómeno coetáneo con la política en general, un fenómeno de clase (o sea, si sería “la política de los pobres” al decir de Javier Auyero, pionero en la etnografía del clienelismo) o un problema específico del peronismo. La misma autoevidencia del fenómeno oscurece su tratamiento: ya que “todos saben” que hay clientelismo, “todos saben” que los pobres son clientelizados, y “todos saben” que el peronismo hace política entre los pobres.
Estas tres dimensiones (general, de clase y partidaria) se mezclan de manera poco reflexiva en los análisis. Hay aquí dos riesgos: el primero es que, bajo la rúbrica de la preocupación académica y republicana con el clientelismo, se trafique un discurso académico que legitime la estigmatización de acción política por parte de las clases populares e ignore el carácter racional y estratégico de su movilización, ignorando hallazgos como los de Brusco y Nazareno, quienes encuentran que “antes de ser determinadas por prácticas clientelares, las elecciones electorales de los pobres (son) más volátiles que aquellas de las clases más pudientes, e igualmente sensitivas a la habilidad de los partidos electos para producir bienes públicos o colectivos en sus comunidades”. El segundo es que el discurso académico termine legitimando una cierta “excepcionalidad política” del peronismo, en detrimento de las capacidades organizativas de otros partidos. Al naturalizar y despolitizar el ascendiente peronista sobre los sectores populares, se niega el carácter político que la presencia peronista tienen en los mismos; una presencia que, la mayoría de las veces, no es compartida por los otros partidos, que muchas veces ni siquiera intentan entrar al juego
de “la política de los pobres”.
Aun Susan Stokes, una de las mayores defensoras de la tesis del clientelismo, admite en su artículo “Perverse Accountability: A Formal Model of Machine Politics” que el peronismo no es “sólo” clientelar, sino que suma a los intercambios personales una fuerte acción de proselitismo político, entroncada con su implantación territorial. El impulso, entonces, de las demás fuerzas políticas debería ser, antes que lanzarse a denunciar la “baja calidad” de los votos populares, sumergirse a hacer política en aquellos territorios que son abandonados sin una buena razón.
En definitiva: resultaría negativo que detrás del uso del concepto (por otra parte, vagamente definido) de clientelismo se esconda una deslegitimación de la política en general, y, sobre todo, se trafique una deslegitimación de la política de las clases populares. En todo caso, el efecto medible de las prácticas clientelares va de nulo a escaso; frente a esto, existen todas las oportunidades para ir a disputar políticamente las lealtades de los sectores populares en su propio terreno; de no hacerlo, no valdrá ya como excusa quejarse de que las uvas, otra vez, estaban verdes.
El estilo Cristina de negociación
Hace algunos días se produjo un hecho notable, como en el cuento “El mastín de los Baskerville”, por lo que no pasó. Me refiero a la reunión del Consejo del Salario. Aquí, la noticia más llamativa (tal vez la más importante del último mes, excluido el resultado de las primarias) fue que este cónclave no fracasó, a pesar de que sabemos que el Gobierno pensaba que tal fracaso era el resultado más probable, y estaba dispuesto a laudar el aumento del salario mínimo por decreto. Sin embargo, finalmente tanto los sectores patronales como la CGT conducida por Hugo Moyano aceptaron el acuerdo, que salió por consenso.
Se recorta así un dato importante para pensar las relaciones entre Gobierno, sectores sindicales y sectores empresarios en el inicio del (más que probable) segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner: enfrentados a la amenaza del Gobierno de dejar caer el acuerdo, tanto el sindicalismo como las patronales parpadearon primero.
Esta anécdota apunta a una de las fortalezas menos mencionadas de este Gobierno: su estilo de negociación (entiendo ‘negociación’ en sentido amplio, es decir, como la manera de relacionarse con aquellos actores sociales organizados con los cuales se encuentra en una relación de disputa constante por grados relativos de autonomía y poder). Hoy las principales contrapartes de negociación del Gobierno son los sindicatos nucleados en la CGT y los sectores empresariales, aunque no son los únicos.
Luego de un comienzo con errores graves culminado en la (ciertamente mal manejada) crisis causada por el enfrentamiento con sectores agrarios, el gobierno de Cristina Fernández se ha revelado como un negociador eficaz; mucho más eficaz, por caso, que otros gobiernos de 1983 a la fecha. Primero, porque este Gobierno ha demostrado repetidamente su poca apetencia para negociar. Este parece un elogio paradójico, pero no lo es. Evidentemente, Cristina Fernández y Néstor Kirchner compartían el diagnóstico de que el Estado argentino debe endurecerse en su relación con sectores empresariales, organismos financieros y otros factores de poder, dadas las experiencias de gobiernos anteriores, excesivamente concesivos.
Este “endurecimiento” se reflejó, en el gobierno de Néstor Kirchner, en sus relaciones con los organismos de crédito multinacionales y con la Corte Suprema heredada del menemismo, por ejemplo. Con Cristina, se percibió en la misma crisis de la 125 o en el episodio del Consejo del Salario recién mencionado. Esto ha provisto al Gobierno con una amenaza creíble: enfrentarse a este Gobierno tiene costos fuertes porque, aún perdiendo, está dispuesto a avanzar hasta las últimas consecuencias. Un buen ejemplo aquí es la política oficial hacia el Grupo Clarín, cuya participación en la victoria opositora de la 125 no puede sino calificarse como pírrica.
Frente a esto, los actores sociales tienen un incentivo en aceptar la negociación ofrecida, ya que eso tendrá menos costos que un enfrentamiento abierto. Segundo, el Gobierno, sin embargo, y de manera aparentemente paradójica, ha mostrado también que no se encuentra atado hasta las últimas consecuencias a ninguna política pública concreta. Para el “estilo Cristina” es esencial conservar siempre la iniciativa y poder disponer del efecto sorpresa. Así, el Gobierno demostró capacidad para dar giros fuertes, por caso, lanzando un modo de relacionamiento novedoso y más amigable con los sectores del campo en los últimos tiempos; enviando de manera súbita al Congreso la ley para nacionalizar las Afjp o implementando por decreto la Asignación Universal por Hijo, luego de varios años de negarse a contemplar políticas universales de ingreso.
Esta capacidad de sorpresa es esencial para mantener un margen de maniobra y autonomía. El hecho de que, a pesar de su dureza aparente, el Gobierno aparezca como pasible de ser persuadido de cambiar de rumbo aparece como otro incentivo para negociar. Más aún, el Gobierno ha demostrado tanto la capacidad de ser implacable con un adversario como la posibilidad de realizar acercamientos antes impensables. El acercamiento a actores como la Federación Agraria; la virtual “amnistía” a dirigentes antes fugados hacia el peronismo disidente de la que se lee en estos días; el acto con la UIA por el Día de la Industria o los recientes gestos de cordialidad hacia dirigentes del Pro capitalino hablan de un sistema de “palos y zanahorias” que tiene más flexibilidad de lo que se cree.
Por supuesto, este estilo de negociación tiene claros límites. Ciertamente, no está basado en reglas institucionalizadas a priori o en una deliberación abierta y universalista, sino que es y seguirá siendo seguramente una negociación asimétrica, centralizada y hasta arbitraria. Se privilegia, ante todo, el mantenimiento de la autonomía decisoria del Gobierno, quien sobre todas las cosas desea mantener dos elementos: capacidad de sorpresa y apariencia de autoridad.
Seguramente, en una sociedad ideal las negociaciones entre actores con poder se darían de una manera dialógica, abierta y orientada solamente hacia el bien común. Sin embargo, parece que gran parte de la ciudadanía respeta, e inclusive valora, que este Gobierno haya fortalecido su autonomía decisoria relativa vis à vis actores, como grupos empresarios, dueños de medios de comunicación, y aun sindicatos, con enorme capacidad de presión y una historia de intentos de colonización hacia el Estado.
Nota publicada en el número 40 de El Estadista.
Hic Sunt Dracones
Leer los diarios y ver programas políticos estas semanas produce una extraña sensación. Hay mucha discusión, muchas palabras, cuando, tal vez, lo que debería haber es un poco más de silencio. Una gran frase de un gran filósofo dice, “sobre lo que no se puede hablar, es necesario callar.” Y sobre lo que va a suceder en los próximos años en la política argentina poco podemos decir hoy, porque no sabemos qué sucederá.
Y no sabemos lo que sucederá porque, como un navío medieval estamos entrando en un Mare In Cognito, en un océano desconocido. Por lo tanto, todo puede suceder.
Por momento pareciera que no hay conciencia sobre lo novedoso del momento político actual, y sobre lo inútil que es tratar de analizarlo con categorías inactuales. Pero repasemos.
Primero, de reelegirse Cristina Fernández de Kirchner dentro de 50 días, estaríamos hablando del primer ciclo de gobierno de la historia argentina en durar (pontencialmente) doce años. Ni Perón lo logró.
Segundo (y más novedoso aún) de así hacerlo, la presidenta habría sido el primer mandatario desde 1983 en haber logrado levantarse de una derrota electoral en una elección legislativa de medio mandato. (A diferencia de Alfonsín, Menem y De La Rúa, cuyas derrotas en 1987, 1997 y 2001 respectivamente pusieron fecha de vencimiento a sus gobiernos por anticipado.)
No sólo eso, sino que Cristina habrá logrado sobrevivir exitosamente una crisis política tan profunda como fue la pelea por la 125, también a diferencia de Alfonsín y De La Rua, que nunca pudieron sobreponerse a la crisis de Semana Santa y al escándalo de las coimas del Senado. (Aquí habría que hacer tal vez una salvedad con Menem, que pudo sobrevivir el fracaso del plan “Bunge y Born” y una mini-híper al inicio de su mandato.)
Tercero, de sacar más del 51% (lo cual hoy parece al menos posible) Cristina Fernández de Kirchner sería al presidenta con mayor porcentaje de votos, superando incluso a Raúl Alfonsín. Algo completamente novedoso para una figura con ocho años de manejo del poder (aunque no, obviamente, como presidenta los ochos años) en sus espaldas.
Y cuarto y último: si Cristina Fernández de Kirchner saca efectivamente 30 puntos de diferencia con el segundo o más, estaríamos hablando de la mayor diferencia entre primero y segundo en una elección presidencial del 83 hasta la fecha (y tal vez antes.) Sumémosle a esto la casi implosión de la UCR y el ascenso de Binner y Macri y veremos que nos esperan más novedades.
Amerita repetirse: este escenario nos adentra en un Mare Incognito en la política argentina. Frente a este escenario, para usar otra gran frase de otro gran filósofo, todo lo sólido se desvanece en el aire.
El fin de ciclo K. La Scioli dependencia. La barón-de-conurbano dependencia. El grupo A. La centralidad del Congreso. La no centralidad del Congreso. El rechazo del campo. El pato rengo. La “amenaza Moyano”. Todos estos lugares comunes (en el buen sentido aristotélico, es decir, aquello que todos compartimos) deberán repensarse.
Pero ojo: si le sumamos a este escenario nacional una crisis económica mundial de muy difícil pronóstico, la caída global de los paradigmas ecónomicos dominantes durante los últimos 30 años, el avance de China y Rusia y el estancamiento de EEUU y Europa, todo esto nos habla de un escenario de gran fluidez e indeterminación. Lo único seguro es que no hay garantías de nada.
Como en aquellos mapas medievales, hay que advertir al viajero que se adentra en un Mare Incognito, “Hic Sunt Dracones”, “Aquí hay dragones.”
Discursos luego de las primarias
En sus primeros mensajes, los candidatos adelantaron algunos lineamientos de sus estrategias para octubre pero también dejaron en evidencia sus falencias.
Las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias han dejado a nivel nacional una clara vencedora (la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) y tres candidatos (Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Hermes Binner) a gran distancia de la primera y en relativa paridad entre ellos. Analizar los discursos que cada uno de ellos dio en la noche del domingo 14 puede dar valiosas pistas sobre sus elecciones estratégicas para octubre.
El discurso de la Presidenta no mostró muchas sorpresas y consolidó un giro discursivo que se hizo perceptible luego de la inesperada muerte de Néstor Kirchner. Lejos de la confrontación, hizo hincapié en el amor como fuerza de su triunfo. La apelación al amor fue sorprendentemente directa (“este es un triunfo del amor” , remarcó Cristina) pero también sutil, corporizada en las constantes referencias a valores afectivos positivos, personales y directos como la confianza, la unidad, la humildad y el compañerismo (“soy una compañera”, dijo.) La fuerte articulación afectiva es propia de los discursos populistas, y se reforzó con la invocación a la presencia casi fantasmática del ex presidente Néstor Kirchner (“hoy nos está mirando”) y la presencia en el escenario de su hija Florencia.
La frase que usó Cristina para pedirle a su hija que la acompañe (“quedate conmigo”) es tal vez la frase más interesante de su discurso. Desde la muerte de Néstor Kirchner, en sus apariciones públicas Cristina elige hablar en segunda persona del plural; se dirige a un “ustedes” indeterminado y resalta que “no puede sola,” pide que le aporten “fuerza”. El subtexto del discurso de Cristina Férnadez de Kirchner es claro: busca construir un lazo afectivo personal con el votante, sin un anclaje partidario o ideológico fuerte. La potencia de esta apelación afectiva ha quedado de manifiesto con la amplitud de la victoria; por lo tanto, no es de esperar grandes cambios de aquí a la elección de octubre.
Asimismo, resultó de gran interés escuchar los discursos de Alfonsín, Duhalde y Binner luego de saberse que quedarían los tres en relativa paridad. Para un candidato, el gran desafío en el pasaje de una primaria a una elección general es siempre cómo pivotar de manera no forzada desde un discurso que necesariamente está dirigido al interior de su propia fuerza partidaria a un discurso dirigido a seducir al campo más amplio de potenciales votantes de la general. Visto desde este punto de vista, ninguno de los tres discursos pareció especialmente decisivo.
Alfonsín eligió relativizar la importancia de las primarias y enfatizar un ángulo optimista (“la bandera negra –quiso decir “a cuadros”– se baja recién en octubre”.) Se agregaron a esto algunas apelaciones bastante generales a posibles sectores de su coalición (“los emprendedores y los trabajadores”). Sin embargo, el discurso de Alfonsín resaltó, por su misma ausencia, lo que es tal vez la mayor falla de su comunicación política: la incapacidad de ofrecer un relato verosímil que enmarque, dé sentido y explique su alianza con Francisco de Narváez. Esta ausencia es llamativa, ya que esa alianza debería, por su audacia, ser el puntal de su campaña.
Sin embargo, Alfonsín dijo poco y nada sobre su relación con De Nárvaez. Así, su discurso quedó extrañamente desperfilado: no enfatizó los temas socialprogresistas más caros a su tradición, no eligió un discurso más populista de derecha similar al de De Narváez, y tampoco ofreció una síntesis novedosa. Si Alfonsín quiere llegar a octubre sin una sangría de votos debe ofrecer algún relato atractivo sobre su alianza con De Narávez, si no, correrá el riesgo de espantar al votante radical sin reemplazarlo con ningún otro sector.
El discurso de Binner demostró dos cosas: primero, que a pesar de salir cuarto el FAP imagina como posible seguir creciendo de aquí a octubre y, luego, que para hacerlo irá con decisión a captar a los votantes radicales desencantados con el experimento de la alianza Alfonsín/De Narváez. Para esto, Binner enfatizó el perfil socialdemócrata de su Frente (con una extensa a “los niños pobres”), mencionó a una figura emblemática para el corazón radical como lo es Arturo Illia e invocó el emblema radical de “que se quiebre pero no se doble”.
El discurso binnerista utilizó todos los temas del discurso liberal-progresista urbano más clásico, matizados por una apelación al federalismo. Fue también enfáticamente antipopulista, ya que no apeló a un lazo emotivo directo entre la persona del votante y la persona del candidato. Queda por verse, sin embargo, cuál es la amplitud real que tiene el espacio progresista no populista en el país; los malos resultados de Proyecto Sur en todos el país, el segundo lugar de Binner en su propia provincia y la mala performance de Margarita Stolbizer en la provincia de Buenos Aires plantean ciertas dudas sobre esta estrategia.
Una mención especial merece el discurso de Duhalde, que resultó sorprendente. Los buenos resultados que obtuvo su propuesta, que peleó un segundo lugar con Alfonsín hasta el final, hacían prever un discurso más abierto, general y conciliador, dada la necesidad de sumar votos de aquí a ocubre por fuera de su “núcleo duro” de peronistas antikirchneristas. Nada más alejado de lo que sucedió.
En su discurso, Duhalde pareció seguir más preocupado en impugnar al kirchnerismo que en impulsar al duhaldismo. Para empezar, Duhalde no mencionó ni una sola
orientación concreta para su posible gobierno. Luego, sus tres menciones a “Juan Domingo Perón y Eva Perón” dejaron muy claro que él le habla a un votante exclusivamente y ortodoxamente peronista.
Duhalde además eligió un discurso con una retórica excesivamente violenta y que pareció no haber sido sometida a ningún tipo de testeo. Por caso, un candidato que carga con la fama de alentar acciones conspirativas no debería decir “aspiro a recibir buenas noticias mientras ustedes están durmiendo” ni cerrar su discurso con la frase “le vamos a darle un susto al Gobierno”, ya que estas metáforas resaltan antes que anulan las connotaciones más negativas que ya existen sobre su persona.
Finalmente, hay que resaltar que Duhalde tuvo el dudoso honor de ser el primero en
romper una regla no escrita pero estricta de la política argentina desde 1983 a la fecha, al utilizar la palabra subversión. Al acusar al Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de contener organizaciones subversivas y antinacionales Duhalde reforzó su apelación a un sector que tiene una visión tremendista del Gobierno, que lo analiza en función de categorías políticas que tienen cuarenta años de antigüedad y que vota, no en función de hacer avanzar una nueva visión de país, sino exclusivamente con el objetivo de dañar al oficialismo por cualquier medio.
Si bien es innegable que este discurso tuvo el mérito de hacer que quien fuera un emblema del voto de los sectores populares del conurbano se transformara en el
candidato más votado en las comunas de Recoleta, Barrio Norte y Barrio Parque de la ciudad de Buenos Aires, es dudoso que el mismo sea exitoso como fundamento de un partido a largo plazo.
(Artículo publicado originalmente aquí en la revista El Estadista)
En Estados Unidos, es la política, estúpido
La situación de la economía global es demasiado compleja para que yo, que no soy, además, economista, pretenda explicarla, o siquiera comprenderla.
Sin embargo, quería resaltar una cuestión: el hecho de que la crisis estadounidense es centralmente política antes que económica.
La última crisis desatada alrededor de la autorización del Congreso para efectuar los pagos de la deuda del Tesoro estadounidense no fue una crisis económica. No es ni la primera ni la última vez que el gobierno federal estadounidense entra en déficit, y no es la primera ni la última vez que el Congreso autoriza pagar la deuda. (Hay que recordar que la autorización que debía votarse no es una autorización para tomar nuevas dedudas, sino para pagar obligaciones ya contraídas.) De hecho, todos los presidentes republicanos de los últimos 30 años gobernaron con déficits o los crearon (George W. Bush, sin ir más lejos, heredó un superávit fiscal de Clinton y se lo fumó en menos de cuatro años en sus recortes de impuestos y su guerra de Irak) y el Congreso siempre autorizó el pago de las dedudas. Hasta este año, este voto era un trámite burocrático.
Lo que cambió este año no fue la ecuación económica, sino la política. El Partido Republicano, hegemonizado por los fundamentalistas del Tea Party, vio una oportunidad de usar esta negociación para presionar por más ajuste y más políticas de austeridad, y el presidente Obama decidió (otra vez) apostar por el consenso y la conciliación. Sin embargo, el paquete negociado incluye compromisos de volver a votar sobre estas cuestiones otra vez en pocos meses, con lo que lo más probable es que vuelva a hiperpolitizarse esta cuestión en un tiempo más.
La clave es que para el Partido Republicano es una situación de “cara, yo gano; ceca, tu pierdes.” Si forzan a los demócratas a aceptar fuertes recortes fiscales, logran imponer su agenda; si causan un default o un downgrade mayor de la deuda, esta crisis le explotará al gobierno de Obama, no a ellos. Y como su estrategia obstruccionista fue premiada con una resonante victoria en las elecciones del 2010, no es probable que la cambien, al menos, si no hay un cambio dramático en los incentivos electorales.
Mientras tanto, la sucesión de nuevos recortes disminuirá la actividad económica con lo que no bajará el desempleo, con lo que no habrá crecimiento económico sustentable con lo que … bueno, el feedback negativo del ajuste es un viejo conocido para Latinoamérica.
Dejo algunos links:
- El New York Times advierte que los mercados reaccionan desfavorablemente ante la perspectiva de más ajustes.
- Paul Krugman sobre el downgrade.
- Joseph Stiglitz sobre el efecto negativo de las políticas contractivas.
- Drew Westen sobre el estilo negociador de Obama.
(Update: Quería pedir a la comunidad de lectores/as que, si quieren, dejen links que les parezcan interesantes sobre la crisis. Los miro y los sumo.)
Un análisis del kirchnerismo porteño
El kirchnerismo tiene, en la ciudad de Buenos Aires, varios factores que obstaculizan (tal vez de manera permanente) su pasaje a mayoría electoral. El histórico antiperonismo del distrito, vocación de sus votantes de constituirse en oposición al oficialismo nacional, la consolidación partidaria del PRO, entre ellos.
Sin embargo, hay un factor al que no se le ha dado mucha atención, pero que tiene su importancia. Me refiero a la falta de una clara hegemonía interna al interior del espacio kirchnerista.
Puede postularse que el kirchnerismo en general, no sólo en la ciudad de Buenos Aires sino en general, está constituido por tres sectores, o tal vez sea mejor decir “corrientes” para connotar un cierto dinamismo, internas. En una típica manera movimientista, estas corrientes se encuentran en permanente tensión, y el equilbrio relativo de su coexistencia es resuelto momento a momento y de maneras ciertamente puntuales y hasta precarias, por el liderazgo político de la hora.
Me referiré a tres identidades: el kirchnerismo progresista, el kirchnerismo puro, y el peronismo no kirchnerista.
El kirchnerismo no peronista o progresista agrupa los partidarios que se integraron al kirchnerismo desde identidades asociadas al progresismo no peronista: muchos de sus principales dirigentes vienen del FREPASO o inclusive hay algunos que provienen del radicalismo concertacionista u otras fuerzas de centroizquierda. Otros, sin embargo, provienen de las universidades, el mundo de la cultura o organizaciones de derechos humanos. Muchos de estos dirigentes tienen hoy pertenencia en kirchnerismo; sin embargo, todos ellos tienen una trayectoria anterior a él y, por lo tanto, ciertas preferencias y maneras de entender el fenómeno político que le son propias. Entre ellas, un discurso articulado alrededor de temas sociales y culturales caros a la cultura política de la clase media urbana (educación, salud pública, cultura), una desconfianza o ajenidad a la política partidaria y un buen manejo mediático, sumado a cierto personalismo.
Por kirchnerismo puro entiendo a los actores que se incorporan a la política desde y con el kirchnerismo, sin una trayectoria anterior relevante (en muchos casos por razones de edad.) Obviamente, el sector más importante de este espacio es la juventud kirchnerista, y sobre todo los jóvenes organizados alrededor de La Cámpora. Esta corriente es interesante en su relación con el peronismo, ya que es posible que si se les pregunta, la mayoría de estos jóvenes se reivindique como peronista. Sin embargo, su acercamiento es hacia un peronismo filtrado, por así decirlo, por la experiencia kirchnerista: en esta lectura, los Kirchner no son sólo otros dirigentes peronistas, sino que son líderes que están al nivel, por así decirlo, de Perón y Evita. En general, esta corriente, si bien ha dado mucho que hablar por los “lugares en las listas” que consiguió, no encabeza aún ofertas electorales relevantes, al menos para posiciones en el ejecutivo.
El peronismo no kirchnerista engloba desde los sindicatos hasta, sobre todo, los gobernadores e intendentes de los distintos distritos. En este caso, se trata de líderes organizacionesl y territoriales que preexistían al kirchnerismo y que, están seguro, seguirán existiendo luego de él. Por lo tanto, si bien reconocen los méritos de este proceso y (en general) prefieren acompañarlo (en algunos casos con sincera convicción, en otros mientras tal conducta sea electoralmente racional), dan la pelea para conservar sus espacios decisorios y mantener con Cristina Kirchner una relación de “primus inter pares,” sin reconocerla (en general) como líder única e indudable del movimiento.
Estas tres corrientes coexisten, rosquean, protestan y arreglan en todos los distritos del país. Lo que vuelve un caso particular a la CABA es que ninguna de las tres corrientes goza aquí de una hegemonía clara.
Vale decir: ni el kirchnerismo puro, ni el kirchnerismo progresista, ni mucho menos el peronismo no kirchnerista puede en la CABA garantizar un piso del 40% de los votos.
Durante años, parecía que sólo podía ser victoriosa aquí una coalición hegemonizada por el progresismo; esta coalición tuvo su última victoria en la elección de Aníbal Ibarra en la segunda vuelta del 2003. Queda claro que no es éste el caso, dada la sucesión de derrotas que listas encabezadas por figuras de este sector ha sufrido en la CABA. (Habría que sumar a la crisis del progresismo porteño el derrumbe electoral que sufrió en las últimas elecciones la UCR, así como también la casi desaparición de la CC.)
Sin embargo, queda claro también que en la CABA el peronismo puro no cuenta tampoco con la posibilidad de ganar por sí solo una elección (como sí lo hace en la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Formosa o La Pampa, por ejemplo.) Las fórmulas “peronistas clásicas” encabezadas por Jorge Telerman y por Jorge Todesca no llegaron a convocar más que a un puñado de votantes.
Se da así una aparente suma cero: si una fórmula progresista no alcanza hoy, por sí sola, para ganar, y es además rechazada por los votantes peronistas (rechazo que en el 2009 se manifestó en el voto peronista a Pino Solanas), tampoco parece que, por si sola, alcanzase para ganar aquí una fórmula más clásicamente peronista.
Tal vez esto hable de una situación pasajera, que puede revertirse con trabajo y liderazgo; y tal vez esto hable de una imposibilidad estructural relacionada con las características de la ciudad de Buenos Aires. .
Este domingo, vermut con papas fritas y … ¡elección!
Este domingo hay elecciones en la ciudad de Buenos Aires. Lo hecho, hecho está, ya no es tiempo de saraza, y ahora sólo resta jugar por la verdad en el verde césped.
Igualmente, la elección del domingo tiene un sabor especial, como si fuese, digamos, el salamín con queso antes del asado. Todos descuentan que se irá a segunda vuelta, así que la elección que viene no es el final, sino el inicio, de la última campaña.
No haré, en esta ocasión, pronósticos. Algo me dice que es mejor no meterse a pronosticar para este domingo, y que hay un grado alto de volatidad. Sólo me limitaré a decir que hay, para mí, tres escenarios posibles a grosso modo:
Escenario 1: Macri saca 45% o más, Filmus saca 35% o menos. Elección liquidada, gana Macri en segunda vuelta.
Escenario 2: Macri saca 35% o menos, Filmus saca 30%: Elección liquidada, gana Filmus en segunda vuelta.
Escenario 3: Macri saca entre 35% y 40%, Filmus saca entre 30% y 33%. A comerse los codos de acá hasta la segunda vuelta.
Quedan varias incógnitas secundarias: cuánto sacará efectivamente Proyecto Sur, y quién ganará la fascinante carrera hacia el fondo entre Zamora, Silvana Giudici, Jorge Todesca y la Izquierda.
A preparar los DNIs, comprar la tira de asado y las cervezas para el domingo y … nos encontramos en twitter para el escrutinio.
Elecciones en Neuquén
El domingo fueron las elecciones a gobernador, intendentes y diputados provinciales en la provincia de Neuquén. El gobernador Jorge Sapag del MPN logró su relección frente a Martín Farizano, intendente de la ciudad capital de Neuquén, por el 45% al 33%.
El Movimiento Popular Neuquino cementa así su status de anomalía en el sistema político partidario nacional: es el único partido provincial que, no sólo sobrevive al día de la fecha, sino que sigue siendo hegemónico a cincuenta años de su llegada al poder.
Lo primero que hay que decir, para que la gente no se confunda, es que esta elección no puede leerse de ninguna manera como una derrota del gobierno nacional, ya que tanto Sapag como Farizano se presentaron como aliados del gobierno nacional; sin ir más lejos, en su discurso de victoria Sapag dijo que “a partir de mañana, trabajamos para la victoria de Cristina.”
Para extrapolar los resultados del domingo a las elecciones de octubre habría que sumar el 45% del MPN con el 33% del Frente y descontarle unos puntitos. De hecho, un dato importante es que, no sólo las dos fuerzas más votadas son kirchneristas, sino que la fuerza antikirchnerista más votada, o sea la Coalición Cívica, sacó el 6%. Cristina debería sacar en la provincia de Neuquén un 60%, punto más, punto menos.
Sin embargo, el posicionamiento frente al gobierno nacional fue, paradójicamente, uno de los problemas del Frente antiemepenista: no resultó fácil armar un discurso que contuviera tanto al PJ orgánico provincial articulado alrededor de la figura de Nancy Parrilli con otros sectores que en realidad son opositores al kirchnerismo a nivel nacional, como ATE y sectores aliados de Proyecto Sur. Farizano, es, además, un radical que ganó la interna del partido con una fuerte apelación a la identidad radical, con lo cual no podría tampoco exagerar kirchnerismo. Eso terminó en un discurso abstracto y dubitativo que le restó atractivo.
El Movimiento Popular Neuquino ha demostrado en esta elección que, si algo sabe, es surfear las olas políticas nacionales asumiendo una identidad genérica: durante los ochenta, apeló a un discurso socialdemócrata genérico; durante los noventa, su discurso fue menemismo genérico, y ahora,es kirchnerismo genérico. (Así, Sapag definió que “con la presidenta compartimos todo lo que es el desarrollo de la patagonia y la justicia social.” Pavada de generalidad.)
Pero esta fórmula le funciona: nunca en frontal oposición a ningún gobierno nacional (salvo el breve experimento de derecha a ultranza de Sobisch, que por otro lado no terminó exitosamente), y nunca totalmente subordinado a ningún poder central, y apelando a un discurso desarrollista que hace más hincapié en el estado que en lo político, “el movimiento va”, como dice el himno partidario.
Igualmente, hay algunos datos de alerta. El porcentaje que logró Sapag, si bien claro, no alcanzó a tener el relieve de la elección de Urtubey, por ejemplo. Y el MPN perdió las intendencias de las ciudades de San Martín de los Andes, Zapala, Picún Leufú y Centenario.
Algunos datos interesantes:
- La dificultad de armar una única opción kirchnerista en la provincia se expresó en un verdadero festival de colectoras: hubo seis listas con Farizano/Parrilli en el tope. No quedó claro, sin embargo, que estas colectoras sumaran algo, y más bien esta dispersión fue una muestra de la dificultad de articular políticamente una única opción.
- En San Martín de los Andes el PJ local desafió esta lógica y armó una única lista que incluyó a sectores, como Libres del Sur, que a nivel provincial iban separados. Con esta opción dio el batacazo de ganarle nada menos que a la hija de Luz Sapag la elección a intendente.
- En Neuquén la CC y el ARI siguen teniendo cierto peso y son la tercera opción más votada.
- La contundente victoria de Ramón Rioseco, intendente peronista de Cutral Có, que fue reelecto con el 75% de los votos, lo posiciona tempranamente como quien podría ser el candidato kirchnerista a gobernador para el 2015. Eso si el Frente para la Victoria Provincial puede romper su curiosa adicción a llevar como candidatos a políticos radicales de la ciudad capital, un perfil que históricamente suscita pocas adhesiones en el resto de la provincia.
(Agregado:)
- Nótese que la anomalía es el MPN, o sea, el partido, antes que tal o cual dirigente (a diferencia de, por ejemplo, los Rodríguez Saa en San Luis. El MPN tiene la característica de ser un partido altamente institucionalizado, en donde los candidatos a gobernador se han elegido en internas desde los años noventa, los conflictos (por caso, entre Jorge Sapag y Jorge Sobisch) se han resuelto mediante elecciones, y en donde la estructura interna (tanto la Junta de Gobierno como la estratégica Seccional Primera) tienen un peso muy importante. En este sentido, resulta poco satisfactorio hablar del MPN como un caso de “feudalismo” o personalismo a ultranza. En todo caso, debería hablarse de partido hegemónico de masas.
Bipartidismo y disputa interna
Las elecciones presidenciales de este año se dirimirán entre la coalición del PJ-Frente para la Victoria y la UCR más De Narvéz. O sea, peronismo vs. UCR. Bienvenidos al siglo veinte; it’s deja vu all over again.
Muchos de nosotros lo sospechábamos desde hace un tiempo. La ciencia política indica que las identidades partidarias son altamente path dependent; es decir, una vez que se ha consolidado una cierta estructura, es muy difícil alterarla. Existen factores (institucionales, constitucionales, culturales) que sostienen las identidades políticas partidarias y les dan el poder de adaptarse a circunstancias cambiantes.
Además, es bien sabido que en un sistema presidencialista con división de poderes existen fuertes incentivos para que el sistema partidario tienda al binarismo. O sea, que lo que se forme sea una estructura partidaria organizada alrededor de dos polos, con clivajes bastante amplios y poco particularistas (los famosos “catch all parties.”) Ciertamente, en Latinoamérica hay pocos ejemplos de países con sistemas partidarios con múltiples partidos consolidados igualmente competitivos. (México y Uruguay pueden ser excepciones, aunque en el caso uruguayo la centralidad del Frente Amplio más bien hace pensar en un nuevo bipartidismo que en un real tripartidismo.)
En cualquier caso, queda claro que el bipartidismo no estaba muerto en la Argentina. Y no lo estará, al menos, no en los próximos tiempos.
Por un lado, porque el peronismo goza de buena salud, electoralmente hablando. (Es conocido el gráfico de Calvo y Escolar que muestra que desde 1983 a la fecha el peronismo en sus múltiples encarnaciones nunca sacó menos del 40% de los votos nacionales ) Por otra parte, porque el partido radical tiene una admirable resiliencia: si ha logrado sobrevivir a la debacle del 2001 y al 2,33% de Moreau en 2003, no parece que nada vaya a eliminarlo.
Pero no sólo importan factores externos. Los factores internos son muy importantes. Para mí una de las claves de la resistencia del peronismo y el radicalismo es que, la naturaleza extremadamente catch all de los dos principales partidos nacionales los transforma en fuerzas en permanente disputa interna, y esto (paradójicamente) los fortalece.
Tanto el peronismo (ya sea el PJ per se o sus múltiples coaliciones “transversales”) como el radicalismo son partidos con poca definición ideológica o programática, con (relativa) amplitud para aceptar figuras recién llegadas, con manejo de ejecutivos nacionales o provinciales, y que no se resisten a formar coaliciones electorales con otras fuerzas. Ambos partidos (más en el caso del peronismo) tienen además una masa crítica de militantes/funcionarios de rango medio y bajo con experiencia en gestiones provinciales y locales que está siempre disponible en caso de llegar al gobierno; si se suma a esto que son “marcas instaladas” con una una historia y una serie de símbolos de inmediata identificación se verá que, para un político joven (o no tanto) y ambicioso, ir “por adentro” de estas fuerzas sea una proposiciòn atractiva.
Esto hace que tanto el peronismo como el radicalismo sean partidos en permanente disputa. Y esto es un valor. La “disputabilidad” es un feature, no un bug.
Pensemos en un Cobos, un Scioli o un De Narváez. El caso de De Narvaez es patente: con cierta ambición ambición, algo de plata, y poca vergüenza, demostró que es más útil meterse a disputar lugares adentro de los partidos dominantes que ir por afuera (En el caso de De Narváez, le daba lo mismo el PJ que el radicalismo, parece). Y, a la inversa, pensemos en Macri y sus problemas para armar una alternativa nacional, aún habiendo ganado la principal ciudad del país, jugando por fuera del peronismo.
Sé que hay muchos que piensan que el bipartidisimo es el problema y que apuestan a consolidar una tercera fuerza. Con la excepción del socialismo santafesino (cuyo éxito nacional está además por verse), lo veo difícil.
Estas terceras fuerzas terminan, en general, consolidándose como partidos articulados alrededor de una figura, cuyo centralismo ocluye el ascenso de otros liderazgos. Sí, es cierto que son fuerzas en general más ideológicas y programáticas. Pero, paradòjicamente, el carácter más ideológico, más programático, más preocupado por su pureza de estos partidos (tanto de izquierda como de derecha) los hace menos “disputables” internamente, con lo cual se crean grandes incentivos para que las diferencias internas de opinión se resuelvan mediante el “exit,” o sea, el abandono y/o las purgas. Y, además, existe el problema del horizonte temporal. Es muy difìcil motivar a la militancia cuando no hay en el horizonte la perspectiva de pasar a gobernar distritos grandes en un mediano plazo.
Y el kirchnerismo, el alfonsinismo segunda generación y el denarvaismo muestran que tanto el peronismo como el radicalismo no sólo son disputables, sino que, si se gana esa disputa, ambos partidos son lo suficientemente flexibles para encolumnarse detrás de liderazgos con distintos programas ideológicos. Otra vez: desde el punto de vista de la estabilidad de las identidades partidarias, esto es un feature, no un bug.
En síntesis: mi consejo para el joven sabbatellista, de narvaista o macrista sería “andá a una básica o un comité firmá la ficha.” Jugá por adentro. Porque por afuera casi casi que no hay nada.
Néstor Carlos Kirchner
En definitiva, si realmente hubiera descubierto los derechos humanos hace diez minutos esto no cambiaría los efectos de las políticas; sin embargo, algunos sentidos cambian.
Y esto deja a más de uno en un largo, gigantesco off side.
Toda gestión es política
Desde que se conoció que la fórmula para la ciudad de Buenos Aires será Filmus-Tomada, he leído varias recomendaciones para el equipo de campaña que los instan a hacer una campaña “de centro”, “desideologizada” y “basada en propuestas.”
En general, creo que se entiende lo que se intenta transmitir, y estoy de acuerdo. Pero me parece que hay más tela para cortar.
Porque me parece que es incorrecto, y en definitiva un pobre servicio a la política en esta ciudad, plantear una dicotomía entre política y gestión. Más bien, me parece, la idea debería ser que hay que reivindicar la gestión (local, micro, cotidiana, esforzada) porque esta es la mejor manera de hacer política en esta ciudad.
Esta ciudad, hoy en estado calamitoso, necesita gestión. Necesita gestión, mucha, buena, tecnocrática y militante a la vez. Necesita gestión porque sólo la gestión puede hacer carne en la vida cotidiana de la gente una cierta visión de la vida en común.
En la entrevista que le realizamos a Daniel Filmus en marzo, él decía: queremos una ciudad orientada a los que más necesitan. Porque si uno hace una ciudad orientada a los que más necesitan, eso hace que automáticamente la ciudad sea mejor para todos.
Bien. Esta sería la línea, la visión ideológica. Creo que con esta idea estamos todos de acuerdo.
Ahora el desafío es agarrar esta línea ideológica y traducirla en iniciativas de gestión, concretas, abarcables, mensurables, evaluables.
¿Quienes són los que “más necesitan” del estado en la ciudad? ¿Qué podemos hacer para mejorar su vida, lo más rápido posible? ¿Cuáles son los saberes técnicos y las relaciones de poder políticas que harán posible llevar estos cambios a cabo? Estas son preguntas sustantivas y concretas, con respuestas sustantivas y concretas.
Los que más necesitan son, por ejemplo, los enfermos del Borda, que están sin gas hace un mes. Los que más necesitan son los chicos de las escuelas públicas, que han sido relegados en función de un compromiso ideológico con la educación privada. Los que más necesitan son los pacientes de un sistema de salud pública desfinanciado y abandonado. Los que más necesitan son los habitantes del sur de la ciudad que viven en un hábitat degradado. Los que más necesitan son los jóvenes que no pueden acceder a la vivienda porque son rechazados por un mercado orientado a la renta. Y así sucesivamente.
Para cada uno de estos colectivos, hay que determinar qué va a hacerse para que vivan cada día un poco mejor, como dijo Carlos Tomada cuando charlamos con él.
Mejoras concretas, cuantificables, evaluables. Con un presupuesto atrás, con metas cuantificadas, con planificación a uno, dos y cuatro años. Con todo lo que sabemos que hace falta para operar dentro del estado. Y con un fuerte liderazgo y un fuerte armado político sosteniendo todo eso, claro está.
Y de esto hay que hablar: no “de propuestas”, de estas propuestas; no “de gestión”, de esta gestión.
Entonces, la diferencia no sería entre ideología y gestión, sino entre gestión, por un lado, y declamación de consignas vacías de contenido, por el otro. Tenemos claro en dónde tenemos que estar.
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