Argentinos de afuera y de adentro (con la muerte de Laclau como disparador)

[Versión de post publicado originalmente en El teclado excéntrico]

Murió Laclau. Como ocurre con cada deceso de una personalidad pública, se leen en blogs y redes sociales comentarios elogiosos del fallecido, y también críticas. Lo notable en el caso de la muerte de Laclau es el argumento preferido para denostarlo: vivir afuera. Haberse ido/ no haber vuelto. Disfrutar la “buena vida” afuera. Ser/ haberse hecho inglés. La expatración como elemento que desautoriza.

Pero esto no es nuevo. Cualquiera que viva “afuera” habrá constatado en más de una discusión sobre actualidad/ política que ante el mínimo desacuerdo mucho interlocutor “local” cede a la tentación del “usted piensa eso porque vive lejos” (argumento que notablemente no sacaba a relucir mientras coincidían). La expatriación como traición, como abandono, pero también como algo que causa envidia. La idea de que el que se fue merece encono por haberse ido, pero también por poder haberse ido. En ese contexto, deja de parecer tan raro que la figura del artista/ escritor expatriado no exista como tal en el imaginario cultural argentino, a excepción tal vez del exiliado político, al que podrá perdonársele la partida si: a) vuelve o b) su obra ha merecido un reconocimiento monstruo. Y aún así, siempre habrá algo que reprocharle (como la posición política en el momento del exilio -vinculación con Montoneros-, para dar un ejemplo de argumento de detractores de Gelman). El quedarse se muestra como un mérito, como si el no cambiar de país fuese siempre una elección y no una obligación ante la imposibilidad de elegir, y como si el partir, en caso de ser una elección, fuese reprobable.

Pero la inquina contra el que se va puede verse como parte de una característica más amplia de la idiosincracia argentina: la ambivalencia. Se critica al que se va, pero se tiene bronca con el propio país, se lo desprecia. Y, por supuesto, ese rasgo puede poseerlo igualmente quien se va, en cuyo caso se la pasará despotricando contra el país que dejó. Una manera de pensar, en suma, que implica que casi todo se hace mejor afuera, pero uno mismo es el mejor, el más vivo. Que los errores son siempre de lo demás.

Afortunadamente, esa idiosincracia no quedó incólume luego de la crisis del 2001. En efecto, la Argentina pasó a de a poco a ser Latinoamérica, a dejar de pensarse como un pedazo de Europa trasplantado. Y eso se vio también en la relación con los expatriados. Hay cada vez más grupos de argentinos en el exterior, que se reúnen entre ellos y participan en proyectos vinculados con el país. Cada vez más programas oficiales que involucran expatriados. La contracara de eso son las reacciones a la  muerte de Laclau que mencionábamos.